Camino de Santiago

En 1926, Maurice Maeterlinck publicó con gran éxito, como todo lo que publicaba, que era uno y a veces dos libros cada año, La vida de las termitas, un tratado entomológico. Un plagio más bien descarado de Die Siel van die Mier, del escritor sudafricano Eugene Marais.

Marais había ido dando a conocer sus ideas sobre el termitero como unidad orgánica en la prensa sudafricana, en afrikáans, durante los años veinte. Maeterlinck escribía en francés y hablaba neerlandés, lengua de la cual deriva el afrikáans, y la reproducción de artículos en afrikáans en la prensa flamenca y holandesa era común en ese entonces. El plagio estaba servido, pero Maeterlinck no parecía tenerlas todas consigo, porque ya en la introducción intentaba justificar la ausencia de referencias por razones técnicas y para no abrumar al lector. Lo común en estos casos.

Sostenido por un grupo de amigos, Marais clamó justicia a través de la prensa sudafricana y quiso llevar el asunto ante una corte internacional. Sólo consiguió algo de nombradía intentando transformar el agravio personal en afrenta nacional: «Me pregunto si Maeterlinck se sonroja cuando lee la aclamación de la crítica y si se para a pensar en lo que le ha hecho a un pobre trabajador bóer desconocido». El escritor mundano y consagrado que fagocita al escritor provinciano y periférico: esa película ya la vimos pero sigue en cartelera.

Hay quien atribuye incluso el suicidio posterior de Marais al plagio de Maeterlinck y a la falta de reparación. Marais se internó en el desierto de Karoo y se abstuvo para siempre. El cuento es que cuando aparecieron las redes sociales abrí una cuenta a nombre de Maeterlinck y la ilustré naturalmente con una foto de Marais. También porque mi calle lleva el nombre del único Nobel belga. Y soy un simbolista de barrio, muy de hormigas coloradas y de pájaros azules. Y las redes sociales no son más que una manera de estar en el mundo, «por mientras».

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Iñaki Uriarte recuerda lo que había apuntado la policía franquista en la ficha de Savater: «Anarquista moderado». Lo que me lleva a recordar el distingo que introducía Nicanor Parra refiriéndose a Octavio Paz: no es lo mismo ser un surrealista diplomático que un diplomático surrealista. Tiempo atrás en Francia se expusieron una serie de fichas policiales del siglo xx. Mann, Hitler, Dalí. Sobre la ficha de Cocteau se lee: «Poète, anarchiste, homosexuel à Paris». Una cosa es ser homosexual y, por lo visto, otra cosa es ser homosexual en París.

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En mi infancia los suicidios aparecían publicados en la prensa con lujo de detalles. Se les daba el mismo tratamiento que a los crímenes. No faltaba el vecino que afirmaba que el suicida era normal, ni el cuñado que aprovechaba la cobertura para deslizar una vileza. Todo concurría para que el suicidio fuese percibido como un crimen, para lo que fuera.

A mí eso me provocaba cierta incomodidad. Una incomodidad contradictoria, porque también se me despertaba la curiosidad de saber por qué. Es misterioso para quien está movido por una gana tremenda de vivir que alguien decida matarse. Andando la vida ves morir por su propia mano a algunos amigos y eso representa una conversión. Ya no es la curiosidad la que te hace acercarte al suicida, porque estás cerca de antemano. En esos casos, sólo te queda intentar entender.

No he pensado mucho en esto, pero me parece que ahora en el país donde vivo el suicidio está relativamente normalizado, al menos en la superficie de la vida social. Otra cosa será en las conciencias, en los sentimientos. Depende de los casos, pero la pequeña nube de culpabilidad que a pesar de todo queda flotando se la carga a veces al suicida mismo y otras veces a los que estaban cerca. Porque estaban o porque no estaban.

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Un mediodía de domingo de 1960 dos niños caminan por una calle de Santiago de Chile. Ambos tienen once años. Ese día participan en un paseo al campo organizado por los scouts de su colegio. Pero se portan mal y como castigo los animadores los envían de regreso en un autobús. Están de vuelta y caminan en dirección a sus casas, resignados a tener que contar a medias lo sucedido.

Son Rodrigo Lira y Sebastián Piñera. Andando la vida el primero se convertiría, según su propia definición, en un hábil manipulador del lenguaje. El otro, en el empresario que introdujo en Chile las tarjetas de crédito y más tarde en Presidente de la República. Lo cuenta Roberto Careaga en su Vida de Rodrigo Lira.

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Bolaño afirmó una vez que Rodrigo Lira se había suicidado para protestar contra la subida del precio del pan. Una boutade. Aun así, un desacierto. Porque nada le quedaba a Lira más a trasmano que el realismo social. No es que lo desconociera o lo negara, es que por ahí no iba ni por asomo.

Rodrigo, como se sabe, se mató el día de su cumpleaños treinta y dos, el día siguiente de la Navidad. Esperó el día y la hora de su nacimiento para abrirse las venas y dejarse ir. Y por allí, por esa circunstancia escogida, sí que iba Lira. Juntar «parto» y «parto» (parto de parir y parto de partir) fue el último calambur del artista. El último de su corta vida de anonimato relativo y el primero de su larga vida de celebridad también relativa. Porque en el propio momento de su muerte el Lira humano parió al Lira personaje. La conversión fue instantánea, como descubrieron quienes negaban su talento y se encontraron en su funeral con la plana mayor de la literatura chilena, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Claudio Bertoni, haciendo acto de reconocimiento.

Ahora bien, la fama póstuma puede acabar por hacer de ti lo que no fuiste e, incluso, lo contrario de lo que fuiste y de eso no puedes defenderte. En el caso que nos ocupa puede llegar a hacer de Lira un docente, como nos cuenta muy seriamente un sitio que se llama Poemas del alma. El bulo no tardará en dar el salto a las enciclopedias y de allí a la posteridad. Pos claro, cómo pudo escapársenos: si el Pedagógico fue su nicho ecológico, sería que Lira era un pedagogo.

 


Fragmentos tomados de Camino de Santiago  (Laurel Libros, Santiago de Chile, 2024).

Imagen: Clair de lune  (1895), de Felix Vallotton. Musée d’Orsay, Paris.

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