De cómo un detective salvaje se asomó al año 2666

En el principio Carlos Wieder se llamaba Carlos Ramírez Hoffman y –según apunta la necrológica- había nacido en Santiago de Chile en 1950 y fallecido en Lloret de Mar en 1998, la fecha en que Roberto Bolaño ganaba el Premio Herralde de Novela con Los detectives salvajes. Dos años antes, “Ramírez Hoffman, el infame” –según advierte el relato homónimo que forma parte de La literatura nazi en América– ha recibido la visita de un mensajero –o tal vez mejor, un killer disfrazado de mensajero– que le despoja cordialmente de “una carpeta con papeles” para ponerla en manos de Bolaño.

La anécdota varía en matices cuando se llega a las páginas finales de Estrella distante, novela que también se publica por esos tiempos –ahora Ramírez Hoffman es Wieder, Carlos siempre–. El killer –las dos veces llamado Romero– se le aparece a Bolaño “como si Edward G. Robinson hubiera entrado en una máquina de moler carne y hubiera salido transformado: más flaco, la piel más oscura, más pelo, pero con los mismos labios, la misma nariz y sobre todo los mismos ojos”. Y de inmediato, tras esa descripción de tan amable mensajero, los detalles decisivos: “Ojos que saben. Ojos que creen en todas las posibilidades pero que al mismo tiempo saben que nada tiene remedio”. Tal aseveración resulta la mejor para Bolaño y su destino: la mirada de un detective salvaje asomado al borde del agujero negro en cuyo interior se concentra la gran masa de la literatura.

Ambos momentos –el relato inaugural y la novela conclusiva– no giran únicamente sobre los mismos sucesos y personajes –un dandy que es novicio en talleres literarios y seductor de labia fina, pero a la vez, entre sombras, militar que ejerce su faena escribiendo con humo poemas en el cielo desde un avión de combate, confidente y torturador de la dictadura chilena–, sino además bien se leen a la manera de un Pierre Menard muy personal de Roberto Bolaño. Él mismo se encarga de advertir en el pórtico de Estrella distante –y en relación con su antecedente en La literatura nazi en América– que su alter ego Arturo Belano “deseaba una historia más larga, no espejo ni explosión de otras historias sino espejo y explosión en sí misma”.

El Quijote de Pierre Menard se convierte en Carlos por partida doble: Ramírez Hoffman reescrito como Wieder. O también, puestos ya en plan de lo atroz sin barreras, el placer de Stevenson a lo Borges –el doctor Jekyll y el señor Hyde– llevado al muy ardoroso espacio de una lectura en el jardín de las lecturas que se bifurcan. En tal sentido, ambos instantes revelan el núcleo de la escritura de Bolaño, arraigando en una respuesta que, en Los detectives salvajes, le da Amadeo Salvatierra a Cesárea Tinajero: “¿Y adónde queremos llegar?, dijo ella. A la modernidad, Cesárea, le dije, a la pinche modernidad”.

Esa pinche modernidad se convierte en la piedra de toque que anida en la rosa de los vientos a la hora de Bolaño y sus travesías. Pero nunca es una modernidad al uso de gradaciones en pos de bibliografías pasivas y sus adyacentes, sino más bien una modernidad beligerante y única a resolverse en el campo de batalla. En tal orden, es el propio autor quien mejor define sus razones: “La literatura se parece mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo”. Y de inmediato se explaya: “Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”.

Actualidad belicosa que no admite cortapisas es aquella donde el novelista apuesta por los riesgos de un sueño obstinado y afanoso, o mejor, el narrador; o mucho mejor, el poeta, si nos atenemos a esa mirada que sostiene la arquitectura de Bolaño, explícita por él mismo como clave de Resurrección en el poema homónimo: “La poesía entra en el sueño /como un buzo en un lago. /La poesía, más valiente que nadie, /entra y cae /a plomo /en un lago infinito como Loch Ness /o turbio e infausto como el lago Balatón”. No hay dudas para quien ha transitado a lo largo de todas las páginas suyas: el novelista ingresa como un buzo y el lago puede ser eterno y oscuro como 2666. Es entonces cuando se alista a encontrarse con el monstruo: ahí va un samurái con escafandra y la katana resplandeciente para que el autor cumpla con el ritual del Bushido. He ahí a un guerrero llamado Roberto Bolaño.

Y aquel guerrero –el crítico Ignacio Echevarría estaba, como es habitual, más que claro cuando en un día de la primavera de 1996, al reseñar La literatura nazi en América para el suplemento cultural Babelia, llamaba a los lectores a seguir y no perderse la ruta que allí comenzaba- tenía su refugio en la Costa Brava, en el pueblo de Blanes. Hace muchos años, caminé por el lugar y pregunté por Bolaño, pero no estaba allí aquel día. En mi mochila traía su más reciente título, Putas asesinas –que, como se sabe, junto a Llamadas telefónicas, El gaucho insufrible  y El secreto del mal  no solo conforma su cuarteto de libros a la hora del cuento, sino también la constancia en una disciplina que para él resultaba muy entrañable, lector de Borges in situ al respecto–. Hay allí un relato que es modélico entrelazando la incertidumbre y el despeñadero, un relato de una perfección tan puntual como inquietante, Últimos atardeceres en la tierra: padre e hijo en algún lugar frente a las costas del Pacífico mexicano, dos chilenos residentes en el DF que se toman unos días lejos del ruido chilango y van a dar a ese otro ruido que teje su mudanza en un bar. Yo estaba en Blanes y acababa de leer el cuento y el Mediterráneo se me antojaba un negativo del Pacífico en el fragmento de Bolaño, más fantasmal que lo frecuente, apuntaría que en el cuarto oscuro del fotógrafo de Blow Up, es decir Las babas del diablo.

Y de los parajes marinos del cuento me iba a sitios arquitectónicos que, en el pueblo donde vivía el escritor, tienen el magnífico realce del gótico catalán: la Iglesia Santa María de Blanes, por ejemplo, la puerta que se encuadra con curvaturas asentadas en un degradarse con elegancia, una vidriera encima y en el remate las almenas: ah, las almenas… Entonces vislumbraba a Bolaño como un guerrero que cuida la capilla o más bien el castillo elevado por su ingenio, un samurái en los campos de Catalunya, un samurái que aguarda por el monstruo, abroquelado en la construcción que su palabra hace posible, que presume va a ser derrotado, pero dará la pelea.

Y qué tremenda aquella pelea, por Dios, la que se libra en Los detectives salvajes y en 2666, una contienda para que la novela –y de nuevo las metáforas al uso de la belicosidad en Clave Bolaño– se adentre como un escuadrón –a la manera de samuráis en la épica de Kurosawa– en las comarcas inexploradas del siglo XXI, comarcas globales para una mirada multiforme con los “ojos que creen en todas las posibilidades pero que al mismo tiempo saben que nada tiene remedio”, único y valedero modo que posee el novelista para asentar su voz en –Bolaño dixit– “la intemperie latinoamericana, que es la intemperie más grande porque es la más escindida y la más desesperada”. He ahí, me digo, en las almenas de la iglesia Santa María de Blanes, donde vengo a vislumbrar lo tajante de tan grande contingencia: Bolaño o el arte de la guerra cuando se trata de narrar, pasión por la estrategia que busca la configuración más efectiva; reordenar el canon literario heredado y convertirlo en una tropa de asalto pues, según el propio Bolaño, “la vida (o su espejismo) nos desafía constantemente por actos que nunca hemos realizado, en ocasiones por actos que ni siquiera se nos han pasado por la cabeza realizar”.

En algún pasaje de Amuleto, monólogo de fiebre entre los reclamos del miedo y las visiones del infierno, en un closet mexicano de la Facultad de Filosofía y Letras mientras afuera transcurre la noche de la matanza en Tlatelolco, Auxilio Lacouture percibe, con su don de pitonisa, lo posible de “un cementerio del año 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato”. ¿Cómo escribir lo que se ve debajo de aquel párpado? En Un paseo por la literatura, Bolaño afirma, con no poca melancolía: “Soñé que era un detective viejo y enfermo que buscaba gente perdida hace tiempo”. Y en Monsieur Pain, la empecinada rueda de mesmeristas que busca salvar al mismísimo César Vallejo en un hospital parisino la primavera de 1938, guiada por el personaje que da título a la novela, está al tanto de que “el viejo es sabio, muy sabio, pero no esperes que lo sepa todo”. He ahí de cómo un detective salvaje se asomó al año 2666.

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