Comienzos del siglo XX: bajo el falso relumbre de lo que conocemos como Belle Epoque, la Europa corría indetenible hacia su destrucción. ¿El escenario?: un gigantesco teatro de Bayreuth. ¿La obra representada?: El crepúsculo de los dioses, montaje wagneriano, pero a escala continental. Sin embargo, sin saberlo se asistía más al final de una forma del ser –por supuesto, del limitado “ser” burgués– que al ocaso de las divinidades guerreras del Walhalla. Formados en sus propias batallas interiores, solo algunos espíritus europeos eran capaces de sentir el pulso de la tragedia ya cercana.
Entre estos espíritus privilegiados, Thomas Mann, por su rara combinación de cultura clásica y decadentismo como actitud juvenil ante la vida, por su cuidadosa y temprana lectura de Nietzsche, fue quien, con más lucidez, oteó en el horizonte las líneas del estallido por venir. Es esta combinación cultural, vértices también explorados en su obra previa, lo que el novelista cualifica en una forma un tanto maniquea. Hay dos modos –dice– de aproximación a la realidad: “ingenuo, objetivo, sano y clásico”, por un lado; y el “sentimental, subjetivo, patológico y romántico”, por el otro. La obra literaria de Mann –y hasta su propia historia personal– puede ser vista bajo la asunción de la segunda visión dentro de la primera, lo que no significa que en su madurez le temblara la mano cuando anotó: “no hay más heroísmo que el de la debilidad”.
Fruto de esta acuciosa y objetiva observación de la realidad europea, y de las propias pulsiones difícilmente controladas –en sí y en su familia tomada como modelo burgués– fue la escritura entre 1914 y 1924 de La montaña mágica. Y como todo texto es también un tejido de otros textos, propios y ajenos, una lectura más provechosa de la novela podría ser acompañada de otros escritos suyos de la época, como son Consideraciones de un apolítico (1915-1918), y su ensayo Goethe y Tolstoi (1922). Y, en otro orden, en un círculo exterior: el ensayo Más allá del principio del placer (1922), de Sigmund Freud, y los varios tomos de La decadencia de Occidente (1923), de Oswald Spengler.
Fue al finalizar de escribir las Consideraciones cuando, “casualmente”, Mann vuelve a encontrar entre los papeles de su biblioteca, una narración breve fruto de una estancia en el sanatorio de Davos, Suiza. A esta elitista institución de salud había ido, en 1913, acompañando a su esposa Katja, presa en ese momento de una ligera enfermedad pulmonar.
Así, La montaña mágica (Zauberberg), cuyo nombre también recuerda al Mozart esotérico de su ópera La flauta mágica (Zauberflot), fue concebida a casi dos mil metros sobre el nivel del mar en un sanatorio suizo para enfermos tuberculosos. También fueron dos mil metros sobre el sentido común europeo, empeñados en la guerra y los nacionalismos. De este modo, lo que para cualquier novelista hubiera sido un proyecto más entre tantos, en la pluma y el talento narrativo de Mann se convirtió en lo que algunos críticos y estudiosos de la literatura europea han visto como la obra cumbre narrativa del siglo XX.
Contada en un lenguaje fluido, ajeno a las invenciones lingüísticas y formales de las vanguardias, La montaña mágica es, no obstante, una novela de gran complejidad; y esto, no sólo por su precisa arquitectura numérica y cabalística, sino por el trasfondo oscuro y el complejo entramado de sus diversas líneas argumentales, relacionados con la pulsión dualista y gnóstica que habita los antiguos temas románticos vistos a través del tándem filosófico que significó el pensamiento de Schopenhauer y Nietzsche: enfermedad y salud, caos y muerte, amor y redención; y el momento subversivo y regenerador vital que aporta la celebración del Carnaval, donde los contrarios intercambian sus respectivos lugares.
Con una sonrisa olímpica, apolínea, el novelista nos lleva al borde de un abismo y ahí, con piedad, detenerse: ¿cómo se enfrentan enfermedad y muerte dentro del ser humano, y quién finalmente vence? Lo terrible y doloroso de todo amor visceral convertido en necesaria pulsión de auto-aniquilación; el culto a una belleza andrógina, ambivalente, y siempre maldita; las pasiones y palabras que sin tregua se combaten; el liberalismo de Ludovico Settembrini y el totalitarismo de Leon Naphta como signos epocales; la guerra, la destrucción del tejido biológico y social. En suma, y como horizonte interno dentro de la trama: el destino individual del héroe mítico, el joven ingeniero Hans Castorp, entre el descarrío y la cordura burguesa.
Todo se trenza y destrenza en unas coordenadas tempo-espaciales diferentes, ajenas a nuestra causal cotidianidad, por encontrarse a dos mil metros sobre “la llanura”. Y, claro, se está en presencia de la tradicional “novela de formación” (a la alemana), con grandes parlamentos filosóficos; disquisiciones que emplean todo el arsenal científico de la época; reflexiones y diálogos de unos personajes dedicados constantemente a enfrentar sus tesis y contra-tesis en función de ganar el alma del joven e “insignificante” burgués Hans Castorp, quien irá madurando a lo largo de las páginas de la novela. La ascensión física al sanatorio, así como el aprendizaje continuo, nos confirma el texto como “novela de formación”. El tono de las discusiones que siempre parecen decirnos algo finalmente velado, las alusiones simbólicas, espirituales y numéricas, así como el descenso final del “hijo mimado de su época”, el joven Castorp necesitado de un renacimiento, la convierten en una novela de tintes míticos y hasta esotéricos. Hans y Tanhausser, Claudia y Venus, todos cercados por la montaña como Eje del Mundo, parecen ser nombres y personajes intercambiables.
Si cabe, hoy, a cien años de ser publicada La montaña mágica, la Humanidad vive en una situación más difícil y con consecuencias imprevisibles. Venimos de sufrir una infección respiratoria a nivel mundial –en algún sentido similar al bacilo de Koch destructor del tejido pulmonar–; infección que, más allá de lo biológico, parece haber erosionado irreversiblemente el tejido social. ¿Las consecuencias?: el cambio de algunas de las reglas esenciales del juego social y político al cual estábamos acostumbrados. Por demás, no es solamente Europa la amenazada por un conflicto bélico de grandes proporciones, es ahora toda la Humanidad quien parece abocada a una nueva destrucción –material, psíquica y ecológica– avistada ya en el horizonte.
Para colmo de confusiones, el humanista y liberal Settembrini y el jesuita y totalitario Naphta, personajes fundamentales de la ficción novelesca, han intercambiado papeles y máscaras en esta sombría farsa teatral que llamamos mundo contemporáneo. Bajo estas muecas y disfraces que ocultan el vacío, ya no es posible saber con certeza quién ríe o llora, quién amenaza o suplica, quién anda vivo o muerto. Por eso, tal vez, uno de los pocos gestos dignos que pudiera quedarnos de una época ya ida, sea similar al del joven ingeniero Hans Castorp, cuando, en noche de Carnaval, en rapto lírico y amoroso hacia la biología interior y hacia la carne trémula de Claudia Chawchat, termina diciendo: “… y déjame morir con los labios pegados a los tuyos”.
Imagen: Death and the Gravedigger (1895), de Carlos Schwabe.




