Ganan los libros (muy pocas veces)

I

Tengo que confesar que siempre pensé que Rushdie no sobreviviría a la fatwa de un Ayatola. Pero, miren por dónde, una vez más ganaron los libros: aquel que emitió fatwa acabó muriendo primero.

Rushdie llegó a este inicio de año sin un ojo, marca de la bestia infame que lo apuñaló. “Un cuchillo me había separado del mundo a tajo limpio”, escribe en su libro donde cuenta el ataque que sufrió y su recuperación. Sobrevivió como esos héroes de películas que llegan al final baleados, llenos de mugre y sangre, con una pierna rota, un brazo colgando y un ojo hinchado, pero el caballo del malo es tan lento que éste acaba vencido, aunque entreabriendo un ojo para avisar de que habrá segunda parte.

Algunas víctimas sí dejó aquella fatwa, quién sabe si ahora ya prescrita. Un traductor japonés de la novela, un editor noruego, otras treinta personas en un hotel donde se alojaba un traductor turco, todos muertos por el supremo credo de unos fanáticos. Y también un poco de nuestra fe en que habría unanimidad entre los escritores en la condena al supremo de los persas. No fue así. Chapoteando en esos lodos recuerdo a John Le Carré, Roald Dahl, Hugh Trevor-Roper y John Berger. Un puñado de mansos búfalos mensos dominados por una extraña fuerza superior a quienes sólo les faltó decir, al contrario de aquel personaje almodovariano: con nosotros no se ha portado tan mal el mundo árabe.

Yo no puedo más que alegrarme de cómo se desenvolvieron los acontecimientos este año: Rushdie seguirá un rato más haciendo lo suyo, que es escribir libros en un mundo ciertamente con menos lectores, pero también con un ayatola menos, mientras que los promulgadores de fatwas deberán cuidar mejor en qué lugares se reúnen con su plana, que es plaga, mayor.

II

He sabido, he llegado a saber que María Kodama, después de una vida dedicada con celo extremo a cuidar de la papelería de Borges, murió sin testar y que tras su muerte hubo trasunto de litigio familiar. También se ha sabido que la viuda de Octavio Paz murió sin dejar testamento y por ello hay disputa entre el Colegio de México y el gobierno mexicano por hacer cumplir lo que dejó escrito Paz, que sus papeles descansaran en las bóvedas del ColMex.

Por estos días, leyendo la correspondencia entre Cabrera Infante y Néstor Almendros, se nos revela que solo contamos con las cartas del cineasta, no así con las del novelista. La papelería de Almendros, según apunta la prologuista, se ha perdido tras dos muertes, la suya y la de María Alvear, su secretaria. Todo patrimonio cubano es patrimonio perdido o en vías de ello.

Uno como lector que gusta de estas cominerías de la vida literaria no puede menos que sentir una profunda perplejidad. ¿Por qué el propio Paz no envió en vida sus papeles al Colegio mexicano? ¿Qué pasó por la cabeza de Kodama al no diseñar el futuro de ese legado?

Hace unos días me llegó la nueva edición de Alfaguara con los ensayos completos de Borges. Da no sé qué asomarse a esa página legal y leer los nombres de los cinco sobrinos que no creo llegaran nunca a llamar tío al autor de esos libros por los que ahora van a cobrar hasta el año 2056.

Se entiende que una castrista de regla, cartabón y tijera —¡sobre todo tijera!— como Lilia Esteban pusiera todo lo relacionado con Alejo Carpentier en manos de los administradores más desastrosos que ha conocido la desdichada isla de Cuba. Se entiende, digo, porque siempre por detrás de esas decisiones están las charreteras de los coroneles y los ojos de los esbirros. ¿Pero tú, María, y tú, Marie-Jose?

III

Siguiendo una pauta trazada por Juan José Saer en su conversación con Ricardo Piglia —“Si tomamos el término latinoamericano como una determinación geográfica, evidentemente yo soy un escritor latinoamericano, más precisamente sudamericano, más precisamente argentino, y más precisamente santafesino”—, yo soy un escritor cuetense. Es decir: latinoamericano, más precisamente caribeño, cubano, holguinero de la Aduana y la calle Carralero, cuetense y de mi barrio de Luis Beltrán, frente a la estación de trenes.

Pero ya llevo más tiempo fuera de Cuba que los años en los que viví en todos esos lugares: unos diecisiete años en Cueto, otros diecisiete en Holguín, ya dieciocho entre Texas y Arkansas. Nada de esto en realidad debería importar demasiado. Uno quisiera seguir siendo ese lector que al ver una foto de una amiga con Leila Guerriero en la Feria de Madrid escribe “La amo” debajo, en la ventanita de los comentarios. Un escritor que hace tres décadas que no pone los pies en el lugar donde nació escribe la que posiblemente sea la más importante biografía de un escritor cubano que se haya escrito nunca, un libro pensado desde la libertad, pero sobre todo desde el valor que tiene no pensar en el fracaso que una empresa así podría conllevar.

El barrio donde uno nació no tiene que ser necesariamente inspirador ni estimulante. Puede ser, por el contrario, todo lo castrante que la pobreza y la mala educación, la grosería, los ruidos y la violencia cotidiana pueden injertar y deformar. Es un hervidero donde demasiadas cosas reverberan en la memoria, desde los primeros amigos hasta el primer amor, las primeras palabras, las primeras posesiones y los primeros miedos.

En el primer librito de poemas que publiqué, en el año dos mil en Santiago de Cuba, decía por error que había nacido en Holguín. La primera vez que regresé al viejo town alguien me lo sacó en cara. Me miraba y en el fondo de esos ojos estaban las líneas del ferrocarril, los aljibes del patio, el viejo parque y el cementerio de las afueras, todos reunidos diciendo: pero si aquí recordamos cuando naciste en el Materno del pueblo. Qué sé yo. El error a mí no me había parecido gran cosa, así se piensa cuando se es joven. La gravedad, como el olvido, llega con la edad.

Luego me aseguré de que en todos mis libros apareciera el lugar correcto, pero manteniendo siempre en la memoria aquello que leímos alguna vez, ya no importa dónde: si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó habría sido director de la banda municipal.

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