Citario. Deriva del latín «citāre» (citar) más el sufijo «-ārium» (repositorio), similar a «bestiario». Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como de Erasmo) y proto-ejemplos del XIX, como «Familiar Quotations». Este «Citario Dickinson» celebra el 195.º natalicio de la poeta de Amherst con estas observaciones, juicios y lecturas críticas que orbitan su figura y leyenda doméstica. Cada cita abre un pasadizo hacia los que fueron sus espacios vitales: la casa y el jardín… Vasos comunicantes hacia su ironía metafísica, su extraña mezcla de timidez y desmesura que hicieron de su vida apartada un centro de gravedad para la lírica moderna.
Aquella Emily que naciera en Amherst el 10 de diciembre —un día como el de hoy, día de invierno, de apacibles aires, de nubes entre claras y apesadumbradas—, iba a tener, en lo extremo, una vida vulgar. Nada nacía allí, crecía allí su vida, salía unos instantes a Boston, a Washington, a Filadelfia, regresaba inmediatamente, como una liebre que se asoma al camino cercano a su cueva y regresa enseguida, y no volvió a salir jamás de su casa de Amherst. Dice —y no hay acuerdo ni coincidencia— que vio en ese viaje fugaz a un pastor, del cual se enamoró inútilmente. Regresó a su casa, encerrándose en ella, y fue desde entonces una de esas heroicas mujeres solteras que viven entre cuatro paredes, cuidando hermanos menores y sobrinos, asistiendo al desarrollo de la vida de los suyos, pero sintiendo que su propia vida se ha detenido y se seca inexorablemente, sin una sonrisa y sin una esperanza.
Nos cuentan de ella que vivía recluida, siempre sola, siempre vestida de blanco, invisible casi, aun para los visitantes: se la veía cuando más, cruzar lejana y etérea por un corredor distante; se sabía de ella en el pueblo, primero, porque constituía la «rareza», la leyenda del villorrio, y segundo, porque enviaba a las amistades de la familia, regalos de dulces y flores, que iban siempre acompañados por unos poemas crípticos, reticentes, extraños… Vivió Emily así hasta el año 1886, en cuyo mes de mayo realizó su más largo e interesante viaje. El pretexto para morir fue el mal de Bright, ese mal de los ancianos y de los sedentarios. No hubo mayor conmoción ni resonancia ante la partida de ella: una anciana tía, silenciosa, caprichosa, llena de rarezas, a la cual veían partir los suyos con dolor familiar, estrictamente familiar, pero sin sospechar siquiera que pocos años después de su partida, todos iban a volver los ojos hacia Amherst, buscando la casa silenciosa, los anónimos rincones por donde deambulara Emily Dickinson, la poetisa. De súbito, descubrióse que aquella mujer insignificante, solitaria, reticente, retraída, era el más vivo, enérgico, milagroso y potente espíritu de Amherst. En torno a ella, por obra de lo que elaboraba calladamente, aquellos contornos de Amherst fueron hogar de maravillosas visiones, fueron mansión de los arcángeles, crisol de las hadas, magnificación de las rosas y de los simples animales. Emily Dickinson, la buena y callada tía, la solterona misteriosa, dejaba escritos más de novecientos poemas. Dice un crítico que en gran parte de ellos la mitad está compuesta por notas y fragmentos, porque la creación de la poesía bien pudo ser interrumpida por la campanilla que tocaba algún vendedor o porque le comenzó a doler la cabeza, o porque una íntima asociación de ideas la apartaba del objeto de su poema. Pero a pesar de eso —quizá por eso mismo—, la poesía de Emily Dickinson ha recibido los elogios más altos, las calificaciones que solo se reservan para los grandes de la literatura universal. La medida de lo que llegó a significar ante los ojos de sus compatriotas aquella vida oscura y apartada, nos la da Edwin Markham cuando asegura que «she seems to be intimate with eternity and stars». Ahora descubrían que la señora rara y fantasmal de la casona de Amherst, vivía transformando a toda hora el mundo que la rodeaba en un maravilloso campo para la observación y el descubrimiento de especies invisibles a los otros.
Gastón Baquero, «Emily Dickinson o de las maravillas pequeñas» (Una señal menuda sobre el pecho del astro. Ensayos, Ediciones La Luz, Holguín, Cuba, 2014)
◾️
A lo largo de cuatrocientas páginas la señora [Rebecca] Patterson le sigue el rastro a la hasta ahora desconocida persona (cree que se trata de una sola persona, no de varias) por quien se supone que Emily Dickinson albergó una pasión imposible y para quien se supone que escribió todos sus poemas de amor. La señora Patterson demuestra, de un modo que al menos para ella resulta satisfactorio, que esta persona era otra mujer, una tal señora Kate Anthon (el apellido es el de su segundo marido), una amiga del colegio de la cuñada de Emily Dickinson, Susan Dickinson. En 1859 esta amiga fue a Amherst a visitar a Susan Dickinson, que vivía en la casa de al lado de Emily Dickinson; entonces era una viuda joven que prefería emplear su nombre de soltera, Kate Scott. Las dos jóvenes se conocieron y se enamoraron; alrededor de un año después, Kate Scott rompió, por algún motivo, y así comenzaron la tristeza creciente y la reclusión que caracterizarían la vida de Emily Dickinson a partir de entonces. Fue tan sencillo como eso.
Es posible que esta tesis sea parcialmente cierta, como se le puede ocurrir a cualquier lector de la poesía de Emily Dickinson (es decir, se le puede ocurrir en una página para cuestionarla en la siguiente), pero, aunque este fuera el caso, ¿por qué es necesario que nos enteremos de todos los detalles de los cincuenta y siete años que todavía vivió Kate Scott tras asestarle a Emily Dickinson aquel supuesto golpe mortal? La lectura es interesante: era una mujer atractiva y generosa que viajó mucho, una esposa devota y una amiga efusiva y cariñosa, pero nada de esto parece tener nada que ver con «el enigma de Emily Dickinson». Tal vez la señora Patterson esté intentando demostrar que la señora Anthon era capaz de tener la relación que la señora Patterson le atribuye, lo cual, una vez más, no parece demostrar casi nada, teniendo en cuenta el tiempo que vivieron ambas mujeres, la enorme vitalidad emocional que evidentemente ambas tenían y el número y la variedad de personas que pasaron por la vida de Kate Scott e incluso, aunque desde luego en un grado mucho menor, por la de Emily Dickinson.
Elizabeth Bishop, «El enigma de Emily Dickinson (Prosa, Obra Completa 2, Vaso Roto Ediciones, 2016; traducción: Mariano Peyrou)
◾️
De todos los poetas que escribieron en inglés durante los siglos XIX y XX, creo que Emily Dickinson es quien nos presenta las más auténticas dificultades cognitivas. Un intelecto vasto y sutil no puede por sí mismo hacer a un poeta; las cualidades esenciales son inventiva, dominio de los tropos y del oficio, más ese raro don para intuir relevancia a través del ritmo al que no podemos dar ningún nombre exacto. Dickinson tenía todo esto, al igual que una mente tan original y poderosa que apenas si hemos comenzado, ni siquiera hoy, a alcanzarla.
La originalidad, cuando se presenta con su mayor fuerza —en los yahvistas, Platón, Shakespeare o Freud— usurpa inmensos espacios de conciencia y lengua, e impone contingencias sobre todos los que vienen detrás. Estas contingencias operan para ocultar la auténtica dificultad a través de una familiaridad engañosa. La extrañeza de Dickinson, en parte enmascarada, todavía hace que nos asombremos ante ella, como deberíamos asombrarnos ante Shakespeare o Freud. Como ellos, no tiene un único y abrumador precursor cuya existencia pueda aminorar para nosotros lo indómito de ella. Su agón, su disputa, se libró contra la totalidad de la tradición, pero en especial contra la Biblia y el Romanticismo. Como agonista, se ocupa de diferir de cualquier modelo masculino, y nos transmite la advertencia:
No puedo bailar de Puntillas –
Nadie me enseñó –
Pero a veces, en mi mente,
Me posee una Melodía –
(…)
Pero nadie sabe que conozco el Arte
Que menciono – fácil – Aquí –
Ningún cartel me ha dado fama –
Pero está lleno esto como la Ópera –
Harold Bloom, «Emily Dickinson (1830-1886)» (Poemas y poetas. El canon de la poesía, Editorial Páginas de espuma, Madrid, 2015; traducción: Antonio Rivero Taravillo. La traducción de los dos poemas de E.D. pertenece a José Luis Rey)
◾️
La poesía de Emily Dickinson busca siempre la verdad en la persona, en la mente, en la sensibilidad, en la naturaleza, en la muerte, en el más allá de la muerte, en la religión, en Dios, y acaba por resultar una poesía de insondables tensiones filosóficas: ¿qué soy? ¿dónde estoy? ¿qué pienso? ¿para qué pienso? ¿dónde voy? ¿de dónde vengo? Esa poesía mira hacia todas las partes sin rechazar ninguna posibilidad. Filtra cuidadosamente, y no se detiene en fronteras ni esquemas preestablecidos de ninguna índole. Se ríe de sí y de todo con la sonrisa inmensa de quien todo lo alcanza, todo lo tiene, todo lo sabe, todo lo apresa en el vacío de sus manos tiernas.
El centro imantador de esta poesía, al que confluyen —como a un hueco negro de masa ínfima y densidad agobiante— los esquemas ideológicos y las concepciones formales de su momento para explotar y dar lugar a un nuevo universo de brillantez inusitada, radica en su espiritualidad; en su peculiarísima persona de arrasadora fuerza creativa, escondida en la levedad de una figura tenue que rehúye el aparato exterior entre blancos linos y húmedos rincones. Esa manera suya de ser y de escribir resulta a los ojos del naciente siglo XXI una manera nueva en la visión de los problemas de siempre.
Ramiro Fuentes Álamo, prólogo a La dama en la colina (Editorial Ácana, Camagüey, Cuba, 2002)
◾️
Qué gran poeta era Emily Dickinson. Me ha sabido mal haber visitado su casa con tanta indiferencia. Debía de haber, colgado en su habitación, un retrato del juez Lord. Pero no reparé en él. Su casa y aquel pueblo verde cortés y melancólico fueron casi los únicos lugares que vio durante su vida. Una vez fue a Washington y a Filadelfia (donde conoció al reverendo Wadsworth; lo amó; jamás se unieron; él le hizo alguna visita, dos o tres en el transcurso de veinte años) y realizó algunos breves viajes a Boston para curarse los ojos. Todo lo demás fue Amherst y solo Amherst. Algún incendio, bodas o funerales de amigos o familiares; intercambio de regalos (pollos asados, coronas de flores) entre ella y la cuñada; la muerte del padre («su corazón era puro y terrible»), la larga enfermedad y la muerte de la madre; la muerte de un sobrino pequeño muy querido, hijo de la cuñada y el hermano, que había contraído el tifus cuando jugaba en aguas fangosas; las complejas y apasionadas relaciones con la cuñada y el hermano; las raras visitas del reverendo Wadsworth («su vida estaba llena de oscuros secretos») y la noticia de su muerte.
A todos los que perdemos algo nos despojan;
queda todavía un gajo sutil
que, como luna, alguna noche crepuscular
obedecerá al reclamo de las mareas.
Así que esta fue la vida de Dickinson, una vida parecida a la de tantas solteronas que envejecen en los pueblos; con las flores, el perro, el correo, la farmacia, el cementerio. Solo que ella era un genio. Hay infinitas solteronas que se pasan la vida escribiendo versos en las aldeas de campo, en soledad, con manías y extravagancias, y ninguna es un gran poeta; ella en cambio lo era. ¿Lo sabía? ¿No lo sabía? Escribió millares de poesías y nunca quiso editarlas, las cosía en cuadernillos con hilo blanco.
Natalia Ginzburg, «El pueblo de Dickinson» (Las tareas de casa y otros ensayos, Penguin Random House – Lumen, Barcelona, 2016; traducción: Flavia Company)
◾️
Emily Dickinson tomó los pedazos de la educación privada femenina «más alta» —la cual resentían cada vez más muchas de las mujeres brillantes de su época—, los mezcló con lecturas externas, voraces, «poco femeninas», y utilizó esa combinación. Construyó una nueva forma poética a partir de su sentido fracturado al hallarse eternamente en el límite de lo intelectual, donde las confiadas voces masculinas hacían zumbar un discurso fascinante e inaccesible, yendo hacia atrás en la historia hasta llegar a la anagogía aborigen.
Al extraer de un territorio ajeno los pedazos de la geometría, la geología, la alquimia, la filosofía, la política, la biografía, la biología, la mitología y la filología, esta mujer «refugiada» inventó con audacia una nueva gramática basada en la humildad y la duda. DUDAR viene del latín y significa pegar. Tartamudear. Mantenerse en duda, tener dificultad para hablar. «Él puede detenerse pero él no debe dudar» —Ruskin.
La duda giraba en torno a todos, los rodeaba en ese periodo confiado de agresiva expansión industrial y de brutal edificación del Imperio. Duda y Separación. La Guerra Civil había dividido en dos a los Estados Unidos. Él podía detenerse, Ella dudar. La separación sexual, racial y geográfica se encuentran en el fondo de la Definición. La dicotomía trágica y eterna —si nuestro interés se cifra en la Realidad más profunda, ¿será el mundo de la imaginación el mismo para hombres y mujeres? ¿Qué voz se moverá hacia nosotros cuando dudamos y guardamos silencio?
Susan Howe, Mi Emily Dickinson (Libros Magenta, México, 2010; traducción: Ana Rosa González)
◾️
Un paso esencial sería, sin duda, compararla al otro gran poeta de su siglo, Walt Whitman. Nada más lejos, se vería enseguida, del panteísmo celebratorio del autor de Leaves of Grass que los pequeños dibujos intensos de Dickinson. En su caso, lo que cuenta no es el gran aliento prosódico, sino la concisión de las impresiones, la obsesiva trama de materias —no muchas— que se van tejiendo en una suerte de paisaje nervioso del sonido. Podría, tal vez, pensarse en esas pequeñas piezas de relojería donde un mecanismo oculto hace girar a una esbelta, y un poco tensa, ballerina. A condición de recordar que la poeta no abandona nunca la más estricta irregularidad métrica, tonal y léxica, consciente, sin duda, de que lo disonante socava la convención y constituye la mejor garantía de que el poema «viva y respire». Lo demás es la astucia de una obra que no cesa de apostar, a la vez, por la ironía y el ascetismo moral, y que hace de cierta urgencia taquigráfica —que el uso del guión exacerba— un antídoto contra la veleidad del canto y los peligros retóricos.
Dicho de otro modo: incluso cuando los arrebata un sentido de culpa o la contemplación asustada de la muerte, o cuando buscan en la naturaleza esa «circunferencia» espiralada donde el alma podría acordarse con el «País del Todo», estos poemas no caen nunca en la «bella poesía». La paradoja, la elipsis y cierta lucidez un poco juguetona interrumpen siempre la notación sentimental. También la interrumpe, en un plano más conceptual, un mundo que ha dejado de ser lo que fue para John Donne (un Libro que el Autor-del-Ser nos lega como prueba de su existencia y promesa de su resurrección) para volverse un vasto páramo, un predio abandonado de Dios, a quien la poeta deberá enfrentarse, si es que ha de coser, de algún modo, el Logos. Se recordará que esta postura es también la del Capitán Ahab en su lucha con la Ballena Blanca y remeda la que sostuvo, en los albores del destino humano, Jakob con el Ángel.
María Negroni, «Emily Dickinson. La miniatura incandescente» (El arte del error, Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016)
◾️
Menos melodiosa que Safo, Dickinson es conceptualmente más grande, pues asimila veinte siglos más de experiencia occidental. No hay otra gran figura de la literatura que haya sido peor comprendida. Ignorada por su propio tiempo, quienes la recuperaron la sentimentalizaron. Tras treinta años de estudios se reconoce unánimemente la compleja modernidad de su estilo, pero la crítica sigue ignorando todo lo que hay en su obra de lírica sensiblera y empalagosa. Nadie ha integrado sus dos estilos. La lectura psicoanalítica se va abriendo camino, pero la apreciación académica de Dickinson sigue siendo demasiado «refinada». Se suele atemperar o suprimir todo lo cruel y lo horrible.
Emily Dickinson es la Sade femenina, y sus poemas son los sueños de prisión de una creadora de imágenes enclaustrada y sadomasoquista. Cuando los Departamentos de Literatura Americana la rescatan y la yuxtaponen a Dante y a Baudelaire, saltan a la vista sus barbaridades y diabólicos actos de voluntad. Dickinson hereda, a través de Blake, el ciclo de violación de The Faerie Queene. Blake y Spenser son sus aliados en la misión de ayudar al pagano Coleridge a vencer al cristiano Wordsworth.
Las cualidades principales del estilo de Dickinson son el alto nivel de condensación y las enigmáticas elipsis. Una energía pasmosa deforma y pervierte el ritmo, la medida propia de los himnos religiosos. Las palabras son encajadas en el verso con tal fuerza que la sintaxis se resquebraja y se desmorona. La relación de la forma con el contenido es agresiva y draconiana. La estructura, cual tornillo, clava y remacha las palabras. Los poemas se contraen, vibran con un estremecimiento colosal. La poesía de Dickinson es como la celda menguante de El pozo y el péndulo de Poe, una cámara de torturas, un escenario de situaciones extremas. Nos encontramos en la tumba-útero de la reclusión, el enclaustramiento decadentista.
Camille Paglia, «La Madame de Sade de Amherst» (Sexual Personae. Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson, Ediciones Deusto, Barcelona, 2020; traducción: Pilar Vázquez)
◾️
Emily Dickinson (1830-1886) fue una mujer culta y avanzada a su tiempo. Por expreso deseo de su padre, se formó en un internado femenino donde llegó a dominar las más diversas materias, como el latín, la astronomía o la botánica. Lectora ávida, admiraba a las hermanas Bronte y entre sus influencias son fundamentales las de la Biblia y Shakespeare. Por encima de la gran recepción que ha tenido su obra desde que se dio a conocer póstumamente (o precisamente por ello mismo), habría que preguntarse cuál es la razón del hechizo que despierta en los lectores la poesía de nuestra autora. Aventuro que tal razón puede hallarse en el hecho de que la poeta supo explorar los más profundos misterios de la existencia expresándolos con las palabras más cotidianas.
En efecto, Dickinson es, a la vez, una poeta coloquial y mística, cercana y metafísica a un tiempo. Sus poemas reúnen el doble requisito de toda gran poesía: presentar mensaje y aura, esto es, decir cosas importantes y decirlas tocada por la gracia del espíritu. Es el espíritu, y no el lenguaje (pese a tratarse, en su caso, del lenguaje más audaz de su época) lo que preside su obra. La obra de Dickinson es una aspiración al pleno espíritu. Representa el afán de conseguir lo más alto sin renunciar, y aquí está su grandeza, a lo más humilde. Tan sensual como mística, su poesía puede fijarse en una simple flor o hablar de la eternidad. Enamorada del universo que se ofrece a la vista (pese a los problemas oculares que arrastró toda su vida), su poesía se recrea en el goce de lo sensual y, casi al mismo tiempo, da un salto de gigante hacia los enigmas de la vida y la muerte humanas.
José Luis Rey, prólogo a Poesías completas, Tomo I (Visor Libros, Madrid, 2022, tercera edición)
◾️
Tengo la sensación de que el genio se conoce a sí mismo; que Dickinson escogió la reclusión, sabiendo que la necesitaba y sabiendo que era excepcional. Más aún, no era un retiro hermético, sino una reclusión que incluía una línea amplia de gente, de lecturas y correspondencia. Su hermana Vinnie decía: “Emily siempre está buscando a las personas que la gratifiquen intelectualmente”. Y las encontró en varios períodos, tanto hombres como mujeres: su cuñada Susan Gilbert, visitantes de Amherst y amigos de la familia tales como Benjamin Newton, Charles Wadsworth, Samuel Bowles, editor del Republican de Springfield y su esposa; sus amigas Kate Anthon y Helen Hunt Jackson, las figuras distantes pero significativas de Elizabeth Barrett, las Brontë, George Eliot. Ella seleccionó cuidadosamente su sociedad y controló la disponibilidad de su tiempo. No solamente las “gentiles damas amaneradas” de Amherst estaban excluidas. El mismo Emerson visitó la casa de al lado, pero ella no fue en su busca, no viajaba, ni recibía visitas rutinarias, evitaba a los extraños. Dada su vocación, no era excéntrica ni rara; estaba determinada a sobrevivir, utilizando sus posibilidades y a practicar algunas economías necesarias.
Adrienne Rich, Sobre mentiras, secretos y silencios (Icaria Editorial, Barcelona, 1983; traducción: Margarita Dalton)
◾️
Dos imágenes me vienen a la cabeza cuando pienso en los poemas de Emily Dickinson: cajas chinas y teatros de títeres. La imagen de cajas dentro de otras cajas tiene que ver con la cosmología, y los teatros y los títeres con la psicología. Unas y otros están, por supuesto, íntimamente relacionados.
La íntima inmensidad de la conciencia es la preocupación constante de Dickinson. La imagino sentada en su cuarto durante interminables horas, con los ojos cerrados, mirando en su interior. El hecho mismo de estar consciente ya es estar dividido, ser múltiple. Hay tantos otros yo dentro de mí. El mundo entero viene a visitarnos a nuestra recámara interna. Visiones y misterios y pensamientos secretos. «Qué extraño es todo», debe haberse dicho Dickinson.
Todo universo está contenido dentro de otro universo. Ella abre cajas, cajas de Pandora. En una encuentra el terror; el sobrecogimiento y el éxtasis en la siguiente. No puede apartarse de las cajas. Su imaginación y su amor por la verdad conspiran contra ella. Hay tantas cajas. De vez en cuando debe haber creído que ya había llegado a la última caja, pero al mirarla con atención ésta revelaba que todavía contenía una caja más. Las apariencias engañan. Esa es la lección. Ella era víctima de un truco como lo somos todos los que deseamos llegar a la verdad de las cosas.
Charles Simic, «Emily Dickinson: cajas chinas y teatro de títeres» (El flautista en el pozo. Ensayos escogidos, 1972-2003, Ediciones Cal y arena, México, 2011; traducción: Rafael Vargas)
◾
Toda piedad por la “vida hambrienta” de la señorita Dickinson está mal dirigida. Su vida fue una de las más ricas vividas en este continente. […] Todas las implicaciones de esta afirmación tal vez no sean obvias inmediatamente. El crítico atento percibe en seguida que la poesía de Emily Dickinson no es la de una «reclusa» en el sentido patológico de la palabra; posee una inmensa y serena experiencia del mundo.
Allen Tate, “Emily Dickinson” (Reactionary Essays on Poetry and Ideas, Charles Scribner’s Sons, 1936; traducción de Pablo De Cuba Soria)
◾
Dickinson escritora: ¿cómo caracterizarla? Es epigramática, concisa, abrupta, sorprendente, inquietante, coqueta, feroz, encantadora, metafísica, provocadora, blasfema, trágica, divertida… y la lista de adjetivos podría alargarse, puesto que contamos con casi mil ochocientos poemas suyos. Lo que sorprendió (y aún suele sorprender) a los lectores es que los poemas maduros de Dickinson fueran todos tan breves. Muchos de los escritores admirados por Dickinson se habían embarcado con ambición en epopeyas, dramas, largos relatos, secuencias de sonetos y monólogos dramáticos; sin embargo, Dickinson nunca intentó esos géneros. Su tenacidad en mantenerse dentro de una forma en miniatura llevó a algunos lectores —incluso en el siglo XX— a tratar su obra con condescendencia. Ella parece haberse formulado esa pregunta fundamental sobre la elección del tamaño —¿por qué poemas tan breves?— y la responde en una lírica notable, “Ashes denote that Fire was —” (1097). Sus poemas, dice —defendiendo su forma reducida—, son las Cenizas de una conflagración anterior que destruyó a la “Criatura Desaparecida” ya muerta (aunque esa Criatura, al morir, había “planeado” brevemente sobre las Cenizas de su antiguo ser). Para comprender a la Criatura desaparecida de la cual las Cenizas son el residuo, uno debe convertirse en Químico y deducir, a partir de los Carbonatos restantes, la naturaleza de la persona consumida por el Fuego.
Helen Vendler, Dickinson. Selected Poems and Commentaries (The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge MA, 2010)




