Sobre ‘Venecia inactual’

En las primeras páginas del libro hay una advertencia: “Nada en Venecia es invisible. Todo existe para quedar expuesto”. Esa máxima se suma desde los compases iniciales a la andanza de Michael H. Miranda para marcar un tono, el de quien recorre ruinas y resplandores sabiendo que cada brillo lleva cosida su propia sombra. Si aquí la ciudad no oculta nada, es porque la luz que la envuelve está hecha de siglos y espejismos: una claridad oblicua que obliga a mirar y recordar, porque quien se auxilia de la mirada siempre pierde algo.

Michael H. compone Venecia inactual  (Casa Vacía, 2022) a la manera de un mosaico: con la paciencia del restaurador, con la audacia del viajero que confía en que las tessellas encajarán si se las deja vibrar en la página. “Sólo hay una forma de armar el mosaico: lanzándose a recorrer cada rincón”, anota. En esa zambullida caben Goethe y Brodsky, Pound y Sartre, el vaporetto y el concierto flotante de Pink Floyd en 1989. Cada nombre es un pliegue del tiempo. Basta invocarlo para que la Serenísima se descosa y muestre otra capa, como un palimpsesto que no deja de reescribirse.

Esa condición estratificada sitúa a Venecia “fuera del tiempo”, obligada a “lidiar con la ansiedad de los otros”. De ahí el adjetivo “inactual”. No dice anticuada, sino instalada en un presente que no coincide con nuestros relojes. El autor lo sabe y por eso presta oído tanto a lo que hierve en los astilleros como a los letreros del aeropuerto Marco Polo. En la prosa de Michael H., los futuristas que soñaron con desecar los canales conversan con Simone Weil, y la dialéctica deja de ser escolástica para volverse rumor de agua contra ladrillos. Porque son los ladrillos —esos «muros que configuran el laberinto»— los que dan a la laguna su fijeza mineral frente al oleaje. Michael H. los toca, los olfatea, los conecta con agujeros de arañas uruguayas y con la picadura remota de un alacrán de infancia, trazando una poética de la pared: todo lo que permanece erguido está a punto de disolverse, pero mientras dura nos concede un pasadizo para la fabulación. 

La tensión humana atraviesa el libro como una marea que sube y baja. Vergüenza y placer al salir de la Salute con un cartel de Dante bajo el brazo; el deseo infantil —y prohibido— de tirarse al canal; el regaño de la patrulla a un gondolero que cruza a destiempo; el negativo salvador del test de Covid en Florencia que devuelve el mundo a su eje; la regata que fascina y, a la vez, deja fuera a quien no pertenece; el Venezia FC que desciende y convierte una ciudad-mito en un dato de derrota concreta. El viajero no queda ileso y el libro no busca absoluciones: acepta que mirar también compromete.

En esa Venecia de presencias y extravíos, el narrador declara su extrañeza ante la propia extranjería: “Estar en Venecia es admitir una alteración, una inquietud”. La frase condensa el núcleo emocional del viaje. A quien escribe —cubano— la ciudad le devuelve la experiencia del exilio, ese “pan con corteza y todo”, y la transmuta en resonancia estética. El turismo de masas queda fuera de foco: importa la respiración individual, capaz de detectar el olor a limo cuando baja la marea o la nota que un barista silba camino del gueto.

La paleta cromática que describe Michael H. es deliberadamente sobria: “grises, ocres, blancos, amarillos tenues, cremas”. En esa desaturación subyace una decisión ética: renunciar al cliché del ocaso rosado para captar el temblor casi incoloro de las superficies, como si la ciudad hubiera sido limada por el suspiro de sus puentes hasta quedar reducida a un polvo luminoso.

Libro de aguas quietas y texturas sonoras, Venecia inactual se inscribe en la tradición de relatos donde la erudición sirve para encender hogueras en la noche. No se limita a citar, hace que las citas ardan. Dante y Debord, Tintoretto y Breaking Bad conviven sin jerarquías, convocados por una misma corriente subterránea. “La permanencia y la fragilidad, por igual, son sentidos de la eternidad”, recuerda con Simone Weil. Ese pensamiento podría ser el lema del libro: permanecer para que algo se fragmente, fragmentarse para que algo permanezca.

Si toda gran ciudad inventa su mito, Michael H. registra aquí su mutación en una época que finge no creer en nada. Su Venecia es un escenario donde el espectador entra en escena solo para comprobar que el telón de fondo sigue moviéndose un segundo después de descrito. Ahí reside la inactualidad: en la certeza de que la pérdida misma es una forma de supervivencia, y no en la nostalgia por lo perdido. 

¿Es Venecia —junto a París— la ciudad de más visitaciones literarias? Esta Serenissima Repubblica, tan misteriosamente decadente que cualquier esteta querría clausurar allí su mirada, se ha vuelto el epítome de la città impossibile: comarca líquida (o gaseosa, como querría Casanova) que archiva las últimas palabras de Wagner, Pound o von Aschenbach. En estas postales en prosa —diario de viaje, cuaderno de lecturas, discurso amoroso— Michael H. Miranda recoge el guante de los viejos cronistas: relee calles y canales, marcas de agua y canalettos, iglesias, amaneceres, miasmas y tizianos; rastrea inactualidades y tintorettos; persigue una Venecia sonora, vibrante de arcanos y habitada por Escritura. Tal vez —y sólo así— pueda salvarse la Serenissima de su eterno naufragio.

Al cerrar el libro, descubro que el viaje no fue hacia la laguna, sino hacia la zona crepuscular donde citas, imágenes y recuerdos renuncian a su origen y devienen materia flotante. Allí, en ese delta de palabras, Venecia persiste como lo que ha sido siempre: un espejismo sólido, un laberinto oscuramente legible, una ruina resurrecta que ya anuncia otras inactualidades de la República del Agua. 

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