En muy pocos meses (o en un tiempo que a los lectores les pareció muy pocos meses), las librerías se llenaron de libros de hermetismo. Esto es una exageración, por supuesto, pero todo el hermetismo lo es. El devoto de Hermes no calla, como uno pensaría, interpreta hasta el cansancio y habla hasta que nadie entiende su idioma. Entonces pasa a otro, digamos del egipcio al griego, y del griego al latín, y del latín al español en que estos textos reaparecieron en las librerías.
Primero llegó la modesta edición de Alianza del Corpus Hermeticum, con un sol astrológico en la portada. Luego un clásico del cómic, la Obra Hermética de Mœbius, alias Jean Giraud, alias Gir. Dejando fuera algunos tomos de Jung y un par de tratados de alquimia, la siguiente manifestación de Hermes fue la reedición de los Textos Herméticos de Gredos, la mejor en español, desaparecida desde 1999 –cifra que leída al revés contiene el 666.
Textos Herméticos no tiene comparación con otras ediciones, ni siquiera la de Alianza, que remite al ejemplar de la Biblioteca Clásica en varias ocasiones para profundizar. Y en el hermetismo todo es profundización, porque no hay manera de entender con una primera lectura, ni siquiera con la cuarta o la novena, porque no hay nada que entender. Pero, ya que no vamos a comprender, mejor que sea con la cuidadosa traducción de Xavier Renau Nebot.
Hermes es una divinidad extraña, que tiene más que ver con el dios egipcio Toth que con el mensajero grecolatino. Se le llama tres veces grande, Trismegistos, por haber enseñado a los hombres la escritura, la magia y la medicina. Durante el siglo II antes de Cristo, cuando una serie de tratados mágicos se tradujeron del egipcio al griego, los escribas los atribuyeron a Hermes. Desde entonces ese conjunto sincrético de diálogos, enseñanzas y principios filosóficos se denomina Corpus Hermeticum.
Los hallazgos de papiros en los dos últimos siglos han permitido enriquecer la compilación y entender mejor el contexto en que circuló originalmente. Son textos muy atractivos. A veces el autor o los conversadores disertan durante páginas y páginas sobre el alma, Dios y la existencia, pero incluso con el tedio encantan. En sus mejores momentos, los Textos Herméticos son una escuela sobre la ficción y la imaginación. Hay que leerlos.
Poimandres, el primer conjunto de tratados herméticos, dice por ejemplo: “Ordénale a tu alma que vuele hasta el cielo, que no necesitará alas y nada habrá que pueda obstaculizar su ascensión, ni el fuego solar, ni el éter, ni los cuerpos de los otros astros, sino que se abrirá paso a su través hasta alcanzar el último cuerpo. O si quisieras, en fin, ir más allá y traspasar el mismo universo para contemplar lo que hay fuera –si es que hay algo fuera del cosmos– incluso eso podrías hacer”.
Le piden al iniciado que se sitúe más allá del tiempo y el espacio, en la eternidad total. Le ordenan que lo haga con “el ojo del pensamiento” en la “religión de la mente”. Se pierden y pierden al lector en trances verbales que acaban por marear, y uno se pregunta si ese mareo y ese trance no serán la única forma de comprensión que ofrecen. Habría que leerlos en egipcio, ni siquiera en griego, pues ya en griego el hechizo no funciona.
“Este tratado está en el idioma original y expresa claramente el significado de las palabras”, advierte un escriba. “Pues las palabras egipcias tienen en sí mismas la energía de lo que dicen… de modo que conserva este discurso sin traducir, para que no lleguen a los griegos tan grandes misterios y se produzca, entonces, la desaparición de la respetabilidad, la firmeza y la eficaz expresión de nuestras palabras al modificarse con la elocución de los griegos. Pues ellos solo tienen palabras vacías, y eso mismo es la filosofía griega: ruido de palabras”.
Dios es para los herméticos “el que no siendo ninguna cosa es la causa de todas ellas”. Lo llaman causa primera, como los griegos. Lo llaman padre, como los cristianos. Como en el judaísmo, Dios actúa sobre la tiniebla húmeda y crea el mundo. Al final, “todas las cosas serán destruidas y renovadas por la necesidad, por la renovación de los dioses y el ciclo de la naturaleza en su curso numérico”.
Dios, el cosmos y el hombre son la suprema tríada, y al final todo libro hermético es una disertación sobre las propiedades de esos tres niveles. La causa, el escenario y el destinatario. El plano superior, el plano inferior y el que los une. Si alguien no cree no es digno de salvarse. Si alguien no usa su intelecto no puede creer. “Pensar es creer”, dice Hermes, “y no creer es no pensar”.
Hermes regresa, como ya lo hizo en Alejandría varias veces –en los libros de Lawrence Durrell hay un círculo de lecturas herméticas regido por el médico Balthazar–, en la Praga de los cabalistas o en la California de Philip K. Dick. Cortázar advirtió que Rayuela era solo una “broma de Hermes Pakú”. Y Lezama, poeta cuyo hermetismo está intocado, dijo: “Estamos en el reinado de Hermes Trismegisto, triple en su grandeza: dios, monarca y legislador. Saludemos la era de los dioses que reinan”.
Imagen: Mosaico de Hermes Trismegisto en la catedral de Siena.





Exacto, de ahí santo Tomás con «razón de ser» y no «causa de ser»… No hace falta Hermes para aceptar, aun para un agnóstico. Muy buena flecha de Xavier. Lezama decía que lo importante era la flecha, no el blanco.