¿Qué libro arruinó para siempre tu capacidad de disfrutar literatura “ligera”?
Para mí la lista es larga. Confieso con temor a ser cancelado, que leí muy joven La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Y no me pareció tan horrible. Ya estudiando literatura en la Chile (así se le llama coloquialmente a la Universidad de Chile), comencé a leer otras cosas con las que ya no me recuperaría. Pero diría que fue una mezcla de Eliot y Pound, los Cuatro cuartetos antes que La tierra baldía, los Cantos antes que los poemas breves, los que ya no me permitieron volver a leer de la misma manera. Está, además, la ponzoña de Enrique Lihn, autor para mí fundamental y sin el cual jamás me habría formado como lo hice. Para volver a lo que decía al principio: nunca pude leer de nuevo a Isabel Allende. Y no lo lamento.
¿Qué autor/a te gustaría invitar a cenar, solo para llevarle la contraria durante tres horas?
Esta está difícil; me hubiera gustado conversar con Fredric Jameson, pero eso de llevarle la contraria a Jameson ya me queda muy grande, creo. A Alfredo Jocelyn-Holt, un historiador liberal chileno, sí le llevaría la contraria un buen rato, aunque sólo por hacerlo rabiar, con su aire de niño bien nacido por error en Chile. Sé que esto es absolutamente latero, pero invitaría a cenar a Annie McClanahan, una de las críticas literarias más interesantes de hoy en Yanquilandia. La otra sería Sarah Brouillette, para mí la definición misma de crítica literaria aguda, capaz de conjugar las dinámicas económicas con lo mejor de la literatura que hoy nos queda.
¿Qué libro fingiste haber leído con más convicción?
Puffff, cientos. Una vez una amiga —yo tenía quince años— se inventó un autor y un libro para probarme y, por supuesto, yo había leído ese libro. Ella se rió mucho aquella vez. Pero esos pecados de juventud son sólo eso: ya no necesito que nadie me invente libros, me los invento yo solo.
¿Qué personaje literario matarías tú mismo?
Algunos de los protagonistas de Houllebecq: se parecen demasiado a mí mismo. Schnier, el protagonista de Opiniones de un payaso, también me parece detestable, pero me siento plenamente identificado con él. Y, ya que estamos, el profesor Unrat, de El ángel azul, me produce una profunda ternura.
¿Qué libro “clásico” consideras un castigo de lectura y aun así lo defiendes en público?
NO HAY clásicos que puedan ser un castigo. Pero sí diré que, por ejemplo, Nada, de Carmen Laforet, me pareció un ladrillo intragable. Y qué clase de desalmado creen que soy, jamás defendería ese tipo de lecturas. Habiendo hecho clases en colegios de secundaria, no me entra en la cabeza que alguien no se entretenga con el Quijote, el Mío Cid o cualquier otro título supuestamente aborrecible de acuerdo con adolescentes que sí se han hecho acreedores de tal adjetivo.
¿Cuál es tu placer culpable literario, ese que escondes detrás de una falsa copia de Proust?
Soy devoto de Charles Bukowski. Ya está, lo dije. Y está muy visible en el librero de mi oficina, ni siquiera oculto en mi casa, sino en mi lugar de trabajo.
¿Qué libro tratas como objeto sagrado, pero cuya primera página sigue más virgen que tu Kindle nuevo?
Ulises. Debo aclarar que su primera página de virgen no tiene nada, pero sí lo trato como objeto sagrado. Incluso alguien me hizo pedazos mi ejemplar, pero I put together the whole thing y ahí sigue, en un lugar privilegiado de mi biblioteca.
¿Con qué autor intercambiarías vidas, aunque sea solo para tener una beca en la Sorbona?
¿John Dos Passos? La vida del traidor nunca deja de ser interesante.
¿Cuál es la librería que más dinero te ha robado con tu consentimiento?
Tendría que ser, sin lugar a dudas, la Mímesis, gloriosa librería ubicada en las Torres de San Borja, deíctico chileno y capitalino, manejada por David Wallace y Miguel Vélez, donde me compraba todo lo que podía y me fiaban con plata que jamás tuve.
¿Qué libros has empezado más de tres veces sin pasar de la página 40?
La pasión según GH, de Clarice Lispector. Listo, crucifíquenme.
¿Qué frase en latín usas para sonar profundo, aunque ni sepas bien qué significa?
Quidquid latine dictum sit altum viditur, literalmente «Todo lo que se dice en latín parece profundo». Tenían sentido del humor en la época.
¿A qué personaje literario querrías como terapeuta, sabiendo que te arruinaría emocionalmente?
Heredia, el detective de Ramón Díaz Eterovic. Es un buen tipo, creo que mientras resuelve algunos de sus casos, podríamos tener conversaciones que valdrían la pena, aunque de terapeuta, de verdad, no lo veo.
¿Cuál es la edición más absurda que compraste solo por estética?
Hubo una época en mi vida en que tuve todas las primeras ediciones de Juan Luis Martínez. TODAS. La poesía chilena se la regalé a un poeta y editor que ya no me habla. La Nueva Novela, El poeta anónimo y otros títulos se quemaron junto a otros tres mil libros cuando se incendió mi biblioteca.
¿Qué género literario finges despreciar porque tus amigos intelectuales lo hacen?
Yo soy bastante dado a lo que antes se llamaban géneros menores, por lo que eso de despreciar literatura, no sé, no me cuadra. Hay autores muy prestigiosos que me son completamente indiferentes, hay otras y otros que sé que nunca leeré, porque básicamente he terminado por aceptar el hecho de que no voy a alcanzar a leerlo todo. Me gustaría, pero parece que no llego.
¿Qué autor contemporáneo por el que finges desinterés pero que desearías secretamente haber escrito sus libros?
¿Ginsberg? Howl y Kaddish me siguen pareciendo textos envidiables, poderosos, duraderos.
¿Cuántos libros tienes pendientes de leer y cuántos sigues comprando igual al mes?
Desde que dejé de comprar libros, me hago de unos cinco o seis, con alto sentimiento de culpa. Cuando estaba comprando en paz, diez o veinte. Pendientes debo tener unos cuarenta, fácil. Con el bueno de [mi amigo el poeta Marcelo] Pellegrini juramos cada cierto tiempo que no vamos a comprar más libros, pero por ahora ni los grupos de autoayuda ni las ofrendas a la Virgen han servido de nada.
¿Qué escena literaria te hizo cerrar el libro y mirar al techo como si hubieras vivido algo?
Si esto es un hombre, de Primo Levi. Único libro que me ha hecho llorar. Estaba en la Student Union, uno de esos edificios seudocorporativos que las universidades norteamericanas bautizan con el apellido del millonario que haya puesto más plata, rodeado de chicas y chicos del medio oeste norteamericano, pendientes de coger su almuerzo y partir a la próxima clase.
¿Qué libro regalarías solo para poner a prueba si alguien es digno de ti?
No puedo suponer que alguien sea digno o indigno de mí. Más bien pienso al revés.
¿Cuál es el crimen literario más atroz? ¿Doblar las páginas, subrayar los libros, o no leer?
Diría, en algunos casos, que el peor de todos es escribir.
¿Lees la solapa del autor antes de empezar un libro, o prefieres arruinarte la experiencia después?
Antes. Leo la solapa, el año de publicación, el nombre del linotipista si es que aparece, dónde se publicó el libro y si tiene un prólogo amplio y detallado, por supuesto que también lo leo. Y a veces me ahorro por completo el libro.
¿Qué biblioteca ficticia mereces según tu nivel de neurosis literaria?
No es ficticia, pero la biblioteca del Escorial, que la he visitado en dos ocasiones, me quita el sueño.
¿Has robado un libro alguna vez? ¿Cuál(es)?
Digamos que me he quedado con muchos libros prestados, para ponerlo de manera elegante. La lista es larga y no quiero meterme en problemas.
¿Cuál es tu mayor logro como lector: sobrevivir a Ulises o terminar El Quijote?
Terminar el Quijote. DOS VECES. Y voy por la tercera, ojalá pronto.
¿Qué libro te habría gustado escribir solo para poder firmarlo y presumirlo?
El Quijote apócrifo, de Alonso Fernández de Avellaneda. El libro vacío, de Josefina Vicens, también tiene muchísimo mérito y es una novela que merecería mejor suerte fuera de México.
¿A qué edad te diste cuenta de que leer no te hacía mejor persona, solo más insoportable?
Más bien tarde, pasados los cuarenta. Le trabajé a la esperanza hasta el último momento. Demasiado Cioran, demasiado Marco Aurelio y ese tipo de gente.
¿Qué personaje secundario merecía más protagonismo que el principal?
Fermín Zavala, el padre de Santiago, el protagonista de Conversación en La Catedral. Me hubiera gustado saber cómo habría sido esa novela desde el punto de vista del padre y toda la historia secreta que él guardaba.
¿Cuántos marcapáginas posees, y cuántos usas realmente (más allá del ticket de lotería que, por supuesto, no ganaste)?
Tengo una verdadera colección, pero uso cerca del cinco por ciento. Muchos marcapáginas son inútiles. O son mucho más largos que los libros y resultan poco prácticos, otros vienen con una especie de cola de caballo que no sólo los hace difíciles de usar, sino que estéticamente son impresentables. Otros son muy gruesos, otros son de causas que no quiere publicitar ni seguir. Me gustan los marcapáginas que algunas editoriales hacen a partir de sus propios libros, como Ferrán Fernández, de Luces de Gálibo, en España. Algunos artesanales, muy cuidados, también tienen un valor especial.
¿Qué autor te parece brillante, pero preferirías no tener cerca en una cena?
Cioran, por supuesto. ¿Alguien se imagina la digestión después de cenar con Cioran?
¿Qué frase usas para justificar que no terminas los libros que empiezas?
«Estoy ocupado» es la que espeto más rápido y casi sin pensarlo. Pero no existen, en realidad, los libros sin terminar, se trata solamente de libros pendientes.
Si tu vida fuera un libro, ¿en qué estante de la librería la encontraríamos: “drama innecesario”, “ficción pretenciosa”, o “ensayo sobre la decepción”?
Mangas existencialistas.




