Mi biblioteca de Alejandría

Empecé esta columna casi como una respuesta a la de Norge Espinosa (“Se deshacen las antiguas bibliotecas”), publicada en este mismo sitio. Los vagabundeos (patiperreos en chilensis) de Espinosa por La Habana en busca del volumen perdido, me evocaron las miles de tardes que perdí en mi Santiago oriundo, aplanando calles tras ese libro que me lo explicaría todo y no he encontrado nunca.

Nunca he sido, en estricto rigor, un bibliófilo, aquel que busca un libro por la belleza inherente del volumen, por su rareza, por -digámoslo- la exquisitez de alguna edición muy difícil de encontrar. Tenía dos cosas en contra: la primera y más importante, es que a principios de los noventa, cuando empecé a formar mi biblioteca, era un joven estudiante de literatura que no contaba con los recursos necesarios para tamaña empresa. Soy hijo de la clase media chilena, y aunque mi padre era muy generoso, tal generosidad no se extendía necesariamente a las fiebres que me consumían por hacerme de cada libro que estuviera al alcance de la mano.

La otra desventaja tenía que ver con que Chile a esas alturas aún no recibía todas y cada una de las novedades de los mercados más fuertes del libro en español (Argentina, México, España), por lo que, cual gato frente a la distante carnicería, esperábamos saturninos que llegasen esos volúmenes que satisfarían, al menos momentáneamente, nuestras necesidades.

Ante este panorama, algunas de las alternativas eran, a saber: 1) San Diego y sus librerías de segunda mano, y 2) las bibliotecas universitarias, propias y ajenas, donde saciar, aunque fuera parcialmente, la urgencia de nuestras lecturas.

San Diego era, y todavía es, uno de esos lugares (esos que hoy en día llaman patrimoniales) donde Santiago, al menos para mí, se vuelve más amable y más mío. En principio una galería comercial precisamente en la calle San Diego, en las retaguardias tanto del Instituto Nacional como de la Universidad de Chile, id est, a las puertas del barrio cívico, que nunca le ha hecho honor a su nombre, San Diego era el epicentro de los libros de viejos (hoy en día “de ocasión”), de esas joyas que esperaban por los ávidos lectores y por las hordas de estudiantes de literatura que sólo existían en mi cabeza. Se rumoreaba que Rivano, el infaustamente famoso Paco Rivano, autor, entre otros notables títulos, de El rucio de los cuchillos, tenía tesoros de un valor incalculable y lejos del alcance de los hambrientos (o sea, uno). Rumoreaban también las malas lenguas, aunque no sé qué tan malas eran, que inmediatamente después del Golpe, Rivano había adquirido a precio menos que de huevo, bibliotecas enteras de varios personajes y personeros que no tenían otra alternativa que huir de Chile. Vaya uno a saber.

Lo cierto es que fue allí donde empecé con las compras que, además, serían parte de mi educación fragmentaria, a patadas y siempre insuficiente. Un título siempre estaba al lado de otro que no conocía, título que desde ese momento y en adelante se convertiría en la pequeña y acuciante obsesión de ese joven que se empeñaba —se empeña— en cubrir vacíos imposibles de cubrir hablando de libros que no conocía y tardaría mucho en conocer. Pero ahí estaban: las ediciones de Ercilla de Panait Istrati, Coirón, de un tal Daniel Belmar, pero más allá también estaban Los túneles morados, del mismo autor y de una contemporaneidad en la que pocos han reparado, ediciones en hoja de Biblia de todos y cada uno de los autores que no habíamos leído pero habríamos de leer de inmediato so pena de no tener pito que tocar en la conversación, esos amplios  tirajes de Aguilar que me hacían perder el sueño, pero también los libros de Nascimento que todavía se hallaban por montones en las vitrinas delante de las cuales solíamos quedarnos dormidos. Los primeros libros de Joseph Conrad acompañados de una primera edición de Pablo de Rokha (U, primero, después Escritura de Raimundo Contreras, luego Idioma del Mundo, años después Fuego Negro, entre otros) que de inmediato adquiría un lugar de privilegio en las estanterías todavía relucientes, la edición de 1923 de Desolación, un año después de haber sido publicado en Estados Unidos, todo Lihn ya pasados algunos años, cuando San Diego había sido reemplazado en mis visitas a las librerías que se encontraban (¿se encuentran?) casi al lado de las Torres de Tajamar, donde, ya con algún trabajo más o menos estable, era posible sostener el vicio sin recurrir a esas artes que es mejor no comentar en una revista tan noble como esta.

Esa es la misma época en que yo descubrí mi afición por el Persa Bío-Bío, zona comercial de la República de Avenida Matta al sur, donde se vende de todo-un-cuanto-hay, incluidos libros con los que uno jamás soñó con encontrarse. Uno ya había terminado la carrera y también sus primeros estudios de post-grado, pero la ansiedad por llenarse la cabeza de autores es impericlitable (palabra que no está en el diccionario de la RAE, pero ustedes saben de lo que hablo). En el persa uno se topaba con muebles de lujo al lado de la tienda de los neonazis, que junto a uniformes alemanes de la Segunda Guerra Mundial, de cuya autenticidad siempre tuvimos nuestras dudas, vendían ediciones de Mein Kampf a precios equivalentes a su supuesto valor. El persa era mucho más que eso y hasta el día de hoy es destino obligado para quien quiera comprender algo de la capital de Chile, búsquedas bibliófilas incluidas.

Decía más arriba que la otra veta madre para nuestra desesperación bibliófila eran, a mediados de los noventa, las bibliotecas universitarias de las instituciones donde uno mismo (o sus amigos) asistiera(n). Ese es un capítulo demasiado largo como para tratar ahora, pero tal vez, si la liberalidad y la aquiescencia de los editores de Bookish & Co. así lo tiene a bien, en un próximo capítulo de mi particular biblioteca de Alejandría pueda tratarlo.

 


Imagen: Titus reading  (1657), de Rembrandt. Kunsthistorisches Museum, Viena. 

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