El amateur de poemas

Si de pronto miro mi verdadero pensamiento, no me consuelo de tener que sufrir esta palabra interior sin persona y sin origen; esas figuras efímeras; y esta infinidad de empresas interrumpidas por su propia facilidad, que se transforman una en la otra, sin que nada cambie con ellas. Incoherente sin parecerlo, instantáneamente nulo como él es espontáneo, al pensamiento, por su naturaleza, falta el estilo.

Pero no tengo día a día el poder de proponer a mi atención algunos seres necesarios, ni fingir los obstáculos espirituales que formarían una apariencia de comienzo, de plenitud y de fin, en vez de mi insoportable fuga.

Un poema es una duración, en el curso de la cual, lector, respiro una ley que fué preparada; doy mi aliento y los artificios de mi voz; o solamente su poder que se concilia con el silencio.

Me abandono al adorable paso: leer, vivir donde gobiernan las palabras. Su aparición está escrita. Sus sonoridades concertadas. Su estremecimiento se compone de acuerdo con una meditación anterior; y ellas se precipitarán en grupos magníficos o puros, en la resonancia. Aun mis asombros están asegurados, están ocultos de antemano, y forman parte del número.

Movido por la escritura fatal, y si el metro siempre futuro encadena sin posible regreso mi memoria, siento cada palabra en toda su fuerza, porque la he aguardado indefinidamente. Esta medida que me transporta y que yo coloreo, me guarda de lo verdadero y de lo falso. Ni la duda me divide ni la razón me trabaja. Ningún azar, sino una suerte extraordinaria se fortifica. Encuentro sin esfuerzo el lenguaje de esa suerte; y pienso merced a un artificio, un pensamiento totalmente cierto, maravillosamente precavido, —con lagunas calculadas, sin tinieblas involuntarias, cuyo movimiento me manda y cuya cantidad me colma: un pensamiento singularmente acabado.


[Traducción de Virgilio Piñera.
Publicado por primera vez en la revista Poeta, N. 1, noviembre, La Habana, 1942.
Se ha respetado la ortografía original del texto.]
Imagen: Nocturne in Black and Gold – The Falling Rocket (1875), de James Abbott McNeill Whistler.


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