“La historia del mundo se despliega según la maquinación de una lógica secreta
que está más allá de nuestras imaginaciones de corto alcance.
Pero, al mismo tiempo, hay oleajes y cercanía, y algo inagotable en la memoria…”
—M. Heidegger
El fin de lo privado, la externación de la memoria y el problema de ser humano en la era del cyberser
Somos impulsados hacia una tarea que todavía está claramente más allá de nosotros, casi completamente fuera de nuestro alcance: la tarea de pensar el Ser fuera del marco de las determinaciones culturales, o más bien, a través de la revisión ontológica de todas nuestras determinaciones culturales como preparación para el auto-desocultamiento del Ser. El pensar ontológico es lo opuesto al pensar metafísico o científico. Nuestra tarea es pensar el Ser de los entes en tanto que se deja pensar en la experiencia de la historia, es decir, de la intramundanidad. Los seres humanos existen como historia, ya que la historia es su órgano compartido (Mamardashvili). Por tanto, dejar que el Ser de los entes se revele en la experiencia de la historia es una forma de pensar que requiere el modo auténtico de ser del Dasein, es decir, ser como apertura a la muerte, al sentido y a la trascendencia en el destino de la libertad y la paciencia como entrega humilde al aletheuein. Nada más extraño y más ajeno a la cibercultura que esto.
Este capítulo busca confrontar al lector con algunos de los desarrollos más significativos que tienen lugar en nuestra época-mundo actual, esencialmente vinculados con el fenómeno del cyberser y los ecosistemas bio-digitales derivados:
- el problema de pensar la esencia del hombre, el cyberser y lo trans–post-humano fuera de las categorías metafísicas;
- el hecho del encuadramiento del ser humano en el cyberser;
- el fin de lo “privado”—en el sentido de lo “interior” y “únicamente íntimo”—y el advenimiento de la nueva cyber-publicidad;
- el significado de la disolución de la tríada memoria, recuerdo e interiorización del sí en el cyberser; y
- la terca, fundamentalmente impensada presencia de lo humano en la trans- y post-humanidad.
El problema de pensar la esencia del hombre, el cyberser y lo trans-/post-humano fuera de las categorías metafísicas
Se requiere un pensar ontológico, que es lo opuesto al pensar metafísico y científico-tecnológico. La mayor parte del pensamiento del siglo XX y lo que va del XXI ha sido, en esencia, una radicalización de los mismos principios metafísicos tradicionales del idealismo griego parmenídeo-platónico. El posestructuralismo deconstructivo de Foucault, las especulaciones de Haraway sobre la fusión entre lo humano, la animalidad y las máquinas, el ciber-evolucionismo neurocrítico de David Dubrovsky y las profecías de Ray Kurzweil sobre el futuro Ciber-superhombre, etc., permanecen aún, como opuestos dialécticos, atados a la misma matriz metafísica que el paradigma que critican. Tanto lo “super-humano” como lo “post-humano” se comprenden todavía dentro de las categorías de la autorrepresentación y de la autocomprensión conceptual. Siguen ofreciendo visiones del mundo y grandes relatos sin captar el origen de estas autorrepresentaciones, encuadradas en el horizonte del Vorstellen, es decir, del pensamiento que conceptualiza e imagina.
La mayor parte del pensamiento trans- y posthumanista perpetúa la esencia del ser humano (en cualquiera de sus versiones) como autorrepresentación, producto social y voluntad de saber en tanto forma de voluntad de poder. Ihab Hassan afirma que el posthumanismo no significa “el fin literal del hombre, sino el fin de una imagen particular de nosotros mismos” (Hassan 1977, 845). De una autoimagen a otra. De una “teoría del ser propio” a otra. Aún atrapado en sus categorías metafísicas, el pensamiento occidental no logra pensar la esencia del hombre ni la esencia del cyberserfuera del horizonte de la representación y de la voluntad de saber que engendra expectativa y tiempo. Esto refuerza la percepción de que la physis del cyberser, como esencia de la cibernética y de la cibercultura, no ha sido propiamente pensada, y que, por tanto, seguimos hoy tan ignorantes del sentido ontológico y antropológico de lo que ocurre ante nuestros ojos —es decir, el encuadramiento del ser humano en el cyberser y su consiguiente desplazamiento dentro de la nueva mediosfera tecno-cibernética— como lo estábamos hace décadas.
El pensar está llamado a dejar que la physis de las cosas surja y se exponga en medio de nuestros paisajes culturales preinterpretados y pretrazados. En el corazón de nuestro mundo informático, digital y cibertecnológico, una cosa esencial brilla por su ausencia: a saber, el pensar sin compromisos, para-moral, honesto y pacientemente desinteresado del Ser de los entes, del aletheuein. Es una tarea gigantesca que debemos asumir juntos. Los lestrigones de este viaje —y también las sirenas— son la voluntad de saber metafísico-científica, la voluntad cibertecnológica de controlar y rediseñar el Ser de los entes, y la voluntad biopolítica de dominar la libertad (es decir, la apertura como trascendencia) mediante la vigilancia y el castigo, es decir, a través de la onto-reificación y, en consecuencia, la desontologización.
En la cibercultura, la existencia humana como ser-en-el-mundo abierto a la Trascendencia a través de la muerte se transforma en un ente-a-la-mano, ante los ojos, que debe estar disponible para el pensar calculador y para la utilización práctica ad libitum en el hic et nunc abstracto de lo artificialmente traído a presencia. En otras palabras, la existencia humana en la cibercultura está siendo transformada en una presencia cerrada, descentralizada y artificialmente redondeada. Esta presencia artificialmente adquirida de los seres humanos en la cibercultura constituye la esencia de lo nuevo público. El misterio de lo oculto ha llegado a su fin. Si para Parménides solo el Ser es —lo cual significa que todo queda definido por la presencia—, en el cyberser como esencia de la cibercultura, el ser queda encuadrado como información, es decir, como un proceso de producción de sentido onto-indiferente. Esto muestra al cyberser como una mera continuidad de la vieja metafísica con sus distinciones entre physis y lógos; entre esencia y percepción; y entre aísthesis, gnōsis y epistḗmē, tal como ya aparecen en Platón —giro metafísico que Heidegger calificó como una “vergüenza”. El problema radica en que, así como el “topos hiperceleste” de Platón implicaba la fragmentación entre ser y logos, y por tanto el ocultamiento de la verdadera physis de las cosas, así también en la nueva publicidad, la presencia de la esencia del cyberser conlleva precisamente al ocultamiento de la existencia humana como libertad, autenticidad y resolución.
En otras palabras, lo nuevo público extrae —en aparente paradoja— la existencia humana y la libertad de la esfera pública, pero no para preservarlas en el escondite de lo privado, sino, por el contrario, para deshacerse de ellas dejándolas caer simplemente en el más profundo olvido. En el cyberser, lo más humano del ser humano —es decir, ser auténtico en el ser, veraz en el lenguaje y resuelto en la praxis— queda fundamentalmente desplazado, no por razones intencionalmente morales, sino simplemente porque lo virtual (es decir, ontológicamente an-isomórfico), lo superficial (es decir, informativo, lúdico y orientado al entretenimiento), y lo público pertenecen a la physis del cyberser.
El hecho del encuadramiento humano en el cyberser
Esto es un hecho: la humanidad del ser humano está siendo encuadrada en la matriz todo-controladora, auto-replicante, descentralizada, superficialmente interactiva y ontológicamente vaciada del cyberser. En lo nuevo público, la presencia de la esencia del cyberser es precisamente el ocultamiento de la existencia humana como autenticidad y resolución. Por tanto, la esencia de la presencia humana en el cyberser como nuevo público es la ausencia de la existencia humana en el claro del aletheuein, y así puede concebirse como una ontología de la ausencia.
En el nuevo régimen de lo público, determinado por el cyberser, la esencia de la comunicación es la interactividad. Esto significa que los seres humanos se ven impedidos de experimentar su propia existencia como autenticidad (autoatestación y responsabilidad singular) y que, en lugar de resolución como individuos, dependen de la publicidad de los otros para experimentar y comprender su propio ser y su llamado al sentido. Como “menos-sujetos” descentralizados, los seres humanos, en tanto interfaces bio-digitales, perciben sus propias experiencias solo como mediadas por los otros y, por tanto, generan relaciones de interdependencia carentes del tipo de comunicación auténtica cuya esencia es ser comunión en libertad.
En el presente libro, abordo este proceso de ciberización del ser humano desde una perspectiva fenomenológica, con el fin de describir la fenomenología del cyberser, aplicando a la vez un enfoque teológico para comprender la esencia de lo humano, las implicaciones de su ciber-alienación y el sentido del cyberser. La esencia de la presencia humana como cyberser es la ausencia de la esencia humana como existencia. De la ontorrealidad a las interfaces y ecosistemas bio-digitales; de la apertura a la Trascendencia al encuadramiento en trascendencias ficticias; de la individualidad responsable a la minus-subjetividad; del Ser al cyberser; de la libertad ontológica a la disposición-a-la-mano (Zuhandenheit); del misterio existencial a la cosa puesta-delante-de-los-ojos (Vorhandenheit); y de la apertura al objeto artificialmente cerrado y redondeado para el procesamiento de datos y la tecnocracia organizacional. “Ausencia” significa aquí ocultamiento, olvido y onto-indiferencia.
En este sentido, el cyberser es la forma más alienada de la metafísica occidental y de su voluntad positiva de saber y de poder. El cyberser es la esencia de la metafísica y de la cultura occidentales en su plena desocultación. Sin embargo, hay más en la esencia de la cultura occidental que pura metafísica abstracta y voluntad de saber y de poder.
Así, el problema de la cibercultura y de la esencia humana como ausencia en el cyberser nos conduce a una de las preguntas fundamentales: ¿qué queda aún como esencia de la cultura occidental que se anuncia en el cyberser?
En una carta de 1968 dirigida a Hannah Arendt, Martin Heidegger plantea la pregunta: “¿Hay todavía una ‘alternativa’ a la inquietante ‘esfera pública’?” Pregunta que, como él mismo aclara, debe entenderse en el sentido de: “¿Existe todavía una medida para lo esencial?”
La tarea del pensar hoy sigue siendo comprender la cibercultura y el cyberser como su esencia en tanto destinación del desocultamiento, es decir, como un destino de la metafísica occidental y sus subproductos culturales. Pero una comprensión real del cyberser presupone la “recuperación de lo esencial” en la humanidad y también en la tecnología como forma de ser humano. Particularmente cuando lo que está siendo expulsado, desplazado de la agorá pública, es precisamente la humanidad (la humanidad del humano). O, al menos, cuando la humanidad del humano está siendo encuadrada en la matriz controladora, auto-replicante, descentralizada, interactiva y ontológicamente vaciada del cyberser.
Podemos entonces preguntar: ¿cuál es el sentido del cyberser como esencia de la metafísica occidental? Y también: ¿cómo está presente el sentido como la presencia más radical en el cyberser? ¿Qué es el pathos en el cyberser? Dado que pathos y paschein —la pasión que mueve haciendo que aquello que es movido permanezca interiormente inmóvil— significan “atar”, ¿cuál es esa ligadura en el entorno de la cibercultura?
Ahora bien, la pregunta por lo que puede ser esa humanidad del humano nos lleva lógicamente a otra pregunta: ¿recuperar qué, y desde dónde? Una respuesta provisional puede ser: recuperar la esencia humana, como enclave teándrico, del dominio de la cibertecnología, de las determinaciones morales abstractas (oponiéndoles el retorno a la vida), y del condicionamiento científico-tecnológico (logrando una liberación del Gestell científico-tecnológico); todos ellos subproductos de la voluntad metafísica occidental de conocimiento y de su vocación onto-modeladora.
La esencia humana, que es ser como existencia, ha sido ya absorbida y encuadrada en lo “público”, es decir, cosificada y necesariamente alienada, bajo la forma del moralismo metafísico. Este proceso se extiende ahora bajo la forma de la cibertecnología, en el filum ontológico del cyberser. Desde las recensiones industriales hasta las postindustriales, la tecnología encuadra la esencia humana de un modo particular, pues configura una ontología independiente en la cual el Ser del Dasein aparece en su forma más alienada y extrañada: como estructura cibernética e interfaz bio-digital.
Sin embargo, la comprensión que se alcanza en el pensar auténtico no aparece como un objeto a ser aprehendido mediante el proceso mecánico de un pensamiento que responde a la dualidad de causa-efecto o de proposiciones y conclusiones. Esa comprensión es la comprensión de la propia historia del Dasein, que es la historia de su interpretación y su actitud (sich verhalten y Verständnis) frente al sentido del Ser como su destino último. Por tanto, comprender los acontecimientos históricos exige ante todo dejar humildemente que el Ser desoculte la esencia de las cosas en el tiempo existencial (καιρός – kairós), libre de las determinaciones del pensamiento instrumental, calculador y conceptualizador.
La paciencia como “voluntad no voluntariosa” (non-willing will) y la mirada atenta son momentos estructurales del pensar esencial. Por supuesto, “ser arrojado hacia un futuro” es también “ser proyectado hacia” una respuesta que exige dudar y preguntar. Sin embargo, la respuesta no es nunca una conquista racional, sino una disposición (Fügung) que abre un modo de ser que habita en el claro del Sentido. El esfuerzo humano da fruto sólo cuando, orientado hacia su modo de ser más propio, se pliega ante el desocultamiento óntico y alcanza, a través de una aprehensión más estética que moral o racional, la imagen — no objetiva pero tampoco “pura representación” — de aquello que se deja conocer como alētheia.
“Imagen” no debe entenderse aquí ni como presentación empírica (aísthesis), ni como representación mental (gnosis), ni como conceptualización racional (epistḗmē), sino como apertura ontológica en la morada (εἰκόνησις – eikōnesis) y como intencionalidad epistemológica en la comprensión (ἀπεικόνησις – apeikōnesis). Así, eikōnesis es más bien una dynamis: es el habitar en lo abierto entre el cerco del mundo y el abismo de la Trascendencia. Apeikōnesis es el pensar de esa dýnamis. En esta adquisición ontológico-epistemológica tienen también lugar la apropiación (Ereignis) del Dasein y su auténtica liberación (Befreiung).
La alienación de la esencia humana en la tecnología es un destino, un fatum. En este sentido, no puede entenderse primordialmente ni como un acontecimiento moral-social, ni como una autodeterminación intelectual y libre del ser humano como sujeto y regulador de su propia historia. El destino nos queda siempre a la saga, es pasado, porque siempre arriba antes. La experiencia del destino como “los acontecimientos del futuro” es resultado de nuestra apertura existencial como “arrojados a…”. Pero, en su esencia, el destino es precisamente lo que ya está ahí, sea en forma de dynamis o entelecheia, es decir, como posibilidad o como hecho.
Así, aunque lo oculte, el extrañamiento tecnológico como destinación cibernética revela también el modo más propio del Dasein, i.e., ser mortal arrojado a la Trascendencia en la paradoja del Ser y del Sentido. No obstante, la auto-atestación como autenticidad, la comprensión ontológica y la resolución en libertad constituyen también posibilidades fundamentales del Dasein.
La liberación como el dejar florecer la esencia humana en tanto desocultamiento en la historia se torna imposible mientras, atrapado en la lógica interactiva del cyberser, el ser humano no logre recuperarse de la mediación tecnológica y continúe experimentando, en cambio, una expansión abstracta sin momento de retorno a sí mismo, al an sich del Dasein. Esta expansión se despliega a través de una estructura de fisura determinada por una matriz de superficialidad que mantiene al Dasein exterior a sí mismo e incapaz de comprender su propio ser como morada en el Sentido, en la apertura otorgada por el Logos. Heráclito lo percibió al decir: διὸ δεῖ ἕπεσθαι τῷ ξυνῷ. τοῦ λόγου δὲ ἐόντος ξυνοῦ ζώουσιν οἱπολλοὶ ὡς ἰδίαν ἔχοντες φρόνησιν (“Por ello es necesario seguir lo esencial (‘común’); aunque el Logos es esencial, la mayoría vive como si tuviera una intelección particular de la naturaleza de las cosas”. – Fragmento 2).
[Fragmento del Capítulo 1 de Homo Theologicus in the Digital Age, Casa Vacía, 2025.
Traducción al español del autor.]




