¿Por qué los artistas suelen ser de izquierdas?

El pensamiento de izquierdas, tal como emerge de manera recurrente desde la modernidad —especialmente a partir del siglo XVIII—, se caracteriza por su aspiración a transformar el orden existente. Allí donde adquiere relevancia histórica, pretende alterar lo que considera un orden dado, ya sea natural, social o político. Desde esta perspectiva, la izquierda se presenta como una impugnación de las intuiciones naturales del ser humano, sustituyendo la continuidad de la tradición y los valores sedimentados a lo largo del tiempo por proyectos de reorganización racional de la realidad.

Las izquierdas nacen de una fermentación ideológica que agrupa a aquellos sectores que se perciben excluidos del orden establecido. Es entonces cuando la revolución se convierte en recurso político por excelencia. Romper el orden existente, significa no solo sustituirlo por otro concebido desde la teoría, sino también otorgar a la intelectualidad el papel de élite encargada de ejecutar ese proyecto.

La filosofía moderna que sienta las bases epistemológicas del llamado «nuevo mundo», parte de la tesis de que la realidad no posee un orden plenamente accesible per se. Kant intuye a través de sus tres críticas que será el sujeto quien organice el mundo mediante sus categorías sistémicas. Schopenhauer, Nietzsche o Marx —un poco más radicales— sostendrán que el orden existente es defectuoso o injusto por naturaleza y, por tanto, debe ser transformado. En cualquiera de estos casos, la modernidad ilustrada adopta una actitud profundamente crítica frente al orden natural y concede primacía al orden artificial construido por el hombre.

La modernidad kantiana, de la que deriva el liberalismo, y la modernidad marxista, origen del socialismo, terminan encontrándose en su impulso reformador. Ambas comparten la convicción de que la realidad puede y debe ser reconstruida conforme a principios concebidos previamente por la razón, lo que las sitúa, según esta interpretación, en tensión con la realidad entendida como una ontología previa a la voluntad humana.

De este planteamiento surge un marco normativo que fragmenta progresivamente la comprensión del mundo en función de intereses políticos e ideológicos. La cultura y, con ella, el arte deja de concebirse como una representación del orden natural —la mímesis de los griegos— para convertirse en instrumentos al servicio de un proyecto político. El mundo moderno se vuelve político precisamente porque es ideológico; es decir, presuponen una interpretación de la realidad desde esquemas elaborados a priori.

Cuando el marxismo se convierte en la ideología dominante en buena parte del ámbito universitario y académico —espacio donde se forman intelectuales y artistas—, la cultura pasa a interpretarse principalmente como una manifestación de relaciones de poder. Desde esa óptica, las élites mantienen su dominio mediante un discurso hegemónico que debe ser desmontado y sustituido. La misión de las izquierdas consistirá, entonces, en subvertir ese supuesto orden represivo a como dé lugar.

Sin embargo, esta interpretación supone una reducción de la cultura a su dimensión política. La cultura no surge únicamente de relaciones de poder, sino también de la interacción espontánea del ser humano con la naturaleza, la tradición y la vida comunitaria. Reducirla exclusivamente al conflicto constituye, desde esta perspectiva, un rasgo característico del pensamiento moderno.

Es precisamente el artista quien termina encarnando esta lógica impulsada por las izquierdas. Debido a su capacidad imaginativa, el sujeto del arte termina convirtiéndose en un instrumento privilegiado para proyectar nuevos valores destinados a sustituir el orden vigente por otro previamente diseñado desde la ideología. Podría verse aquí un antecedente en la «imaginación trascendental» kantiana, entendida como facultad creadora de nuevas posibilidades.

Así, tanto el ideólogo como el artista dejan de emplear la razón para descubrir el orden de las cosas y pasan a utilizarla para construir un orden alternativo. La imaginación se convierte en la facultad destinada a modelar el futuro y revelar unas supuestas leyes de la historia. Ideólogos y artistas aparecen entonces como figuras casi proféticas que descienden de la montaña ideológica con las tablas de una nueva salvación, indicando a la sociedad el camino que deberá recorrer «por su propio bien».

En estos términos puede entenderse el entusiasmo de Jean-Paul Sartre en el prólogo de Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, donde presenta la revolución socialista como una necesidad histórica. La izquierda vuelve así a proyectar un horizonte de redención política que promete conducir a un paraíso conceptual, aunque la experiencia histórica haya mostrado repetidamente las dificultades inherentes a ese diseño.

El artista, por tanto, es asumido por las izquierdas como su sujeto predilecto porque desempeña el papel de demiurgo de ese imaginario político. Gracias a su capacidad para representar mundos posibles, contribuye a difundir una visión de la realidad basada en una premisa característica de la modernidad: la realidad no constituye un límite objetivo, sino un material susceptible de ser remodelado según la voluntad humana.

La comparación con el Timeo de Platón resulta ilustrativa. Allí el demiurgo ordena el mundo conforme a un principio trascendente. El artista moderno, en cambio, actuaría sin referencia a una trascendencia objetiva, guiado únicamente por un proyecto histórico e ideológico que aspira a transformar radicalmente la realidad.

El arte contemporáneo y buena parte de sus manifestaciones performativas ilustran, según esta interpretación, esta dinámica de subversión cultural. El artista se convierte en el principal representante simbólico del nuevo orden surgido tras la ruptura filosófica de la modernidad ilustrada, lo cual presupone la subordinación del orden natural a la voluntad subjetiva del Homo ideologicus.

Sin embargo, el arte no transforma por sí mismo la estructura de la realidad, ni el artista posee una capacidad demiúrgica para alterar el ser de las cosas. El mundo conserva un orden propio y una finalidad que articula sus distintos elementos. Lo que sí puede producirse es una inversión discursiva capaz de presentar como realidad aquello que solo constituye una construcción ideológica. Para ello, políticos, científicos y filósofos afines a la izquierda necesitan del artista como ilustrador del futuro progresista, como creador de imágenes capaces de hacer verosímil ese horizonte idealizado, resumido en la conocida frase atribuida a Ida Auken: «No tendrás nada y serás feliz».

Desde esta perspectiva, el artista suele ser de izquierdas porque las propias izquierdas han contribuido a configurar su función cultural. El artista afirmará que la poesía salva; intentará restaurar nuevos y viejos ídolos, modelará futuros imaginarios y los ofrecerá a una sociedad dispuesta a contemplarlos como si fueran anticipaciones de una verdad superior. Y cabe preguntarse, finalmente, si desde el socialismo utópico, pasando por el socialismo científico de Marx, hasta buena parte de las corrientes contemporáneas, las izquierdas no han terminado, en cierto modo, jugando a ocupar el lugar de Dios.

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