Cavernas

I

Me sumergí el año pasado en una prolongada temporada Mad men, más de noventa capítulos. No voy a dar la lata con lo sabido, que es una de las mejores series de televisión que se han producido en la historia. Voy a lo que me interesa para estas columnas, vamos, mis entradas de diarios: qué imaginan los guionistas que leían estos ejecutivos.

He aquí que los ejecutivos publican libros de emprendimiento, autoayuda y de cómo gestionar tu riqueza, pero no leen. No leen ni siquiera en los sesenta, una década en la que nos han dicho que todo el mundo leía novelones clásicos, se metía cosas y hacía la revolución. Pues bien, en la serie leen las mujeres: la insulsa Betty, la desdichada Peggy, la infeliz mujer de Peter, y así. Es cierto que a veces vemos a Draper leer algo más que el periódico, pero es una anécdota.

Hay un personaje muy literario, un pobre novio de Peggy que está obsesionado con denunciar y derrotar al capital mudándose a un barrio marginal donde las noches son a balazos y sólo se escucha gente gritando y liándose a trompadas. A mí me recuerda a esos pobres reporteros de periódicos que con tal de seguir una línea editorial se inventan notas llenas de «una fuente que prefirió el anonimato”.

Hay un personaje que es escritor al que le publican unos cuentos en una revista de prestigio, pero bajo seudónimo porque qué es eso de un ejecutivo de una alta compañía publicitaria escribiendo ficciones literarias cuando su trabajo es producir ficciones que tienen implicaciones directas en lo que compra la gente.

Al final, como ha dicho alguien, la serie es como dicen que son la mayoría de los matrimonios: leen las mujeres. Excepción hecha del mío: leemos los dos.

 

II

La literatura se piensa también a partir de ciertas imágenes. Una foto campestre de Nabokov rastreando mariposas red en mano, una de Sciascia y Bufalino recogiendo setas en la campiña italiana, Marianne Moore con su pony, Faulkner de raída chaqueta de montar entrando a su viejo galpón —que todavía puede verse y lo vi en Oxford—, Joyce y aquel matemático, Eugene Jolas, por las calles de París…

O aquel retrato de Bajtín posando como un todavía más frugal Rasputín y cuya curiosidad espiritual discurría por otras veredas. Toda imagen es una objeción, podría uno pensar a partir de que el archivo es finito pero ahora mismo inabarcable.

El proyecto de La escalera de Vico fue desde 2016 eso: la iconografía del escritor moderno y su fondo de pantalla, la biblioteca. El pretexto fue recorrer una vasta iconografía que, a modo de compañía de la obra literaria, puede hallarse en las redes. El único requisito fue que la imagen apuntara a dos zonas de interés: la relación con la biblioteca, razón de ser del proyecto, y también el escritor en su espacio, su «caverna», su laboratorio, el lugar íntimo donde se elabora finalmente una obra.

Por pura curiosidad comencé a interesarme por el momento en el que la representación del escritor se asocia a la biblioteca. Vemos que no es en el siglo XIX todavía, en ese entonces los escritores aparecen muchos en estudios fotográficos —Dickens con una pequeña mesa como decorado, Whitman con un chico—, a veces en exteriores. Es decir, en ese entonces no es todavía la biblioteca una locación representable, no forma parte todavía del «espacio» público del escritor.

Y aun así no deja de ser curioso que uno de los escasos retratos de José Martí, aquel de Hermann Norman, aparece en su mesa de trabajo con libros al fondo.

 

III

A tono con lo anterior: hay un síndrome que sólo ataca a los lectores nivel Dios y es el de la biblioteca fantasma, la biblioteca oculta. En la que fue mi ciudad y en los años noventa esa era la del amigo E.

Por todo el lugar circulaba el rumor de que la suya era la mejor provista, se decía que recurría a artes que nos estaban vedadas y que incluso obispos y embajadores aportaban lo suyo para que aquellas estanterías siguieran siendo las más robustas. Tenía conexiones y sabía explotarlas. Las últimas ediciones se comentaba que allí caían apenas una semana después de haber sido presentadas en Barcelona, Ciudad de México y Buenos Aires.

Circulaban también historias de que aquel amigo no perdonaba una: si te descuidabas, aquel libro que ayer había traspasado las exigentes aduanas del castrismo desaparecía de tus estantes para formar parte del catálogo de aquella biblioteca. Y hasta luego, Lucas, no lo veías más.

Pero había un problema: nadie nunca la había visto. O solamente contadísimas personas habían accedido a un recinto que, cual capilla para lectores en condición de exclusividad, estaba al alcance de muy pocos elegidos. Llegar allí exigía cortejo y seducción. El proceso podía ser largo y no exento de dificultades. El amigo honraba con celo lo conseguido, su “caverna” privada. Era en extremo desconfiado, un exquisito, un gourmet de la bibliofilia, perdonando la redundancia.

Pero allí llegamos, con un poco de paciencia y buenas artes. La biblioteca existía y era fantástica. Y mi amigo sabía ser generoso una vez traspasados esos umbrales. Fue una inspiración, pero ahora puedo decir, amigo E., que ha sido superada. Con creces. Y sólo toca decir gracias.

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