Onduras. Deriva de onda, del latín unda (ola, movimiento del agua), más el sufijo abstracto «-ura», que designa cualidad o efecto. Vocablo que sugiere profundidad, resonancia y propagación: lo que deja huella en su expansión. Neologismo acuñado por los editores de Bookish & Co. para nombrar ciertos natalicios literarios. Estas Onduras de John Ruskin destacan por su atención extrema al detalle visible, donde la descripción deviene juicio, donde la mirada deviene conciencia. Cada cita funciona como una onda breve pero persistente: el arte entendido como disciplina de ver. Lo dijo Proust: «Ruskin me enseñó a leer catedrales».
Si hay un artista, más que ningún otro, cuya obra resulta deseable examinar en Florencia, suponiendo que les interese el arte antiguo en absoluto, es Giotto. En efecto, pueden ver su obra en Asís, pero no es probable detenerse allí en ningún caso. En Padua hay mucho, pero sólo de un periodo. En Florencia, que es su lugar de nacimiento, pueden ver pinturas suyas de toda fecha y tipo. Pero a buen seguro querrán ver primero lo de su mejor época y lo de su mejor clase. Realizó pinturas muy pequeñas y muy grandes; pintó desde los doce hasta los sesenta años; pintó sin cuidado temas por los que tenía poco interés, otros cuidadosamente con todo su corazón. A buen seguro les gustaría, y en verdad sería acertado, verlo primero en su obra vigorosa e inicial, ver una pintura suya, si es posible, de gran tamaño, trabajada con toda su fuerza, y de un tema que le agradara. Y mejor aún si también es un tema interesante para vosotros.
Ahora bien, si están interesados, en efecto, en el arte antiguo, deben conocer el poder del siglo XIII. Saben que su carácter se concentró en su mejor rey, San Luis, y fue plenamente expresado por él. Saben que San Luis fue franciscano, y que los franciscanos, para los que, aconsejados por Dante, Giotto pintaba continuamente, estaban más orgullosos de él que de ningún otro de sus regios hermanos y hermanas. Si Giotto hubo de imaginar a alguien con cuidado y deleite fue a San Luis, con el fin de pintarlo en algún lugar. Además, saben que se le encargó construir el campanario del duomo, porque era entonces el mejor maestro de escultura, pintura y arquitectura en Florencia, y se suponía que nadie lo superaba en el mundo; y que recibió esta comisión al final de su vida (por descontado que no podría haber diseñado el campanario siendo un muchacho). Por tanto, si descubren alguna de sus figuras pintada bajo pura arquitectura del campanario, y arquitectura hecha por él, sabrán, sin más pruebas, que la pintura debe ser de su etapa más vigorosa.
La primera mañana: Santa Croce (Mañanas en Florencia)
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Aquellos de mis lectores que han sido lo bastante desgraciados para interesarse en el más infructuoso de los estudios —la filosofía del arte—, se han visto en varias ocasiones incomodados o entretenidos con disputas respecto a la dignidad relativa de las escuelas contemplativa y dramática.
Contemplativo es, por supuesto, el término asociado al sistema de pintar las cosas sólo por su propia delicadeza, una dama porque es hermosa o un león porque es fuerte; y la escuela dramática es la que no se da por satisfecha a menos que ocurra algo: no puede pintar una hermosa dama a menos que vaya a ser amada o asesinada, y no puede pintar un ciervo o un león a menos que sean cazados o se les dispare, o uno se coma al otro.
Siempre me han oído —o, de lo contrario, esperaré por el tono mismo de esta sentencia que me oigan ahora— recomendarles por completo preferir la escuela contemplativa. Pero la comparación siempre es imperfecta e injusta, a menos que se introduzcan otros términos.
La auténtica grandeza o pequeñez de las escuelas no está en preferir la inactividad a la acción ni la acción a la inactividad. Está en preferir las cosas dignas a las indignas, en el reposo; y la acción amable a la displicente, en los negocios.
Un holandés puede ser tan solemne y enteramente contemplativo respecto a una pepita de limón y una corteza de queso como un italiano respecto a la Virgen en su gloria. Un caballero inglés tiene cuadros puramente contemplativos de su caballo favorito, y una dama parisina cuadros, puramente contemplativos, del frente y la espalda del último vestido que se le ofrece en La Mode Artistique. Todas estas obras pertenecen a la misma escuela de admiración silenciosa; la cuestión vital en ellas es: «¿Qué admiran?»
La segunda mañana: La Puerta Dorada (Mañanas en Florencia)
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Una característica (por lo que sé, universal) de los mayores maestros es que nunca esperan que los miren; parecen siempre bastante sorprendidos si quieren hacerlo, y no muy contentos. Si les dicen que van a colgar su cuadro en el extremo superior de la mesa en la próxima cena de la gran Ciudad, y que el señor Fulano pronunciará un discurso sobre él, no les causarán ninguna impresión, o una desfavorable. Apuesto diez contra uno a que les enviarán lo más despreciable que puedan hallar en su trastero. Pero envíen a buscar a uno y díganle que las ratas han hecho un agujero tras la puerta del salón y que quieren que lo enyese y pinte, y hará una obra maestra que el mundo irá siempre a curiosear tras vuestra puerta. No tengo tiempo de explicarles por qué esto es así; tampoco lo sé del todo, pero es así.
La tercera mañana: Ante el sultán (Mañanas en Florencia)
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Confío, tras esta experiencia, en que no necesitarán más prueba para la primera ley de la construcción noble: que la grandeza depende de la proporción y el diseño, no, salvo en un grado por completo secundario, de la magnitud. El mero tamaño tiene, en efecto, por debajo de toda desventaja, cierto valor definido, así como el mero esplendor. Por decepcionados que puedan estar, o al menos deban estar, en primer lugar, por San Pedro, al final sentirán su tamaño, y su brillantez. Es cuanto pueden sentir en ella; no es más que la sala de bombeo en Leamington construida más grande, pero lo grande habla al fin, y las pilastras corintias cuyos capiteles tienen tres metros de alto, con hojas de acanto de un metro por dos de largo, dan una idea seria de la infalibilidad del Papa, y de la falibilidad de los miserables corintios, que, en efecto, inventaron el estilo, pero no construyeron con capiteles mayores que cestas de mano.
La vastedad tiene así su valor. Pero la gloria de la arquitectura —como sea que la quieran, encantadora, grande o confortable— se entenderá en los términos que puedan obtener con facilidad. Grande, por la proporción, encantadora, por la imaginación, confortable, por la ingenuidad, segura, por la honestidad: con los materiales y el espacio que puedan darle.
He dicho: grande, por la proporción, pero debería haber dicho por la desproporción. La belleza se debe a la relación de las partes; el tamaño, a su comparación. El primer secreto al captar la impresión del tamaño en esta capilla es la desproporción entre pilar y arco. Asuman que el pilar es grueso, fuerte y que se eleva muy por encima de la cabeza. Miren la bóveda que arranca desde ahí y nadie sabe hasta dónde asciende.
La cuarta mañana: El libro abovedado (Mañanas en Florencia)
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Además de aprender a leer y escribir, deben aprender a hablar; y, jóvenes damas y caballeros, observen: a hablar tan poco como sea posible, se sobreentiende, hasta que hayan aprendido.
En las calles de Florencia pueden oír hoy día mucho de lo que la gente llama «retórica» —un hablar muy apasionado y «de corazón»—, según el corazón de la gente. Es decir, nunca oyen una palabra salvo por furia, bien sea a punto de estallar o, casi siempre, explosiva al instante; todo el mundo —hombre, mujer o niño— ruge sus incontinentes, necias e infinitamente despreciables opiniones y deseos, a la menor ocasión, con ojos destellantes, voces roncamente chillonas y gastadas, con la loca esperanza de arrastrar por la vociferación lo que puedan lograr del hombre y de Dios.
Ahora consideren la Retórica de Simone Memmi. La ciencia de hablar, primariamente; por tanto, de hacerse oír, lo que no ha de hacerse a gritos. Sólo ella, de todas las ciencias, lleva un pergamino: siendo la que habla, da algo que leer. No lo lanza en absoluto, sino que lo baja serenamente con su hermosa mano derecha agachada; su mano izquierda queda fría y fuertemente al lado.
Y verán que, así, sólo ella entre todas las ciencias no necesita usar las manos. Todas las otras tienen algún asunto importante para ellas. Esta no. Puede hacerlo todo con sus labios, pergamino asido, brida, o lo que quieran, con la mano derecha, con la izquierda al lado.
De nuevo, miren a los habladores en las calles de Florencia y vean cómo, siendo en esencia incapaces de hablar, tratan de convertir sus dedos en labios. Cómo hurgan, agitan, blanden, apuntan, tiran, sacuden los dedos y el puño ante sus antagonistas, en esencia mudos, todo el tiempo, sin saberlo; incapaces de persuadir e ineficaces, como el movimiento de las ramas de los árboles al viento.
La quinta mañana: La puerta estrecha (Mañanas en Florencia)
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Shakespeare no tiene héroes, solo tiene heroínas. No hay una figura enteramente heroica en todas sus obras, salvo el ligero boceto de Enrique V, exagerado con fines escénicos, y el aún más ligero Valentín en Los dos hidalgos de Verona. En sus obras elaboradas y perfectas no tenéis héroe alguno. Otelo lo habría sido si su simplicidad no hubiera sido tan grande como para hacer de él la presa de toda ruin práctica a su alrededor, pero es el único ejemplo que se aproxima al tipo heroico. Coriolano, César, Antonio tienen una fuerza defectuosa y caen por su vanidad; Hamlet es indolente y soñolientamente especulativo; Romeo es un muchacho impaciente; el mercader de Venecia, lánguidamente sumiso a la fortuna adversa; Kent, en El rey Lear, tiene un corazón del todo noble, pero es demasiado basto y tosco para ser verdaderamente útil en el momento crítico, y se hunde en su papel de criado. Orlando, no menos noble, es, sin embargo, el desesperado juguete del azar, seguido, consolado, salvado por Rosalinda. Mientras que apenas hay una obra sin una mujer perfecta, firme en la seria esperanza, y con un propósito inequívoco: Cordelia, Desdémona, Isabela, Hermiona, Imogena, la reina Catalina, Perdita, Silvia, Viola, Rosalinda, Elena y, por fin, tal vez la más encantadora, Virgilia, son todas sin tacha; están concebidas según el más elevado tipo heroico de la humanidad.
De los jardines de las reinas (Sésamos y lirios)
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Hemos visto que cuando la tierra hubo de prepararse para que el ser humano la habitara un velo, como si dijéramos, de existencia intermedia se extendió entre él y la oscuridad terrestre en el que se unieron sutilmente la estabilidad y la indiferencia de la tierra y la pasión y el carácter perecedero de la humanidad.
Pero también los cielos tuvieron que prepararse para que el hombre los habitara.
Entre su luz ardiente —su honda vacuidad— y el ser humano, como entre la penumbra de la férrea sustancia terrestre y el ser humano, hubo de extenderse un velo de existencia intermedia… capaz de apaciguar su gloria intolerable, de hacerla descender al plano de la debilidad humana y sellar el movimiento inmutable de los cielos con un semblante de vicisitud humana.
Entre la tierra y el hombre surgió la hoja. Entre el cielo y el hombre apareció la nube. Pues su vida es como la hoja que cae, pero también como el vapor que flota en el aire.
Modern Painters (El sueño imperativo, Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2014; traducción: Jordi Doce)
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El propósito del arte es tan serio como el de todo lo que es bello: el cielo azul y la hierba verde, y las nubes y el rocío. O bien son inútiles o tienen una función que va más allá del mero entretenimiento. El mayor o menor placer que nos deparan no es el placer que hallamos en el juego o que recibimos de la sorpresa momentánea.
Puede que definir las dos clases de placer entrañe cierto grado de dificultad metafísica, pero es muy fácil para cualquiera de nosotros sentir que hay una diferencia de género entre el placer de ver una comedia y el de ver salir el sol. Bien es cierto que hay una especie de Divina Comedia —un cambio y poder dramáticos— en todo lo que es bello: la alegría de la sorpresa y el acontecimiento se mezcla en la música, la pintura, la arquitectura y la belleza natural, de manera noble y perdurable, con la perfección de forma y tono eternos. Pero siempre que el deseo de cambio cobra preeminencia —siempre que buscamos únicamente nuevas melodías, y nuevos cuadros, y nuevos paisajes— nuestra capacidad de disfrutar de la naturaleza o el arte se extingue: y el amor de un niño por los juguetes toma su sitio.
The Cestus of Aglaia (El sueño imperativo)
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La sola función de un artista en el mundo es ser una criatura que ve y siente; ser un instrumento capaz de tal ternura y sensibilidad que ninguna sombra, ningún tono, ningún trazo, ninguna expresión inmediata y evanescente de las cosas visibles que le rodean, ni tampoco ninguna de las emociones que saben transmitir al espíritu que le ha sido dado… deje de grabarse o se borre del libro de registros. Su oficio no es pensar ni juzgar ni argumentar ni saber. Su sitio no está en el escaño ni en los despachos ni en el estrado ni en la biblioteca. Tales ámbitos son para otra clase de hombres y otra clase de trabajo. Puede pensar, como algo subsidiario; razonar, a veces, cuando no tiene nada mejor que hacer; saber, aquellos fragmentos de conocimiento que pueda recoger sin encorvarse o tomar con la mano sin esfuerzo; pero nada de esto debe incumbirle. La obra de su vida solo tiene dos caras: ver, sentir.
The Stones of Venice (El sueño imperativo)
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Acabamos de ver que todo gran arte es obra del ser vivo total, en cuerpo y alma, y en especial en alma. Pero no solo es obra del ser total, sino que también se dirige al ser total. Aquello en lo que habla el ser perfecto debe ser escuchado por el ser perfecto. No voy a consumir mi más alto espíritu ni infundir a la obra toda mi fuerza y mi existencia si usted, espectador u oyente, me otorga solo la atención de la mitad de su alma. Usted debe ser todo mío, como yo debo ser todo suyo; solo bajo esta condición podremos encontrarnos. Todas sus facultades, lo mejor y más grande que hay en usted, tiene que despertarse en su interior, o me veré sin recompensa. El pintor no puede entregar a la obra el tesoro de su naturaleza humana para agradar parcialmente a quien la contempla: no se trata solo de deleitar sus sentidos, ni de satisfacer su imaginación, ni de excitar su emoción, ni de hacerlo pensar; sino de todo esto a la vez. Los sentidos, la imaginación, la emoción, la razón, la totalidad misma del espíritu contemplativo debe ingresar en un estado de quietud atenta o de actividad placentera; en caso contrario, el espíritu laborioso no ha hecho bien su trabajo.
The Stones of Venice (El sueño imperativo)
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Ningún pintor veneciano trabajó jamás con otro propósito que no fuera deleitar la vista o expresar imágenes que fueran agradables a su gusto o lisonjeras para su nación. A fin de cumplir tales objetivos, estas imágenes no podían tener sino carácter religioso. Pero el pintor no buscaba la religión. Buscaba el placer.
La Asunción es un cuadro noble pues Tiziano creía en la Madona. Pero no la pintó para que los demás creyeran en ella. La pintó porque disfrutaba creando superficies ricas en rojo y azul y rostros deslumbrados por la luz del sol.
El Paraíso de Tintoretto es un cuadro noble pues Tintoretto creía en el Paraíso. Pero no lo pintó para que los demás creyeran en el cielo, sino para decorar hermosamente la pared de la Sala del Gran Consejo del Palacio Ducal.
Otros hombres emplearon su fe decadente y sus mezquinas facultades con un alto propósito moral. Los venecianos dedicaron su fe más fervorosa y sus facultades más señoriales a bruñir las sombras de una antecámara o realzar los esplendores de un día de fiesta.
Modern Painters (El sueño imperativo)
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EL inteligente viajero inglés, en esta era tan afortunada para él, es bien consciente de que, a mitad de camino entre Boulogne y París, existe una compleja estación ferroviaria en la que su tren, moderando ya su velocidad, lo introduce entre un número de sacudidas y baches muy superior al promedio; estrépitos preparados, en los accesos de cada importante gare francesa, para despertar al pasajero somnoliento o distraído y devolverle el sentido de su situación.
Probablemente recuerde también que, en este lugar de descanso a mitad de la jornada, hay un buffet bien provisto en el que goza del privilegio de unos «Dix minutes d’arrêt».
Sin embargo, no siempre es tan plenamente consciente de que esos diez minutos de detención le son concedidos a apenas unos pasos de la plaza central de una ciudad que fue, en otro tiempo, la Venecia de Francia.
Dejando a un lado las islas de la laguna, esta Reina de los Ríos francesa era, en su perímetro, casi tan vasta como la mismísima Venecia; y se hallaba dividida, no por las lentas corrientes de una marea que refluye y retorna, sino por once hermosos arroyos trucheros, de los cuales unos cuatro o cinco son tan grandes, cada uno por separado, como nuestro Wandle en Surrey o el Dove de Isaac Walton; y los cuales, ramificándose de una poderosa corriente sobre la ciudad para unirse de nuevo tras haber remolineado por sus calles, están bordeados en su descenso (imposibles de vadear excepto por donde los dos Eduardos los cruzaron a caballo el día antes de Crécy) hasta las arenas de San Valery, por arboledas de álamos temblones y claros de chopos, cuya gracia y alegría parecen brotar en cada majestuosa avenida, imbuidas de la imagen de la vida del hombre justo: «Erit tanquam lignum quod plantatum est secus decursus aquarum».
Pero la Venecia de Picardía no debía su nombre meramente a la belleza de sus ríos, sino a lo que estos transportaban. Era ella una trabajadora, como la princesa del Adriático, en oro y vidrio, en piedra, madera y marfil; era diestra, como una egipcia, en el tejido del lino fino; delicada como las doncellas de Judá en labores de aguja de diversos colores. Y de estos, los frutos de sus manos, que la alababan en sus propias puertas, enviaba también porciones a naciones extrañas, y su fama se extendió por todas las tierras. «Un reglamento de la magistratura, del 12 de abril de 1566, muestra que se fabricaban en aquella época terciopelos de todos los colores para mobiliario, colombettes de cuadros grandes y pequeños, y burailles cruzados, que se enviaban a Alemania, a España, a Turquía y a Berbería».
¡Terciopelos de todos los colores, colombettes de irisaciones perladas! (¿qué serán, me pregunto?) ¡enviados para competir con las alfombras abigarradas del turco y resplandecer en las torres arabescas de Berbería! ¿No era esta una fase de la vida provincial de Picardía en la que un inteligente viajero inglés haría bien en indagar? ¿Por qué habría de brotar de pronto aquí, junto al Somme, esta fuente de arcoíris; y una pequeña doncella franca proclamarse hermana de Venecia y servidora de Cartago y de Tiro?
Y si ella pudo, ¿por qué no también otras de nuestras aldeas del norte? ¿Acaso el viajero inteligente ha discernido algo, en la campiña o en sus costas, en su camino desde las puertas de Calais hasta la estación de Amiens, que suponga una ventaja especial para el diseño artístico o para la empresa comercial? Ha visto legua tras legua de dunas arenosas. Nosotros también tenemos nuestras arenas en el Severn, en el Lune, en el Solway. Ha visto extensas llanuras de turba útil y no carente de fragancia; un artículo suficientemente accesible también para nuestras industrias escocesas e irlandesas. Ha visto muchas llanuras anchas y acantilados prominentes de la tiza más pura; pero, enfrente, la perfide Albion no reluce menos blanca más allá del azul. Aguas puras ha visto, brotando de la roca nevada; pero, ¿son las nuestras menos brillantes en Croydon, en Guildford o en Winchester? Y sin embargo, ¡uno nunca oyó que se enviaran tesoros desde las arenas del Solway a las africanas, ni que los constructores de Romsey pudieran dar lecciones de color a los constructores de Granada!
¿Qué puede ser, en el aire o en la tierra —en sus estrellas o en su luz solar— lo que inflama el corazón y aviva los ojos de la pequeña soubrette amienense de cofia blanca, hasta el punto de poder medirse con la misma Penélope?
The Bible of Amiens
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Observarán ustedes que siempre hablo de interpretación, nunca de imitación. Tengo dos razones para hacerlo: la primera, que el buen arte rara vez imita; por lo común solo describe o explica. Pero la segunda y principal razón es que el buen arte se compone de dos elementos: en primer lugar, la observación del hecho; en segundo lugar, la manifestación de la autoridad y el designio humanos en la forma como se cuenta el hecho. El buen arte y el gran arte deben unir ambos elementos; no pueden existir por un instante sino uniéndolos.
The Two Paths (El sueño imperativo)
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Toda libertad es un error. Cada línea que se traza es correcta o incorrecta; puede ser tímida y torpemente incorrecta, o imprudente y audazmente incorrecta. El aspecto de la incorrección imprudente es algo que el vulgo encuentra agradable y que llama por lo general ejecución «libre». La incorrección tímida, vacilante o dubitativa es rara vez tan atrayente; con todo, si viene acompañada de buenas cualidades y buenos propósitos en otras direcciones adquiere cierto encanto, como la naturaleza inarticulada de un niño.
Sin embargo, sea cual fuere el tipo de error y su posible encanto, al final solo una pregunta es legítima: la línea que uno ha trazado, ¿es correcta o incorrecta? Si es correcta, de ningún modo se trata de una línea «libre», sino de una línea intensamente contenida, refrenada y meditada; y el movimiento de la mano al trazarla es tan decisivo y tan libre como el de la mano de un cirujano de primer orden al practicar una incisión crítica.
The Cestus of Aglaia (El sueño imperativo)
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Piensan que es fácil, y por tanto digno de desprecio, ser veraz; tal es la lección que han recibido toda su vida. Pero no es así, da igual quién se lo dijera. Es harto dificil, y digno del mayor esfuerzo de los mejores hombres, representar como es debido los rasgos más sencillos de la naturaleza terrestre; sin olvidar, por otro lado, que ningún hombre se limita a los más sencillos; cada cual buscará un trabajo de su elección, y será extraño que no encuentre algo lo bastante difícil para él. La excusa, sin embargo, es siempre de boquilla; pues todo pintor sabe que cuando renuncia al intento de representar la naturaleza tal cual es, suele ser más por cobardía que por desprecio.
Reviews and Pamphlets on Art (El sueño imperativo)
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El gran arte es la expresión del intelecto de un gran hombre y el arte mezquino el de la falta de intelecto de un hombre débil. Un hombre necio construye neciamente y uno sabio con buen juicio; un hombre virtuoso construye bellamente y uno malvado con juicio ramplón. Si el trabajo de mampostería es bueno, significa que un hombre atento lo ideó, que un hombre meticuloso talló la piedra y que un hombre honesto lo cimentó. Si hay demasiado ornamento, significa que el cantero era un glotón codicioso; si no hay el suficiente, que era tosco, insensible, estúpido o algo si-milar. De modo que cuando hemos aprendido a deletrear los más valiosos emblemas que existen —cuadros y edificios—, cabe leer el carácter de hombres y naciones en el arte como en un espejo; qué digo, como en un microscopio de aumento; pues el arte da pasión al carácter y magnifica sus encantos más nobles o mezquinos. En rigor, es menos un microscopio que el bisturí de un forense; pues un hombre puede mudar de apariencia o esconderse de nosotros de muchas formas; pero no en su obra: tened por seguro que ahí está lo más íntimo de él. Todo lo que le gusta, lo que ve —todo lo que puede hacer—, su imaginación, sus afectos, su perseverancia, su impaciencia, su torpeza, su inventiva, todo está ahí.
The Queen of the Air (El sueño imperativo)




