El país que aún no es: Jorge Mañach a cien años de una crisis

La Editorial Casa Vacía, como la Casa Tomada de Julio Cortázar o el reciente texto de David Uclés, La península de las casas vacías, comparte una desazón: los excluidos del espacio en el que se habita. En el año que recién acaba de concluir y rastreando la pista de las exclusiones —Rafael Rojas habla de los estantes vacíos—, la Editorial Casa Vacía publicó la antología Jorge Mañach: ¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas, compilado y prologado por Pablo de Cuba Soria. El volumen, más que un homenaje —que también lo es—, es la guinda de un pastel. Y lo es porque el título resume una indagación que, aunque laudatoria, también es crítica. La interrogación sobre una patria casi inexistente y degradada, constatada en sus ruinas no siempre circulares, es la paradoja que pregunta por su carácter.

Cuba Soria, en su prólogo, contextualiza, pero también introduce coordenadas epistemológicas que tensionan la lectura. Quien lee es convidado a revisar lo que ha sido de una tradición y sus anomalías; y dentro de esta disquisición, Mañach aparece como un pensador liberal que auscultó, como pocos lo han hecho, la naturaleza ontológica de una nación inexistente. Intentar el rescate del nervio moral de la nación mediante la crítica, desentrañar la patología del choteo como gesto corrosivo, examinar la naturaleza de la risa nerviosa que disuelve la posibilidad de sentido, preguntarnos por el ethos de la improvisación criolla y sus simulacros, establecer las razones epistemológicas de la fractura semántica entre instrucción y cultura, y la anemia moral del sujeto cubano colocan a Jorge Mañach como un pensador no circunscrito a una disciplina, sino inscrito en un sistema de pensamiento sin precedentes en los modelos e idearios precedentes. El vórtice de este entramado es la pregunta por la patria. ¿Qué queda cuando el fundamento de la patria se revela como ruina? El lodazal conceptual es el rostro de la crisis ontológica.

Para aquellos que hemos perseguido los textos de Jorge Mañach, para quienes hemos valorado su obra como parte esencial de la sensibilidad liberal, la compilación de sus escritos representa un esfuerzo por rescatar materiales que de otro modo tendrían que ser rastreados con la minuciosidad de un paleontólogo.

El régimen cubano instaurado en 1959, frente al cual Mañach manifestó tempranamente su oposición —alertado por las derivas autoritarias que se perfilaban—, ha ejercido un control selectivo sobre la memoria cultural. Aunque el régimen ha publicado lo que este ha considerado obras “inofensivas”, Mañach, fuera de los círculos académicos, es un desconocido. Con la inclusión ocasional de ensayos que no comprometen la narrativa oficial, su visión apostólica de José Martí y la divulgación de su obra dan cuenta de un criterio segregacionista en la comprensión de una “tradición” de pensamiento cubano. Mañach —como muchos otros— ha permanecido sometido a una suerte de “extrema unctiocondicionada”, otorgada bajo criterios políticos que revelan un manejo peculiar de la memoria histórica.

Este criterio sesgado pone —aún más— en perspectiva las preocupaciones epistemológicas y ontológicas que subyacen en la obra de Mañach, así como la fragilidad institucional y la deriva autoritaria que él mismo padeció. Y aunque este fenómeno es consecuencia de una lógica que pretende una legitimación cultural en la que el canon intelectual se reconfigura según las necesidades del poder, la consecuencia inmediata ha sido la invisibilidad de las voces críticas del liberalismo republicano, o, sencillamente, de aquellas voces discordantes. Jorge Mañach, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Herberto Padilla o los más contemporáneos Ángel Santiesteban o María Elena Cruz Varela demuestran cómo los regímenes autoritarios negocian la herencia intelectual para sostener su hegemonía simbólica

Dividido en tres partes, el volumen interpone los Ensayos sobre Mañach y su obra, corolario que le antecede a La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) y le precede a un Dossier. Centenario de La crisis de la alta cultura en Cuba.

Los autores Daniel Céspedes Góngora, Jorge Domingo Cuadriello, Gustavo Pérez Firmat, José Prats Sariol, Alfredo Triff y Ricardo Luis Hernández Otero ensayan en zonas limítrofes que van desde la idea de nación y el rumbo de esta, pasando por la presencia de Mañach en las instituciones culturales, los elementos del estilo, la última crisis de la alta cultura (1925 – 2025) hasta catar la hondura —o no— fenomenológica en el pensamiento de Jorge Mañach.

Si en torno al Rumbo de nación (Notas sobre Historia y Estilo) Daniel Céspedes Góngora hace una disección centrada en las resonancias de este texto; su indagación cuestiona la naturaleza de lo nacional atravesada por las formaciones históricas, los propósitos de la masa y su participación en los procesos sociales, las clases y los grupos que operan a su interior. Al mismo tiempo, cómo la significación de acciones específicas contribuye a la conformación y los propósitos de la nación. ¿Cómo los entusiasmos descontrolados que traen consigo las revoluciones, o la fiscalización del pasado —como recurso ideológico— inciden en los propósitos nacionales? ¿Cómo es el manejo simbólico del panteón nacional un elemento central en la narrativa histórica que sustenta la memoria colectiva y la identidad nacional?

El ensayo de Jorge Domingo Cuadriello despliega un ejercicio de orden historiográfico revisando milimétricamente no solo la presencia de Jorge Mañach en las instituciones cubanas, sino su rol como atizador —como lo hizo Ludwig Wittgenstein contra Karl Popper— sobre todo, porque “los pueblos cobran forma en la medida en que adquieren, por la cohesión y la concordancia internas, un carácter y un sentido”.

El estilo —en un sentido amplio— ocupa la atención del texto de Gustavo Pérez Firmat. Desde el estilo elegante que algunos atribuían a su formación académica en Nueva Inglaterra —heredera de cánones de rigor y sobriedad— hasta el estilo como categoría analítica fundamental, Pérez Firmat analiza el estilo en Mañach no como una cuestión de orden estético, sino como un vehículo normativo que articula modos de conducta y expresión.

A la noción de ajiaco evocada por Fernando Ortiz para describir la hibridez cubana, Mañach antepone la página en blanco, una página cuyos borrones habría que limpiar. Gustavo Pérez Firmat enfatiza: frente al relajo, la formalidad. La tensión entre improvisación y estructura, entre relajo y formalidad, conduce la lógica de este ensayo. Frente al desorden que el “relajo” simboliza en el imaginario nacional, el estilo aparece como una apuesta por la formalidad. No es rigidez, es disciplina creativa. El contrapunteo que Pérez Firmat teje a través de la noción de estilo parte de cuestionar la presencia de las culturas indígenas en el lenguaje cubano. Vale destacar que más que culturas, la presencia indígena terminó siendo asentamiento extinto. Lino Novas Calvo, contemporáneo de Jorge Mañach, insistía en la ausencia de un sujeto autóctono, elemento que incide —significativamente— en los modos de comportamiento de los sujetos en la conformación de la nación.

¿Cómo inciden el comportamiento y el estilo en la disposición de un orden nacional? “Si el estilista elige, el choteador improvisa; si el estilista delibera, el choteador actúa por antojo; si el estilista se conforma con el uso inventivo de formas convencionales —lo que Mañach denominaba “imitación innovadora” (119)—, el choteador no admite restricciones. A diferencia de este, el estilista no rompe las formas, las inflexiona”. La radiografía que, en torno a lo nacional, Mañach canaliza hace evidente un diagnóstico que genera una patología profunda. La angustia termina siendo un sentimiento —frustración— que puede ser vertebrado desde el periodo colonial hasta la maltrecha república. La naturaleza del trauma radica en la ausencia de una tradición y, por extensión, de una identidad. ¿Qué significa ser una nación y por qué Cuba aún no lo es?

El ensayo de José Prats Sariol debió llamarse, como asegura el propio autor, “Las ilusiones perdidas de Jorge Mañach”. Apoderándose del simbolismo del centenario de La crisis de la alta cultura en Cuba, Prats Sariol hace balance en torno a una “Cuba ruinosa, indigna, triste, evasiva que aún padecemos” y que ha sido consecuencia de un régimen político instaurado en 1959.

Aunque cien años han transcurrido desde la publicación en 1925 de La crisis de la alta cultura en Cuba, las preocupaciones y el diagnóstico que impulsaba a Mañach sigue latiendo en una Cuba que —como enfatiza Prats Sariol— ha sido corroída por la ruina espiritual y material, “la decadencia del coloquio”, la carencia de “buenos conversadores” y el predominio de un “leve y veleidoso mariposeo”.

Si la radiografía del campo intelectual cubano y sus significaciones de poder —Mañach se anticipa a Pierre Bourdieu—es demoledora: “[…] nuestros catedráticos —hablo de los de Humanidades o mal llamadas Ciencias Sociales— por regla general son fatuas luminarias cuya suficiencia no corre pareja con sus pretensiones” los discursos son “mero derroche de sonoridades aparatosas y de tópicos”; leerlo —dice Prats Sariol— hace inevitable la comparación con la devastación del presente. Y es en este balance sobre el campo intelectual cuando Sariol introduce una exégesis que, asumiendo la voz de Octavio Paz, es suministrada por la IA.

Pudiera parecer una disgregación en el cuerpo del texto; sin embargo, no lo es. Sariol reproduce la analítica de un algoritmo inteligente para llamar la atención en torno a su uso, pero, sobre todo, a su abuso. Y aunque la IA puede ser una nueva aliada —no lo sé aún—, no sé si es del todo una enemiga. Cuando en cierta “intelectualidad” cubana, exiliada o no, proliferan guetos autofágicos, carentes de tiempo físico, manoteando a cuatro manos —para el manoteo, Facebook, plataforma predilecta para su postureo digital— sus nuevos libros, libros sin índice, sin portada ni contraportada, siempre recuerdo a Johann Sebastian Mastropiero y su copiosa producción. Les Luthiers y yo publicaríamos una fe de erratas. Donde dice copiosa producción, debe decir copiada producción ahora a la IA.

La exégesis que introduce Prats Sariol debe leerse —también— como desiderátum. Si en las artes visuales ya cualquiera hoy se autopercibe —verbo sagrado y delirante de los woke— hoy como artista visual porque embarra —como defeca— pintura en un lienzo, si el hecho de poseer una cámara en un smartphone hace pensar a algunos que son fotógrafos, la IA les ha hecho pensar a otros que tienen algo que contar y que eso los hace escritores. Yo, como Gregorovius, no dejo de admirarme y detestar, eso sí, pendularmente.

Alfredo Triff propone una exploración sobre las posibles huellas del pensamiento fenomenológico en la obra crítica de Jorge Mañach. Su ensayo cobija uno de los temas más discutidos en la “tradición” de pensamiento cubano: ¿pensamiento cubano? o ¿pensamiento en Cuba? Tan temprano como en el segundo párrafo, Triff advierte que no se conoce un ensayo dedicado explícitamente a esta escuela filosófica. Lo explícito en el pensamiento cubano es el Santo Grial. Aunque Rafael Rojas, en un ensayo referenciado por Triff, introduce la noción de “asociación” como intuición, esta variable probablemente se ajuste a la morfología de lo que aún no es un pensamiento cubano. Ya Alexis Jardines planteaba esta distinción en un libro memorable.

Alfredo Triff, maestro al fin, desmenuza lo que significa ejercerse desde el pensamiento fenomenológico. “Repito —dice Triff— la fenomenología requiere un método, y sí, riguroso, orientado a la búsqueda de esencias […] Requiere no solo un lenguaje específico, sino también el empleo de técnicas precisas”, que, páginas subsiguientes, pasa a delimitar.

Más que un pensamiento fenomenológico, Mañach y por extensión la generación de intelectuales cubanos de la década del cuarenta —generación que comenzaba a mostrar cierta identidad— aún se movilizaban en zonas foráneas de interés, asociación y sensibilidad[1]. Aunque no hace propiamente fenomenología —dice Triff—, la tiene en mente. Lo cierto es que lo que comenzaba a manifestarse como un proceso en la sedimentación del pensamiento —Alexis Jardines los llama verdaderos maestros— fue abruptamente interrumpido por la instauración de un sistema político que derivó tempranamente en un régimen totalitario, reduciendo la reflexión filosófica a los límites del marxismo oficial.

Más allá de la delimitación fenomenológica o historiográfica, Triff reconoce que el resultado de esta curiosidad filosófica, electivismo, asociación, sensibilidad —yo prefiero llamarlo referencialidad filosófica— es un ensayo criollocon identidad propia. Una exploración de esta “categoría” podría ofrecer una perspectiva renovadora de estos intelectuales, sobre todo para despejar lo que Triff llama de forma puntual “no hacer fenomenología, pero tenerlo en la mente”. Mucho del carácter receptivo del “pensamiento” cubano tiene que ver con la idea de tenerlo en la mente y no ir más allá, de ahí la prevalencia de historiar la filosofía, más que de practicarla.

Jorge Mañach: ¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas es uno de esos libros que hay que tener. Es un libro que ciertamente conmemora, pero también desmantela, que es visceral en su crítica contra los discursos hegemónicos. Jorge Mañach lo tenía claro: “la patria no es un dogma, sino una interrogación permanente” (Mañach, 1937). Un libro que intenta desarmar los modos arquetípicos que han predominado en el entendimiento de la idea de cubanidad es un libro indispensable. La patria interrogada no solo cuestiona su naturaleza, sino que anticipa lo que creo que ya no se puede ocultar: las ruinas, los escombros, los símbolos, los espejismos de lo que hemos intentado ser y no hemos sido. “La nación —Mañach, 1937— es un proyecto en perpetua construcción, pero también en perpetua ruina”. En torno a esos ripios se celebran los cien años de “La crisis de la alta cultura en Cuba”. Los escombros también son semánticos, simbólicos, estructurales. ¿Qué queda de la patria si es que alguna vez hubo algo?

 


[1] Triff, A. (2002). La filosofía cubana en el siglo XX. Miami: Ediciones Universal.

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