La premonición de maese Lezama en monseñor Lefebvre

En su perspectiva histórica, el cisma iniciado por monseñor Lefebvre regularía la proyección política del catolicismo; en una función que equivale a la renuncia del imperio romano a la Germanía, reconociendo sus límites actuales. De ahí que las cuestiones nominales sean superficiales, como la contradicción de su misma pretensión universalista; que es lo que lo define como católico, pero más en un sentido de inercia mecánica que de voluntad política real.

En este sentido, obsérvese que la postulación de una primacía romana es más defensiva que sujeta a esta pretensión; dada la impotencia de los otros metropolitanos ante la pretensión césaro-papista del emperador en Constantinopla. En ese mismo sentido, el fraude de la Donación de Constantino, resuelve el conflicto real del abandono de Roma; que sigue siendo el centro natural del antiguo imperio de Occidente, cuando su capital termina mudándose a Ravena.

Es ese vacío lo que Roma llena, supliendo su estructura seudoimperial, contra los excesos políticos de Oriente; aunque deba justificarse, no sólo con el fraude, sino torciendo también el argumento agustinita contra el donatismo. Pero en esa dirección, el rechazo de los donatistas se basa en un condicionamiento de la misma presión imperial; por una iglesia todavía resuelta en el equilibrio horizontal de la pentarquía, que recuperaba el tribalismo originario; pues para ellos, la comunión con Roma era con la estructura imperial, no con el metropolitano de Roma. Curiosamente, esta contracción, que responde a la mecánica de sistemas orbitales, es la que explica la de la Reforma; que terminaría trasladando la función axial originaria a la economía, con el exceso doctrinario de Calvino.

Se trata entonces de una peristalsis, en que la sístole sigue naturalmente a su diástole, como la premisa lezamiana; que postulando el paso del estilo sistáltico al hesicástico, propone la base epistémica del Realismo Trascendental. El gesto de maese Lezama —podemos ya empezar— adquiere así alcances litúrgicos, cruzando un umbral crítico; en el que emerge lo neoafricano de su residualidad ontológica, liberada por la desincronización de Occidente.

Lezama no postula lo neoafricano, pues hasta allí no llegará la intuición que incompleta su ontología singular; él entiende la poiesis, no la autopoiesis, es teleológico y no probabilista, pero hace la adecuación que impulsa al realismo. Eso es lo que suple el Realismo Trascendental, por sobre las deficiencias del de Maritain, acosado por el idealismo; pues esa es la amenaza materialista, un concepto tan absoluto sobre lo real que resulta hegeliano y kantianista.

Esta es entonces la catálisis que produce el nuevo estado, en esta misma emergencia del Realismo en tanto Trascendental; tratándose, por tanto, de otra comprensión de lo histórico, por su función cono existencial antes que meramente política. El esquema es hasta hermoso en su arrebato estructural, pues el misterio del proto-dios es así un axioma físico y no ético; que se cumple para toda realidad, por su determinación en la función axial de la cultura, aunque sea como Frónesis.

Eso no debe llamar a engaño, sino sólo adecua la expresión histórica en su naturaleza, como expresión de lo real; que no es una determinación en la falsa ontología de lo político, sino sólo la expresión que realiza a lo real cono histórico. Ese es el misterio de la imagen, en su disociación cono forma en esa axialidad de la cultura por su práctica religiosa; por la que lo real se resuelve como humano, en una especialización de la misma realidad, no una apoteosis culminante.

No importa que esa práctica se postule como universal, pues de hecho responde a esta determinación en su puntualidad; que, proveniente de la física, la resuelve en una estructura dada, como cumplimiento excepcional de esa universalidad. No es ni paradójico —pero sólo Dios es grande—, acudiendo a la superposición de estados, siempre de la materia; aunque a un nivel tan extremadamente puntual que resulte imperceptible en su micropositividad, como metafísico.

 


Imagen: La entrada de los cruzados en Constantinopla  (1840), de Eugène Delacroix. Musée du Louvre.

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