Nobel de Literatura para Krasznahorkai

En una maniobra que hará que muchos corran a Wikipedia con fingido entusiasmo, la Academia Sueca ha decidido conceder el Premio Nobel de Literatura de este año a László Krasznahorkai, el autor de Sátántangó y responsable de que miles de lectores confundan la fatiga visual con una revelación metafísica. El húngaro ha sido descrito como un Kafka con frases de kilómetro y medio.

Imagina el momento: estás en una librería, hojeando un tomo de Krasznahorkai, y de repente te das cuenta de que la página no termina. Ni siquiera pausa. Es como si el autor te hubiera encerrado en una habitación sin ventanas, con solo una bombilla parpadeante y el eco de tus propios pensamientos. Sin embargo, en ese limbo de sintaxis interminable, surge algo brutalmente honesto: una disección del alma húngara que te deja con la sensación de haber sido desollado vivo, pero de una manera extrañamente catártica. Es literatura que no te da un abrazo al final; te da una patada en el estómago y te dice: «Levántate y escribe tu propio epitafio». 

Conocido por su estilo denso, oscuro y tan impenetrable como la mente de quien dice que lo entendió a la primera, Krasznahorkai es el tipo de escritor que no solo no usa puntos aparte: los considera traición estructural. Su prosa, un plano secuencia filmado por Béla Tarr en un día de lluvia perpetua, es una maratón intelectual con barro hasta las rodillas. Y, aun así, como en sus películas, uno siente que la lentitud y la desolación valen cada maldito paso. Sí, es difícil. Pero como todo en la buena literatura, la dificultad viene incluido en el precio.

Pensemos en sus influencias: un cóctel de pesimismo centroeuropeo, donde el comunismo fallido se mezcla con mitos ancestrales y una desconfianza patológica hacia la redención. Krasznahorkai no escribe finales felices, porque los suyos te obligan a cuestionar si la felicidad fue solo un rumor. Sus personajes, atrapados en bucles de absurdidad y desesperación, son espejos deformes de nosotros mismos: burócratas eternos, campesinos malditos, intelectuales que fuman demasiado y filosofan en vano. Leerlo es asistir a un funeral donde el difunto es tu optimismo juvenil, y el sacerdote un narrador que se niega a decir «amén».

La elección ha dejado a los lectores casuales en estado catatónico y a los clubes de lectura en pánico. “¿Ahora tendremos que leer Melancolía de la resistencia? ¿Entero?”, se lamentaba un miembro anónimo de un club de lectura, añadiendo en voz baja: “Espero que nadie se entere de que yo solo vi la película del caballo, de la que el Krasznah-qué es co-guionista”.

En los foros literarios, ya circulan memes de lectores fingiendo desmayos ante la mera mención de sus títulos, con captions como «Krasznahorkai: porque The Da Vinci Code era demasiado fácil». Los influencers de libros, esos que devoran novelas en un fin de semana y las resumen en TikToks de 15 segundos, han entrado en modo pánico existencial. «¿Cómo etiqueto #BookTok a un párrafo que dura más que mi atención span?», tuitea uno, mientras otro confiesa: «Empecé Sátántangó ayer. Hoy sigo en la página 47. Mi terapeuta dice que es progreso». Es el tipo de premio que convierte a los bibliófilos en mártires involuntarios, recordándonos que no toda lectura es un sprint; algunas son peregrinaciones a través del desierto del sinsentido.

Por si fuera poco, el premio ha desatado otro tipo de pánico, uno más silencioso, en los despachos de los grandes grupos editoriales. De nuevo, la Academia Sueca corona a un autor que no figura en sus catálogos, recordándonos que el talento a menudo prefiere la trinchera de una editorial independiente antes que el neón del bestseller. Así que un aplauso para sellos como Acantilado, esos héroes que se dedican a la excéntrica y poco rentable manía de publicar libros que nos obligan a pensar. Gracias a ellos, el desastre cultural es, al menos, un poco más soportable.

En un mundo donde los algoritmos dictan qué leer —priorizando portadas brillantes y tramas que caben en un elevator pitch—, estas editoriales independientes son como faros en la niebla. Publican a Krasznahorkai por esa terca creencia de que la literatura debe rabiar para valer. Imagina a un editor en una multinacional, hojeando el anuncio del Nobel: sudor frío, cálculos frenéticos de reimpresiones inexistentes, y la amarga realización de que, una vez más, el establishment se ha quedado con las manos vacías.

No obstante, entre todo el caos pseudo-intelectual, una verdad se impone: Krasznahorkai merece el premio. Porque nadie escribe como él. Porque muy pocos se atreven a tanto.

Y en ese panteón de los malditos genios —junto a Beckett, con su ciclo de esperas eternas—, Krasznahorkai ocupa un trono de espinas. Su obra no resuelve nada; lo expone todo. La vacuidad del poder, la fragilidad de la memoria, el peso invisible de la historia sobre hombros anónimos. Es un recordatorio de que la grandeza literaria no está en la accesibilidad, sino en la capacidad de hacerte sentir, por un instante, el abismo que todos compartimos. Merece el Nobel tanto por su prosa como por atreverse a mirarnos a los ojos y decir: «Aquí estamos, jodidos pero vivos».

Enhorabuena, László. Ahora ve a escribir otra novela que nos recuerde que, como dijiste en Guerra y guerra, “el cielo está en ruinas”. Nosotros fingiremos estar listos, con el diccionario y el antidepresivo a mano.

Pero en el fondo, sabemos que no lo estamos. Nunca lo estaremos. Y esa es la gracia: Krasznahorkai no nos prepara para la ruina; nos sumerge en ella, con una elegancia que duele como un viejo amigo que te dice la verdad. Así que, mientras el mundo sigue girando en su rueda de hámster cultural, levantemos un brindis —con vodka húngaro, si tal cosa existiera— por este Nobel que nos obliga a ser un poco más humanos, un poco más rotos, un poco más listos para lo que venga. O al menos, para intentarlo. 

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