Flâneur de las palabras, Roland Barthes paseaba por las calles tangibles de lo invisible (la literatura), a sabiendas de que cada paso se sostiene sobre un cúmulo de tropiezos. Barthes no pensaba la ironía como truco de salón o sombrero que se quita para saludar al lector con sorna; la pensaba como grieta que se abre en el lado amoroso del discurso, para dejar escapar una pregunta insistente: “¿Y si el lenguaje no dijera nada más que su propia duda?”.
En los años sesenta, con el mundo sumido en acalorados debates teóricos, Barthes se topó con Raymond Picard, ese cancerbero de una crítica “científica”, armada con diccionarios y certezas más o menos acomodadas. Picard quería medir la literatura con la regla de lo literal, como si un verso de Racine sobre Nerón fuera solo un parte meteorológico o un horóscopo tardío. En cambio, Barthes respondió con una risa contenida, una ironía que juega con las formas sin tocar a los seres, que jamás ataca de frente. “Ojalá eso se hubiera dicho irónicamente”, dijo en las páginas de Crítica y verdad, y con esa frase sencilla desarmó el arsenal del oponente. Porque, ¿acaso no es la ironía el último refugio del crítico cuando la ciencia pretende desnudar el lenguaje hasta dejarlo en sus huesos? El autor de Mythologies señalaba esa distancia que no duele del todo, que permite alzar la vista y ver lo que la ciencia pasa por alto: el juego, el plural, el “segundo lenguaje” donde todo se abre a lo posible, pero que escapa a toda fijeza.
Años después, Barthes se adentró en el laberinto de un cuento de Balzac, Sarrasine, y lo desarmó en S/Z para ver si el tiempo está dentro o solo en los engranajes. Ahí, la ironía deviene el pulso mismo de la vida narrada: nada nos explica el mundo, salvo lo que otros han escrito sobre él, y en esa red de textos nos enredamos en una telaraña de sentido prestado. La prosa “bella” que habla del sinsentido de la existencia se vuelve irónica de puro contraste, porque mientras describe el vacío, ella misma lo llena de belleza, y el lector —pobre iluso— pasa por ella sin notar que acaba de caer en la trampa. Los símbolos —con su magia subjetiva— ironizan sobre nuestras moralinas, invitan a una apertura que disuelve toda prescripción, toda Verdad. Barthes lo extendía a la novela entera, citando a Lukács o Goldman. Por lo tanto, la ironía deviene el modo en que el novelista se eleva por encima de sus personajes, con su conciencia limitada, y deja al descubierto las grietas de la sociedad; fisuras ante las que el lector podría preguntarse si no son, al fin, las suyas propias. En Balzac el realismo finge capturar la vida “tal como es”, pero al ordenarla en capítulos y diálogos, revela su absurdo: una estructura que promete Verdad, pero entrega un espejo borroso.
Y luego viene lo íntimo, ese giro donde Barthes se vuelve casi confesional, como si la ironía, después de tanto vagar por los salones de la crítica, se colara en el dormitorio del cœur. En Fragmentos de un discurso amoroso, el “yo” enamorado se presenta como un solipsismo risueño, uniendo “te-amo” en un nudo absurdo de palabras que no atan nada sólido. “Se trata bien de aglutinación”, dice con esa sonrisa, la misma que reconoce que el amor es discurso solo para uno mismo, grandilocuente y patético a partes iguales, un adjetivo que describe la espera sin prometer el abrazo. Es como si Barthes nos contara una anécdota de alcoba: el amante que se pierde en sus propias metáforas, burlándose en voz baja de su propia fiebre, porque sabe que el otro, el amado, es siempre un horizonte que se aleja con gracia.
Incluso en su propia vida, tejida de fragmentos como un collage improvisado, la ironía aparece con esa prudencia que roza la coquetería. No le gustaba 1915, el año en que nació: “un año anodino, perdido en la guerra, sin eventos ni nacimientos famosos”. Pero en esa queja humilde subyace una gloria sutil, la de quien se esconde para mostrarse mejor. En Sade, Fourier, Loyola, fantasea con biografías mínimas, hechas de “detalles, preferencias, inflexiones”, como si su propia existencia no fuera ya una autoficción que gira alrededor de un sujeto vacío, un eco irónico de sinceridades fingidas. Para Coetzee, ese otro hacedor de verdades oblicuas, toda “autobiografía nunca es retrato fiel, sino un baile con la sombra”, allí donde “la ironía romántica hace de la duda el único retrato posible”.
Barthes y su ironía son una alianza contra las certezas de un solo camino, una danza sobre el neutro de lo “ni esto ni aquello”, que explora lo indecidible. Hoy, atestados de discursos que nos bombardean de verdades prefabricadas, releerlo con un toque de ironía es encender una vela en la niebla: el lenguaje, ese viejo bromista, nos ha precedido siempre, riéndose bajito de nuestras pretensiones de control. La ironía barroca barthesiana —esa que “abre el lenguaje” — nos convoca a sus abismos juguetones, donde cada pregunta es una invitación a seguir caminando.





Excelente apunte… Roland Barthes impartió un curso sobre retórica clásica en los años 60, titulado: «La antigua retórica» y basado en la tradición aristotélica. Este curso fue dictado en la École Pratique des Hautes Études entre 1964 y 1965. Desde luego que incluye la ironía, sus maneras… A veces se olvida ese estudio de Barthes, tan admirado por su amigo Severo Sarduy.
Vuelvo a las letras que son mi forma presente de refugio. Un yo veleidoso, mutable que en su andar mercurial busca apoyos y refugios -también móviles- donde pasar sus horas y no pensar.
Una isla siempre es una isla y frente a la devastación que quedo luego, habiendo agotado muchos otros caminos, habiendo soportado el barro hasta el cuello, harto de la misma piedra y la misma montaña, me conforme con aspirar a la conquista de otras lenguas como quien decide emprender un viaje, echarse una siesta, leer poesia; y se me antojaron -vaya uno a saber por que esa misteriosa afinidad con europa boreal- las lenguas germánicas antigua y modernas que aun hoy me sigo proponiendo conquistar.
Es que si tengo que elegir prefiero habitar la soledad de las lenguas antes que la cacofonía de la vulgar burguesía.