A nuestras espaldas queda la Centraal Station y nos adentramos en el frío de una ciudad que recién amanece a las 9 de la mañana y que aún parece tener las sábanas pegadas al cuerpo…
Alejados del pintoresquismo fácil de las acuarelas para turistas, aquí los canales carecen de languidez meridional. Rectilíneos, burgueses, casi protestantes en su disciplina geométrica. El agua parece servir más para reflejar la respetabilidad de las fachadas que para invitar al ensueño.
Aquí el viajero romántico se decepciona pronto; nada de góndolas fúnebres, nada de máscaras. En su lugar, bicicletas que circulan con procesión laica, casas estrechas —altas, de ladrillo— que parecen haberse estirado hacia arriba por avaricia de espacio, sin aspiración poética. Muchas de ellas ostentan su gablete a modo de título nobiliario menor. Asimismo, en las ventanas, esas blancas cortinas almidonadas muy pocas veces dejan ver el interior, para quizá decirnos con claridad que aquí vive gente de orden.

Entrar en uno de esos interiores del siglo XVII o del XIX (porque en Ámsterdam el tiempo parece haberse detenido en el buen gusto sobrio) es como penetrar en una pintura de Pieter de Hooch o de Emmanuel de Witte, pero sin el efecto de luz milagroso. Luz siempre grisácea, difusa y doméstica. No hay contrastes a lo Caravaggio, porque todo está bañado en una claridad demasiado exacta.
Los muebles holandeses —armarios monumentales de roble, sillas de asiento de cuero repujado, mesas que parecen haber sido talladas por las mismas manos que firmaban contratos de la Compañía de las Indias Orientales— hablan de una burguesía que no necesitaba alardear porque ya había ganado. Con su barroco de exceso contenido, en Ámsterdam no existe la ostentación veneciana ni la suntuosidad francesa. Lujo discreto, casi pudoroso: allá una jarra de plata, aquí un azulejo de Delft, al lado un retrato de familia donde nadie sonríe demasiado.
Sin embargo, algo inquietante se oculta entre tanta mesura. Bajo la superficie lisa de esta decencia calvinista se oculta una sensualidad reprimida, pero sin complejos, la misma que Vermeer —desde Delft— sugería con una mirada oblicua, con el borde de una manga de raso, con una perla en una oreja. Ámsterdam domestica sus deseos hasta convertirlos en naturalezas muertas.
Y luego están los espejos. Espejos por todas partes, en los salones, en los pequeños cabinets, espejos que multiplican el espacio y al mismo tiempo lo encierran, como si la ciudad entera se negara a dejar escapar el alma de sus habitantes. Mirarse en ellos es comprender que aquí incluso la introspección tiene que ser razonable.

En el centro, sobre todo en la Nieuwe Spiegelstraat, y en el laberinto íntimo del Jordaan, las tiendas de anticuarios prolongan esta domesticación del pasado hasta convertirla en profesión. Entre laberintos de vitrinas y gabinetes, se alinean los mismos objetos que habitan los interiores: relojes de bronce que marcan un tiempo detenido, porcelanas de Delft (siempre), espejos biselados que devuelven al cliente su propia imagen como un cuadro del siglo XVII. En el Jordaan, el desorden es más bohemio, un caos calculado de objetos que parecen haber sido rescatados de una casa canalera en liquidación; en el centro, en cambio, reina una elegancia museística, donde cada pieza se expone como evidencia de que la acumulativa riqueza holandesa. Los anticuarios de Ámsterdam venden la ilusión de que el buen gusto burgués puede comprarse a plazos, y que el pasado, convenientemente restaurado, cabe perfectamente en un salón moderno.
En uno de esos anticuarios compré un Libro de horas de Catalina de Cléveris, miniado con esa paciencia flamenca que parece obedecer a una suspensión del tiempo. En sus páginas rige la misma ética que gobierna la ciudad: escenas íntimas, devoción privada, colores precisos, oro sin estridencia; un libro destinado a la mesa doméstica, a ser leído a una hora exacta del día, como si incluso la oración necesitara ordenarse. Ámsterdam entera funciona como un libro de horas (por eso aquí las iglesias siempre dan las horas enteras y medias): cada gesto en su momento, cada exceso contenido, cada deseo cuidadosamente iluminado en miniatura.

Pero el buen orden holandés —tan celoso de su apariencia— admite paradójicamente un exceso que se tolera con la misma flema con que se acepta la lluvia: los cafés oscuros y los coffeeshops —donde el humo y la resina se respiran en nubes densas como el pasado mismo de la ciudad— y el barrio de las ventanas rojas —donde la carne se ofrece con la franqueza de un escaparate de porcelana de Delft—. En los primeros, la atmósfera es tan espesa que parece haber sido ahumada durante siglos, un vicio doméstico que no necesita esconderse porque ya forma parte del mobiliario; en los segundos, el comercio del placer se muestra con una desnudez tan metódica, tan cartográfica, que hasta el escándalo resulta casi administrativo. Todo esto convive con la misma pulcritud que preside los canales. Aquí el pecado se convierte en otra forma del orden, en otra naturaleza muerta, esta vez animada y respirante.

Ámsterdam es una ciudad para observar con lupa de anticuario, para admirar la perfección del buen tono y, discretamente, sonreír ante la ingenua pretensión de que la virtud y el comercio puedan convivir sin contradicción. No es casual que esta ciudad haya producido tantos pintores de interiores.
¿Es casual que Chet Baker haya muerto aquí, en una habitación del Hotel Prins Hendrik, con sus notas largas que se apagan sin dramatismo? Su trompeta —siempre al borde del quiebre— parecía hecha para esta ciudad, con su sonido sin exceso, melancólico pero pulcro, donde incluso la caída se produce con discreción. Baker tocaba como se vive en Ámsterdam, sin aspavientos, dejando que la tristeza se ordene sola, que la noche no reclame nada más que un último acorde sostenido.





