Cuestión de escuela: el autor coral de la obra de Aristóteles

A Álvaro Galmés, el gran humanista de nuestro Zoom

 

La filosofía se abre con dos grandes misterios. Platón nunca dijo nada en nombre propio. Parecía más interesado en construirle una escena al pensamiento, donde se dramatizaran las discusiones callejeras de Sócrates y los diálogos con sus discípulos en la Academia. Aristóteles, en su testamento, jamás menciona sus textos: se ocupa de todo tipo de detalles, menos de su legado literario. Según cuenta la leyenda, el corpus principal de sus obras llegó hasta nosotros por puro azar. Lo anónimo respecto a la propia voz en Platón tiene como paralelo cierta distancia respecto a la autoría en el de Estagira. Quizás eso explique el carácter múltiple y coral de sus textos.

Aristóteles construye su pensamiento en un registro donde la aporía y la solución conviven sin anularse. Adopta en el Libro III (B) de la Metafísica la estrategia aporética, desplegando tensiones y contradicciones, mientras que en el Libro IV (Γ) asume un tono magisterial y doctrinal. Este perspectivismo exige habitar la diversidad de registros de su obra sin reducirla a una sola voz ni a una evolución lineal, como intentó la interpretación genética de Werner Jaeger, ni convertir lo aporético en el núcleo absoluto del sistema, como propuso Pierre Aubenque, dos de los lectores más influyentes de Aristóteles en el siglo XX. La Metafísica no se explica por etapas de la biografía de Aristóteles, organizadas según su cercanía o distancia respecto a Platón, como propuso Jaeger. Tampoco es un simple juego intertextual que se desmonta a sí mismo, como leyó Aubenque. Es, más bien, el resultado de una práctica filosófica colectiva nacida tanto en la Academia como en el Liceo, donde múltiples voces y perspectivas se entrelazan en tensión y armonía.

La ciencia que se busca —que Aristóteles llama ciencia primera y sophía, y que Andrónico de Rodas bautizó con el nombrete más afortunado en la historia del pensamiento: Metafísica— debe entenderse en el marco del gran edificio filosófico aristotélico. La filosofía, para Aristóteles, no es mero deseo de un saber perdido, como sucedía en Platón, sino organización sistemática de saberes que incluyen lo teórico (física, matemática, ontología-teología), lo práctico (ética y política) y lo productivo (técnica y arte). Dentro de este sistema, lasophía ocupa un lugar privilegiado: no abarca toda la filosofía, pero constituye su fundamento al estudiar el ser en cuanto ser, las causas primeras y el motor inmóvil.

Ahora bien, esta ciencia anhelada nace con un déficit epistemológico: a diferencia de la física o la matemática, no puede demostrar sus principios. Solo puede mostrarlos y refutar a quienes los niegan. Esta condición le otorga un estatuto más precario que el de las ciencias demostrativas.

Debo precisar lo dicho. La aporía, como queda claro en el libro III de la Metafísica —y todavía en el libro VII—, constituye el punto de partida del conocimiento metafísico-lógico. El pensamiento comienza a partir de los tropiezos de la tradición, de los caminos sin salida a los que ella ha llegado. La tradición, en este sentido, es un error, pero un error ejemplar: sin sus fracasos, sin el camino ya recorrido, aunque este termine en un cul-de-sac, el pensamiento no podría continuar su labor. La aporía es entonces punto de partida, no punto de llegada.

Por eso resulta equivocado decir que la Metafísica tiene una estructura aporética simplemente porque no puede fundamentar los principios que la sostienen. Aquellos que pretenden fundamentar todos los principios, incluso los de la ciencia primera, son precisamente quienes, al modo de los sofistas, mantienen el pensamiento en una aporía permanente. La ciencia primera, en cambio, es una ciencia que se busca: nunca puede cerrarse, nunca puede dar cuenta definitiva de los principios que la sustentan y, con ella, al resto de las ciencias. La ciencia primera es lo opuesto de la aporía: un camino permanentemente abierto.

Su objeto, el ser en cuanto ser, tampoco puede reducirse a un género: carece del espacio común que los géneros proporcionan. Aristóteles desconfía de la idea de un género supremo, pues lo excesivamente general conduce a un discurso vacío. Los géneros marcan límites: en un extremo, lo concreto, existente pero sin inteligibilidad; en el otro, la abstracción excesiva, que disuelve lo real en mera palabrería. La Metafísica, por tanto, debe cartografiar un terreno paragenérico: el del pollachôs legetai, lo que se dice de muchas maneras, irreductible a una categoría suprema.

Aquí aparece la ousía como categoría privilegiada. Ella nombra lo individual y concreto, aunque la ciencia solo alcanza lo universal. La tensión es inevitable: la ousía funda todo el sistema categorial, pues todas las demás categorías (cantidad, cualidad, lugar, tiempo) se predican de ella, pero no es un universal lógico, sino lo más propio. Entre los candidatos a ousía —materia, compuesto, forma— Aristóteles da primacía a la forma, porque es la que actualiza la potencia y dota de inteligibilidad al ente. Lo individual no es cognoscible en cuanto tal, pero lo inteligible solo se hace presente en lo concreto y singular, y en esa unión radica el papel de la forma como entelecheia.

La universalidad de esta ciencia, por lo tanto, no se define como lo común, sino como lo radicalmente único: el principio separado, pura actualidad, que no tiene potencia ni accidentes y del cual depende todo: el motor inmóvil. El motor inmóvil como acto puro es Nous, pensamiento que se piensa a sí mismo, unidad sin fisuras que sostiene los múltiples sentidos del ser. El motor inmóvil, ousía primera, reduce la homonimia a cero, lo que otorga la sinonimia mínima necesaria para que el ser no se disuelva en pura equivocidad.

La sophía es, así, el equilibrio entre lo múltiple y lo único: organiza la pluralidad de modos del ser —principio, causa, categoría, potencia y acto— y asegura que la “salvaje equivocidad” de lo que hay tenga cauce a través de las múltiples formas en que se dice el ser, sustentada, al mismo tiempo, por un sentido único que evita el naufragio del sistema. La ciencia primera no es el saber del todo, pues tal cosa no existe, sino la sabiduría que mantiene en pie el edificio filosófico.

Ese equilibrio entre la pluralidad infinita y el principio único no es solo el objeto de la sophía, sino también el modo de composición del texto mismo. La Metafísica está escrita en un registro doble, donde lo lógico-lingüístico y lo ontológico se entrecruzan: a veces coinciden —como hemos mencionado, allí donde las múltiples maneras de decirse el ser involucran múltiples maneras de ser—, y a veces divergen, como cuando “ser” y “uno” son predicados universales en el plano del lenguaje, pero no constituyen entidades independientes en el plano de la realidad. De ahí el carácter de rompecabezas de la obra, que no responde únicamente a los problemas de composición señalados por Jaeger ni a la labor editorial de Andrónico de Rodas, sino a la tensión estructural que constituye su modo propio de pensar.

Conviene recordar, sin embargo, que los diálogos que le dieron fama a Aristóteles en la Antigüedad como gran escritor, y que hicieron suspirar al propio Cicerón, desaparecieron en su gran mayoría o solo han llegado a nosotros de forma muy fragmentaria. El corpus aristotélico que leemos hoy está hecho de libros mutilados, como la Poética, o de las notas que usaba en sus cursos. El gran autor literario que fue Aristóteles se lo tragó el tiempo. Pero en esos esbozos de escritura, en el eco de los intensos debates que los configuraron, vive todo el espíritu del que durante siglos llamaron el Filósofo. La furia destructiva del tiempo de los hombres —que conocemos por su nombre más glorioso, tradición— tuvo, por una vez, razón.

 


Nota del autor: Nota. Los dos ensayos que aparecerán en Bookish son parte de un libro sobre Aristóteles en el que trabajo ahora. El libro que compondré con ellos, que tendría entre 15 y 20 ensayos, sería una especie de diccionario, pero en el que cada entrada funcionaría como un texto independiente, que se puede leer por sí mismo. Los ensayos se tocarían, pero de un modo oblicuo. Ninguno tendrá más de 2000 palabras. En él trataré los temas de Aristóteles que me interesan conectándolos con problemas literarios y filosóficos contemporáneos. El libro se titulará Aristóteles se dice de muchas maneras. La estructura de un puzzle que va armando un todo, de forma indirecta, casi secreta; creo que le hace justicia al modo en que el corpus aristotélico ha llegado a nosotros: libros mutilados, como la Poética, esbozos de escritura, notas de cursos.


Imagen: La escuela de Atenas  (1512), de Rafael Sanzio.

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