“Transeúnte, no llores por mi suerte. Si yo viviera, tú estarías muerto”.
INICIACIÓN
Me llaman Incorruptible. Nací en Arras. ¿Será importante?
Hasta 1933, en mi pueblo, no evocaron mi memoria. Ciel !
Desde niño era disciplinado y brillante. Escribía cartas y tratados. Chupaba caramelos. Bailaba sarabandas. ¡Qué bombón mi Ophelia Mondlen!
En la Academia Metz escribí Éloge de Gresset, un tratado sobre Derecho Penal —embolsillé 400 francos—.
Fui aceptado en el Lycée Louis-le-Grand de París. Aprendí a amar a Rousseau — La Nouvelle Héloïse siempre a mi lado.
Vuelta a Arras. Soy abogado defensor. Protejo a los pobres y oprimidos. Visto elegante (véanme de joven, pintado por Pierre-Roch Vigneron). Mmmh, las tartas rústicas deliciosas de Artois.
Gano casos notables: “Vissery”, “Carnot”, “Déteuf”, el fallo a favor de Hilaire-Louis de Conzié, arzobispo de Arras.
¡Salve, Fama! Dos panfletos contra la tasación real en la provincia de Artois (escritos en el secrétaire de mi casa en Rue des Rapposteurs) hacen ola: discurso nuevo, inspirado en le Citoyen de Genève. Me leen ilustres de toda Francia.
Fui elegido en 1789 para la Asamblea de los Estados Generales, convocada por el rey, en la ciudad de Artois.
¡París, prepárate!
VERSAILLES
El 4 de mayo de 1789 fui a Versalles: estreno de Les États Généraux, comedia del absurdo. Louis Capetsaludando al vacío; la autrichiana sonrisa de porcelana; los nobles aplaudiendo su propio entierro con guantes de seda. El Tercer Estado predica a oídos sordos. Me fui antes del segundo acto. El hedor del incienso no deja respirar a la razón.
En junio, alguien me pinta en un lienzo: las manos juntas sobre el pecho, como si intentara aguantar mi corazón desbocado —gesto propio de un Lafayette blando y vacilante, no de un picardo de pura cepa, austero y tenaz como yo.
Algo en mí decía: ¡Lánzate!
Paso las mañanas en la Asamblea. Por la noche, mi pluma sustituye la voz. Dicen que en cuatro años escribí quinientos discursos. ¡Ja! No tengo fortuna ni partido: mi único patrimonio es la elocuencia. Me alimento de mi propia liturgia. Soy deliberado, exacto e inquebrantable. Saint-Just lo entendió mejor que nadie: “Maximilien habla para purificar”. Sí —la oratoria es mi misa, tribuna y altar.
Chut ! Aspiro a una claridad hipnótica.
LA BASTILLA
La toma de la Bastilla cambió mi vida. ¿Quién cree que una fortaleza tomada por hambrientos decide el fin de una monarquía?
Las causas esconden una madeja de apariencias: impuestos, hambres, guerras, desgracias. Al deshacer el ovillo, siempre asoma el mismo hilo conductor. Sí, la Bastilla fue el retumbo. ¿La guerra ruinosa de 1786 contra Inglaterra? ¿Los ciento veinte mil mendigos que Mirabeau contabilizó como si no fueran almas? ¿Las inundaciones del 87, la harina escasa, el pan fantasma? Todos síntomas, pero la causa, diáfana como sangre en la nieve: el despotismo.
PARIS
Por esos días decidí usar una peluca blanca.
Me creen reservado. En realidad, soy tímido.
Algunas noches voy al Théâtre-Français en compañía de Lamartine. Objeto la comedia. ¡Viva la tragedia!
Fui miembro fundador del Club Jacobino. Después de las reuniones disfrutaba unas cervezas en compañía de Saint-Just. Recibía muchas cartas de mujeres que me admiraban. Veían en mí no un hombre, sino un símbolo.
El pueblo es el rey —la máxima es de Rousseau—. La gente piensa que mi amor por el pueblo es una extravagancia. Non, mille fois non. La historia me puso ahí. Tengo ashé.
¡Soy el fundador de la lucha de clases!
Mirabeau est mort. ¡Ah, Mirabeau! Lengua de trueno, espinazo de plomo. Sin tus discursos y alegatos la Revolución habría caminado más recta. Jacobino, decías no ser. Escobino eras, barriendo migajas de un cetro abatido. Te mató la indigestión de un faisán podrido, no la virtud. ¡Bendita tu cama, más piadosa que la guillotina!
He pedido la mano de una hija de Maurice Duplay. Éléonore: me mirabas en silencio sin pedir nada. No nos casamos — y no por falta de ternura. Guardaste mi medallón hasta el final —dicen que lo llevabas sobre el pecho como una herida—. Hélas, mi fe ofrendada a otra causa abstracta y cruel. Yo la llamé virtud; tú, locura.
De Marat se esperaba la palabra explosiva —acto seguido, el silencio que espera el grito de nuevo. Lo conocí en chez les Duplay. Enano, torcido de hombros hercúleos, modales de guillotina. Frente baja, pelo hirsuto, ojos grises, piel de bilis. Viste como si la higiene fuera contrarrevolucionaria. Feroz no, ferocísimo. Quiere marcar, romper lenguas, cortar pulgares, empalar a medio París. Nadie escapa a su pluma homicida: Mirabeau, Lafayette, Condorcet, Danton. ¡Hasta los héroes de la Bastilla! A mí me respeta. Tal para cual.
Día de Asamblea. Voy impecable. Chaqueta de paño fino verde, ajustada a la cintura, faldones rectos. Chaleco de satén color amarillo pálido, cerrado hasta el cuello. Camisa blanca impecable, pechera rígida y cravat de encaje al cuello. Los calzones blancos hasta la rodilla, sostenidos con hebillas discretas. Medias de seda, claras, sin arrugas. Zapatos negros con lazo, lustrados, sin una mota de polvo. Eso sí, cabello empolvado: rulos laterales ordenados, la cola recogida con cinta, sin extravagancia. Nada de espada. Nada de joyas. Nada que recuerde el boato aristocrático que tanto desprecio.
Hoy es 10 de agosto de 1792 y la monarquía se derrumba entre campanadas, rugido de cañones y chasquido seco de fusiles. Rabia, miedo, dolor, furia, júbilo —todas las pasiones de Francia mezcladas en un solo clamor. La multitud irrumpió en las Tullerías.
¿Y la familia real? Fueron arrancados del sueño por el toque de las campanas de Saint-Germain-l’Auxerrois, las mismas que otrora anunciaron la matanza de San Bartolomé.
No sigo a George Washington. Mis modelos son Licurgo, Bruto y Cato el Viejo.
Creé el Ejército Revolucionario, milicia de cuadra cederista a la que confié la vigilancia y el castigo de la gusanera. ¡Abajo la escoria!
Couthon me ha presentado un brebaje llamado té. He creado el hábito de tomarme una taza en el club todas las tardes mientras leo L’Ami du peuple.
Instauré el Comité de Salvación Pública. Me gusta esa palabra: comité. ¿Qué tal “Comités de defensa de la Revolución”?
¿Mi menú favorito en Chez Duplay? Pollo hervido, pan, queso y un vaso de limonada. De postre, fruta confitada. ¿Lo encuentran soso? No soy amigo de comidas pesadas ni aderezos ostentosos. Masco despacio y prefiero el silencio. Si la conversación es frívola o vulgar, busco el menor pretexto para dejar la mesa.
“Las mujeres lo adoran, los hombres lo admiran”: así se escribe de mí en
Chronique de Paris. ¿Y la razón que ofrece? Soy incorruptible.
Mis enemigos me acusan de ser implacable. Se equivocan; mi voz no nace del odio. ¡Es la justicia que clama! Cuando hablo del pueblo, no razono: siento. Su sufrimiento es mi lenguaje, su virtud mi fe.
¿Será inhumano que la República sea incorruptible?
(Septiembre 4, 1792) He sido elegido unánimemente como vicepresidente y primer diputado.
Pobre Louis, la naturaleza no lo concibió para reinar. Moldeado torpemente para la existencia anodina de un burgués próspero, o —siendo generoso—, la pequeñez decorosa de un caballero rural. Los asuntos de Estado lo exasperaban. Su único interés era la caza, a la que tuvo que renunciar cuando llegó a París. Desde entonces, se refugió en un pasatiempo ridículo: jugar con cerraduras y llaves, encerrado durante horas en una habitación preparada exclusivamente para ese fin. Francia ardía mientras Louis tallaba mecanismos. El pueblo mendigaba pan; él jugaba con llaves. No fue tirano por voluntad. Fue simplemente un inútil con ínfulas de poder.
(Noviembre 4) Seiscientos soldados, de regimientos contrarrevolucionarios y federalistas de Marsella, marcharon ayer por París exigiendo “¡las cabezas de Marat, Robespierre, Danton y todos los que los defienden! ¡Viva Roland! ¡No al juicio del rey!”.
Mi vida corre peligro. Mis amigos me esconden.
MI BUENA SUERTE
La Gironda me veía como un moralista sin poder. Mi influencia no estaba en los pasillos, sino en el pueblo de París. Lanzaron ataques en periódicos y panfletos, seguros de que bastarían para hundirme. Mientras publicaban artículos, yo moldeaba la conciencia política. Podían haberme arrestado. No lo hicieron. Podían haberme expulsado del club. No lo hicieron. Podían haber movilizado a las provincias contra mí, nana nina. ¿Lo peor de todo? La idea de matar para salvar la revolución les repugnaba.
177 girondinos han sido guillotinados. Vi a cuatro de ellos marchar un día. Vergniaud, Brissot, Gensonné, Lasource… la carreta avanzando por la calle Saint-Honoré. Sin la multitud furiosa haciendo coro de venganza. Una quietud pesada, como si la ciudad aguantara la respiración. Cantaron La Marsellesa —Francia no escuchaba. Vergniaud sonreía aceptando el destino. Brissot cuchicheaba. Lasource rezaba. Gensonné avistaba las ventanas, buscando una mano que nunca apareció. Cuando oí detenerse los tambores, no sentí alegría ni odio. La cuchilla cayó cuatro veces, una tras otra, sin dramatismo. Terminó todo y la multitud no gritó. Peor, apenas murmuró. La revolución no perdona.
Días después tuve una pesadilla horrible con Madame Roland. Caminaba vestida de blanco. Agarraba su cabeza segada, como si fuera una lámpara. ¿Es esto la virtud, Maximilien? Deseé responder, pero mi lengua sangraba.
EL REY DEBE MORIR
Un día nublado mandé matar al rey. París en suspenso, el aire mismo a la espera de un veredicto. Mi discurso —de los más claros e inevitables que jamás pronuncié— nació no del deseo de brillar, sino de la certeza. La Revolución no puede retroceder sin desaparecer. La libertad no admite tregua con el verdugo.
Dicen que Luis debe ser juzgado. Yo pregunto: ¿para qué? Si Luis puede ser juzgado, entonces puede ser absuelto. Y si Luis puede ser declarado inocente, ¿qué queda de la Revolución? ¿Quiénes son los culpables? Todos los que lucharon, sufrieron y murieron creyendo que defendían la libertad. Si Luis es inocente, entonces su prisión es un crimen; su caída, una injusticia; la insurrección, una traición. En ese caso, la nación entera —el pueblo de París, la Guardia Nacional, la Asamblea, los voluntarios, los mártires de la libertad— todos seríamos criminales. ¿Y quién puede creer semejante cosa? El pueblo no condena a los reyes: los derriba. Luis no es un acusado. Luis es un enemigo. Y a un enemigo de la nación no se le absuelve. ¡Luis debe morir para que Francia pueda vivir!
SOY PODEROSO E INFELIZ
He impulsado la Ley de Sospechosos para aniquilar la contrarrevolución. ¿Los sospechosos? Nobles antiguos, funcionarios del antiguo régimen, sacerdotes refractarios, comerciantes acusados de acaparar, personas sin carnet de identidad y, en general, cualquiera denunciado por actitud contrarrevolucionaria —incluso sin evidencia. ¡Abajo la gusanera!
Le he dado facultad al pueblo. Son honestos e infantiles. Disfrutan vigilarse entre ellos. En Francia hay chivato para hacer crème brûlé.
¿Me habré excedido con mi Ley de Peligrosidad? Se me imputan casi 2.000 guillotinados. ¡Traidores! Matan por gusto para culparme luego. He perdido el apetito.
Con la muerte de Dantón y Hébert impuse mi autoridad total. Ni la izquierda ni la derecha pueden con el terror. Hébert, un salaud.
Dantón… tú, aún en el Club de los Jacobinos, la sala llena de humo y esperanza. Eras el rugido del pueblo hecho carne. Te admiré, sí —no por tu virtud. En ti ardía algo vedado para mí, un fuego vivo e impuro. Hablabas de libertad, copa en alto, riendo entre cadáveres. Te defendí, incluso cuando tu corrupción apestaba. En el cadalso declaraste al verdugo: “Muéstrale mi cabeza al pueblo; valdrá la pena”. ¿Por qué lo dijiste?
CAÍDA EN TÉRMIDOR
(26 de julio, 1794) El destino me lleva agarrado por la nuca. Hace dos semanas que no voy a la Asamblea. Sé que conspiran contra mí. ¿Qué hice mal? Creí que la virtud podía defender al hombre; acto seguido comprendí que el hombre rara vez puede defenderla. Confundí la pureza con la cautela. Nadie se atrevía a rebatirme; “¡Viva Robespierre!” decían —farsantes acechando mi derrumbe. ¿Tener la razón? No basta. Los hombres prefieren la inercia de la mentira al desvelo de la verdad. ¡Me siento tan solo!
(Madrugada del 26, a candil) La sala duerme, pero la conspiración vela. El corrupto Barras murmura en mi contra por los pasillos. Mientras yo viva, no podrá retornar a sus festines de copas alzadas celebrando la desgracia del pueblo. Fouché repite su catecismo; odia que no perdone su patriotismo encartonado. Tallienlos imita por estupidez: busca redención y tiembla ante sus propios decretos sangrientos. Barras salva su pellejo, Fouché su reputación, Tallien su vanidad. Tres lógicas discordantes, un solo nudo. Puedo aguzar el oído: “Muere tú para que vivamos nosotros”. Entonces aparece d’Herbois, la cuarta pata de la mesa: la más pequeña y la más útil. Obra por vanidad herida. Aún sueña con aplausos que no tuvo, la gloria que nunca alcanzó ni en las tablas ni en la política. Vive humillando al que brilla y mordiendo al que eclipsa. Se cierra el círculo: Barras me traiciona por conveniencia, Fouché por resentimiento, Tallien por miedo y d’Herbois por revancha. Cuatro rutas distintas, un mismo cadalso. No me destruyen enemigos: me destruyen esos que aplaudieron de más. Mañana gritarán libertad con la voz con la que hoy preparan la soga. Qu’importe. La caída no desmiente la altura. Que decidan ellos. Yo ya decidí hace tiempo.
La contrarrevolución en manos de una coalición de hombres fieles a Danton, representantes del Pantano y agentes secretos de Luis XVIII. Vadier, ¿me traicionas? Inquisidor de pantomima, fiscal de rutina, virtuoso de la sospecha. Olías el terror, perfume caro. Fingías prudencia y destilabas veneno. Disfrazabas de razón tu rencor. Complotar contra mí fue tu único acto lúcido: la astucia del ratón mordiendo al felino moribundo. Ja, tu traición llegó tarde: la historia te olvidó antes de que el verdugo afilara su hoja. Ahora que todo ha callado, pienso que no me odiabas; temías ser mi émulo.
(27 de julio) Llego a la Asamblea y casi me impiden tomar la palabra. Traigo conmigo una lista negra. Son tres mis acusados: Cambon, Mallarmé, Ramel-Nogaret. Declaro que hay otros traidores sin nombrarlos. Tomo la palabra y la gente tiembla. Cambon, hasta entonces aliado discreto, me interrumpe. Discutimos. Mi voz se ahoga. Su réplica reverbera y lo cambia todo. Ahora mi acusación me deroga. Desorden en la sala. Las voces enemigas crecen en oleaje. La revuelta nace del pánico. El edificio de la virtud se derrumba. Sálvense quien pueda. Me sacan del podio a la fuerza. Los parlamentarios me recriminan las atrocidades. No me temen, ¡me odian! Antoine Garnier invoca el sacrilegio: “Robespierre, titubeas… la sangre de Dantón te ahoga”. He firmado mi sentencia de muerte.
(6 p.m.) Demandan mi arresto. ¿De qué se me acusa? Traición a la Convención. ¡Yo, la Convención! Por primera vez odio esa palabra: traición. Toda mi vida depositada en una palabra, ahora vuelta contra mí. La he pronunciado mil veces para defender la República y ahora me la echan en cara.
(28 de julio, 2 a. m.) Llegamos al Hôtel-de-Ville. Malas nuevas: vienen por mí. He decidido matarme —pero nadie decide en plena caída. Apunté a la frente; la mano me tembló y el disparo terminó en la cara. No sé si fallé o si me arrepentí un segundo demasiado tarde
La bala me arrancó la mandíbula y los dientes; la sangre sale por la boca, la nariz y los oídos. El ojo derecho ya no ve. No soy más que dolor y ruido. Deseo morir.
Las noticias llegan entre gritos y pasos en las escaleras: uno tras otro, todos los míos han caído. La Bas se ha volado el cuello. Mi querido Augustin se arrojó por la ventana. Saint-Just detenido, helado y perfecto como siempre, la derrota no tiene derecho a tocarlo. Couthon fue empujado escaleras abajo en su silla: ni el inválido se salva.
(28 de julio, amanecer) Me suben a la carreta. El vendaje aprieta la herida; cada bache es un campanazo en el cráneo. No puedo hablar. La mandíbula cuelga. La gente me mira —unos horrorizados, otros satisfechos, la mayoría confundidos. Ayer pedían virtud; hoy piden espectáculo. Me señalan con el dedo. ¡Ahí va el tirano! Tiran piedras, frutas podridas. Sangro sobre mi casaca verde, empapada de escarlata. Pienso en los discursos, en el sueño de una república íntegra y ahora no puedo hablar. He vivido para la palabra y muero sin boca.
En la esquina de la rue Saint-Honoré veo a alguien llorar. París pasa y yo paso con él.
La carreta se detiene bruscamente ante el cadalso. Me levantan entre dos guardias; siento el temblor en las piernas; aún puedo retroceder. No. Ya no. La caída no desmiente la cúspide.
Pienso una última vez —no en la muerte, sino en la República. El verdugo me arranca la venda de la cara. Mi mandíbula se desprende. Aúllo de dolor. Me obligan a arrodillarme. Con un empujón emplazan mi cuello contra el borde de la guillotina. Oigo: ¡Abajo el tirano! Honor, ven por mí.
Un silbido espeluznante lo sacude todo.
EPÍLOGO
Después de mi ejecución, me arrojaron a una fosa común en el viejo cementerio de Errancis. Sin tumba, ni nombre, sin cruz; solo una zanja para el apestado. En 1797 cerraron Errancis, y más tarde —como quien barre un vestigio insípido— trasladaron las osamentas a las Catacumbas de París. Allí mezclaron mis huesos con los de miles de ciudadanos ejecutados durante el Terror. Hoy, ningún cráneo lleva mi nombre. La historia convirtió al hombre en anónimo. Bajo tierra, no hay facciones, no hay Montaña ni Gironda; ni víctimas ni verdugos. Todo es polvo y silencio.




