Hambre, cuerpo y deseo

Fue en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde, hace ya unos cuantos años, pude leer el libro de Daína Chaviano, El hombre, la hembra y el hambre. Reeditarlo[1] a veintiocho años de su publicación original pone en perspectiva la sintomatología de una ficción anclada en una realidad histórica[2]. Cuando la literatura cubana parece debatirse entre la autoficción, la seudonostalgia —parisina— y la reescritura política del pasado, esta novela de Chaviano resurge como un texto ferozmente lúcido y extraordinariamente vigente. Y lo es porque calibra hacia una meditación antropológica del cuerpo, hacia la erosión de los vínculos sociales y la persistencia del deseo —como experimento de ingeniería social— más que a un mero “testimonio” del llamado, eufemísticamente, “Período Especial”.

Aunque la novela oscila entre la denuncia política, cierto “realismo” testimonial, la “ficción fantasmagórica[3]” que alucina en ciertos personajes, la vida fragmentada —“la desesperación es la madre del delirio”[4]—, la esquizofrenia que todo proceso de supervivencia potencia; el hambre —“dolorosa y punzante, inextinguible, sádica”[5]— se convierte en un principio de autoorganización de la existencia. No es solo una carencia material, no es el hambre per se, es la fuerza que estructura la existencia humana y condiciona lo moral, lo erótico, la identidad y, sobre todo, la percepción del tiempo. El hambre adquiere entonces una densidad simbólica, ontológica y antropológica que no puede soslayarse.

El hambre atraviesa la novela a través de los cuerpos; no se trata del hecho de que los personajes tengan hambre, es más que eso, es la percepción de que es el hambre el que produce a los personajes. El hambre perpetua, el “hambre generacional”, “el hambre física”, “el hambre espiritual”, “el hambre devota de mi generación”[6].

El hambre como sintomatología presupone el cuestionamiento de la frontera de lo humano y lo animal. Es decir, al reducir las distancias culturales entre los sujetos que sostienen la noción de civilización, estos comienzan a actuar impulsados por instintos primarios y por necesidades en las que se disipa cualquier normativa moral.

—¡Llegó la carne!

El grito lanzado desde las profundidades del patio llegó a las alturas.

—Corre, Papucho…

—M’hijita, quítate del medio.

—Eh, ¿y a ésta qué le dio?

—Oye, tú, so pelúa, conmigo sí que no te metas. Mira que a mí me da lo mismo un escándalo que un homenaje.[7]

¿Qué queda de la moral en un cuerpo hambriento? ¿Qué queda de la moral cuando comer se convierte en un imperativo de orden absoluto? El hambre introduce una distrofia no solo a nivel físico sino también a nivel lingüístico. Se trata entonces de nombrar lo innombrable generando una suerte de atrocidad lingüística establecida como eufemismo, como añoranza, pero sobre todo como ilusión. Bisté de toronja, bisté de frazada, pollo de población, novena de carne, picadillo extendido, picadillo de cáscaras de plátano, pasta de oca, fricandel, y el más transfigurativo de todo, pollo por pescado[8]. Semejante simulacro opera solo desde la supervivencia. Lo abominable —en la precariedad de la existencia— termina siendo sagrado.

El hambre en El hombre, la hembra y el hambre termina siendo una densidad ontológica totalizante, el imperativo categórico del hambre presupone lo antropofágico:

Yo, caníbal en esta isla que se engulle a sí misma. Yo, devoradora de cuanto pueda ser devorado en sueños[9].

Mi mente ya no piensa en otra cosa que no sea comida; es como si todas las ideas hubieran sido devoradas por una sola.

El hambre terminará condicionando radicalmente las decisiones; poco importa la normatividad moral o las estructuras culturales, ambas se desmoronan. Simone Weil decía, y con razón, que el hambre es una fuerza capaz de destruir la atención y, por tanto, cualquier posibilidad ética[10]. El hambre entonces no solo condiciona los límites de la libertad, sino también los de las posibilidades. El propio título de la novela resalta esta progresión hacia la animalidad que el hambre presupone. La hembra sustituye a la mujer, lo que presupone una regresión al campo de lo biológico, donde prevalecen los instintos.

Esta inversión de sentido es fundamental. El enfoque de Chaviano invierte la lógica cuando la estructura biopolítica que produce el hambre modela y condiciona la conducta humana. El cuerpo hambriento ya no es un accidente, sino una tecnología de control establecida desde la administración de los cuerpos; por tanto, la escasez no solo disciplina, sino que también transforma la subjetividad[11].

Las mujeres que protagonizan la novela son subjetividades fragmentadas, atrapadas entre el deseo erótico, la profunda precariedad y la desesperanza. La supervivencia es la exégesis narrativa; por eso, comer, amar y negociar son acciones indistinguibles. Alejado del ambiente de la intimidad, el cuerpo femenino se convierte en moneda de cambio. Lo relevante es que Chaviano no hilvana sus personajes como alegorías del sufrimiento político; son, en todo caso, densidades profundamente humanas donde persiste —incluso en las situaciones más degradantes— un impulso vital, una búsqueda del placer, la belleza.

En una compleja trama, la necesidad material, producida por la profunda precariedad, convierte el erotismo en un mecanismo de supervivencia. A diferencia del sexo como subordinación a la violencia o a la explotación, en El hombre, la hembra y el hambre el erotismo y el deseo, y no así el sexo, conservan una autonomía inquietante. El cuerpo desea, incluso cuando es ya un cuerpo exhausto, incluso cuando la aplastante realidad aniquila cualquier posibilidad de placer. Georges Bataille decía que el erotismo es una experiencia límite que confronta simultáneamente con la muerte y con la continuidad de la vida. Mario Vargas Llosa, en Los cuadernos de Don Rigoberto, plantea la distinción entre erotismo y pornografía: “lo erótico es la dignificación del sexo a través de la fantasía y la cultura… En tanto que, para usted, pornógrafo, lo único que cuenta a la hora de hacer el amor es, como para un perro, un mono o un caballo, eyacular, Lucrecia y yo, envídienos, hacemos el amor también desayunando, vistiéndonos, oyendo a Mahler, conversando con amigos y contemplando las nubes o el mar.”

Esta digresión no es gratuita, y no lo es porque, en la novela, el erotismo es una forma precaria de resistencia contra la deshumanización que produce la miseria. El placer, aunque no elimina el sufrimiento, suspende, al menos momentáneamente, la lógica del hambre. Aunque la ambigüedad también se apodera de los escenarios narrativos una vez que el deseo establece una trama de dominación —el cuerpo observado, negociado y consumido dentro de un sistema de necesidades económicas perentorias—, ello presupone una nueva frontera ética. Chaviano recrea este fenómeno sin moralismo ni romanticismo. La precisión de la que esta crisis afecta las relaciones afectivas y la intimidad se convierte en un campo de transacciones sitúa a la novela en una perspectiva antropológica, mostrando cómo las crisis reorganizan las estructuras simbólicas y la percepción en torno al cuerpo femenino.

Desde esta perspectiva, lo femenino se “revaloriza” y circula en economías informales y clandestinas, reguladas por el deseo y el turismo. Lejos de ruborizar o juzgar, Chaviano objetiviza un conflicto muchas veces velado por la moral, el simulacro y el “erradicacionismo” paternalista de un régimen. No hay en ello glorificación, mucho menos victimización, en todo caso, lo que emerge es un sentido de la supervivencia a como dé lugar. El cuerpo es un recurso económico —“El cuerpo se convierte en lo único que puedes ofrecer cuando no te queda nada más”— situado en una economía de subsistencia como la ha descrito Karl Polanyi.

El escenario donde los sujetos sobreviven intercambiando favores y placeres, simulando e improvisando una existencia que no tiene mañana es La Habana[12]: el espacio de la descomposición, la ruina, pero, sobre todo, el espacio desde donde se pierde la legitimidad. La ciudad —ruina metafísica— es el espacio narrativo. La ciudad ha sido una constante en la narrativa cubana; sin embargo, en El hombre, la hembra y el hambre, La Habana no es simplemente un escenario urbano. Los nombres de sus calles, sus calles destruidas que encuentran un lamento en sus nombres, los apagones, los edificios en ruinas terminan generando un estado de suspensión en el tiempo. El tiempo se congela en un presente perpetuo y ruinoso. La ciudad termina siendo el reservorio de un cuerpo enfermo, de una colectividad enferma, de una nación quebrada que se muere. No hay estetización en la ruina, mucho menos exotismo; son ruinas metafísicas, es la ciudad decadente que se muestra desde su interior. Son las fachadas descorchadas donde un sujeto fragmentado experimenta la vida en una precariedad física y emocional. Las ruinas —decía Walter Benjamin[13]— son los restos de una promesa histórica incumplida. La Habana en ruinas es entonces el residuo de una utopía colapsada. Chaviano no se limita a lamentar esa caída; lo más interesante es su exploración de las nuevas formas de vida que emergen de los escombros. La ruina —como dice Antonio José Ponte— presupone el sujeto arruinado. A fin de cuentas, Chaviano mira su ciudad como antropóloga, pero con la sensibilidad de un poeta.

La reedición de El hombre, la hembra y el hambre vuelve a situar la memoria, el desarraigo y su historicidad en el punto de atención. Lejos de idealizar el pasado, Chaviano narra la magnitud de la pérdida, la traza que deja la herida en la memoria individual y colectiva. Lo que emerge es una visión profundamente trágica, plagada de precariedades y cinismos, donde —al ser todo inverosímil— todo pertenece a la prehistoria. No es el pasado, no es la historia, es lo que está antes de todo ello. A veintiocho años de su publicación, lo inverosímil se ha hecho cuerpo; la crisis de una nación en crisis, de un estado fallido, pone en perspectiva la magnitud de una estafa[14].

Cuando la esperanza parece hoy algo más que una palabra, cuando todos esperamos un desenlace definitivo del caso cubano, la reedición de la novela de Chaviano conserva su capacidad para incomodar, pero, sobre todo, para conmover. No se trata solo de volver a leerla; se trata de reconocer la fuerza intacta de una obra que sigue interpelándonos sin concesiones, de una fuerza que se vuelve más punzante y, sobre todo, de una verdad que, sin dejar de ser emocional, diluye y erosiona un miedo que se convierte en esperanza.

 


[1] Ediciones Furtivas, 2026.
[2] Véanse Trilogía sucia de La Habana (1998) y El Rey de La Habana (1999), de Pedro Juan Gutiérrez; Silencios, de Karla Suárez (1999), y Las palabras perdidas (1992) y Las iniciales de la tierra (1987), de Jesús Díaz.
[3] Las transiciones fantasmales al pasado terminan convirtiéndose en un recurso narrativo en el que los personajes descubren un país, pero, sobre todo, una historia que les ha sido negada, alterada y escrita desde una ideología política. El pasado es un recurso premonitorio, una diatriba, un escarnio de lo que pudo ser y no fue, pero que explica muy bien el presente; por eso, los guiños a José Martí, al hundimiento del Remolcador 13 de Marzo, a la tragedia humana, pero sobre todo a las víctimas de un régimen totalitario. «¿Cómo se puede tener futuro cuando no se tiene pasado? El pasado era una historia saturada de guerras y esclavos. Y si era cierto ese refrán de que cualquier tiempo pasado fue mejor, ¿qué podría esperar del mañana? Ella no se daba cuenta, pero aquel fatalismo inculcado desde la infancia había minado su espíritu.» Chaviano, D. (1998), p. 163. Véanse también pp. 190 y 194.
[4] Chaviano, D. (1998), p. 257.
[5] Chaviano, D. (1998), p. 137.
[6] Chaviano, D. (1998), pp. 53, 54.
[7] Chaviano, D. (1998), pp. 81, 82.
[8] Véase Del Risco, E. (2022): Nuestra hambre en La Habana, Plataforma.
[9] Chaviano, D. (1998), p. 41.
[10] Weil, S. (2001): Oppression and Liberty (A. Wills y J. Petrie, traductores).
[11] Chaviano, D. (1998): El hombre, la hembra y el hambre, Planeta, p. 259.
[12] «[…] irritación, angustia o miedo: los tres sentimientos que más abundaban en La Habana que ella conocía.» Chaviano (1998), pp. 184 y 199.
[13] Véase El giro copernicano en el tratamiento del pasado: Benjamin y la memoria de lo no-acaecido, de Germán Aristizábal Jara y Sergio Bedoya Cortés, p. 239, en Interpretaciones benjaminiana (2025), Enengativo Ediciones.
[14] «La mentira es un requisito para la supervivencia». Chaviano, D. (1998), pp. 41 y 295-298.

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