Dice Sigmund Freud: “Las flores son un descanso para la vista. No tienen emociones ni conflicto.”
Hube pensado erróneamente que las flores eran el ruido del jardín, insolencia visual; prefería las sutilezas y verdores de las plantas vasculares reproduciéndose por esporas. Qué equivocación.
¡Si habrá flores que agradecer!
Un libro deslumbrante: La inteligencia de las flores, de Maurice Maeterlinck (aquí gratis en pdf); parafraseando a Maeterlinck, la calma aparente, la inmovilidad del mundo vegetal no es tal; el jardín es insumisión, perseverancia y tenacidad.
El invernadero suele ser arquitectónicamente hermoso: luz domesticada atravesando el cristal, vidrio soplado, hierros estructurales, capiteles, humedad ciento por ciento, selva tropical en menor escala. Un modelo: Jardin Des Serres d’Auteuil, París; el despiece de la piedra del camino, los parterres geométricos acoplándose, la nobleza del sembrado y las macetas como adminúculo de contención…
Nature morte, los bodegones barrocos de Flandes; las ciencias naturales de los siglos XVIII y XIX. Porque la experiencia vital lleva toda una vida (o eternidad); la historia natural es un camino de asombros.
El poema “Un sépalo, un pétalo, una espina” de Emily Dickinson.
Felicidad silvestre: salir a revisar el mango después de la llovizna, las gotas cayendo de las hojas, mojarme el rostro, las manos, los pies de l’eau du ciel.
La ventana a la cabecera de la cama abre al jardín; leer y escribir con esa luz a mis espaldas.
La pérgola, por modesta que sea, orgánica, vegetal, florecida, y el sonido del agua de una fuente.
Hace unos días caminaba entre tumbas por el cementerio Memorial Plan, de Kendall; llevaba flores plásticas de colores brillantes a mi madre (a gusto de ella); hoy en día se entierra de manera afrentosa en cajas de plástico (omito el listado de oprobios fúnebres aquí); el jardín y la muerte son irracionales e inmesurados; el cementerio real es jardín.
Still life o vida quieta.

La lentitud e inadvertencia con las que crecen las plantas deberían ser modelo de acontecer.
El verdor gentil, intrincado, sereno, como el patio de Umberto Pasti en Tangier.
La Rosa Comtesse de Rocquigny, mi favorita (cultivo un rosal; qué sueño imposible sería). Parafraseando Raquel Revuelta en el filme Lucía,
—¡Madre, yo quiero una Rosa Comtesse de Rocquigny!
Oaxaca: biofilia y arrobamiento jardinero: agave arroqueño agave jabalí agave tepextate maguey cabuye estrellita verde pitayas chumberas nopales cactacelia garritas dos púas trébol alfalfa altramuz la botánica de los colores rojo cochinilla cactus aterciopelado cactaceae nombres científicos en latín asthophytum myriostigma epiphyllum pereskia red de filamentos enramaje.
Un aparte a los helechos arborecentes de Oaxaca (traje una ramita dentro de un libro —sé que no debía—; lo coloqué en una de las palmas delgadas, entre las orquídeas; despierta cuando llueve.
El bouquet inteligente, el corsage masculino— ciertas flores expresivas, ciertos arreglos florales con tino son emociones suspendidas, respuestas provisionales.
Los nidos abandonados en el jardín, ya secos, como la hebra de hilo ensartada en la aguja.
Robinson, el perro que amaron los antiguos dueños de nuestra casa, enterrado en el jardín.
La hiedra salvaje.
Traje un nenúfar y lo sumergí en la fuente. Ha florecido tres veces.
La rosaleda, el escusado unisex, la Azima tetracantha y la Glorieta de los Tilos, en el Real Jardín Botánico de Madrid.
La mecida de las ramas —verdor sonoro.






Filosos, muy filosos apuntes, donde Freud sale mal parado en su poca perspicacia sobre las flores, que sí transmiten emociones y conflictos. Bien por Rosie, ella –se sabe– nunca deja de regar flores tras su propia comparsa. Madreselvas, felicitaciones.
Tu estilo celebra lo ínfimo como revelación, y haciéndolo se hermana con las ciencias naturales: la gota que resbala de la hoja después de la llovizna es poesía y física: refracción de luz, tensión superficial, ciclo hidrológico en miniatura. La pérgola florecida o el nenúfar abierto en la fuente (metáforas de persistencia vital transformando la taxonomía en mundología íntima). Incluso las flores plásticas del cementerio y ese suelo que recibe cuerpos sin afrontar al jardín (espacios donde la biología y la memoria se funden). Tu prosa se nutre del estudio naturalista decimonónico —el detalle minucioso, visible y microscópico— y lo devuelve como herbario luminoso de ciencia y meditación vital.