En el año 2005 tuve el honor de presentar a Umberto Eco, invitado por el Florida Center of Literary Arts del Miami Dade College, promocionando el libro The Mysterious Flame of Queen Loana. El evento tuvo lugar en el amplio auditorio del Edificio 3, Wolfson Campus, Miami Dade College.
Me recibieron Cristina Nosti y Alina Interián (directora). Detrás de la cortina apareció mi ídolo de juventud setentosa: mayúsculo, de cuello y corbata, calvicie avanzada, portando gafas ovaladas al estilo de los 70. Estrechamos las manos y reparé en los dedos regordetes.
El famoso profesor de semiótica de la Universidad de Boloña llevaba voz pausada, rasposa y profunda. Yo traía conmigo dos textos favoritos: Opera Aperta y El péndulo de Foucault. Pedí que los firmara. Me invitó a sentarme a su lado. Firmó ambos libros. Sirvieron café. La actitud jovial sin sonrisas.
—¿A qué se dedica? —preguntó. Salió a relucir la filosofía.
Comenzó por confesar que el profesorado no era su vocación.
—Escribir requiere la soledad. Los libros me acompañan y me alejan de la gente.
—¿Cuál es su filósofo contemporáneo favorito? —apuró un sorbo de café.
Lancé un nombre familiar: Nelson Goodman.
—¡Anglosajón! —referíase al tipo de escuela filosófica.
—Sí, por otra parte muy europeo (maticé en pespuntes).
—Fenomenalista y nominalista.
—¿Se refiere al Goodman temprano?
—Incluso el tardío (chispas en la mirada). No sé si sabe que mi libro El nombre de la rosa le debe mucho al nominalismo.
— Lo he leído (imaginé a Eco prestando oídos a ecos desde capillas absidiales).
—El nominalismo es la metafísica herética de la Edad Media. Una pena que no tuvimos herejes nominalistas en Italia.
—Tener a Tomás de Aquino, ¿no es bastante? (conocía que Eco había escrito su disertación doctoral sobre la estética del gran filósofo medieval).
El semiótico ofrece el signo escéptico, mientras la Montblanc de fuente traza garabatos sobre un cuaderno de notas.
—Siento atracción por los herejes medievales. ¿Tiene algún hereje favorito? (anotó algo en el cuaderno).
—Ockham y su navaja.
Eco buscó en vano acomodarse en la silla pequeña y adoptó cierta parsimonia.
—Genio proteico. Ni Juan XXII ni la iglesia pudieron con él. Le cuento: traduje un par de ensayos de Nelson Goodman en mis años universitarios, aquel del enigma de la inducción.
—¡Qué coincidencia!
—Hay más — El Péndulo de Foucault está dedicado a ese momento notable en la Edad Media cuando el nominalismo desplaza al neoplatonismo.
—La Edad Media alta —asentí. —¿Cuál es su libro favorito de Goodman?
—Maneras de hacer mundos. Obra maestra.
Otro sorbo de café y la gran humanidad buscando acotejo en la engorrosa sillita.
—Pues ese texto es el tema central de mi tesis.
—¡Otra coincidencia! Le cuento: Goodman visitó la universidad de Turín a principios de los años 70. Era muy respetado en Italia.
—¡Qué sorpresa!
—¿Ha leído La isla del día de antes?
—Por supuesto.
—¿Y no lo trajo con usted para que se lo firmara?
Frío helado en las pantorrillas. Hojeé mis notas. Percibí ojeadas semióticas por encima del quevedo, a mitad de nariz.
—El capítulo 34 de la novela va dedicado a Goodman.
—Re-al-ly? (no era posible que Eco estuviera gastándome una broma).
—No explícitamente—dijo calmoso. —Se titula Monólogo sobre la pluralidad de mundos—. Vuelta a la mirada indagadora desde la armadura.
—También le dedico una buena parte de un capítulo en mi Semiótica y la filosofía del lenguaje.
—Maestro —apuré nervioso—, tal parece que el experto en Goodman es usted.
Fue entonces que Eco sonrió por primera vez. Siguió un ademán pausado de negación con la cabeza (y más café).
—Para nada. Me agrada que coincidamos.
Alina Interián llamó detrás de la cortina: ¡Triff, ya es hora! El público espera.
—Ha sido un placer —ojos como platos.
Eco se levantó sonriente y algo encorvado; la sillita colgando de las caderas.
—El placer es todo mío. Buona fortuna.




