Ramiro de Maeztu fue uno de los escritores más importantes del cambio de siglo en España, un escalón por debajo de los más grandes, y ya esto es mucho decir. Fue en su juventud amigo inseparable de Baroja y Azorín, aunque con sus matices: era el más radical de los tres. Empezó siendo socialista, o más bien anarquista teórico, y acabó abrazando el fascismo y muriendo en el paredón durante la Guerra Civil Española a manos de los comunistas. Todo lo que un buen lector desee saber sobre su biografía, sus controversias y sus relaciones con sus contemporáneos, debe buscarlo en Los nietos del Cid, el magnífico ensayo que Andrés Trapiello les dedicó a los escritores de la generación del 98. Hay nueva edición. De nada.
Lo que nos interesa aquí es que Ramiro tuvo una estrecha relación con Cuba. Su padre, Manuel Maeztu, había nacido en Cienfuegos y tenía ascendencia navarra. Era hacendado y a su vez su padre se dice que había tenido un alto cargo en la intendencia general de España en la Isla, aunque este dato no lo hemos podido confirmar. La madre de Ramiro se llamaba Juana Whitney, francesa nacida en París, donde conoció a Manuel. De la unión nacieron, además de Ramiro, el pintor Gustavo y la pedagoga María. Había recursos para varias institutrices.
En 1891, Ramiro se estableció en Cuba. Algunas fuentes hablan de que lo hizo para ayudar a la familia con los negocios y otras dicen que un poco para evadir la justicia y otro poco para salvar la vida. De naturaleza violenta, un testigo contó que durante una riña le había asestado un mazazo a alguien en la cabeza.
Manuel murió en Santa Clara (Las Villas) en 1898 dejando tras de sí la ruina de los emprendimientos familiares y una situación económica precaria para el clan. Ramiro se trasladó entonces a La Habana donde desempeñó oficios diversos, entre los cuales estuvo el de lector de tabaquería, de lo cual dejó algunas páginas escritas. Poco después la familia se movió a Bilbao y el resto, borrones incluidos, es historia más o menos conocida.
El siguiente texto, un capítulo de su Autobiografía, y que antes fue columna en un periódico, fue escrito en 1926 y resalta las penurias económicas, no de su familia, sino de la tierra donde vivió años de juventud, golpeada por la inestabilidad de los precios del azúcar y la incertidumbre de su futuro. No lo sabía bien De Maeztu. A pesar de ello, el escritor quedó seducido por una tierra merecedora de mejor suerte: “La belleza de Cuba es tan completa, que ninguna descripción podrá hacerle justicia”.
Reparo en que se van a cumplir cien años de la publicación de este texto. Los desvelos siguen teniendo igual tesitura. En 1926, con azúcar y una democracia naciendo. En 2025, sin azúcar, millones en el destierro y todavía esperando por el renacimiento de un país en democracia. No se nos escapa que publicamos este ensayo el 20 de octubre, fecha en la que se entonaron por primera vez en 1868 en la villa de Bayamo las notas del Himno Nacional.
¡Tierra de sueños, tierra de hadas, tierra de maravillas! Si no me crié a tus pechos, de tus campos salieron las cañas que me sostuvieron en la infancia: el colegio y el pan. ¡Tierra de sorpresas! Hoy estamos a tono, tú, blandida por las furias, y yo, enfermo en la cama. En el paisaje de árboles derribados no desencaja una voz feble y condolida.
Ya hace cinco años recibió Cuba el primero de sus grandes choques. Entonces no fué tanto Cuba, la Bella, cuanto Cuba, la Rica. «¡Tesoro inagotable —y de tanta ambición!», dice la canción criolla. La riqueza de Cuba era el dogma inconmovible de toda la sociedad cubana: blancos y de color, cubanos y españoles. El azúcar se había vendido a más de 20 centavos la libra. El país nadaba en oro. El puerto de la Habana se encontraba abarrotado de navíos cargados con los lujos del mundo. De pronto bajó el dulce a centavo la libra, y saltaron los Bancos. Era la ruina universal.
Al principio se la creyó pasajera; pero los años han corrido sin que suba el azúcar de los dos centavos. Es un precio de liquidación forzosa. O no llega para pagar a los colonos o falta para el refaccionista y gastos de molienda. El precio de costo se ha calculado siempre en tres centavos. Podrán haberlo disminuído los perfeccionamientos de la técnica, pero poco, muy poco. Para trabajar a dos centavos hay que reducirse, hay que vivir casi con nada, hay que renunciar a casi todo. Y eso en Cuba, la Rica, la de la fecundidad inagotable. Pero los cubanos no están acostumbrados a una vida de castellanos viejos. Cuba es el Paraíso de la tierra. Y, sin embargo, cinco años mortales van pasando, uno tras otro, sin que el azúcar suba de precio ni se vislumbre la posibilidad de que vaya a subir pronto. Y los cubanos están aprendiendo estoicamente que una cosa es la riqueza de la tierra y otra distinta la riqueza.
Esta vez no ha dado la sorpresa Cuba, la Rica, sino Cuba, la Bella. La belleza de Cuba es tan completa, que ninguna descripción podrá hacerle justicia. Ni tampoco consiste en lo que ven los ojos, sino en lo bien que se sienten al mirarla. Es un paisaje donde se cumplen los deseos. La tierra parece hecha para que el hombre la disfrute. Cuando se contempla un cañaveral movido por la brisa, con las cuatro palmas en lo alto de la loma, no se piensa que se halla uno en el campo, porque la idea de ciudad desaparece. El campo es ciudad, casa y palacio. Lo que uno siente es ganas de gritar: «Hasta aquí el afán y el deseo, la contención y el desasosiego, pero aquí desaparecen los cuidados y se empieza a poder vivir sin voluntad y a dormir de un tirón a pierna suelta».
No durmieron a pierna suelta los cubanos la noche del huracán. Para eso sirve la meteorología. Los observatorios anunciaron con tiempo la venida y el curso de las furias. Llegó el ciclón por la isla de Pinos, donde no dejó pared en pie ni piedra sobre piedra. Cruzó la Grande Antilla, de Sur a Norte, por los dos lados de la trocha antigua. Todavía silbará en los oídos de los que vivieron esa noche de espanto. Y a la mañana siguiente cayó una lluvia tan fuera de medida, que todos los horrores del paisaje se echaron a nadar. Cuentan los testigos que entre las columnas de agua maciza que los cielos volcaban se veían fantásticos juegos de luces, endemoniados fuegos de artificio. Parecían haces de pinos, y era el Sol, que al través del agua brillaba impasible, en un rincón del cielo azul e inmaculado:
Los testigos de la noche aquella no volverán a ver con los mismos ojos el paisaje de Cuba. Lady Macbeth no tiene ya la cara de antes para quien la vió salir, daga en mano, de la cámara de Banque. Cuba, la Bella, tendrá para sus hijos el rostro de Medea. Bajo la sonrisa le sentirán la cólera; bajo las galas, la ira. Sus brazos no les parecerán únicamente cadenas del amor, sino palancas de estrangulamiento. Detrás de su belleza verán brillar la tempestad. La querrán siempre, la admirarán siempre, pero mientras no salga del cauce de Letheo una generación que desconozca su cólera suprema, la voz de Cuba no será ya la del idilio, sino que se oirá en ella las trompetas del día del Juicio.
Todavía aguardo de Cuba otra sorpresa. Esta vez, será de Cuba, la Criolla. Pero calle el discurso. Pienso en las gentes sin vivienda y en las casas que han quedado sin techo. Estas noches de noviembre suelen ser frescas, bajo la clara luna que en la neblina reverbera. Calle el discurso. Hable la caridad.
(El Sol, Madrid, 16-XI-1926. Recogido luego en Autobiografía, Editora Nacional, Madrid, 1962. Se ha respetado la ortografía original).




