Cuaderno del Bag Boy (fragmentos)

Efectivamente, lo que se quisiera con este Diario sería registrar, a lo René Char, las páginas pobretonas. Registrar las páginas sin valor, las páginas escasas. Estas páginas podrían ser como la musiquita subliminal, barata, que se oye en el Publix.

 

O sea, el proceso como lo siguiente: primero el silencio; después, el silencio originando la musiquita barata, subliminal; entonces la página, que al tratar de describir la musiquita barata, como que haría el pastiche del silencio original. Esto se lo dice el Bag, pero esto no tiene sentido, quizás. 

 

Bulldozer sobre el solar yermo. Ha desaparecido, para siempre, el sofá desvencijado, y la colchoneta.

 

Vuelve a hacer un paseo por la tarde. Vuelve a pasar frente al solar yermo. Ahora se da cuenta que en el lugar donde debía haber estado el sofá, han tirado el carrito de un supermercado (mucha gente, en esta Playa Albina, se lleva los carritos de los mercados para, después, dejarlos tirados en cualquier lugar). Pero la tarde es espléndida, y unos pájaros cruzan.

 

Domingo humoso, domingo nublado. Es la música que como que arrastra un pasado. Música con fantasmas (en este caso es la Sonata para cello y piano de Beethoven). La música…, y ha vuelto a pasar por el solar yermo. Hay una zona que todavía no ha sido desmochada, una zona donde hay un raro fragmento (¿un fragmento con el pedazo del tubo de un auto?). Pero lo interesante es que, además de oír (mentalmente, por supuesto) la música de Beethoven, él oye un ruido parecido a una cosa. ¿Parecido a una cosa? 

 

Hoy, sábado, el Bag Boy no tiene que ir al Publix. Es día de buen fresco invernal, y él hace su “paseo repetitivo” (el paseo repetitivo es aquel por donde se va por los mismos lugares). Así que él pasa por el solar yermo donde estuvo el sofá desvencijado. Y ahí, con la claridad de la mañana, y la buena frialdad invernal, se siente acompañado por una cenestesia extraña. Una extraña cenestesia en que la tierra del solar yermo se aposenta en sus dedos, mientras que un pedazo de relato gira por su brazo izquierdo (el brazo de los dioses). Eso, sin duda, le resulta muy confortable. Por lo que, entonces, dirige su mirada hacia el lugar donde está el Discount de la Farmacia Navarro, y de esa manera, logra pasearse por el aire, montado en un globo amarillo. 

 

Fijar un bombillo, un insecto. Insecto revoloteando. Revoloteando el insecto alrededor del bombillo. Por lo que, se dice el Bag Boy, se debe anular cualquier otro elemento. Quedarse solo, con textura barata. 

 

Aunque el ruido del televisor invade la casa del Bag, no deja de haber un pequeño trillo de silencio. Pequeño trillo que es… ¿Que es cómo? ¿Cómo entrar en ese trillo? ¿Adónde conduce ese trillo? 

 

Siguen los pájaros, siguen las gaviotas. Algunas veces hacen dibujos grises. 

 

El recuerdo absurdo que siempre sobreviene. Repetir, repetir, repetir. Fue en la caída de la tarde. Un ferrocarril parecía girar, hacia un misterioso nivel. ¿Hacia dónde? Repetir, repetir. Él iba con su padre. Extraño.

 


Fragmentos de Cuaderno del Bag Boy  (Editorial Casa Vacía, 2016)

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