Mañach y los últimos criollos

Un grupo o más bien una secta de escritores busca desde hace años en Jorge Mañach a su padre espiritual. El doctor —¿der Doktor?— logró la complicada mezcla de civismo americano y cultura europea que tanto nos gusta a los cubanos, y lo hizo con una elegancia que todavía perturba. Perturbación es la palabra clave para leer a Mañach, ahora que sus libros van cumpliendo cien años.

Perturba asomarse a las Estampas de San Cristóbal —publicadas en 1926 y recogidas ahora por Casa Vacía— y acordarse luego de cómo está La Habana en particular y Cuba en general. Del París del Caribe pasó a ser la Tegucigalpa del Caribe, decía Sergio Corrieri, inocentemente, en 1968. Ahora no llega ni a Gomorra.

“Mañach sigue siendo la República”, dice categóricamente en el prólogo Duanel Díaz Infante. Uno se siente tentado a darle la razón, porque en el fondo quisiera que la República hubiera estado a la altura de Mañach, nacido en Sagua La Grande, alumno en Harvard, doctor en París, senador en La Habana, muerto en San Juan. Un “repatriado ambiguo, injerto de español y de criollo”. Pero Mañach no es la República, sino la estampa de la República, una estampa perturbadora y nada didáctica a cien años de todo aquello y a setenta de engendro castrista.

Aunque, bueno, también puede ser que los once millones de cubanos —ya ni siquiera hay certeza de cuántos hay— suframos en masa el síndrome de la edad de oro. Al fin y al cabo, Mañach es el padre de la nostalgia cubana: ¡él fue el primero que nos enseñó en añorar! Las Estampas son un ejercicio de añoranza tan perturbador para él como para nosotros, ahora, leer sus diatribas republicanas sobre la “deseuropeización” de Cuba: el Sevilla-Biltmore contra el Prado, como dice Díaz Infante que decía Marcelo Pogolotti.

Se extrañaba la “experiencia colonial del espacio” —el barrio del Ángel de Villaverde, las callejuelas prostibularias de Casal, los grabados de Mialhe—, una frase de Díaz Infante que me hace pensar. Nadie ha sido más celoso con La Habana que los provincianos, los “últimos criollos” por más que les pese a los habaneros. Solo un villareño o un bayamés sabrían fumar tabaco despacio y mirar la ciudad grande con asombro. “Un tipo curioso de la villa”, dice Mañach, “de esos que vemos todos los días sin darles importancia, olvidando que son el documento humano de nuestra cubanidad”.

Para pasear por la ciudad Mañach inventa una compañía, el procurador Luján. Como Don Quijote, el doctor no puede hablar solo eternamente y por eso Luján, el viejo criollo, el último criollo, le sirve de contrapunto. Luján busca, como buen cubano, su tema-para-todo-el-día, que puede ser un relato, un personaje, un derrumbe o el clima. De algo hay que hablar, ese es el primer mandamiento del criollo.

Luján solo existe como espejo de Mañach, y los dos existen solo como las dos mitades del cubano: “Él es viejo y yo soy joven; él ama sobre todo la tradición; yo, el progreso; él es irónico y caudaloso; yo, directo y sobrio; él en ninguna hechura de los hombres se ilusiona ya, y yo todo lo tomo en serio”. Mañach se sienta con Luján en el Malecón, de espaldas al mar o frente a él, y uno no puede evitar imaginárselo en un oscuro traje, el fantasma gótico Mañach, sentado en el Malecón (“muro que huele a mar y, en sus esquinados repliegues, a otros líquidos igualmente salobres”) mientras la gente pasa.

“Me pregunto, hijo, qué haríamos nosotros si no tuviésemos el Morro”, dice Luján comparando el faro con la torre Eiffel y la Estatua de la Libertad, lo cual quiere decir que Cuba es como Ellis Island para los judíos —“turcos” y “polacos”, sefardíes y asquenazíes—, para los negros o para los chinos que siguen llegando y entrando por la bahía.

“Verdad, Luján. Cuando uno está ausente de Cuba y quiere visualizar nostálgicamente la capital amada, surge en el recuerdo la farola como un asta mágica”, contesta freudianamente Mañach. Esa conversación los define y también define al lector, que no encontrará esta nueva edición de Estampas de San Cristóbal  en una librería de Santa Clara o Santiago, sino probablemente en internet, “ausente de Cuba”.

Ambos recorren La Habana, se paran —es crucial ese momento en que los dos detienen el paseo y miran— y luego hablan. Caminan por Obispo “por la sombrita y evadiendo el embiste de un Ford vacío”, hacen un “elogio de la bodega” y se espantan cuando ven una guagua, “medio de locomoción urbana que no logra revestirse de pleno prestigio”.

En algunas estampas Mañach es gracioso a fuerza de ser solemne, y yo creo que sabe reírse de su solemnidad (“¿Y estos pobres cañones, estos tristes cañones veteranos, valetudinarios, inservibles ya, que apuntan hacia el blanco blanquísimo del pasado como si quisieran dispararle su innoble contenido de residuos plebeyos?”). Para mí ese es el mejor Mañach.

Las Estampas  ayudan a entender la complejidad a veces ridícula del país que perdimos. Luján estalla, por ejemplo, contra la “maternidad polaca y semítica, cubanitos con kas  y eins  en el apellido para el futuro; por lo pronto, idilios incomprensibles cada noche en el muro pasmado del Malecón”; el diálogo “gargarizado y arduo” de los inmigrantes; las “leyes xenófobas de exclusión que han votado los yanquis, de rechazo, que nos inundaron a nosotros de polacos, de judíos, de turcos”.

El cubano de siempre, molesto porque Estados Unidos convirtió a Cuba en “una suerte de sala de espera para gentes europeas ganosas de entrar a aquel país”. La Casablanca del Caribe (Ingrid Bergman era judía por parte de madre, por cierto).

Mentiría si digo que no me entró cierta nostalgia por La Habana después de leer Estampas de San Cristóbal. Mañach remueve cosas y logra traspasarle a uno su mal genio. Quizás la historia de Cuba sea ese eterno traspaso de mal humor de abuelos a nietos, más que de padres a hijos. Leer este libro lejos del país de uno y no tener los pies bien puestos en la tierra puede ser mortífero, a menos que uno esté —como Mañach— curado de entusiasmo.

Después de leer Estampas de San Cristóbal  tuve, como el delirante San Juan, una visión: la batalla apocalíptica entre exiliados en Florida y exiliados en Europa, y los cubanos que se quedaron, indecisos entre la neutralidad y la acción, y el escenario de todo será La Habana, una ciudad-de-dos-caras, como si la hubiera diseñado Calvino, la mitad inspirada en Madrid y la otra mitad en Miami, de modo que el Capitolio, el Prado, el Malecón, el Morro y todo eso sean ruinas, pero bien cuidadas, ruinas con caché, con cartelitos lumínicos, como las ruinas romanas. La gran batalla final de los últimos criollos. Eso hubiera complacido al doctor Mañach y hubiera dado qué hablar al procurador Luján.

1 comentario en “Mañach y los últimos criollos”

  1. José Prats Sariol

    Sí, es triste. Hay algo premonitorio en aquellas estampas… Mañach sufrió varios exilios, hasta el último, tras creer como tantos en el «líder», llevarlo a la Universidad del Aire. No, Mañach no se merecía tantas desilusiones amargas. Y bien que lo estudia Duanel Díaz Infante y lo capta Xavier Carbonell en esta recensión.

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