Como todo nerd, soy fan de las palabras del año (no confundir con la letra del año, por favor), que suelen presentarse como un termómetro cultural. Vistas en conjunto, las de este año dicen algo más inquietante que una simple tendencia: hablan de una crisis de sentido en la era de la inteligencia artificial. Me explico.
Merriam-Webster eligió “slop”. Dictionary.com, “6.7”. Cambridge, “parasocial”. Collins, “vibe coding”. A primera vista parecen palabras inconexas. Pero todas orbitan el mismo fenómeno: un ecosistema digital saturado, acelerado y cada vez más vacío de significado. Un asco-sistema.
“6.7”, por ejemplo, es casi una antipalabra. No define nada. Es una señal compartida sin contenido estable. Es lenguaje sin anclaje (no necesita una tormenta para ser desplazado hacia otro océano semántico). Es comunicación que ya no necesita significado para circular: moneda devaluada.
Slop, en cambio, sí tiene definición, pero es una definición inquietante: contenido de baja calidad producido en masa, muchas veces por la inteligencia artificial. Basura digital. Ruido. Restos. Y aquí aparece algo más profundo: el problema no es solo que consumimos slop, sino que la IA también se alimenta de él. Creamos sistemas que generan contenido, ese contenido contamina el entorno digital, y luego ese mismo entorno se convierte en el material del que la IA aprende. Un círculo perfecto de degradación: garbage in, garbage out. No es solo contaminación del entorno digital. Es contaminación del pensamiento, del lenguaje, de la imaginación. Si el archivo del mundo se llena de slop, ¿qué tipo de ideas pueden emerger de ahí?
Parasocial apunta a otro vacío: relaciones unilaterales, afectos sin reciprocidad, vínculos con figuras —o inteligencias— que no nos devuelven la mirada. El otro día, una mujer en Japón se casó con un personaje creado por ChatGPT: un ejemplo extremo que ilustra hasta dónde puede llegar ese vacío relacional.
Y vibe coding sugiere una forma de creación donde ya no importa comprender, sino “sentir” que algo funciona. Programar sin saber. Crear sin entender. Operar sin sentido profundo. De hecho, hace poco vi un comercial de una aplicación que te permite crear aplicaciones con solo decirle qué quieres crear. Puedes convertir una idea —sin mucho esfuerzo, sin desarrollarla al máximo— en una app. De tu mente al mundo digital.
Yo, que soy un eterno optimista, observo con resquemor. Vistas juntas, estas palabras hacen un diagnóstico preocupante. Hablan de un momento en que producimos más lenguaje que nunca, pero decimos menos. Donde generamos infinitos textos, imágenes y códigos, pero cada vez nos cuesta más encontrar significado.
Tal vez el verdadero reto no sea frenar la inteligencia artificial (Not happening, my friend. The AI train has already left the station), sino rescatar el sentido antes de que el ruido se convierta en el único idioma que sabemos.




