Sábado 27 de agosto
Zola viene a desayunar conmigo. Me habla de una serie de novelas que va a hacer, de una epopeya en diez volúmenes, de la Histoire naturelle et sociale d’une famille que tiene la ambición de intentar, con la exposición de conductas, caracteres, vicios, virtudes, desarrollados por el medio y diferentes como las partes de un jardín donde hay sombra o hay sol.
Me dice: “Después de analizar las infinitas partes del sentimiento, como ha sido realizado por Flaubert en Madame Bovary, después del análisis de las cosas artísticas, plásticas, nerviosas, como ustedes han hecho, después de esas obras-alhajas, esos volúmenes pulidos, no hay ya lugar para los jóvenes, no hay nada qué hacer, nada para constituir, para construir un personaje. No es más que por la cantidad de volúmenes, por el poder de la creación, que uno puede hablarle al público.”
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Domingo 28 de agosto
En el bosque de Boulogne, donde jamás había visto más que seda entre el verde de los árboles, veo un gran cacho de blusa azul, la espalda de un pastor, cerca de una pequeña columna de humo azulado; y alrededor ovejas paciendo, a falta de hierba, el follaje de fajinas olvidadas. En las alamedas de las carrozas, los grandes bueyes extraviados y desorientados vagan en rebaños.
Ovejas por todas partes. Aquí, al borde del sendero, echado sobre un costado, un carnero muerto, la cabeza de cuernos encorvados aplastada y rezumando un poco de agua sanguinolenta, extendiendo una mancha roja en la arena —pobre cabeza que husmea, como en un beso, a todas las ovejas que pasan.
En cierto momento, una agitación. Por todas las aberturas, por todos los huecos entre las hojas, se observa un rebaño de cien mil bestias perdidas abalanzarse a una puerta, hacia una salida, parecido a una avalancha de Castiglione. Y en el polvo tornasolado, sobre el talud de las fortificaciones, las líneas apretadas de las innumerables ovejas parecen pequeños muros superpuestos que una perturbación visual ve correr.
Y la charca de Auteuil, a medias seca por los corderos que beben arrodillados en los cañaverales.
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30 de agosto
Desde lo alto del ómnibus de Auteuil, en la parada de Trocadero, percibo en la claridad cegadora, sobre la gran plancha gris del Champ-de-Mars, un hormigueo de pequeños puntos rojos y azules de soldados de infantería.
Desciendo y me veo en medio de pequeñas tiendas, donde en el triángulo de sombra se observa, aquí, la empuñadura del sable de un oficial, allá, la cabeza curtida de un soldado de a pie en la paja, cerca de su calabacino; en medio de pabellones brillantes, en medio de cocinas con marmitas de hojalata sobre el fogón; en medio de las reparticiones de polainas, en medio de los retretes a cielo abierto, que forman mangas de camisa de un bello tono de blanco enmohecido. Los soldados rellenan sus bidones con las botellas que un marchante de vino lleva en un carrito de mano. Otros besan a una marchanta de manzanas verdes que ríe.
Yo me paseo en esa animación, ese movimiento, esa alegría del soldado francés dispuesto a partir hacia la muerte, cuando la voz cascada de un hombrecito patituerto y hoffmanesco lanza este grito: “¡Plumas, lápices, papel de carta!” Un grito lanzado con una entonación tan extraña que uno diría un memento fúnebre, una especie de aviso así formulado: “Messieurs les militaires, ¿y si piensan un momento en sus testamentos?”
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31 de agosto
Esta mañana con la aurora, comienza la demolición de las casas de la zona militar, en medio de un desfile de mudanzas del barrio, que parece la migración de un pueblo antiguo. Esquinas extrañas de casas a medio demolidas, con restos de muebles heteróclitos. Por ejemplo, una peluquería, cuya fachada boquiabierta muestra olvidada la silla pretorial donde los lavanderos se hacían cortar la barba los domingos.
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1ero de septiembre
Ayer, la Princesa me dijo que fuera a su casa, que no tendría a nadie. Llego. Las cortinas se han retirado de las ventanas. La Princesa como pasmada; repite muchas veces: “¡Era yo, si me hubieran dicho, el 1ero de agosto, lo que iba a suceder, era yo la que no lo habría creído!”
Cenamos. Alrededor de la mesa está el viejo Giraud, Popelin, Soulié, Zeller, el nuevo rector de la universidad de Estrasburgo, su hija. Cada uno con sus novedades que han sacado del Figaro o del Gaulois. Nadie sabe nada. Se compadecen de los habitantes de Estrasburgo, sobre todo de sus manuscritos. Uno dice que la aguja de la catedral se derrumbó. La Princesa, que está en otra parte, suelta. “Pero, ¿esa iglesia no era sólida?”
Nadie tiene el valor de reírse de la ingenuidad.
Fumamos después de la cena en el salón pequeño; y como la Princesa se queja del mal olor, todo mundo va a fumar al salón de la antecámara, a excepción sólo de Popelin, quien metido en un sillón en medio del salón lanza el humo de su cigarro al plafón, como verdadero señor de la casa. Acabado su cigarro va a sentarse al sillón que toca el extremo del canapé donde la Princesa tiene la costumbre de hacer punto que resulta en chalecos blancos, soltando de tanto en tanto una frase cortante, contradictoria, extremadamente desdeñosa. ¡Pobre mujer! ¡Echarle mano al hombre que mejor podía exhibirla!
Llega Nieuwerkerke, y nada más curioso que el saludo entre el viejo y el nuevo amante. Después llega de improviso Abbatucci, que repite sin ninguna idea y, todavía peor, sin ninguna novedad. En esta casa de la prima de Napoléon, para saber alguna cosa, uno se ve reducido a enviar a comprar le Soir y a esperar lo que verá en la noche el médico de Palikao.
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2 de septiembre
Encuentro, al salir del Louvre, a Chennevières quien me dice que parte mañana para Brest a fin de escoltar el tercer convoy de pinturas del Louvre, que han sacado de sus marcos, enrollado y envían para salvarlas de los Prusianos al arsenal o al baño de Brest. Me describe el triste y humillante espectáculo de este embalaje, y Reiset llorando a lágrima viva frente a La belle jardinière en el fondo de la caja, igual que frente a un muerto querido en el momento en que va uno a meterlo al ataúd.
En la noche, después de la comida, vamos al tren de la rue d’Enfer; y veo las diecisiete cajas que contienen a Antiope, los más bellos venecianos, etc. esas pinturas que se creían acopladas a los muros del Louvre para toda la eternidad y que no son más que paquetes protegidos contra las desventuras del desplazamiento y del viaje por la palabra frágil.
No es vivir, vivir en este gran y espantoso desconocimiento que nos rodea, que nos oprime.
Las cosas mueren como los hombres. Chennevières me dijo ayer que el tejido de Argentan, de 1815 a 1830, había sido completamente olvidado y que sin el recuerdo de dos viejas solteronas, que aún sobreviven, no podría haberse encontrado. Pero hay una variedad de ese tejido que se ha perdido.
¡Qué aspecto de París esta noche, con el golpe de la derrota de Mac-Mahon y de la captura del emperador circulando en los grupos! ¿Quién podrá pintar el desaliento de los rostros, las idas y venidas de pasos inconscientes azotando el asfalto al azar, las conversaciones ansiosas de los tenderos y de los conserjes en el umbral de las puertas y de las tiendas, la sombra de la multitud en las esquinas, en las proximidades de la alcaldía, el asalto al quiosco de los periódicos, la triple línea de lectores bajo cualquier mechero de gas y en las sillas de las trastiendas, el quebranto de las mujeres, que uno ve solas y sin sus hombres?
Después el clamor rugiente de la multitud, en la que la cólera sucede a la estupefacción. Después las grandes bandas recorren los bulevares, precedidas por banderas y al grito encrespado de ¡deposición! ¡Viva Trochu! En fin, el espectáculo tumultuoso y desordenado de una nación que va a perecer o a salvarse mediante un monstruoso esfuerzo, mediante lo imposible de las épocas revolucionarias.
[1870]
Fragmento de Los últimos días de Jules de Goncourt. Journal. Enero-Septiembre de 1870 (Editorial Casa Vacía, 2021). Traducción del francés: Armando Pinto.




