El medido espacio entre las palabras está más colmado de realidad que el tiempo necesario para leerlas.
Jean Genet
Tal vez todo inicia ahí, en el verso de Guilhem de Peiteus, “farai un vers de dreyt nien”; “haré un poema sobre nada”, en traducción de Eduardo Milán. En la traducción de Leopoldo María Panero ese verso occitano dice así: “haré un verso aprovechando la nada”. Y Maurizio Medo en Malincour, realizando un make it new poundiano del verso del trovador, anota: “Mi escritura es todo lo que pude excavar entre los materiales áridos de nuestro tiempo: no hablan sobre nada.” Se habla sobre nada y al mismo tiempo se excavan los materiales. Si se excava la tierra (la memoria) es porque se desea encontrar algo. El trovador es también el que halla (o inventa), el que descubre unalgo [1]. Medo encontró un tren. El comienzo de Malincour es un tren llamado Europa: un no-lugar en movimiento, como lo es también el presente desde el cual escribe.
Maurizio Medo entra y sale del alfabeto, excava y anota. Lo que nos muestra es el hilo de la vida con todos sus huecos, la tensión entre el pasado (las fotografías) y el presente (la escritura). Malincour se (de)sitúa ahí, en ese espacio liminar entre el pasado y el presente, y es quizás por lo mismo que se hace necesario hablar más que de poemas, de escritura. Una escritura dilatada, que borra fronteras entre los géneros, que transgrede los límites. Malincour es poema, ensayo, crítica, reflexión metapoética, narración, autobiografía, memoria, imagen, ensoñación, reescritura; pero también es escritura en tiempo real, ejercicio cotidiano, el registro de ese día a día que llamamos presente. Malincour es escritura polifónica (entran muchas voces) y escritura montaje (pedazos sueltos en los que la imagen borrosa no se detiene).
El tren marcha hacia atrás, es importante subrayar esto. La lengua busca un origen. Quizás por eso Medo incrusta unas cuantas palabras en otras lenguas, ligur y serbocroata (la lengua de sus abuelos), pero también en alemán e italiano, sin brindarnos la traducción. Maurizio Medo cita a Roland Barthes, señalándose a sí mismo: “unos niños leen en voz alta, todos juntos, diferentes libros en idiomas distintos, no se les entiende, pero luego se traducirá en algo”. Los abuelos hablan en otra lengua. El significado se ha perdido. El pasado, parece querer decirnos el escritor peruano, es una lengua que leemos con mucha dificultad y que duele al leerse. De ahí que el susurro de la lengua se filtre en su escritura: ese susurro nos recuerda que toda escritura (poética) es una lengua extranjera que sacude las bases de la propia lengua. Eso también es Malincour. El lector recibe esa forma sonora, marca sensorial, que promete un significado, pero no lo da. Hay otras marcas: tachaduras, símbolos gráficos, comillas, tipografía en negritas y en cursivas. Medo trabaja con los significantes de ese pasado, más que con los significados.
Toda escritura es también una traducción difícil, imposible, o sólo posible a medias, así lo anota Medo en varios momentos de su libro: “perdidos en el recuerdo de esos momentos submicroscópicos que no pueden ser traducidos con unas cuantas palabras.”, “¿Tendría sentido traducir hoy /del alemán al yiddish la frase: / ¿Entschuldige, das”, “hablar de mi infancia en español es una traducción”, “En La Cantuta todo pareció adquirir sentido, aun cuando el viento nos persiguiera con su llanto zigzagueando entre las ramas de los molles tal si intentara gritar una pena. // No fui capaz de traducirla.”, “Ella no pudo traducir todo el dolor que significó viajar en círculos las millas suficientes para ignorar que no la entenderíamos.” Ella es la abuela, que en mi lectura se refleja en otra abuela, la que inventa Gloria Gervitz en su largo poema Migraciones: “y ella escribiendo cartas en un yiddish que ya nadie habla”. La distancia entre las lenguas, pero, sobre todo, la distancia entre las culturas tensa las palabras: la abuela (ancestros), el plurilingüismo, la migración para sobrevivir (en México o en Perú), la memoria, el dolor, la muerte de la madre que detiene o gira la escritura, la vitalidad del presente, todos estos motivos unen ambos libros, ambas historias. Por ahí hay un camino abierto por recorrer.
Malincour, dividido en dos partes, es también un tránsito que, desde una dimensión pluriespacial (Europa), arriba a La Cantuta (Perú). El hilo del viaje no se pierde, al fondo resuena y se sostiene esa pequeña épica (la migración familiar) y la batalla diaria (los vecinos, la basura, el Whatsapp, los amigos, las interferencias). La Historia con mayúsculas se filtra en la historia personal: “la Remington fue mi primer juguete. Fabricaba presentes. // Mamá se perdió en los bosques de Loano”. Y abajo, como sustrato, aparece el mito: “—Yo soy Nadie —gritó Ulises salvándose de ser devorado”. “Yo también soy el vecino”, escribe en eco Medo, como diciendo, soy un «cualquiera». No se trata entonces de buscar la propia identidad, ni una patria perdida. Se trata de la vida y de la escritura. La patria de un escritor, dijo Juan José Saer, es la infancia y la lengua. Me parece que Medo estaría de acuerdo, aunque quizás agregaría que la patria es también el amor:
Te quiero a mi lado, donde no haya nada
que poner nada en juego cuando
comencemos
a construir nuestro pasado.
La escritura de Maurizio Medo es un gesto de amor (sin sentimentalismo) que dice unalgo. Los afectos atraviesan de un lado al otro el libro. El amor a la madre y al padre, a Ludy (su esposa), a los abuelos, a ese tiempo perdido que el escritor recupera en el espacio de un tren que no existe, un tren que es unalgo. “Toda vez que la poesía dice unalgo [señala Jacques Roubaud] se presenta, por tal razón, a muchos, que presienten de manera confusa que ‘unalgo’ no es ‘un algo’ que podría ser dicho, como una actividad absurda, y los poemas [la escritura], como puro fárrago. ‘Nada’ podría ser un nombre de ‘unalgo’, a condición de que ‘todo’ lo fuera también.” Malincour se sitúa ahí, entre esa nada y ese todo, que en palabras de Baka (la abuela), tal vez podría traducirse como “lejos”: ese, nos dice Medo, es su verdadero lugar.
Si algo queda claro al final de la lectura de Malincour, es que la poesía, como lo anota Maurizio Medo en su libro, suena “a pretérito imperfecto de indicativo”. Las acciones concluidas en un marco temporal se extienden hasta el presente. El pasado, como esa frase de Guilhem de Peiteus, sigue reverberando.
[1] El concepto “unalgo” es de Jacques Roubaud.




