Citario. Deriva del latín «citāre» (citar) más el sufijo «-ārium» (repositorio), similar a «bestiario». Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como de Erasmo) y proto-ejemplos del XIX, como «Familiar Quotations». Este «Citario Pound» celebra el natalicio 140 del poeta que reinventó la modernidad lírica desde la fragmentación y el ritmo del mundo antiguo.
Sólo en este contexto problemático la obra de Pound —al menos a partir de los primeros Cantos— se vuelve inteligible. Él es el poeta que se ha colocado con mayor rigor y casi con «absoluta desfachatez» (unmitigated gall) frente a la catástrofe de la cultura occidental. Mucho más decididamente que Eliot, Pound vive en esa «tierra baldía», un infierno que, como sugiere en el Canto XLVII, no es posible, como ha hecho el «reverendo Eliot», «atravesar rápidamente». Pero justo por eso, para él «todas las edades son contemporáneas» y puede referirse inmediatamente a la historia entera de la cultura, de Homero a Cavalcanti, de Mani a Mussolini, de Dante a Browning, de Perséfone a Woodrow Wilson, de Confucio a Arnault Daniel. «Sólo Pound», dijo Eliot, «es capaz de verlos como seres vivos», siempre y cuando precisemos que, en los Cantos, son en realidad sólo pedazos que emergen por un instante del Leteo e incesantemente se sumergen en él. Furio Jesi definió una vez el universo poético de Pound como la «transformación en escombros de los objetos de amor que ya no se consideran vitales». Si la tradición es accesible sólo como lasca y fragmento, el poeta en busca de formas —venator formarum— no ve frente a sí más que escombros —aun si éstos están, al menos para él, vivos y vitales precisamente como fragmentos—. Su canto inaudito está tejido con esos pedazos que, una vez agotada su función, no sobreviven. De ahí la impresión de artificiosidad, tantas veces reprochada de forma injusta a su poesía: Pound procede como un filólogo («También atravesé el pantano de la filología», escribió en The Spirit of Romance) que, en la crisis irrevocable de la tradición, intenta transmitir sin notas a pie de página la imposibilidad misma de la transmisión.
Giorgio Agamben, prólogo a los Cantos (Editorial Sexto Piso, Madrid, 2018; traducción: Ernesto Kavi)
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Es difícil imaginar que un completo extraño, sin padrinazgos literarios ni medios financieros, haya inaugurado su campo de batalla en Londres. Después de autofinanciar su primer poemario en Venecia (cuenta T.S. Eliot que se hizo con papel sobrante de una partida utilizada para una historia de la Iglesia), llevó algunos ejemplares a Inglaterra y los distribuyó en la prensa especializada. Sorprendente o no, le cabe al Evening Standard uno de sus primeros reconocimientos públicos: «Después de los versos triviales y decorosos de la mayoría de nuestros decorosos poetas, este poeta parece un trovador de Provenza en una velada musical en las afueras de la ciudad…»
Rápidamente Pound, y sólo por sus propios méritos literarios, comenzó a insertarse en el campo literario de Londres y publicó su segundo libro. Muchos medios de comunicación, como English Review o Daily News, comenzaron a elogiar la poesía de Pound. Otros, entretanto, comenzaron a criticarlo, incluso aconsejando al poeta que tuviera «un poco más de respeto por su arte». Las críticas más fuertes, sin embargo, llegaron desde Nueva York, donde reprobaron sus versos y su estilo de forma irónica y despreciable.
Lo cierto es que Pound había logrado, como pocos poetas en la historia, captar la atención de sus enemigos en el momento mismo de la emisión de su obra. Y Pound (ipor supuesto!) aceptó el duelo, accedió a la guerra, y para eso utilizó (más bien sacrificó) su corona poética.
Juan Arabia, prólogo a Lustra (Editorial Buenos Aires Poetry, 2016)
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Hay muy pocos poetas vivos, aun cuando no sean conscientes de haber sido influenciados por Pound, que puedan decir: ‘Mi obra sería la misma si Pound no hubiera existido’. Considero a Ezra Pound como un poeta extremadamente interesante e importante, y creo que la publicación de sus Poemas Completos sería un gran servicio para las letras americanas. Pound ha sido un innovador en la técnica poética, y su influencia en la poesía del siglo XX es innegable, aunque sus ideas políticas hayan sido aberrantes. No podemos separar al hombre del poeta por completo, pero el valor de su obra trasciende sus errores personales.
W. H. Auden, The Dyer’s Hand and Other Essays (Random House, 1962; traducción para Bookish de Pablo de Cuba Soria)
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Pocas noches después cenamos juntos en casa del hermano de Bernard Faÿ. Hacía poco que había aparecido en París el primer número de la revista The New Review; formaban el equipo de redacción Samuel Putnam, Ezra Pound y Richard Thoma. Yo había conocido aquella mañana a Pound en casa de Thoma; era un hombre alto, de barba rojiza; comimos juntos y luego fuimos a ver a Putnam a Fontenay-aux-Roses. Pound me había caído simpático y durante la cena [en casa de Gertrude Stein] saqué a colación su nombre.
—Oh, no volveré a ver a Ez —dijo Gertrude Stein—. Le basta con llegar a casa y sentarse media hora. Y cuando se marcha, la butaca y la lámpara están rotas.
—Y la tetera —añadió Alice Toklas.
—Ez es agradable —siguió diciendo Gertrude Stein—, pero no puedo permitirme, sencillamente no puedo, dejarle venir a casa.
Me pareció todo muy extraño hasta que una tarde que fui a tomar té a casa de Bernard Faÿ, me explicaron que recientemente Gertrude Stein había enviado a muchas de sus amistades una nota diciéndoles que a partir de aquel momento la señorita Stein prescindiría de su amistad.
Paul Bowles, Memorias de un nómada (Grijalbo Mondadori, Mitos Bolsillo, Barcelona, 1990; traducción: Ángela Pérez)
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Ezra Pound era de la Rive Gauche. Cuando conoció a Olga en el otoño de 1922, estaba realizando una traducción de Physique de l’Amour de Rémy de Gourmont para la editorial estadounidense Boni & Liveright. La teoría de Gourmont según la cual “el hombre civilizado soporta la monogamia sólo cuando puede abandonarla y regresar a ella a voluntad” era compartida por el poeta. Pound también exploraba la conexión entre la creatividad y la sexualidad, y en el prefacio del traductor sugería que “debe existir cierta correlación entre la cópula completa y profunda y el desarrollo cerebral… El cerebro mismo… es una especie de gran coágulo de fluido genital suspendido”.
El papel de la mujer era ser el receptáculo pasivo del esperma del hombre; un papel secundario en el proceso creativo, pero no por ello menos esencial. Sin embargo, no cualquier mujer podía servir como receptáculo de la creatividad de este poeta; sólo una mujer artística y talentosa podía hacerlo en una relación permanente, y la vivaz Olga era una elección evidente: una joven artista llamativa y equilibrada, de cabello oscuro cortado a la altura de la nuca y con la raya al medio, a la moda de los años veinte. Conocerla por primera vez era inolvidable: su manera intensamente enérgica de hablar y moverse —una “personalidad adrenal irlandesa”, como la describió un amigo— atraía a su círculo a personas apuestas y talentosas.
Anna Conover, Olga Rudge & Ezra Pound. What Thou Lovest Well (Yale University Press, New Haven & London, 2001; traducción revisada por M.H.M.)
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Es inevitable que con el paso del tiempo un crítico de la talla de Pound —quien jamás experimentó el temor de sus propias convicciones— parezca haber exagerado en demasía la importancia de ciertos principios o de ciertos autores, mostrándose injustamente despectivo con respecto a otros. Pound ha enriquecido la crítica literaria interpretando autores y literaturas que habían sido relegados al olvido y reivindicando escritores que habían sido subestimados. Y en cuanto a los escritores renombrados que tan agresivamente atacó, recordemos la reacción que tuvo lugar contra la era de Augusto, iniciada por los poetas lakistas. Cualquier pionero de una revolución en el ámbito de la poesía —y nadie más responsable que Pound por la revolución de la poesía en el siglo XX— atacará de seguro algunos nombres venerados, ya que un genuino blanco para ese ataque lo constituye la idolatría que los críticos infradotados profesan por un eximio artista y la mediocridad con que los poetas desposeídos de toda inspiración procuran imitarlo. Un gran escritor, en un momento determinado, puede ejercer una influencia perniciosa, o simplemente negativa, influencia que puede llegar a ser eficientemente contrarrestada recalcando defectos que no se deberían imitar y señalando virtudes que resultaría anacrónico tratar de emular. Estoy convencido de que, por ejemplo, el menosprecio que Milton le inspiraba a Pound fue sumamente eficaz dos o tres décadas atrás. Concuerdo con Pound y su antagonismo contra los admiradores académicos de Milton, aun cuando, a mi modo de ver, la situación ha variado.
T.S. Eliot, prólogo a Ensayos literarios (Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2016; traducción: Julia J. de Natino y Tal Pinto)
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Tengo que admitir sin reparo que no estoy de acuerdo con la opinión predominante de que «ningún autor vivo escribe como él», como dijo T. S. Eliot, y con lo que estaban de acuerdo Yeats, Frost, Hemingway y Joyce. Mi malestar no tiene que ver con las conocidas razones políticas, sino con el hecho de que esta obra carece del sentido de la prosodia. (…)
¿Qué nos quiere decir con estos versos el prisionero atormentado por sus obsesiones? ¿Qué puede entender quien no sabe quién es Margot ni ha oído nunca hablar de Mr. A. Little ni de Von Mr. W. Rummel? Tampoco puede ser un lector de Ezra Pound aquel que no sabe griego y latín. Y saber un poco de español o chino también vendría bien para leerlo. Esto no es solo extremadamente descortés, sino que estamos ante el bluf de un hombre cuyo talento se ha vuelto loco.
Como crítico fue siempre despótico. No soportaba «la profundidad algo tosca, un poco de borracho o de epiléptico de Dostoyevski» y sobre el autor de El libro de la selva dejó caer el siguiente juicio condescendiente: «Kipling, para describir la India, produce un Maupassant de calidad inferior». Consideraba En busca del tiempo perdido de Proust una literatura de entretenimiento de lujo y de un ensayo de su discípulo Eliot dijo que era «pura melaza».
Con sus Cantos quiso ir más alto que cualquier otro. Se comparaba con Dante y sus más de cien cantos con los de la Divina Comedia.
Hans Magnus Enzensberger, Escribir bajo el poder. 99 retratos literarios del siglo xx (Ediciones Universidad Austral de Chile, Valdivia, 2025; traducción: Carlos M. Pina)
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Estoy aquí para dejar constancia de mi admiración por un gobierno capaz de apelar a su conciencia ante un caso como este. El alivio parece estar cerca para muchos de nosotros, además de para el Ezra Pound en cuestión y su fiel esposa. Él cuenta con innumerables admiradores en todo el mundo que se regocijarán ante la noticia de que tiene esperanzas de libertad. Adjunto una página o algo así de lo que han estado diciendo últimamente sobre él y su condición. Yo mismo hablo tanto por el interés general como por el suyo propio. Y me siento autorizado para hablar muy especialmente en nombre de mis amigos Archibald MacLeish, Ernest Hemingway y T. S. Eliot. Ninguno de nosotros puede soportar la desgracia de permitir que Ezra Pound llegue a su fin donde se encuentra. Dejaría una historia demasiado lamentable en la literatura estadounidense.
Él actuó de forma muy errada en su egotismo, pero insiste en que fue por patriotismo: amor a Estados Unidos. Nunca ha admitido haberse pasado al bando enemigo, no más de lo que lo han hecho los escritores en casa que se han sentido desesperados ante la República. Detesto tales tonterías y solo puedo escucharlas como evidencia de un trastorno mental. Pero el trastorno mental es precisamente lo que estamos considerando. Apoyo el caso en el pronunciamiento del Dr. Overholser de que Ezra Pound no es demasiado peligroso para quedar libre bajo el cuidado de su esposa, y está demasiado loco para ser juzgado alguna vez; una distinción muy sutil.
El Sr. Thurman Arnold planteó admirablemente este problema de un hombre enfermo retenido demasiado tiempo en prisión para ver si no se recupera lo suficiente como para ser juzgado por un delito carcelario. Probablemente exista un precedente legal que ayude a encontrar una solución al problema. Pero creo que esta tendría que alcanzarse más por magnanimidad que por lógica, y es principalmente con la magnanimidad con la que cuento. Comprendo que el Departamento de Justicia dude en el asunto por temor a parecer más justo con un gran poeta de lo que lo sería con un don nadie. Cuanto más grande sea el Departamento, más tiempo podría tomarle reflexionar las cosas a fondo.
Robert Frost, Declaración en el caso judicial de Estados Unidos contra Ezra Pound, 1958 (The Collected Prose of Robert Frost, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge MA, 2007)
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El primer efecto del método poundiano en el lector ingenuo y tradicional es la desorientación en el maremagnum de las yuxtaposiciones e interrupciones en la ilación lógica. Además es evidente que Pound juega con el diseño gráfico de la página, trasciende la linearidad del texto, subvierte las normas establecidas de signos y morfología, trascendiendo el contenido a través de imágenes: reproducción de ideogramas, partituras musicales, fragmentos citacionales de temas diversos, citaciones ad verbatim, déja-vus semánticos, formas coloquiales anónimas et altri. Estos efectos no son meramente buscados en busca de algún efecto visual vanguardista, lúdico o creativo, en absoluto (aunque coexistan en GK como efectos de composición) sino de crear un nuevo soporte, mitad estilo mitad icónico, capaz de vehicular, de soportar como medio comunicativo eficaz, la nueva sensibilidad que reclama Occidente en decadencia: «El lector con prisas puede decir que escribo en clave y que mis afirmaciones se deslizan de un punto a otro sin conexión u orden. La afirmación es, sin embargo, completa. Todos los elementos están ahí, y el más perverso de los aficionados a los crucigramas debería ser capaz de resolverlo o de verlo». Pound reclama en GK su idea de One-Image Poems, paradigma poético-icónico, o incluso podemos llamarlo una suerte de «lenguaje mosaico», que como hemos señalado se eleva sobre el sólido fundamento de la yuxtaposición paratáctica de texto e imágenes diversas, creando una suerte de espacio acústico.
Nicolás González Varela, presentación de Guía de la Kultura (Capitán Swing Libros, Madrid, 2010)
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Esto es más una opinión que un estudio crítico. De otro modo, tendría que detenerme aquí e irme a París para comprobar mis citas, lo que estaría muy bien, si pretendiera probar algo. Afortunadamente, una opinión no busca probar nada. Así pues, tenemos, por el momento, al gran poeta Pound, quien consagra, digamos, un quinto de su tiempo a la poesía, y el resto, a ayudar a sus amigos, desde el punto de vista material y artístico. Los defiende cuando son atacados, los hace publicar en revistas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Les vende los cuadros. Les organiza conciertos. Les dedica artículos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores les publiquen sus libros. Se queda con ellos toda la noche cuando creen estar en agonía y es testigo de su testamento. Les paga las cuentas del hospital y los disuade del suicidio. A fin de cuentas, hay algunos que se abstienen de darle una puñalada a la primera ocasión. Es un hombre alto, lleva una barba roja y descuidada, un curioso corte de pelo, y es muy tímido. Tiene el temperamento de un «toro de lidia» de la cría de don Eduardo Miura.
Ernest Hemingway, «Con Ezra Pound» (París era una fiesta, Alianza Editorial, 2002; traducción: Julio Gómez de la Serna)
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James Laughlin descubre en Pound tanto como en William Carlos Williams la pasión por un «lenguaje redentor»: «ello connota no sólo un lenguaje bello para la poesía, sino también un lenguaje que tenga efecto sobre la sociedad». No veo por qué la economía no puede ser ese lenguaje. Williams, que no compartía las excentricidades poundianas escribió, en una carta a Laughlin, el mejor epitafio posible para el autor de Los Cantos: «Molestos por ciertos papeles que Pound representó, inexcusables, resulta fácil olvidar que la virtud aún puede ser un sello de grandeza».
Ernesto Hernández Busto, «Una libra de Pound» (Perfil derecho. Siete escritores de entreguerras, Editorial Aldus, México, 1996)
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En total hay ciento dieciséis cantos (cuatro, finales, incompletos), más el ciento diecisiete, que es fragmentario (apuntes de carácter testamentario y doloroso por referirse a la sensación de que su vida termina, de que deja a la amada Olga Rudge, y de que su antisemitismo fue un error, cosa que no dice aquí directamente, pero a la que alude). Incluso se habla de ciento veinte cantos. Quedémonos, a todos los efectos, con los ciento dieciséis que aparecen en la asequible edición de New Directions, The Cantos of Ezra Pound (mi edición de 1998 es la catorce). Ahora bien, si leemos a razón de dos cantos diarios (cosa que recomiendo), completaremos nuestra hazaña en cincuenta y ocho días; añadir dos de reposo absoluto a modo de convalecencia, y nuestro lector podrá ya vanagloriarse en guateques intelectuales de conocer los Cantos de Pound (memorizar incluso algunos versos, que eso impresiona a las pichonas de intelectual, y de la cita al lecho es corto el trecho). No me cabe la menor duda de que vale la pena invertir dos meses de nuestra modesta y depauperada vida en leer los Cantos.
(…)
Reconozco que leer a Pound es adentrarse en una interminable retacería muchas veces inabordable. Pero reconozcamos también que perderse en esa jungla moderna, como Benjamin recomendaba perderse en una ciudad, es un modo de acceder a una poesía ápice de la modernidad: una poesía que nos entraña en la dificultad a veces ígnea, a veces tediosa (reconozco que muchos de los cantos de Pound son tediosos) del mundo que heredamos y al que damos, en gran medida, la espalda por desidia.
José Kozer, «Recomendaciones a la hora de emprender la hazaña de leer los Cantos, de Ezra Pound» (Cartas de Hallandale, Rialta Ediciones, 2017)
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Estamos en 1955, me hallo en París y acabo de conocer a Simon Vinkenoog, mi equipaje literario aún no pesa ni ochocientos gramos; el diagnóstico de Vinkenoog es sencillo y su terapia efectiva: «Tienes que leer ABC of Reading de Ezra Pound». Lo hice, todavía tengo ese librito; aunque no fue mi primer encuentro con los modernos, sí lo fue con los trovadores provenzales, y solo entonces empezó el largo camino hacia la verdadera lectura. Ahora han pasado más de cincuenta años y leo en el Financial Times un artículo sobre Ezra Pound, no sobre sus Cantos, no sobre la revolución en la literatura, a la que contribuyó con sus descubrimientos, su pasión y su grandiosa impaciencia, sino sobre sus ideas y obsesiones en relación con el dinero, dicho con mayor exactitud: sus reflexiones sobre la usura. El pretexto del artículo es un libro, The Route of All Evil: The Political Economy of Ezra Pound, de Meghnad Desai. En 1918, Pound conoció al mayor C.H. Douglas que estaba convencido de que todo sistema de economía de mercado está condenado a un permanente desempleo por falta de poder adquisitivo. Pound vio una relación directa entre este problema y lo que él denominó «la vergüenza del interés», dicho de otro modo, la usura. Tanto la Biblia como el Corán condenan la usura; por lo que a esto se refiere, estaba también en buena compañía. No sé mucha economía para juzgar si la cuestión del desempleo fue resuelta en 1936 por Keynes con su Teoría general del empleo, el interés y el dinero (demasiado ahorro se traduce en escasez de inversión); para Pound era ya, de todos modos, demasiado tarde. La indignación por el enorme desempleo de los años treinta y su creencia en una enemistad natural entre el capitalismo moderno y el talento creativo habían hecho de él un «hereje monetario»; de rabia, porque nadie quisiera escucharle, se refugió en el fascismo y acabó convirtiéndose en un furibundo antisemita. En la guerra se alineó con los alemanes, realizó emisiones radiofónicas de propaganda contra los aliados y después de la guerra, solo gracias a la intervención de admiradores como Eliot —que en cierta ocasión lo describió como il miglior fabbro, el mejor forjador—, se libró de un proceso por traición y tal vez de la pena de muerte. Fue encerrado en un manicomio en Estados Unidos y puesto en libertad solo al cabo de doce años. Luego se marchó a Venecia y allí permaneció hasta su muerte, aún escribió algo pero apenas habló. Su tumba está en San Michele, cerca de la de Brodsky, cosa que este último sin duda sabía de antemano, pues en el rincón dedicado a los escritores no hay mucho sitio. Por la tarde, en el camino de vuelta, tengo la sensación de que los dejo solos a los dos, uno al lado del otro, y, como los cementerios suscitan pensamientos primitivos y mágicos, me pregunto si después hablarán de todo, de judíos, banqueros, usura y justicia, o mejor, ya que ahora este mundo de hoy se ha tornado caduco, del mundo esencial y trascendente de la poesía.
Cees Nooteboom, «Ezra Pound, 1885-1972» (Tumbas de poetas y pensadores, Ediciones Siruela, Madrid, 2007; traducción: María Cóndor)
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Creo que la Fundación Bollingen ha hecho muy bien al conceder el premio a Pound si creía que sus poemas eran los mejores del año, pero también creo que deberíamos tener muy presente la carrera de Pound y no pensar que porque haya ganado un premio literario sus ideas se han vuelto respetables.
A causa de la aversión general a la propaganda bélica de los aliados, hubo, antes incluso de que concluyera la guerra, una tendencia a afirmar que Pound no era «verdaderamente» fascista y antisemita, que se opuso a la guerra por razones pacifistas y que, en cualquier caso, sus actividades políticas pertenecen solo a los años de la guerra. Hace un tiempo leí en un periódico estadounidense que los programas de Pound en la radio de Roma tuvieron lugar después de que «se alterara su equilibrio mental», y más tarde (creo que en el mismo periódico) leí que el gobierno italiano lo había chantajeado para que participara en dichos programas mediante amenazas a sus parientes. Son puras falsedades. Pound era un ferviente seguidor de Mussolini desde los años veinte, y nunca lo ocultó. Colaboró en la revista de Mosley, la British Union Quarterly, y aceptó del gobierno de Roma una plaza de profesor antes de que empezara la guerra.
Hay que admitir que su entusiasmo era sobre todo por la variante italiana del fascismo. No parecía ser muy pronazi ni antirruso, y el verdadero motivo de fondo era su odio a Gran Bretaña, Estados Unidos y «los judíos». Sus programas eran repugnantes. Recuerdo al menos uno en el que aprobaba la matanza de los judíos de Europa oriental y «advertía» a los judíos norteamericanos de que pronto llegaría su hora. Esos programas —que no he llegado a oír, sino que leí en el informe de la BBC— no daban la impresión de ser obra de un loco. Me han contado que Pound fingía un marcado acento estadounidense, sin duda con la intención de seducir a los aislacionistas y avivar los sentimientos antibritánicos.
Nada de todo esto es razón para no concederle a Pound el Premio Bollingen. Hay ocasiones en las que algo así podría haber sido indeseable —por ejemplo, cuando estaban gaseando a los judíos en camionetas—, pero no creo que esta sea una de ellas. No obstante, ya que los jueces han adoptado la postura del «arte por el arte», es decir, la de afirmar que la integridad estética y la simple decencia son cosas distintas, preocupémonos al menos de separarlas y no excusemos la carrera política de Pound basándonos en que es un buen escritor. Es posible que lo sea (aunque debo admitir que siempre me ha parecido uno totalmente espurio), pero las opiniones que ha intentado propagar en sus obras son malvadas, y creo que los jueces deberían haberlo dicho con más firmeza al concederle el premio.
George Orwell, “Un premio para Ezra Pound” (1949; recogido en Ensayos, Penguin Random House – DeBolsillo, Barcelona, 2013; traducción: Miguel Temprano)
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Zukofsky había viajado a Rapallo para asistir a la «Ezuversidad», como Pound había llegado a llamarla, y pasaba tiempo casi todos los días con Pound y [Basil] Bunting, demorándose con té y pasteles en la Via Marsala o hablando en el estudio de Pound. The Writing of Guillaume Apollinaire no había convencido a Pound de la importancia del escritor francés; sentía que Joyce y [W.C.] Williams ya habían cubierto el mismo terreno antes. «Tal vez haya tres personas que entendieron tu Henry Adams», le dijo a Zukofsky, «pero solo dos entenderán tu Apollinaire. ¡Cómo esperas vivir!». A petición de Zukofsky, Pound leyó su Canto XXX, el cual Zukofsky había citado en «Recencies»; tocó «muy fluidamente» el clavicordio Dolmetsch en su estudio; y le deleitó con unos cuantos «aullidos» de la ópera que estaba componiendo basada en la vida de François Villon.
Hacia finales de agosto, la Ezuversidad recibió a otro visitante. James Laughlin IV, de 18 años de edad y heredero de la vasta fortuna del acero de Jones & Laughlin en Pittsburgh, acababa de terminar su primer año en Harvard. Mientras pasaba el verano en Europa, Laughlin le escribió a Pound el 21 de agosto para preguntarle si podía visitarlo; deseaba «1) consejos sobre cómo bombardear a idiotas como [el crítico literario Henry Seidel] Canby & Co; 2) la aclaración suficiente de ciertas fases básicas de los Cantos para poder leerlos en público de manera inteligente»; y «3) saber por qué Zukofsky cuenta con tu apoyo». Pound respondió por telegrama —»VISIBILIDAD ALTA»— y, en consecuencia, Laughlin asistió. Para Zukofsky, el acaudalado joven de seis pies de estatura «parecía un dios joven… muy guapo, notablemente guapo». Sin embargo, parece que los dos hombres no congeniaron en agosto de 1933. Laughlin regresaría a la Ezuversidad para estancias prolongadas en 1934 y 1935, y por instigación de Pound fundó una editorial en 1936. New Directions de Laughlin se convertiría en la principal editorial de Pound y Williams en Estados Unidos. A pesar de todo, salvo por unas pocas apariciones en la antología anual de New Directions, Laughlin nunca publicaría a Zukofsky.
El joven y rico Laughlin era maleable de una manera que Zukofsky, diez años mayor y endurecido por una gran cantidad de adversidades económicas, no lo era. Pound encontró en Laughlin a un converso dispuesto a adoptar su propia panacea económica favorita, la teoría del Crédito Social de Clifford H. Douglas. Zukofsky, por el contrario, había visto de primera mano las penurias de la Gran Depresión, y su lectura de Marx lo había convencido de que la reforma fiscal douglasiana que tanto favorecía Pound se basaba en una simplificación radical de la realidad económica. Pound había estado instando a Zukofsky a leer a Douglas, y es seguro asumir que sus conversaciones en Rapallo volvieron a tratar sobre Douglas en varias ocasiones, dada la frecuente discusión sobre el crédito social en su correspondencia tras el regreso de Zukofsky a Estados Unidos. Pero Zukofsky había ido a Rapallo a discutir de poesía, no de economía, y si Pound había esperado convertirlo al douglasianismo, se llevó una decepción. Por su parte, Zukofsky había experimentado de viva voz el verso musical de Pound y sus rápidos dictámenes críticos, pero también había recibido un anticipo de las obsesiones que desvelaban a su mentor. Dejó Rapallo a principios de septiembre y zarpó de regreso a Nueva York.
Mark Scroggins, The Poem of a Life. A Biography of Louis Zukofsky (Shoemaker & Hoard, Washington DC, 2007; traducción: MHM)
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Al poeta Allen Ginsberg, que viene a verlo a Venecia para expresarle su admiración, Pound le declara: «Mi peor error, que lo echó todo a perder desde el principio, era mi estúpido prejuicio suburbano de antisemitismo». Magnífica fórmula: el antisemitismo es en efecto un prejuicio suburbano.
A propósito de la usura, a la que agresivamente culpa de todos los males, observa lo siguiente:
Yo me situaba en la periferia del tema, tomando un síntoma por una causa,
la causa es la Avaricia.
Estas son prácticamente las últimas palabras que escribió (4 de julio de 1972).
En los últimos años de su vida, Pound ya no dice nada o, si se prefiere, dice muchas cosas callando sistemáticamente. Se le pregunta por qué eligió el silencio, y responde: «Es el silencio quien me eligió a mí».
Todos sus amigos han muerto: Joyce, hace tiempo, y luego Hemingway, Cummings, Williams, Eliot.
Muere el 1 de noviembre de 1972 mientras duerme. El día 3 lo trasladan a San Giorgio, a la iglesia de los franciscanos, y aunque no es católico, colocan su ataúd entre cuatro candelabros gigantes. Su fiel compañera, Olga Rudge, está presente, al igual que su hija y su nieta. Su mujer, Dorothy, se queda en Inglaterra, demasiado débil para viajar. Casi nadie, pues, algún que otro amigo. Después de un breve oficio fúnebre, unos gondoleros vestidos de negro trasladan el féretro a la isla de los muertos de San Michele.
Ahí yace, bajo tierra, a escasa distancia de Stravinsky y de Diaghilev.
En los Cantos se halla la siguiente fórmula poco cartesiana: Amo, luego soy.
La aparición de Pound, en la primavera, por las Zattere, era un acontecimiento mítico. Alto, erguido, delgado, muy apuesto, cabello blanco y barba blanca, con o sin sombrero, dux surcando lentamente el aire al borde del agua, parecía venir de otro planeta o del otro lado del espejo, viejo león indomable. A veces yo lo observaba a diez metros, sentado en el pontón. Permanecía en silencio, de cara al muro, mientras la pequeña Olga hablaba con dos amigos.
Y luego, una mañana de gran luminosidad, helo ahí sentado, solo, en una silla bajo la ventana de la habitación donde escribo mi Paradis (que se nutre de la Biblia, Dante, los griegos, China y él). Está cerca del muelle, frente a una hilera de geranios, no se mueve, contempla fijamente sus manos, las frota, las posa alternativamente una sobre otra. Una mirada, manos. En ese momento, está exactamente a la espera en una cornisa del Purgatorio. Repican las campanas, se levanta, se va.
Esta escena secreta es una de las más conmovedoras de mi vida.
Philippe Sollers, Diccionario del amante de Venecia (Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 2005; traducción: Marta Pino)
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Los pliegues de la corteza cerebral se denominan gyri. Pound concluye uno de sus últimos Cantares (XIII) con el verso «mas la mente, como Ixión, inquieta, siempre girando». No es una imagen de la curiosidad inquieta, sino de las ruinas de la propia vida. Se consideraba que Ixión había sido el primer griego en asesinar a un pariente, colocó una trampa sobre un hoyo de carbón encendido en el cual cayó su suegro, que venía a cobrar la dote. Zeus le permitió entrar en el Olimpo para purificarse del crimen, pero allí intentó seducir a Hera, la esposa de Zeus. Píndaro dice: «Su arrogancia lo condujo al extremo delirio». Zeus lo ató a una rueda de fuego que gira para siempre en el averno.
Eliot Weinberger, «El vórtice» (Algo elemental, Ediciones Atalanta, Girona, España, 2010; traducción: Aurelio Major)




