«Lanzó una mirada a los escalones: se hallaban vacíos. Observó el cuadro: estaba borroso. Con súbita intensidad, como si durante un instante pudiera verlo con claridad, dibujó una línea allí, en el centro. Lo había hecho; estaba acabado. Sí, pensó, dejando caer el pincel con extrema fatiga: He tenido mi visión».
Cuando llegamos a esta última frase con la que cierra la novela de Virginia Woolf, hemos concluido una auténtica experiencia lectora. Hemos transitado de la fe a la incredulidad, del acierto al desconcierto. ¿Por qué una sensibilidad contemporánea no puede leer ya estas novelas?
Me he asomado a algunas reseñas en las redes. Muchas de ellas insisten en que les resultó tediosa, larga, sin peripecia, más pensamiento y divagaciones que rumbo claro. Otros vuelven sobre la necesidad de adentrarse en el complejo mundo intrafamiliar de Woolf para alcanzar una mejor comprensión de la novela. A mí me hechizó y me aburrió, me encantó y me hizo odiarla como a una partícula muy proustiana derivada de mi experiencia lectora. Y así llegué hasta el final.
Hay un parlamento parricida de uno de los hijos que nos ayudaría en esto último (los envío al capítulo 9 de la última parte, no es un pasaje breve). Para Cynthia Ozick, Virginia Woolf estaba simplemente loca. Pero el gran crítico de su tiempo, Cyril Connolly, supo ver en este «su libro más radiante» (cualquier cosa que esto signifique), salvado por su «esencial desolación sin límites».
Virginia Woolf estaba convencida de la necesidad de transformar nuestra forma de leer: no se lee para sumar conocimiento, la erudición atenta contra la pasión por la lectura. Decía que el único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página.
Y otra vez, en el centro de sus novelas está la mirada interior, el viaje a unas habitaciones en penumbras, con candelabros y cuadros viejos, y unas cortinas corridas a perpetuidad. Y es como si Virginia Woolf nos dijera: aquí hubo, hay vida.
La edición que he leído de Al faro la compré una vez en México en uno de mis numerosos viajes prepandémicos. La publicó Mirlo, en la serie Tinta Viva de Editores Mexicanos Unidos, 2016. La traducción es de Marina Mena. Al faro apareció por primera vez en 1927, el mismo año de El tiempo recobrado, Ser y tiempo, El bosque de la noche y El lobo estepario.
[Imagen de portada: Gisèle Freund, 1965.
Mesa de trabajo que V. Woolf utilizó en Monk’s House, East Sussex]





¿Pero esto es un apunte o quiso ser una reseña?
Estimado Pepe, es apunte y es reseña, sobre todo porque aquí en Bookish no vemos necesariamente ninguna contradicción en que una nota de lectura sea escrita por Jano, en su sapiencia bifronte, y no por herederos de Ambrosio Fornet o, no sé si peor, José Antonio Portuondo. Gracias por llegar, maestro.