Onduras de Mandelstam

Onduras. Deriva de onda, del latín unda (ola, movimiento del agua), más el sufijo abstracto «-ura», que designa cualidad o efecto. Vocablo que sugiere profundidad, resonancia y propagación: lo que deja huella en su expansión. Neologismo acuñado por los editores de Bookish & Co. para nombrar ciertos natalicios literarios. Estas Onduras de Mandelstam destacan el campo de fuerzas que su escritura sigue produciendo: una prosodia que se mantiene activa, una sintaxis que opera por presión, una palabra que se expande por choque.

Existir es el mayor orgullo del artista. No desea otro paraíso que la existencia, y cuando la gente le habla de la realidad, se limita a sonreír con amargura, pues conoce la realidad, infinitamente más convincente, del arte. El espectáculo de un matemático que, sin aparente esfuerzo, eleva al cuadrado un número de diez dígitos, nos produce un cierto asombro. Pero con demasiada frecuencia no nos damos cuenta de que el poeta eleva un fenómeno a su décima potencia, y el modesto exterior de una obra de arte a menudo nos engaña sobre la realidad, terriblemente condensada, contenida en su interior.

En la poesía, esta realidad es la palabra como tal. Justo ahora, por ejemplo, al expresar mis pensamientos con la mayor precisión posible, pero sin duda no de una forma poética, estoy hablando en el fondo con mi conciencia, pero no con la palabra. Los sordomudos se entienden entre sí perfectamente y las señales ferroviarias cumplen una función muy compleja sin necesidad de recurrir a la palabra. Así pues, si identificamos el sentido con el contenido, todo lo demás en el mundo hay que concebirlo como un simple apéndice mecánico que sólo dificulta la rápida transmisión del pensamiento. «La palabra como tal» nació de modo muy lento. Uno tras otro, todos los elementos de la palabra se vieron implicados gradualmente en el concepto de forma. Incluso hoy, el sentido consciente, el logos, se sigue confundiendo de una forma errónea y arbitraria con el contenido. El logos no gana nada con este honor innecesario. El logos no pide sino que lo consideren en pie de igualdad con los otros elementos de la palabra. Los futuristas, incapaces de tratar el sentido consciente como material creativo, lo arrojaron frívolamente por la borda, repitiendo en el fondo la burda equivocación de sus predecesores.

«La aurora del acmeísmo» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos,
Árdora Ediciones, Madrid, 2005; traducción: J. Casas)

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Los monjes bizantinos constituyeron la primera intelligentsia de Rusia. Introdujeron en el lenguaje una forma y un espíritu foráneos. En Rusia, las sotanas negras, la intelligentsia, han hablado siempre un lenguaje diferente al de los seglares. La introducción generalizada del dialecto eslavo por Cirilo y Metodio supuso en su época lo que supondría para la nuestra la introducción generalizada del «volapuk». La lengua coloquial ansía la adaptación. Funde elementos contradictorios. La lengua coloquial encuentra siempre el justo término medio. En su relación con la historia del idioma se muestra conciliadora, y se caracteriza por un vago sentido de la benevolencia, es decir, por un sentido del oportunismo. Sin embargo, el lenguaje poético nunca se puede «pacificar» lo suficiente, y después de muchos siglos se manifiestan en su interior antiguas discordias. Cabe comparar el lenguaje poético con un trozo de ámbar en el que zumbara todavía una mosca después de haber estado enterrada hace mucho tiempo bajo varias capas de resina: el cuerpo vivo y extraño sigue viviendo incluso después de haberse fosilizado. Todo lo que en la poesía rusa contribuye a perpetuar una literatura monástica extranjera, todo corpus literario producido por la intelligentsia, en una palabra, por «Bizancio», es reaccionario; supone un mal acarreando otro mal. Por otro lado, todo lo que contribuye a la secularización del lenguaje poético, a la expulsión de la intelligentsia monástica, de Bizancio, proporciona sólo beneficios o vitalidad al lenguaje y le ayuda, como se podría ayudar a un hombre honrado, a realizar la hazaña de llevar una existencia independiente en medio de la familia de los dialectos. El caso contrario sería que una nación gobernada por una teocracia autóctona, como el Tíbet, se liberase de unos invasores seculares extranjeros, como los manchúes. Sólo los implicados directamente en la gran secularización de la lengua rusa, en su conversión en el lenguaje de los laicos, contribuyeron a llevar a cabo la tarea fundamental en el desarrollo de la poesía rusa.

«Algunas notas sobre poesía» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos)

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Sólo deseo decir que la epidemia de la «enfermedad de la poesía» amainará de forma inevitable con la recuperación general del país. La última cosecha de jóvenes está produciendo menos poetas, pero más lectores y personas sanas.

Cabría preguntarse por qué no implantamos cursos de escritura poética y versificación en nuestras escuelas de grado elemental, siguiendo el ejemplo de las escuelas burguesas francesas, con objeto de demostrar su dificultad y enseñar a respetarla.

Mi respuesta es la siguiente: el estudio de la versificación en las escuelas francesas es absurdo porque sólo tiene sentido allí donde hay un método poético aceptado por todos, un método que no haya cambiado durante siglos, como, por ejemplo, el sistema prosódico en la antigua Grecia.

En la actualidad, tanto la poesía rusa como europea está experimentando un cambio fundamental en la medida en que las escuelas, al carecer de un modelo tradicional y canónico, no saben qué enseñar y, en el mejor de los casos, crean sólo epígonos y poetas menores.

Una cosa es que los jóvenes aprendan a escribir en un estilo popular y aceptado por todos, es decir, aprendan simplemente a adquirir cultura, pues la cultura se puede enseñar, y otra, imitar a autores concretos, ya que esto es cuestión del gusto y la conciencia del imitador.

«Un ejército de poetas» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos)

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El esteticismo no es lo que caracteriza mejor al sistema, sino el espíritu geométrico y el racionalismo estricto: hombre, espacio, tiempo y movimiento son sus cuatro elementos básicos. No obstante, en realidad no es sorprendente que el ritmo, que todo un siglo había proscrito de la sociedad, regresara bastante más anémico y abstracto de lo que era en la Hélade. El sistema no es sólo de Dalcroze. El descubrimiento del sistema ha sido uno de esos brillantes hallazgos como la pólvora o la turbina de vapor. Una fuerza, una vez que se manifiesta, tiene que desarrollarse por sí misma. El nombre del descubridor puede olvidarse en aras de una clarificación del principio, aunque sus discípulos no quieran aceptar este hecho. Para que la educación rítmica se acepte a nivel nacional, debe suceder un milagro que haga encarnarse el sistema abstracto en el pueblo. Allí donde ayer había sólo un plan, mañana la vestimenta de los bailarines brillará con reflejos de colores y resonarán las canciones. La escuela precede a la vida. La escuela esculpe la vida a su imagen y semejanza. El ritmo del año académico vendrá determinado sobre todo por las fiestas de los juegos olímpicos escolares; el ritmo será el incitador y el organizador de esos juegos. En tales fiestas veremos a una nueva generación educada de forma rítmica que proclama libremente su voluntad, sus alegrías y sus penas. Los actos armoniosos, universales, rítmicos, animados por una idea común, tienen una importancia infinita para la creación de la historia futura. Hasta ahora, la historia se ha creado inconscientemente entre las angustias del azar y la lucha ciega. A partir de ahora será un derecho inalienable del hombre la creación consciente de la historia, su nacimiento de la fiesta como una proclamación de la voluntad creativa del pueblo. Los juegos sociales substituirán a las contradicciones en la sociedad del futuro y actuarán como enzimas, como catalizadores, para asegurar el florecimiento orgánico de la cultura.

«Ritmo y gobierno» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos)

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Crece la hierba en las calles de San Petersburgo —los primeros brotes de un bosque virgen que cubrirá las ciudades modernas—. Este verdor, delicado y brillante, asombroso por su frescura, pertenece a una naturaleza nueva e inspirada. San Petersburgo es en realidad la ciudad más avanzada del mundo. La velocidad, el ritmo del presente, no se puede medir por las redes de metro o los rascacielos, sino sólo por la alegre hierba que se abre paso debajo de las piedras de la ciudad.

Nuestra sangre, nuestra música, nuestro estado, todo tendrá su continuación en la delicada vida de una nueva naturaleza, una psique-naturaleza. En este reino del espíritu sin hombre, cada árbol será una dríade y cada fenómeno nos contará su propia metamorfosis.

¿Detenerse? ¿Por qué? ¿Quién detiene al sol cuando, poseído por el ansia del regreso, corre a la casa paterna con sus arneses de golondrina? ¿No es mejor celebrarlo con ditirambos que suplicarle una mísera limosna?

«La palabra y la cultura» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos)

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El futuro aparece frío y terrible a los que no entienden esto, pero el calor interior del futuro —el calor de la eficacia, de la economía doméstica y de la teleología—es tan tangible al humanista contemporáneo como el calor de la cocina incandescente del presente.

Si la arquitectura social del futuro no se cimienta en una justificación genuinamente humanista, aplastará al hombre como Asiria y Babilonia lo hicieron en el pasado.

El hecho de que los valores del humanismo escaseen en la actualidad, como si se hubieran retirado de la circulación y escondido bajo tierra, no es en sí mismo una mala señal. Simplemente los valores humanistas se han retirado, se han ocultado como las monedas de oro, pero, al igual que las reservas de este metal, son ellos los que garantizan toda circulación de ideas en la Europa contemporánea y los que las gobiernan tanto más eficazmente por estar bajo tierra.

La transición a las monedas de oro es el quehacer del futuro, y lo que en el reino de la cultura se encuentra ante nosotros es la substitución de las ideas temporales, del papel moneda, por las monedas de oro de la tradición humanista europea; los magníficos florines del humanismo sonarán una vez más, pero no al chocar contra la pala del arqueólogo; cuando llegue el momento, reconocerán su época y resonarán como las tintineantes monedas de la divisa común que pasa de mano en mano.

“El humanismo y el presente» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos)

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La teoría del progreso en literatura constituye la forma más cruda y repugnante de ignorancia intelectual. Las formas literarias cambian, un grupo de ellas cede su puesto a otro. Sin embargo, cada cambio, cada ganancia, se acompaña de una pérdida, de una privación. En literatura, nunca nada es «mejor». No cabe el progreso, por la sencilla razón de que no existe una máquina literaria ni una línea de meta hacia la que todos deban correr lo más rápido posible. Esta absurda teoría del perfeccionamiento ni siquiera es aplicable al estilo y a la forma de escritores concretos, pues incluso en este caso cada ganancia lleva aparejada una pérdida o una privación. En Ana Karenina, obra en la que Tolstói asimiló el cuidado por la estructura y el poder psicológico de una novela flaubertiana, ¿dónde está el instinto natural y la intuición psicológica de Guerra y paz? En Guerra y paz, ¿dónde está la forma cristalina, la claridad, de Infancia y juventud? El autor de Boris Godunov, aunque hubiera querido, no podría haber repetido sus versos del liceo, del mismo modo que hoy nadie puede escribir una oda a la manera de Derzhavin. La preferencia individual es un asunto totalmente diferente. Así como hay dos clases de geometría, la de Euclides y la de Lobachevski puede haber también dos tipos de historia literaria, escritas en claves diferentes; una tendría por objeto sólo las ganancias, y la otra, sólo las pérdidas; pero ambas tratarían el mismo tema.

«Sobre la naturaleza de la palabra» (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos)

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Quien dice que Dante es escultural se encuentra bajo la influencia de definiciones miserables acerca del gran europeo. En la poesía de Dante son naturales todas las formas de energía que conoce la ciencia contemporánea. La unidad de la luz, del sonido y de la materia compone su naturaleza interna. Leer a Dante es ante todo un trabajo infinito que a medida que lo conseguimos nos aleja de la meta. Si la primera lectura sólo provoca ahogo y una sana lasitud, para las siguientes será necesario proveerse de un buen par de botas suizas con clavos, de esas que no se gastan. Me pregunto, en serio, cuántas suelas, cuántos cueros de vaca, cuántas sandalias habrá gastado Alighieri durante su trabajo poético mientras viajaba por los agrestes caminos de Italia.

El Infierno y, en especial, el Purgatorio enaltecen el andar del ser humano, el tamaño y el ritmo de los pasos, la planta del pie y su forma. Para Dante el paso, unido a la respiración e impregnado de pensamiento, es el principio de la prosodia. Para designar la marcha utiliza una multitud de giros diversos y encantadores.

En Dante la filosofía y la poesía están siempre andando, siempre en camino. Incluso la pausa es una variedad de movimiento acumulado: el espacio para la conversación se crea a base de esfuerzos de alpinista. El pie del verso —inspiración y espiración— es el paso. El paso tiene la facultad de argüir, estimular, silogizar.

La cultura es el aprendizaje de las asociaciones más rápidas. Pescas las cosas al vuelo, eres sensible a las alusiones: ése es el elogio favorito de Dante.

Para Dante el maestro es más joven que el discípulo porque “corre más rápido”.

Coloquio sobre Dante (Acantilado, Barcelona, 2004; traducción: Selma Ancira)

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Dante es un infeliz. En el fondo es un rasnochínetz de antigua sangre romana. No es la amabilidad lo que le caracteriza, sino todo lo contrario. Hay que ser ciego como un topo para no darse cuenta de que a todo lo largo de la Divina Commedia Dante nos es capaz de comportarse debidamente, no sabe cómo caminar, ni qué decir, ni cómo hacer una reverencia. No lo estoy inventando, me remito a las innumerables confesiones del propio Alighieri, diseminadas por toda la Divina Commedia.

La zozobra interna y una pesada torpeza confusa y dolorosa que en todo momento acompañan a ese hombre inseguro de sí mismo, un hombre que parece no haber terminado su educación, que es incapaz de sacar provecho de su experiencia interior y de objetivarla como etiqueta de un hombre atormentado y acosado, es lo que confiere al poema todo su encanto, toda su fuerza dramática, es lo que trabaja en la creación de su fondo como una imprimación psicológica.

Si dejáramos solo a Dante, sin su dolce padre, sin su Virgilio, desde el principio estallaría inexorablemente el escándalo y, en vez de un recorrido por los tormentos y las curiosidades del Infierno, tendríamos la más grotesca de las bufonadas.

Las torpezas que Virgilio previene corrigen y enderezan sistemáticamente el curso del poema. La Divina Commedia nos hace entrar en el laboratorio de las cualidades espirituales de Dante. Lo que para nosotros era un capuchón irreprochable y un perfil aguileño, por dentro era un malestar vencido a precio de mucho sufrimiento, de una lucha enteramente pushkiniana por la dignidad y la posición social del poeta. Esa sombra, la misma que asustaba a los niños y a las ancianas, tenía miedo. Alighieri iba de un frío a un calor insoportables: del prodigioso paroxismo de la alta autoestima a la convicción de su propia insignificancia.

La gloria de Dante ha sido hasta hoy el obstáculo más grande para el conocimiento y el estudio profundo del poeta, y así seguirá siendo por mucho tiempo. Su concisión no es otra cosa que el producto de un profundo desequilibrio interior que se desahoga en suplicios oníricos, en encuentros imaginarios, en refinadas réplicas ideadas de antemano y alimentadas por la bilis, dirigidas a la destrucción absoluta del adversario, al triunfo final.

Coloquio sobre Dante (Acantilado, Barcelona, 2004; traducción: Selma Ancira)

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No hay nada tan instructivo y gozoso como sumergirse en una sociedad formada por gente de una raza completamente distinta a la tuya, que respetas, por la que sientes simpatía, de la que te enorgulleces desde fuera. La plenitud vital de los armenios, su tosco afecto, su noble sangre trabajadora, su rechazo inenarrable a la metafísica y su maravillosa familiaridad con el mundo de las cosas reales, todo eso me decía: estás despierto, no temas a tu época y no te engañes.

¿Era, quizá, porque me encontraba entre una gente que, aunque conocida por su actividad impetuosa, no se regía por los relojes de las estaciones de tren y las oficinas, sino por un reloj solar, como aquel que yo había visto en las ruinas de Zvartnotz en forma de rueda astronómica o de rosa grabada en la piedra?

Armenia en prosa y en verso (Acantilado, Barcelona, 2011; traducción: Helena Vidal)

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La espuma revolucionaria de los tiempos de mi juventud, aquella inocente periferia, estaba plagada de romances. Los jóvenes de 1905 iban a la revolución con el mismo sentimiento que dominaba a Nikolai Rostov al incorporarse a los húsares: era una cuestión de amor y honor. A todos ellos les parecía imposible vivir al margen de la gloria de su siglo, unos y otros consideraban imposible respirar sin haber realizado alguna hazaña heroica. Era la continuación de Guerra y Paz, sólo que la gloria había cambiado de lugar: ya no estaba con el coronel Min del regimiento inmortal ni con la escolta imperial de generales con sus rígidas botas acharoladas, sino en el comité central de las organizaciones de combate, y la hazaña empezaba a cimentarse con la propaganda.

El ruido del tiempo (Elba, Barcelona, 2024; traducción: Ernesto Hernández Busto)

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