Otra “n” en la poesía de Eliot y Gottfried Benn (Conjeturas II)

Por supuesto (obvium poeticae.)    

Hay mucho del sujeto nietzscheano reinterpretado por el TSE, en “East Coker”: “En mi principio está mi fin” (primer verso) / “En mi fin está mi principio” (ultimo verso). Aunque este concepto se prefigura desde el texto inaugural:

 

El tiempo presente y el tiempo pasado

acaso estén presentes en el tiempo futuro

y tal vez al futuro lo contenga el pasado.

Si todo tiempo es un presente eterno

Todo tiempo es irredimible. (1)

 

La misma idea, aquella circularidad que cumple todo ciclo de retornos, es tenuemente perceptible (con un matiz Bíblico sobre la última línea) en “Kreislauf” de Gottfried Benn:

 

“Circulación”

 

La solitaria muela de una prostituta,

muerta sin nombre,

llevaba una corona de oro.

Las demás se habían desprendido

como por secreto acuerdo.

Ésta la extrajo el sepulturero para sí.

Porque, decía,

sólo la tierra debe volver a la tierra. (2)

 

Lo anterior pareciera unirlos: esto es sólo apariencial. Si bien confluyen ambos en Nietzsche, sus reciclajes del filósofo son siempre heterogéneos. Lo que tienen en común, ser testigos de la destrucción de su época, del mismo modo los aparta. (O, parodiando a Borges, podría inferirse: “Les tocó vivir, como a cada cual, tiempo de entreguerras”).

Sin embargo, en Eliot aquel trauma se sufre desde el espíritu y cierta precariedad civil (un queso menos en la hornacina). En Benn, por otra parte, se articula desde, conforma, lo biográfico. La Gran Matanza (I y II) deviene su crónica-de-vida, aquello que le une y desvía de Alemania para siempre; o para ser más categóricos: no ya fundamental, la guerra en Benn es “su episodio crónico” (aunque paradójicamente no siempre es el centro de su poesía). Pese a todo, la violencia permanece. O quizá era una con su alma-zombi, su recursividad casi criminal.

Por tanto, pese a sus literaturas transcendentes y un mismo background teórico, son escritores ‘enfrentados’. Se valen de un cuerpo de ideas similar, de una metafísica adyacente, del mainstream de una época; sus temáticas, sus morales, se bifurcan.

Eliot quiere restaurar cierto orden clásico a partir de un recurso de su imaginario técnico y un nostálgico simbolismo, sublimado en Laforgue. (¿No se convierte incluso al catolicismo?).  Benn sabe que la ciencia, al asumir el lugar de Dios, se ha vuelto el único orden. Prefiere apostar por la irracionalidad (de ahí el carácter dionisiaco de su obra) aunque esas “terminaciones caóticas” se extiendan cual tentáculos y acaben destruyéndole, convirtiéndose en un adicto a la cocaína.

 

Dulcemente y anhelante el derrumbe del Yo

me das: ya está la garganta rasposa (…)

¡No más espadas por la madre vagina

engendradas para trabajar los acerados

golpes ahí y allá: hundido en el brezo,

donde las colinas apenas revelan las quietas formas!

Una suavidad indiferente, algo pequeña, lisa…

y ahora surge de la respiración un soplo

que del origen viene, crispado, tiembla el cerebro

al sigiloso paso del no-ser (3)

 

Eliot se entrega y resiste a Nietzsche. Benn hace suyo ese postulado del filósofo y lo radicaliza. Para el anglo-norteamericano la ordenación de aquel sistema (Dios) es aún posible.

Benn moviliza otras ideas: no asumir postulados teóricos ni religiosos, si no para destruirlos o descaracterizar sus tiranías discursivas sobre el pathos del lector.  En su etapa de Morgue —que después abandonará de manera brusca—, sutilmente desaprueba toda aquella mentalización; toda la agonística del pasado poético –desde Goethe hasta Rilke– cuando desliza, no sin ironía, su tremenda frase: “Por este pequeño pedazo de carne / pasará todo: desolación y felicidad”.  Sin embargo, nunca se aparta de Trakl y Nietzsche.  La sombra del último le acompañará de por vida, como un anatema; también como un recordatorio de la lucidez y horror humanos.

Si la guerra, madrastra terrible, despoja la poesía de la época de toda retórica, de su dramaticidad innecesaria; Eliot, por su parte, se sumerge profundo en la cultura, desoye la vanguardia y sus quejosos gritos. Sabe también de sus resultados nefastos (la politización, la culpa que prosigue a toda contienda bélica) —no sólo para el sujeto, también para las artes. “El tumulto de la Guerra Civil no favoreció mucho al pensamiento y la literatura de creación”, nos recuerda en su ensayo “La unidad de la cultura europea”.  “Dispersó, cuando no destruyó, a muchos de los escritores de más talento. En Francia todavía existía una actividad intelectual libre, pero se encontraba cada vez más acosada y limitada por inquietudes y presagios políticos y por las disensiones internas provocadas por la situación (…) (4)

Para salvarse de la debacle, el poeta de Tierra Baldía encarna en sí mismo el culteranismo de moral católica. “Nuestras artes se han desarrollado dentro del cristianismo, en él se basaban hasta hace poco las leyes europeas. Todo nuestro pensamiento adquiere significado por los antecedentes cristianos. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación a esa herencia. Sólo una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietzsche. No creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana. Estoy convencido de ello, no sólo como cristiano sino como estudiante de biología social. Si el cristianismo desaparece, toda nuestra cultura desaparecerá” (5)   Como observamos, al mismo tiempo que sus “apócrifas” arengas, reajusta sus referentes estéticos. Reniega incluso del “satánico” Henry James y el “bobo” Longfellow; nunca de Nietzsche —a quien devora en “secreto”, como se cultiva un virus—ni de Loomis Pound (su miglior fabbro, quien años después será confinado en “cierta” jaula).

Para el médico alemán sólo es viable –––señala José Manuel Recillas–––aquel concepto nietzscheano de “la justificación estética de la existencia”. En Morgue y otros poemas, su autor despoja la escritura de cualquier fatalidad retórica, de su dramaticidad (sic). La muerte es vista con displicencia (aquel desapego que espanta). Su escepticismo ha calado hondo; el famoso ‘Yo lírico’ de su hermenéutica se fractura, se integra a un observador que organiza apuntes fotográficos de un mundo que ha perdido no sólo significación, también sus expectaciones de equidad.

Para el autor de Cuatro Cuartetos, Dante es otro símbolo, la recuperación por la cultura de aquella crisis moral del siglo XX. Para Benn el mundo clásico y el nuevo siglo están igualmente despoblados. En uno “los dioses ya no sirven”; en el otro la ciencia se abre sobre el ser y lo descuartiza. ¿Y el poeta? En Eliot, como en Lezama, su figura sobrevive por la unión con lo trascendente (poiesis+ religiosidad= rostro oculto del mito).    En el mundo de G.B, el poeta sólo tiene lugar “en el borde”; es apenas un fardo “gris, enhiesto, muerto” (6).  Pese a todo, es justo decir que, a partir de su tercer libro, Benn retorna a lo formal; pareciera con ello querer reintegrar su propia existencia quebrantada, desde un remedo (estructural) del mundo clásico. Pero sus temáticas persisten en imitar su Alma (maquinaria de escribir) ya podrida por la adicción y dos contiendas bélicas…

Aquí (entonces) dos fragmentos, piezas magistrales de “dos” grandísimos poetas, para siempre hijos bastardos de la letra N.

Eliot:

 

“LITTLE GIDDING”

 

IV

Desciende la paloma y rompe el aire helado

Con llama de terror incandescente.

Dicen las lenguas que es precisamente

El único remedio del error y el pecado.

La última esperanza o el fin desesperado

Reside en la elección entre una y otra hoguera

Que redima a esta llama de esa llama que espera.

Amor se llama el que inventó el tormento,

Amor el nombre desacostumbrado

Cuyas manos tejieron el suplicio más cruento:

La camisa de llamas que jamás ha logrado

Arrancarse el poder en el mundo sangriento.

                                (…)

V

Lo que llamamos el principio es a menudo el fin
Y llegar al final es llegar al principio.
El fin es el lugar del que partimos.
Y toda frase, toda oración que sean correctas
(Donde cada palabra esté en su sitio
Y ocupe su lugar en apoyo de las demás;
La palabra ni tímida ni ostentosa,
El fácil intercambio entre lo viejo y lo nuevo,
La palabra común exacta sin vulgaridad,
La palabra formal, precisa, no pedante,
La compañía entera que danza al mismo ritmo),
Toda oración y toda frase son un fin y un principio,
Todo poema un epitafio
Y toda acción un paso al cadalso o la hoguera,
Un descenso por las fauces del mar
O hacia una piedra indescifrable
.
Y allí es donde empezamos.
Morimos con los agonizantes:

Mira cómo se marchan y nos vamos con ellos.
Nacemos con los muertos:
Mírenlos cómo vuelven y nos traen de regreso.
El momento de la rosa y el momento del ciprés
Duran lo mismo.
Un pueblo sin historia
No está redimido del tiempo.
Porque la historia es una ordenación
De momentos sin tiempo.
Así, mientras se desvanece la luz
Sobre un anochecer invernal, en una aislada capilla,
La historia es hoy y es Inglaterra
. (7)

 

Benn:

“PEQUEÑO ASTER”

El cadáver del conductor

de un camión de cerveza

fue alzado sobre la camilla.

Alguien le había colocado entre los dientes

una pequeña flor

oscura — clara — lila.

Cuando le saqué el paladar y la lengua

desde el pecho

con un largo cuchillo

debajo de la piel

he debido rozarla

porque la flor se deslizó

hacia el cerebro vecino.

La guardé en el tórax

entre el aserrín

cuando lo cosían.

¡Bebe hasta la saciedad en tu florero!

¡Descansa en paz,

pequeño aster! (9)

 


Notas

(1) “Burnt Norton”, T.S. Eliot, Cuatro Cuartetos, trad. de José Emilio Pacheco, Fondo de Cultura Económica, México DF, 1989, edición digital, p.9.
(2) “Circulación” Gottfried Benn, De Morgue y otros poemas, traducción, Verónica Jaffe, variación). // https://poesiaabierta.blogspot.com/2014/01/gottfried-benn-morgue-y-otros-poemas.html?fbclid=IwZXh0bgNhZW0CMTAAYnJpZBExbnA0MmhNSE55RXBRZnhhegEeRu 
(3) “Cocaína”, Gottfried Benn, Poesía, traducción: José Manuel Recillas, Universidad Nacional Autónoma de México, Material de lectura (pdf), México DF, 2013, p. 19.
(4) T.S. Eliot,La unidad de la cultura europea”, Ensayos escogidos, UNAM, México, 2000, p.307.
(5) T.S. Eliot, ibidem, pp. 313-314.
(6) Gottfried Benn, en Gesammelte Werke II. Prosan und Szenen, Klett-Cotta, Stuttgart, 2002, p. 299. Cito por José Manuel Recillas, Gottfried Benn, Un peregrinar sin nombre, Ein Wallen, namenlos, Obra Selecta, La Cabra Ediciones, S.A. de C.V., D.F., México, y Editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango, México,2009, p.33.
(7) “Little Gidding, IV, V” (fragmentos), T. S. Eliot, Cuatro Cuartetos, trad. de José Emilio Pacheco, Opus cit., pp. 47-49.
(8) Observaciones.  Del fragmento “IV”. Una transferencia o aproximación (cuasi impersonal) del referente. O lo que es igual, un calco no-fallido del mejor Borges; espléndida reconversión desde lo anglófono.  Pues, como intuye cualquier lector informado, aquel último maestro junto a Eliot, fueron sus mayores atribuciones. Dos escritores que nutrieron y conformaron el estilo poético de JEP, dando al traste con esta overrated figure (diría, epigonal) de nuestras letras. Lo cual es muy visible en esta magnífica traducción (“IV”).
(9) “Pequeño Aster”, Gottfried Benn, de Morgue y otros poemas, traducción: Verónica Jaffé, ibídem.


Imágenes

A (portada): Habitación de Friedrich Nietzsche, Familia Durisch, Sils Maria, Suiza, (1881-1888).
B: Four Quartets, T.S. Eliot, foto de la primera edición, 1943.
C: Carta manuscrita del poeta (médico) Gottfried Benn, 1916, Archivo Albert Ehrenstein, fuente: The National Library of Israel, 27/04/2014.

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