Cuestionario Jonathan Edax: Pablo De Cuba Soria

¿Cuál fue el libro que destruyó tu inocencia literaria?
Trilce. Ahí entendí que la poesía podía comportarse como un accidente gramatical con consecuencias espirituales. Antes de Trilce uno cree que el lenguaje sirve para comunicarse.

¿Qué autor/a te gustaría besar o abrazar y luego golpear con una edición de 800 páginas por arruinarte emocionalmente?
A Cioran. Primero lo abrazaría; luego lo golpearía con sus propios cuadernos, con cariño, por supuesto, porque nadie tiene derecho a dejar frases tan perfectas sobre la inutilidad de todo y encima sonar convincente. Cioran es ese amigo que te dice que la vida no tiene sentido, pero lo hace tan bien que terminas invitándolo a un café.

¿Cuál es el libro que dices que “te marcó”, pero en realidad solo lo leíste por presión estética?
Algún libro de esos que uno lee a los veinte años para parecer más condenado que feliz. Quizás El ser y la nada. A esa edad uno no lee ciertos libros, más bien se fotografía mentalmente leyéndolos.

¿Qué personaje literario querrías como pareja, aunque sabes que terminarías llorando en una librería con jazz de fondo?
Nadja, de Breton. Sería una catástrofe sentimental con cafés, vitrinas, frases enigmáticas y paseos donde cada esquina parecería una señal del más allá o una deuda pendiente. Terminaría llorando, desde luego, en una librería de viejo, mientras suena Bill Evans y alguien coloca en el escaparate una edición francesa que ya no puedo pagar. Muy digno todo. Muy lindo. Muy arruinado.

¿Qué libro consideras “un clásico necesario” pero solo porque te da ansiedad admitir que te aburrió como misa en latín?
Los miserables. Reconozco su grandeza moral, su arquitectura, su ambición de contener a Francia entera y parte del sistema solar. Pero en algunos tramos sentí que Hugo me invitaba a cenar y, antes de traer la sopa, me explicaba durante cuarenta páginas la historia completa de la cuchara. Admirable, sí. También ligeramente punitivo.

¿Cuál es tu lectura secreta de vergüenza?
Catálogos de subastas y anticuarios, revistas de viajes, malas biografías, diarios menores, correspondencias de completos desconocidos, inventarios de colecciones privadas. No es una vergüenza muy espectacular, pero revela algo peor, que soy un lector con tendencias de anticuario nervioso.

¿Qué autor moderno te resulta tan brillante que lo detestas como se detesta a un/a ex?
Thomas Bernhard. Lo detesto con la misma intensidad con que uno se descubre imitándolo después de leerlo, que es la peor forma de rendición. Bernhard es contagioso, uno abre un libro suyo y a las tres páginas ya está pensando en frases largas, rabiosas, circulares, llenas de desprecio por la familia, la cultura, Austria, los premios, los teatros, los críticos, los vivos y los muertos. Irrita porque su enfermedad verbal funciona. Y porque, después de él, incluso quejarse parece una forma menor de literatura.

¿En qué momento de tu vida descubriste que subrayar frases no significa que las entiendas?
Cuando empecé a releer libros subrayados por mí mismo y descubrí que mi yo anterior había confundido entusiasmo con inteligencia.

¿Cuál es la palabra más pretenciosa que has usado para hablar de un libro y así sonar más intelectual?
“Dispositivo”. Es una palabra peligrosa, casi un arma blanca académica. Uno dice “el dispositivo textual” y automáticamente parece haber leído a Foucault con fiebre y a Barthes sin pestañear. También he abusado de “constelación”, “deriva”, “genealogía” e “inquietante”. Algunas sobreviven porque sirven. Otras deberían pasar una temporada en rehabilitación léxica.

¿Qué edición de un libro compraste solo porque tenía cantos dorados y parecía un objeto de brujería victoriana?
Varias, demasiadas, casi una sección entera de mi culpa doméstica. He comprado libros por los cantos dorados, por la tipografía, por el lomo, por el olor, por la ciudad en la que estaba, por la promesa de parecer más inteligente en una mesa. El bibliófilo empieza leyendo y termina defendiendo objetos como si fueran parientes injustamente acusados.

¿Qué personaje literario usarías para que le diga verdades a tu ego?
El narrador de En busca del tiempo perdido. Nadie mejor para explicarle a mi ego, durante cientos de páginas, que detrás de cada vanidad hay una inseguridad decorada con buen gusto. Lo sentaría frente a mí, para que me dijera que incluso mis gestos más nobles esconden una pequeña estrategia mundana. Y tendría razón, ese hermoso desgraciado.

¿Qué libro te obligaron a leer en la escuela y ahora finges que amas por trauma y costumbre?
Algún tomo escolar de José Martí, leído bajo el clima obligatorio de la veneración. A Martí lo admiro, pero la escuela a veces consigue una cosa terrible, que es convertir la grandeza en tarea, la belleza en efeméride y la prosa en acto matutino. Luego uno vuelve a Martí por cuenta propia y descubre al escritor inmenso; antes tuvo que sobrevivir al busto y la consigna.

¿Qué librería física es tu ruina financiera y tu capilla emocional?
Cualquier librería de viejo bien llevada puede arruinarme con cortesía. Pero mi verdadera capilla, mi pequeño Vaticano del desorden, es mi biblioteca de más de ocho mil libros, con primeras ediciones, rarezas, cartas, objetos; una especie de Wunderkammer donde la lectura convive con la reliquia. En un viaje a Ámsterdam, a fines del año pasado, vi en una librería de anticuarios una figurita que todavía me persigue: un viejillo narigón, sentado, leyendo un libro. La dejé para comprarla el último día de mi estancia, con esa confianza imbécil que uno confunde con prudencia; y justo ese día la librería cerró. Desde entonces sueño con ese figurín, me maldigo con regularidad y he confirmado una ley elemental de la bibliofilia, que lo que no se compra a tiempo se convierte en fantasma doméstico. A veces pienso que en vez de libros y objetos colecciono coartadas materiales para no aceptar del todo la realidad.

¿Cuál fue la última frase literaria que te hizo decir: “maldito genio”?
Vuelvo mucho a esta frase de Pound: “Great literature is simply language charged with meaning to the utmost possible degree”. Es una definición, una amenaza y una multa. Y junto a ella pondría aquella intuición de Proust: “Les beaux livres sont écrits dans une sorte de langue étrangère”. Entre las dos frases queda dicho casi todo. La literatura empieza cuando el idioma deja de obedecer dócilmente y se vuelve una materia cargada, extraña, peligrosa.

¿Has tenido una relación que terminó por diferencias librescas irreconciliables?
No exactamente, aunque una biblioteca detecta incompatibilidades antes que el corazón. Cuando alguien mira tus libros como si fueran simples muebles acumulados, algo se rompe. Hay personas que creen que leer es un pasatiempo. Eso está bien. El mundo es ancho y ajeno. Siempre recuerdo aquella anécdota atribuida a Umberto Eco, cuando alguien le preguntó si había leído todos los libros de su biblioteca, y él respondió, más o menos, si a un coleccionista de tazas se le exigiría haber bebido té en cada una de ellas. Una biblioteca no es un currículum de lecturas cumplidas, sino una forma de deseo, de amenaza, de promesa. También una manera bastante elegante de saber quién no debería quedarse demasiado tiempo en tu casa.

¿Cuál es tu lugar favorito para leer como si fueras un personaje de Murakami? ¿Café hípster, ventana lluviosa, cama existencialista? ¿Algún otro?
En la cama, antes de dormir, que es quizá el lugar menos glamoroso y más verdadero para leer, ya que uno empieza con grandes ambiciones intelectuales y termina negociando con el sueño después de cuatro páginas. También leo en mi sillón de orejas de la biblioteca, que ya sí permite cierta ilusión de personaje literario.

¿Cuál es el libro que usas para impresionar a gente culta y que jamás has terminado?
Ulysses y Los hermanos Karamázov, que son dos formas muy distintas de quedar bien en una conversación y quedar mal ante la propia conciencia. Los he visitado, rodeado, y hasta citado con descaro.

¿A qué personaje literario le confiarías tu diario?
A Bartleby, porque probablemente preferiría no hacerlo —es demasiado genial—, y esa es la forma más alta de discreción.

¿Qué autor muerto invitarías a tu funeral solo para que lea algo devastador y elegante sobre tu mediocridad redimida por el amor a los libros?
A Lezama Lima. Nadie podría convertir una mediocridad razonable en ceremonia verbal con tanta abundancia. Diría algo vegetal, cósmico, lleno de eras imaginarias, y al final nadie sabría si yo había muerto o si acababa de ingresar, con cierta torpeza, en una sintaxis superior.

¿Cuál fue la peor traición literaria que sufriste? ¿Un mal final, una adaptación atroz, o que tu autor favorito profesara una ideología incompatible con tus principios?
Cuando un libro, sea del género que sea, promete revelación y entrega moraleja. Cuento por miles los libros que he cerrado en las primeras páginas por eso. Uno empieza a leer esperando una forma, y de pronto aparece el dedo pedagógico, una frase edificante. Ahí abandono. No por impaciencia, sino por higiene.

¿Cuál es el insulto más refinado que has pensado hacia alguien que dice “no me gusta leer”?
“Qué serenidad tan admirable la suya: vivir sin sospechar que el mundo existe”. O también: “Lo felicito; ha logrado usted una relación puramente administrativa con la realidad”. Ambos deben decirse con una sonrisa.

Tienes una pila de libros por leer tan alta que si se cae podría matarte. Aun así, ¿cuál(es) compraste ayer?
Seguramente algún ensayo que no necesitaba, una primera edición que necesitaba menos y un libro raro que justifico con argumentos cada vez más delictivos. Mi pila de libros pendientes ya no es una pila, es más bien un catálogo del remordimiento. Sigo comprando porque el lector confunde esperanza con inventario.

¿Qué libro “profundo” te pareció un fraude elegante lleno de humo, citas sueltas y pseudomística de librería hípster?
Un par de Byung-Chul Han. Lo leo y siento que una idea interesante ha sido adelgazada hasta convertirse en aforismo de aeropuerto. Demasiado humo y perfume filosófico barato.

¿Cuándo fue la última vez que leíste algo tan hermoso que reveló algo de ti mismo y quisiste arrancarte los ojos como Edipo?
Con Bufalino me pasa, desde el arranque mismo de Perorata del apestado: “O cuando todas las noches –por pereza, por avaricia– volvía a soñar el mismo sueño: un camino color ceniza, llano, que corre a andadura de río entre dos muros más altos que la estatura de un hombre; luego se quiebra, se precipita en el vacío”. Ese comienzo tiene algo de sueño repetido, de pereza metafísica, de avaricia del desastre. Ahí uno queda bastante desarmado, porque Bufalino escribe la enfermedad, la memoria y el amor con una elegancia terminal, casi cortesana. También me ocurre con Calasso, cuando convierte la erudición en teatro mental, con sus dioses, sacrificios, libros, fantasmas, animales sagrados y frases que parecen venir de una biblioteca anterior al mundo.

¿Cuál es tu edición de “libro fetiche”, esa que no prestas, aunque la otra persona te prometa su alma?
Ninguna de mi Wunderkammer. Quienes me han visitado saben de qué hablo.

¿Qué autor invocarías en una sesión espiritista para preguntarle por qué te dejó con ese final?
A Kafka. Aunque sospecho que aparecería, me miraría con una cortesía terrible y dejaría una respuesta todavía más inconclusa.

¿Cuál es tu ritual de lectura secreto que te hace sentir que el mundo tiene sentido, aunque sea por diez páginas?
Mi ritual consiste en fingir que voy a leer con disciplina monástica: 80-100 páginas por día. A los cinco minutos ya he revisado el celular, he recordado tres correos sin responder, he cambiado de libro. Pero a veces, contra todo pronóstico, cumplo. Entonces el mundo parece tener sentido, o al menos fracasar con mejor sintaxis.

¿Qué frase literaria usas para justificar tu adicción a leer en lugar de resolver tus problemas reales?
“Estoy trabajando”, que en mi caso puede significar leer, escribir, editar, comprar libros o mirar fijamente un párrafo mientras me vuelvo más joven.

¿Qué libro quema lentamente tu conciencia porque nunca lo terminaste y aun así opinas de él como si fueras crítico del Paris Review?
Ulysses, otra vez, porque hay culpas que rinden mucho.

Si fueras un libro olvidado en una estantería polvorienta, ¿qué frase pondrías en tu contratapa para que alguien, por fin, te elija?
Algo como “Longtemps, je me suis couché de bonne heure” o “Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura”. Después de eso, ¿qué hace uno?

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