Citario. Deriva del latín citāre —citar— más el sufijo -ārium —repositorio—, similar a bestiario. Neologismo del siglo XXI, surgido entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con los libros medievales de lugares comunes —como los de Erasmo de Rotterdam— y con proto-ejemplos del siglo XIX, como Familiar Quotations. Este «Citario Fernando Pessoa» celebra los 138 años de su nacimiento, a través de una constelación de frases que rodean y multiplican al poeta. Más que fijar una imagen definitiva de Pessoa, empresa casi imposible para quien hizo de la heteronimia una forma de respiración intelectual, se congregan aquí algunas voces que lo han pensado como una de las grandes conciencias fragmentadas de la modernidad.
En la poesía del siglo veinte, el documento quizá más impresionante de una desubjetivación —de la transformación del poeta en un puro «terreno de experimentación» del Yo— y de sus posibles consecuencias éticas, es la carta de Pessoa sobre los heterónimos. En respuesta del 13 de enero de 1935 a su amigo Adolfo Casais Monteiro, que le había preguntado por el origen de sus numerosos heterónimos, empieza por presentarlos como «una tendencia orgánica y constante a la despersonalización».
(…)
El relato prosigue hasta llegar a la súbita personalización —el 8 de marzo de 1914— de Alberto Caeiro, uno de los heterónimos más memorables, que se convertiría en su maestro (o, mejor dicho, en el maestro de otro heterónimo, Alvaro de Campos).
Analicemos esta incomparable fenomenología de la despersonalización heteronímica. No sólo cada nueva subjetivación (la aparición de Alberto Caeiro) implica una desubjetivación (la despersonalización de Fernando Pessoa, que se somete a su maestro), sino que, de forma igualmente inmediata, cada desubjetivación supone una resubjetivación: el retorno de Fernando Pessoa que reacciona frente a su inexistencia, es decir, a su despersonalización en Alberto Caeiro. Todo sucede como si la experiencia poética constituyera un proceso tan complejo que pone en juego a tres sujetos por lo menos; o más bien a tres diversas subjetivaciones-desubjetivaciones, puesto que aquí no es posible hablar en sentido propio de sujeto. Está, sobre todo, el individuo psicosomático Fernando Pessoa, que el 8 de marzo de 1914 se acerca a la cómoda para escribir. Respecto a este sujeto, el acto poético no puede suponer otra cosa que una desubjetivación radical, que coincide con la subjetivación de Alberto Caeiro. Pero una nueva conciencia poética, algo como el auténtico ethos de la poesía, sólo surge cuando Fernando Pessoa —que ha sobrevivido a su despersonalización y regresa a un sí mismo que es, y a la vez ya no es, el primer sujeto— comprende que debe reaccionar a su inexistencia como Alberto Caeiro, que debe responder de su desubjetivación.
Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo (Homo Sacer III, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2000; traducción: Antonio Gimeno Cuspinera)
◾️
«Alberto Caeiro es Alberto Caeiro es Alberto Caeiro…». La «cita» contenida en la «oración» (sea ésta entendida en tanto serie lógica en su enunciación gramatical o en tanto letanía religiosa) era más o menos coetánea, como lo es también su contenido: tensión constitutiva de ese texto en tanto silogismo tautológico: razonamiento más tautología.
El aserto innegable, radical, de que alguien es alguien —de que Alberto Caeiro es Alberto Caeiro— tiene ahí que entenderse, o mejor, que aceptarse, como un dato; pero no uno a interpretar junto con otros datos semejantes o, quizá más bien, relacionados —porque, ¿dónde se da la relación, como su(b)puesta o bien como antepuesta, petición de principio insoslayable?—; antes bien, al contrario, constituye lo que sería el dato-fundador —dato-acto infundado—, fundamento que soporta/construye el edificio que es —ya en sí y por sí— su creación, y aquella creación que, en cuanto tal (su modelo teórico, trans-puesto) viene a ser anterior a lo que crea. Tautología pues, mas sólo en tanto que se articula como deducción —la que resulta de que algo es algo de lo que deviene como algo (el que Alberto Caeiro sea tal hace deducible que lo sea y lo hace deducible a cada vez… fundamentando, al tiempo, en ese acto —y uno que también es teatral, su condición, su drammatis personnae—, las condiciones de su aparición en el instante mismo en que aparece). A cuyo través el silogismo —silogismo fingido: el entimema— destruye/reconstruye en su despliegue el edificio de su tautología como tautalogía fundadora —fundamento (d)e inicio— irrenunciable.
Juan Barja, prólogo a Los poemas de Alberto Caeiro (Fernando Pessoa. Poesía I, Abada Editores, Madrid, 2011)
◾️
Pessoa no estaba loco ni era un simple ironista; es Walt Whitman redivivo, aunque un Whitman que da nombres distintos a «mí mismo», «mi yo real» y «mi alma», y escribe maravillosos libros de poemas para los tres, así como un volumen distinto bajo el nombre de Walt Whitman. Los paralelismos resultan lo suficientemente estrechos como para no ser coincidencias, en especial porque la invención de los «heterónimos» (término de Pessoa) fue posterior a una inmersión en Hojas de hierba. Walt Whitman, uno de los brutos, un norteamericano, el «mí mismo» de Canto de mí mismo, se convierte en Álvaro de Campos, un ingeniero naval judío y portugués. El «yo real» se convierte en el «guardador de rebaños», el pastoral Alberto Caeiro, mientras que el alma whitmaniana se transmuta en Ricardo Reis, un materialista epicúreo que escribe odas horacianas.
Pessoa dota a los tres poetas de biografía y fisonomía, y les permite ser independientes de él mismo, hasta el punto de que coincidió con Campos y Reis a la hora de proclamar a Caeiro su «maestro» o precursor poético. Pessoa, Campos y Reis estuvieron influenciados por Caeiro, pero no por Whitman, y Caeiro no estuvo influenciado por nadie, pues fue un poeta «puro» o natural casi sin educación, que murió a la romántica edad de veintiséis años. Octavio Paz, uno de los adalides de Pessoa, resumió a este poeta desdoblado en cuatro con elegante economía: «Caeiro es el sol en cuya órbita giran Reis, Campos y él mismo. En cada uno hay partículas de negación o irrealidad. Reis cree en la forma, Campos en la sensación, Pessoa en los símbolos. Caeiro no cree en nada. Él existe.»
Harold Bloom, El canon occidental (Editorial Anagrama, Barcelona, 1995; traducción: Damián Alou)
◾️
Es difícil hacer una recopilación de los textos de crítica de Pessoa.
Y es que la de Pessoa no es una crítica pura y simple. En el más mínimo artículo, en la más mínima encuesta o entrevista, se encuentra un quantum de ficción. De no ser así, ¿cómo se entendería la defensa de Pascoaes y de los saudosistas en 1912, y en 1913 la ruptura con ellos? O, ¿cómo entender el interés por António Botto, un poeta menor al que integra en un universo del que pasa a ser el personaje típico? Y, en cuanto a su prefacio a un libro de Eliezer Kamenezky, cuya cualidad está muy por debajo de lo soportable, la apropiación por parte de Pessoa del «alma errante» como mito, ¿no tendrá mucho más que ver con el aspecto judío que subraya en sí mismo?
Luego, se destaca de forma intencionada el carácter ficticio de muchas colaboraciones, desde aquellas que escribió para las secciones «Crónicas de la vida que pasa…» y «Crónicas decorativas» hasta la que lleva por título «Un gran portugués», por no mencionar las mistificaciones periodísticas en torno a la figura del mago Aleister Crowley.
Otro ejemplo de la radical ambigüedad crítica-ficción en Fernando Pessoa es el de «Fábula», que puede ser, cuando menos, un poema en prosa, un cuento breve y una prosa crítica; escoger en este caso la pertinencia crítica es un desafío de lectura.
Fernando Cabral Martins, epílogo a Crítica: ensayos, artículos y entrevistas, de Fernando Pessoa (Acantilado, Barcelona, 2003; traducción: R. Vilagrassa)
◾️
Aunque se haya dicho hace años, y en más de una ocasión, que Fernando Pessoa no tuvo biografía, e incluso se le haya querido definir como «el hombre que nunca existió», lo cierto es que el ininterrumpido avance en el conocimiento de su asombroso legado literario inédito ha venido demostrando que sí la tuvo y que fue una de las más secretas, intrigantes y ejemplares de nuestro siglo. También se ha escrito, y ello se justifica porque cuando se escribió se sabía de él mucho menos que en la actualidad, que fue un desconocido de sí mismo, pero yo me he atenido, al intentar este modesto ensayo biográfico, a las palabras de Maria Teresa Rita Lopes según las cuales «para Pessoa, el espectáculo [de su obra literaria, concebida como un drama] comienza por el descubrimiento de sí mismo. Se consagra por entero al espectáculo, lo realiza, aun sabiendo que se trata de un entreacto, que la verdadera pieza no está allí». Es más, si tenemos en cuenta que Pessoa vivió con más sinceridad de la que tuvo a bien confesar en sus escritos, no sólo su vida de ciudadano portugués con partida de nacimiento, sino también las de sus heterónimos, y con particular intensidad y continuidad las de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, tendremos que admitir su indudable polivalencia biográfica.
El médico y publicista Taborda de Vasconcelos dice en su Antropografía de Fernando Pessoa que «aunque, debido a la irreductible versatilidad de la conducta humana, no haya un solo temperamento monolítico, a medida que maduramos esta ambivalencia se suaviza, de plural, el individuo se convierte en un todo armónico, singularizado en los principios que va estableciendo». Pero añade a continuación que esto no le sucedió a Fernando Pessoa debido a su carácter y que «los heterónimos no son, por consiguiente, desdoblamientos de la personalidad malograda en su cohesión, sino otros tantos «rostros» de la misma, «máscaras» en la designación de Vitorino Nemésio, en que si algo persiste de deliberado, mucho hay también de espontáneo y de sincero. En todos puso, como dijo, un profundo concepto de la vida, diferente en cada uno pero siempre gravemente atento a la importancia misteriosa de la existencia (…) Fuertemente condicionado por su fatalidad biológica, edificó un universo impar, habitado por voces distintas: las de Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, voces de figurantes con estructura civil pero afines en un único, y siempre el mismo, ser social». Aunque a lo largo de las páginas siguientes se encuentren algunas diferencias de matiz en comparación con lo recién transcrito, debidas todas ellas al estudio de determinadas cuestiones no consideradas por Taborda de Vasconcelos, estoy convencido de que sus observaciones son muy útiles, como punto de partida, para tratar de comprender —y de contar— la vida de Pessoa, tan singular debido precisamente a su personalísima pluralidad.
Ángel Crespo, La vida plural de Fernando Pessoa (Editorial Seix Barral, Barcelona, 1988)
◾️
Cuando en 1982 aparecieron por primera vez las piezas del rompecabezas en forma de libro, los heraldos de la post-modernidad lo saludaron alborozados como obra anticipadora, definidora y legitimadora de su juguete sin sentido; hoy, cuando esos mismos heraldos entierran sin pudor y en la clandestinidad el estafermo que anunciaban, nos queda a los demás —la inmensa mayoría— el alborozo del desasosiego de esta obra inclasificable (para desasosiego de los menos).
En uno de mis anteriores diálogos públicos con el semiheterónimo de Bernardo Soares, decía de él que era para mí el gran Poeta de la Modernidad, es decir, aquel que mejor y con mayor profundidad y menor pudor había sabido traducir literariamente las pobres ítacas conquistadas (pocas), las dudas y contradicciones de la singladura (bastantes), las tormentas y penurias sufridas (muchas) y las fechorías y monstruosidades cometidas (sin cuento) por ese barco reiteradamente encallado y siempre reflotado de la Modernidad. Y decía también que Pessoa seguiría siendo, por aprovechar la imagen náutica, una y otra vez lanzado contra las rocas, y una y otra vez devuelto a los océanos donde nos confundimos e intercambiamos papeles constantemente marineros y náufragos. En todo ello me ratifico ahora, tras haber repetido mi particular navegación por las páginas encrespadas unas veces, dormidas entre traicioneros sargazos otras, algunas (pocas), en fin, transparentes y convidadoras, de este Libro de jirones o retales o proyectos de libros.
Perfecto E. Cuadrado, epílogo a Libro del desasosiego (Acantilado, Barcelona, 2013)
◾️
Bernardo Soares es aquella parte de la Creación que teme la nada, que abomina crear en el vacío. El libro del desasosiego es la bitácora que abomina crear en el vacío. El libro del desasosiego es la bitácora del tinterillo, de ese Bartleby que espera al rey Sebastian que fue el ciudadano Fernando Pessoa en la olvidada y negligente República portuguesa, escribano ambulante de cartas comerciales en inglés y francés. Al desdoblarse en Bernardo Soares, Pessoa comete la temeridad de verse reducido a la falta de talento, a ser la victima que sueña, sólo sueña, con existir y con no ser nadie. Desde ese soberbio resentimiento, el imaginario Bernardo Soares escribe su diario mientras los imaginarios poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, aunque maldicen el fuego, lo insuflan.
Tan grande fue Pessoa que se dio el lujo novelesco de inventar al más perfecto de los escritores fracasados, ese Bernardo Soares que recorre el ser y el tiempo, el mundo fenoménico, los dicterios éticos, el odio a la democracia y las divagaciones estéticas bajo la negación de todo amor. Más allá de la filosofía íntima de Kierkegaard o de diarios que resultaron novelas secretas, como el de Amiel, El libro del desasosiego es la novela de un poeta sin posteridad.
Christopher Domínguez Michael, «El libro del desasosiego» (La sabiduría sin promesa. Vidas y letras del siglo xx, Random House Mondadori / Lumen, México, 2009)
◾️
Fue un maestro del traje de invisibilidad. Y no solo llevaba uno, sino un número considerable de ellos: Alexander Search, Robert Anon, Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Antonio Mora, Bernardo Soares, todos nombres que apenas pueden tenerse por pseudónimos.
Fernando António Nogueira de Seabra Pessoa hubiera rechazado que se tratara de meros nombres ficticios, pues veía su doble o múltiple identidad autorial como una heteronimia en la que cada autor poseía su estilo, biografía, méritos y defectos propios.
«¡Sé multiforme como lo es el universo!», exclamaba.
Pero ¿dónde está el «verdadero» Pessoa? ¿Dónde se encuentra él mismo en este teatro de variedades? En la lengua de su tierra, «uma pessoa» significa «una persona». Es un apellido que dice poco.
Lo que más llamaba la atención de Pessoa era que no llamaba la atención. Uno se lo imagina como un señor bajito, con bigote y gafas que va siempre con el mismo sombrero a La Baixa, la zona baja de Lisboa, y acude al mismo café, donde apenas nadie nota su presencia. Las mujeres no tienen ningún papel en su vida. Se gana a duras penas la vida como traductor. Se ocupa de la correspondencia de alguna empresa, un trabajo tedioso y aburrido que, sin embargo, le asegura lo que para él tiene más valor: su independencia. Escribía constantemente, pero publicaba poco. Sus manuscritos quedaban por ahí, «para el baúl», como él decía. Su legado fue un desastre que ha causado muchos quebraderos de cabeza a los filólogos, que hasta hoy siguen rebuscando entre sus obras póstumas.
Hans Magnus Enzensberger, Escribir bajo el poder. 99 retratos literarios del siglo xx (Ediciones Universidad Austral de Chile, Valdivia, 2025; traducción: Carlos M. Pina)
◾️
Entorno plural, nos dicen algunos importantes poetas y pensadores. Es probable que entre los primeros ninguno llegara más lejos que Fernando Pessoa. Aludo ahora no tanto a sus heterónimos, evidente expresión de una infatigable voluntad de diversidad, como a lo que algunas de sus reencarnaciones ficticias veían en el mundo. Ricardo Reis, un heterónimo, es el encargado por Pessoa de prologar la poesía de uno de sus colegas inventados, Alberto Caeiro, y lo que subraya en su obra es la reconstrucción de un sentimiento pagano. Siente Caiero y afirma que la Naturaleza está hecha de partes sin un todo, exentas de un todo (XLVII):
A Natureza é partes sem um todo.
Isto isto seja o tal mistério de que falam.
Y otro personaje, António Mora, teórico en prosa de este neopaganismo, recalca la esencial multiplicidad del mundo. «Ora a natureza é plural. A natureza, naturalmente, não nos surge como um conjunto, mas como «muitas cousas», como pluralidade de cousas. Não podemos afirmar positivamente que exista, deveras, um conjunto chamado Universo…, uma cousa que seja uma, designável por natureza. A realidade, para nós, surgenos diretamente plural.» ¿Qué doctrinas o textos al respecto, ocultistas quizás, o filosóficos, conocería el gran escritor portugués?
(…)
Remito finalmente a las reflexiones, en otra lengua hermana, de Bernardo Soares, la voz de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. No creo que nadie haya profundizado más en nuestro tema. Bernardo Soares ¿es personaje, heterónimo, semiheterónimo, el autor mismo? No importa demasiado. Desde el momento en que siente, piensa y escribe, Pessoa tiene muy claro que se está ficcionalizando. Soares, el modesto ayudante de contabilidad de una oficina de la Rua dos Douradores, en la Baixa de Lisboa, cuando aparece en el conjunto heteróclito e inacabado de fragmentos que es el Libro, tiene visos de personaje de novela, pero sin que le pasen cosas novelescas, sin apenas acciones variadas y coherentes. Sí abundan las descripciones. Se introduce un entorno, el ambiente de un pequeño comercio, desesperadamente gris y monótono; pero lo que ocupa este ambiente en lo esencial es el pensamiento de un personaje totalmente separable y separado de él. Soares —lector de Amiel, plural y fingidor él también— produce lo que Ángel Crespo denomina muy bien un «intermitente diario íntimo». Podríamos llamarle, como el Zibaldone, de Leopardi, pese a que Pessoa no poseía una sola filosofía ni quería tenerla, el diario filosófico de un poeta. Su autor es también un razonador incansable, tenaz hasta el agotamiento de las ideas y su propia superación. Su diario da entrada a variaciones diversísimas, hasta contradictorias, sobre unos mismos temas obsesivos que van elevándose poco a poco en espiral.
Claudio Guillén, Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada (Tusquets Editores, Barcelona, 1998)
◾️
Las pretendidas incoherencias y contradicciones en los escritos de Pessoa reflejan en realidad el «diálogo interno» del autor, que éste trata incluso de transformar en una complementariedad de los tres poetas imaginarios: Alberto Caeiro y sus discípulos Ricardo Reis y Alvaro de Campos —las «tres hipóstasis», como los llama Armand Guibert, traductor y comentador experto de los textos de Pessoa— nacieron en la imaginación del poeta, que dotó a cada uno de una biografía particular y de un ciclo de poemas muy personales por sus tendencias artísticas, así como por su filosofía. De estas tres figuras míticas, Ricardo Reis y Alvaro de Campos, dos poetas antitéticos, parecen, a la vez, abrazar y rechazar el arte poético de su maestro, Alberto Caeiro, y los tres liberan a su autor, según su profesión de fe «multilateral en exceso», de la tutela ejercida por su propio pasado literario. Los tres ciclos en cuestión ocupan un lugar vasto e importante en el conjunto de los escritos de Pessoa. Algunos meses antes de su fallecimiento, el poeta reveló en una carta a Adolfo Cassais Monteiro la arquitectura de este drama de tres personajes; citaremos, a la zaga de Guibert, lo que éste denomina «un des plus saisissants documents de toutes les littératures»: «Creé entonces un grupo inexistente. Fijé todo aquello en moldes de realidad. Gradué las influencias, conocí las amistades, oí en mí las discusiones y las divergencias de puntos de vista, y en todo me pareció ser —yo, el creador de todo— el menos presente de todos.» Guibert insiste, con justicia, en la imposibilidad de «récuser en doute le ton d’assurance et d’authenticité d’un pareil témoignage». El relato del poeta debe ser tomado en verdad al pie de la letra: «Después de la aparición de Alberto Caeiro, me preocupé por descubrirle —instintiva y subconscientemente— discípulos. Arranqué de su falso paganismo al Ricardo Reis latente y le encontré nombre, lo ajusté a sí mismo, pues hasta tal punto lo veía ya.» El apellido del maestro, Ca-eir-o, entra, con dos metátesis, en el nombre y el apellido «ajustados» para designar al discípulo Ricardo Reis, y entre las once letras de este hallazgo onomástico, nueve (es decir, todas menos la consonante final de los dos temas) reproducen las de CAEIRO. «De súbito, por una derivación opuesta a la de Ricardo Reis, he aquí que surge en mí otro individuo. De un tirón, ante la máquina de escribir, sin interrupción ni enmienda, surgió la ‘Oda triunfal’ de Alvaro de Campos —la oda con este título y el hombre con el nombre que ella lleva.» A nivel antroponímico, esta «derivación» da a los dos nombres Alberto y Alvaro, así como a los dos apellidos, Caeiro y Campos, el mismo par de letras iniciales, en tanto que el nombre del discípulo, Alvaro, termina con la misma sílaba que el apellido del maestro, Caeiro.
Roman Jakobson, «Los oxímoros dialécticos de Pessoa» (Ensayos de poética, Fondo de Cultura Económica, México, 2006; traducción: Juan Almela)
◾️
Desde su violento oxímoron, que tanto promete, El banquero anarquista intriga al lector. Tras su lectura continúa intrigando. El ciudadano del año 2000, tan concienciado del valor del sufragio universal como del de la dieta mediterránea, no quiere creerse que Pessoa, el sublime autor de ciertos poemas, se le presente como un refinado energúmeno que le niega al hombre de a pie el pan y la sal sociales. Según todos los indicios plausibles, Pessoa, en la estela de rebeldía crítica abierta por el Ultimátum (1917) de Campos contra el mandarinazgo democrático, se propuso en el Banquero satirizar las posibilidades de emancipación social del individuo. Y el motivo ideal de escarnio —al tiempo que de encomio tras revestirlo de una significación nueva— era el anarquismo, una doctrina que hacia 1920 aún gozaba de valor de cambio. Demasiado en boga se hallaba todavía la mentalidad finisecular de transformación social (El alma del hombre bajo el socialismo, de Wilde, es de 1891) como para que Pessoa no se riera de ella y le buscase los puntos flacos, siempre muy sensible tanto al lugar común como al posible lugar del individuo en la masa.
No son muy conocidas las ideas políticas de Pessoa, pese a que a menudo se entremezclan con sus ideas poéticas. Él se definía como «conservador al estilo inglés, esto es, liberal en el conservadurismo y absolutamente antirreaccionario». En esa línea, tuvo claro que algo —quizá no mucho— debía hacerse por la mejora del pacto social. El mundo que él había recibido de sus mayores, su mundo portugués, no era muy halagüeño a sus ojos.
«Producto de dos siglos de falsa educación frailuna y jesuítica, seguidos de un siglo de pseudoeducación confusa, somos las víctimas individuales de una prolongada servidumbre colectiva. Nos han oprimido liberales para los que la palabra “libertad” no pasaba de ser el salvoconducto de una secta reaccionaria; librepensadores para quienes el colmo del librepensamiento era impedir que las procesiones saliesen a la calle; masones para los que la Masonería (lejos de toda consideración que la contemple como depositaria de la herencia sagrada de la Gnosis) no ha sido nunca más que una Carbonaria ritual. Producto, pues, de educaciones impartidas por seres cuya vida era una perpetua traición a aquello que afirmaban ser y a las creencias o ideas a las que afirmaban servir, nos hallábamos llamados a ser siempre de los alrededores…»
Que somos víctimas, y que algo habríamos de hacer para dejar de serlo, parece claro para Pessoa, aunque no tanto quién sea el victimario, si el mundo (como suma de fuerzas supraindividuales) o el propio individuo (como víctima de sus propias fantasías o de su inhibición).
Jorge Jimeno, prólogo a El banquero anarquista (Editorial Pre-Textos, Valencia, 2001)
◾️
En materia literaria el inglés fue su primera lengua: en ella hizo sus primeras lecturas importantes, escribió sus primeros textos y obtuvo sus primeros reconocimientos. El efecto más evidente de su infancia sudafricana fue la intimidad profunda con la cultura inglesa, una intimidad que fue mucho más allá de la educación recibida: sus cuatro primeras publicaciones de poesía, autoediciones, fueron en inglés. Las envió a la prensa inglesa y recibió un par de buenos comentarios en medios importantes, que señalan la extrañeza de su inglés hiperliterario.
Afirmó que el inglés era la lengua de la inteligencia, a la que acudía naturalmente cuando se trataba de pensar, de resolver problemas, de elaborar un argumento; para expresarse, en cambio, necesitaba el portugués. Así que su último texto queda también en calidad de última paradoja —un papel suelto encontrado en el hospital:
I know not what tomorrow will bring.
También leía y escribía bastante en francés, pero no se sentía tan cómodo con la cultura francesa. Tenía distancias filosóficas: con los clásicos, porque «el francés castra, limita, redondea primero la experiencia vital, luego disciplina esa sensibilidad castrada»; con los románticos, porque en ellos «el espíritu francés reveló inmediatamente su debilidad, perdió el poder de la disciplina, produjo las monstruosidades de construcción que son los poemas de Hugo, de Musset, de Lamartine…
Como sea, la anglofilia de Pessoa y su desafección por la cultura francesa fue una gran novedad en el ambiente portugués. Por sí sola esta característica supone una ruptura, porque como entonces ocurría mucho, no solo en Lisboa, la veneración por la cultura francesa reptaba por todos los salones y hasta por algunos callejones.
Adán Méndez, prólogo a Papeles personales, de Fernando Pessoa (Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2016)
◾️
Comienzo a leer el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, traducido por Ángel Crespo, y es una obra tan densa, tan cargada de todo lo que Pessoa, Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos —y ahora este Bernardo Soares a quien Pessoa atribuye su contenido— significan en el mundo de la literatura, la poesía y la tristeza, que con dificultad paso de las primeras páginas y se entabla con ella una batalla, casi un pugilato personal en el que rápidamente opto por la defensiva: imposible luchar con esa negatividad, con la fascinación que ésta ejerce sobre mi ánimo, que empieza a absorberla y termina siendo absorbido por ella.
Pienso si negatividad es la palabra adecuada. Y lo dudo. Imagino que Pessoa la rechazaría. O no; y seguiría adelante sin importarle que yo llame de esa manera un tanto, bueno, sí, un tanto defensiva, a esa tristeza esencial que era el fundamento de su arte. Pero con toda deliberación me niego a usar la palabra melancolía, que queda muy bien en Inglaterra pero no en Lisboa, no sé por qué, quizá porque los países se han repartido ya las imágenes y la de Portugal es más bien la de la tristeza y la decadencia…
Augusto Monterroso, La letra E (Tríptico, Fondo de Cultura Económica, México, 1995)
◾️
Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. Pessoa, que dudó siempre de la realidad de este mundo, aprobaría sin vacilar que fuese directamente a sus poemas, olvidando los incidentes y los accidentes de su existencia terrestre. Nada en su vida es sorprendente —nada, excepto sus poemas. No creo que su “caso” —hay que resignarse a emplear esta antipática palabra— los explique; creo que, a la luz de sus poemas, su “caso” deja de serlo. Su secreto, por lo demás, está escrito en su nombre: Pessoa quiere decir persona en portugués y viene de persona, máscara de los actores romanos. Máscara, personaje de ficción, ninguno: Pessoa. Su historia podría reducirse al tránsito entre la irrealidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones. Estas ficciones son los poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y, sobre todo, el mismo Fernando Pessoa. Así, no es inútil recordar los hechos más salientes de su vida, a condición de saber que se trata de las huellas de una sombra. El verdadero Pessoa es otro.
Octavio Paz, Cuadrivio (Joaquín Mortiz, México, 1965)
◾️
Septiembre, 1982.
Recibo el Libro do desassossego de Bernardo Soares (Fernando Pessoa). Reconozco inmediatamente esa inconfundible indolencia lúcida, esa destrucción de la frontera entre sensación y pensamiento. Y, en seguida, esta reflexión, tan pessoana: «sem syntaxe não ha emoção duradoura»; no está muy lejos del dictum mallarmeano «Moi, je suis un syntaxier», ni de alguna máxima de Valéry. Para todos ellos —y no sólo para Pessoa— «as palavras são … sensualidades incorporadas». Me parece ver ya en este libro una piedra de toque, un libro para un eterno retorno.
Andrés Sánchez Robayna, La inminencia. Diarios, 1980-1995 (Fondo de Cultura Económica, México-España, 1996)
◾️
[El] pensamiento de orden filosófico no es otra cosa que «la soledad misma y su eco», un hallazgo que nos lleva de nuevo al Monsieur Teste de Valéry y a sus meditaciones sobre Narciso.
Esta sombría conclusión podría servir de lema para el Fausto de Fernando Pessoa, un voluminoso fragmento en el que trabajó de forma intermitente desde 1908 hasta el mismo fin de su protegida vida en 1935. A pesar de su característica polifonía, el poema dramático de Pessoa es un soliloquio de temor metafísico tanto a la soledad como al compromiso. La abstención es una locura, pero también lo es la acción que separa los gestos y pasiones humanos del santuario del yo privado. En pasajes profundamente influidos por Schopenhauer, Pessoa identifica la salvación con el sueño, con un sueño tan profundo que llega más allá del inconsciente y de la vanidad de los sueños para acallar el vano tumulto del pensamiento. Una dolorosa e irresoluble contradicción atormenta al magus de Pessoa. Aun persuadido de la realidad del mundo, querría descifrar sus misterios (la «voluntad» y «representación» de Schopenhauer). El nihilismo metafísico no puede negar el impulso a entender. Repetidamente, el monólogo dramático de Pessoa revierte a un horror de pesadilla: poseído por una vana pero imperativa reflexión, Fausto «se ahoga dentro de su propia alma». La indagación metafísica induce a enterrarse en vida. Pessoa era un atento lector de Poe, al igual que Valéry.
George Steiner, La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan (Fondo de Cultura Económica, México, 2012; traducción: María Cóndor)
◾️
Vila Nova, 3 de diciembre de 1935.
Fernando Pessoa ha muerto. En cuanto leí la noticia en el periódico, cerré el consultorio y me metí por el monte. Fui a llorar con los pinos y con las peñas la muerte de nuestro mejor poeta de hoy. Portugal lo ha visto pasar en un ataúd hacia la eternidad sin preguntar siquiera quién era.
Coimbra, 26 de abril de 1953.
Lo que nos hacía falta era una gran variedad de convivencia mental para que ninguna influencia fuera avasalladora, pero para que todas fueran excitantes. En la obra de Pessoa, que gozó de esta circunstancia, brilla algo inesperado y prometedor. En su caso, el lirismo nacional es empujado por vientos contradictorios, y se alza sobre la banalidad rutinaria en mágicos remolinos de inquietud. Si no podemos, como parece, hacer nosotros solos el milagro de creaciones específicas y de altura, que al menos tengamos el pudor de no consentir una alienación total. Ocupemos el mundo entero, para ser extranjeros en cualquier patria que no sea nuestra.
Vila da Feira, 30 de noviembre de 1983.
Inauguración de un monumento a Fernando Pessoa. Al final de la ceremonia —a la que yo había dado mi colaboración—, me regalaron la bandera nacional que lo cubría. Y voy a conservarla por dos razones. Porque es el símbolo de mi patria y porque, emblemáticamente, ha envuelto la gloria del poeta. Una gloria pura que, como pocas, merecía la gracia de este póstumo calor maternal. Nadie antes había realizado el milagro de crear de raíz un Portugal hecho de versos.
Miguel Torga, Diario 1932-1987 (Alfaguara, Madrid, 1988; traducción: Eloísa Álvarez)
◾️
El primer biógrafo de Pessoa no exploró profunda ni exhaustivamente el famoso baúl, lo cual es comprensible, ya que hacerlo le habría tomado el resto de su vida, y no era rico, tenía que ganarse el pan. Algunos de los más de veinticinco mil papeles que Pessoa dejó, la mayoría de los cuales se encuentran ahora en la Biblioteca Nacional de Portugal, estaban ordenados y pulcramente manuscritos o mecanografiados, pero muchos otros consistían en textos a medio componer, fragmentarios o difíciles de descifrar. Pessoa era un escritor volcánico, y cuando las palabras comenzaban a fluir, usaba para escribir cualquier tipo de papel que tuviera a mano: hojas sueltas, cuadernos, servilletas de papel de los cafés que frecuentaba, páginas arrancadas de agendas o calendarios, el dorso de tiras cómicas y folletos, portadas de libros, tarjetas de visita, sobres, incluso los márgenes de manuscritos redactados unos días o unos años antes. Todo lo metía en su gran baúl de madera, su legado al mundo. Llevó décadas de dedicación por parte de académicos y bibliotecarios inventariar y publicar buena parte de ese tesoro textual, asombrándonos con su cantidad, calidad y heterogeneidad. Además de sus muchos poemas, sus obras de teatro, cuentos y novelas negras, Pessoa hizo traducciones, escribió comentarios políticos, textos de historia, tratados sociológicos, estudios filosóficos, teoría lingüística, teoría económica, ensayos sobre religión y psicología, autoanálisis, escritura automática y cientos de cartas astrológicas.
Richard Zenith, Pessoa. Una biografía (Acantilado, Barcelona, 2025; traducción: Ignacio Vidal-Folch)




