El álgebra del amanecer
“Escribo aquí las ideas que me vienen. Pero eso no significa que las acepte. Es su primer estado. Poco despiertas todavía”. Entre 1894 y 1945, cada mañana, antes de que París despertara, Paul Valéry se levantaba para oficiar una ceremonia privada. Más que un rito religioso, sus diarios poseían la rigurosidad de la liturgia. No era tampoco una labor de escritor profesional; era una higiene en el sentido estricto. Entre las cuatro y las cinco de la madrugada, encendía una lámpara y se sentaba frente a un cuaderno para ejecutar lo que él llamaba su “limpieza del espíritu”.
“Entre la lámpara y el sol”, como él mismo decía, el poeta de Le cimetière marin buscaba ese estado de lucidez que precede a la contaminación del día social. Durante medio siglo, ese ritual produjo los Cahiers, treinta mil páginas que buscaban la captura de la conciencia en el acto mismo de ser consciente. En este gabinete de madrugada, el “Yo” de Valéry no comparece para confesarse. Quien busque el desahogo del corazón o la efusión romántica, saldrá expulsado por la frialdad de un intelecto que despreciaba “las cosas vagas”. Madrugador, afirma: “Levantado antes de las 5 —tengo la impresión, a las 8, de haber vivido ya toda una jornada con la mente, y de haberme ganado el derecho de ser tonto hasta la noche”.
Valéry lo sentencia con una frialdad singular en sus cuadernos de 1910: “Mi oficio es rehacerme, al abrigo de toda impresión, un poco más dueño de mi espíritu que el día anterior”. El poeta francés se convirtió así en un Robinson Crusoe del intelecto, náufrago voluntario en la isla desierta de su mente. Su condena a la narrativa era absoluta, pues consideraba que la arbitrariedad de la trama insultaba la necesidad de la lógica. “Todo lo que cuenta —o relata— es falso”, llegó a afirmar. Su apuesta radicaba en detener el tiempo mediante el análisis.
Para Valéry, el enemigo es la mezcla, la confusión de los sentimientos. Así, escribió este apunte sobre la sensibilidad: “No me interesa la vida, sino el funcionamiento de la vida. No me interesa el amor, sino el mecanismo del amor”. Es un anatomista que prefiere el esqueleto a la carne, porque “el hueso no miente”. Usó la mente como el escultor usa el cincel. Con nada de usura en el adjetivo, entendió la sintaxis como ingeniería civil; es decir, un rechazo fanático a la humedad del sentimiento.
La posibilidad infinita
Décadas más tarde —entre 1939 y 1959—, en la habanera calle Trocadero, José Lezama Lima libraba una batalla similar, pero con armas opuestas. En vez de buscar la resta, perseguía la suma mediante la saturación de la imagen.
Si los Cahiers de Valéry son un laboratorio de óptica donde se limpia el lente hasta hacerlo invisible, los Diarios de Lezama son un caldero u horno alquímico —como toda su escritura— donde todo se transmuta. Donde el discípulo más cercano a Mallarmé ve “impurezas” biográficas que deben ser eliminadas, el autor de Paradiso ve “potencia” aristotélica que debe ser devorada. Para Lezama, el diario no es una reducción al “Yo Puro”, sino una expansión hacia el “Yo Infinito”.
En una entrada de sus diarios de 1957, Lezama anota algo que Valéry hubiera considerado una herejía, pero que para él es axioma: “La imagen es la realidad del mundo invisible”. Su capacidad de asimilación es tal que, leyendo un bestiario en abril de 1958, descubre que el término “ninfa” se aplica también a las cucarachas. Lejos de la repulsión, celebra el hallazgo: “Me sorprendo alegremente de que la tradición grecolatina lo cubre todo con sus dioses saliendo del mar”. Allí donde la ciencia clasifica un insecto, Lezama ve la persistencia del mito cubriéndolo todo.
Mientras Valéry intenta secar el mar para ver el fondo, Lezama quiere ramificar aún más el territorio marino. La escritura lezamiana no es hidrofóbica; por el contrario, resulta una inmersión total. En vez de la línea, prefirió el vórtice. Artífice de una filología de la saturación, para el autor de Fragmentos a su imán el universo no se descubre, se inventa mediante la acumulación.
Duelo de métodos: el vaso de agua y la catarata
La diferencia fundamental —y a la vez el punto de contacto— entre ambos escritores radica en la gestión de la “cantidad”. Valéry opera por sustracción: quiere llegar al hueso del pensamiento. Lezama opera por hipertelia: quiere engordar la realidad con metáforas hasta alcanzar un sistema donde la poesía reine. Basta contrastar dos entradas sobre la propia escritura para entender este abismo:
Valéry (Cahiers, 1902): “El objeto de mi trabajo no es hacer una obra, sino hacerme a mí mismo… El poema es un desecho, un residuo de la operación del espíritu”.
Lezama (Diarios, 1950): “Tengo que lograr que la palabra sea el doble del mundo, que la palabra pese más que la cosa misma. La hipertelia de la creación”.
Para el francés, el poema es lo que sobra después del pensamiento (como las virutas de madera después de tallar). Para el cubano, el poema es lo que añade ser al mundo (como el coral que crece sobre la roca).
Formulémoslo así:
El método Valéry: Álgebra. X – Y = 0. Es el silencio blanco. Su obsesión es la precisión. “Lo que no es preciso no existe para el espíritu”.
El método Lezama: Multiplicación. 1 X 1 = un universo. Es el barroco. Su obsesión es la encarnación. “Solo lo difícil es estimulante”, pero su dificultad no es la de la fórmula matemática, sino la de la selva impenetrable.
La fisiología del pensamiento: insomnio y asma
Hay otro protagonista en estos diarios que a menudo se pasa por alto: el cuerpo enfermo. Ambos intelectuales construyeron sus catedrales mentales sobre cimientos biológicos frágiles. El ritmo del verso no es más que el intento desesperado del espíritu por imponer una cadencia regular a la arritmia biológica.
En Valéry, el cuerpo deviene molestia, un ruido en la transmisión. Sus Cahiers están llenos de quejas sobre arritmias, insomnios nerviosos y fatigas. “Este animal que soy me cansa”, escribe una mañana de 1922. El cuerpo es la bête (la bestia) que debe ser domada por el intelecto. Su escritura es matutina precisamente porque intenta ganarle la carrera a la fatiga del cuerpo.
En Lezama, el cuerpo es el ritmo mismo de la escritura. Su asma crónica impone una prosodia jadeante, una sintaxis que busca aire, que da vueltas (barroquismo) hacia el oxígeno del sentido. En sus diarios, la noche se transfigura en reino de la respiración difícil. “El asma es una visita de lo terrible”, anotó en el diario; sin embargo, a diferencia de Valéry, incorpora esa dificultad a su sistema. El jadeo que migraba de sus bronquios a la escritura se volvió estilo. Allí, la acumulación de adjetivos es una forma de tomar aire, de no dejar morir la frase.
Valéry quiso ser un ángel (puro intelecto sin cuerpo); Lezama aceptó ser un monstruo (un cuerpo que devora cultura). Valéry escribió: “Quisiera pensar como si mi cuerpo no existiera”. Lezama “respondió” tácitamente desde La Habana: “Pienso porque respiro, y respiro porque imagino”. He ahí la sintaxis dictada por el diafragma, el estilo como resultado de una limitación aeróbica.
El sacrificio y la teofanía
Pensémoslos fuera del rótulo de “escritores modernos”: Valéry y Lezama como oficiantes últimos de cultos antiguos. Así, veríamos que sus diarios resultan altares sacrificiales.
Valéry sirve a Apolo, el dios distante que hiere de lejos. Su sacrificio es terrible porque exige la inmolación de la propia personalidad. Le asistió la paradoja del antimoderno: usar la lucidez más extrema para rechazar las ilusiones del progreso. Cada mañana, cancelaba su “pequeño yo” biográfico para que descendiera el Nous, la Inteligencia Pura, fría e indiferente como una estatua arcaica. En su obra, estamos ante la búsqueda de una divinidad sin rostro, el Deus absconditus de la Mente que solo se revela en el Vacío.
En cambio, Lezama oficia en las catacumbas de un cristianismo órfico, manierista y sumerio. Su Dios se aleja del Vacío, para presidir el Banquete. Para Lezama, el Espíritu no desciende a menos que la mesa esté servida con los manjares más excesivos de la (su fascinada) historia universal. Teofanía de la abundancia, en su escritura los dioses no hablan en el silencio, sino en el estruendo de la metáfora.
Valéry espera visita quitando los adornos de la habitación; Lezama la espera llenando la habitación de tapices, espejos y objetos encarnados en la Imagen, sabiendo que lo divino deviene forma de la curiosidad que solo acude donde hay exceso de formas. Valéry es el Narciso frente al espejo limpio; Lezama, Proteo en una generativa selva insular, la de su Muerte de Narciso.
La ética de la soledad compartida
No obstante, más allá de la geometría y la selva, ambos comparten una soledad ética insobornable. El Monsieur Teste de Valéry y el peregrino inmóvil de Trocadero 162 confluyen en su aislamiento. Ambos construyen una fortaleza contra la estupidez circundante.
Históricamente, el diario íntimo —de Amiel a Anaïs Nin— se ha leído como la contabilidad de los días perdidos, un intento de retener el tiempo mediante la anotación del detalle biográfico y sentimental. Sin embargo, Valéry y Lezama subvirtieron esa genealogía del secreto y rompieron con la tradición del diarismo confesional. En sus manos, el género abandonó la función de espejo para volverse herramienta de construcción ontológica. No solo escribieron para recordar qué hicieron, sino para averiguar quiénes fueron o qué podían llegar a ser. En ellos, el diario se elevó a bitácora de una metafísica en marcha. Así, Valéry escribió con desdén: “La bêtise n’est pas mon fort” (La estupidez no es mi fuerte). Lezama, rodeado de incomprensión, anotó en su diario: “Sigo trabajando en mi sistema, como un topo en la oscuridad. Nadie me ve, pero socavo los cimientos de la ciudad banal”.
Para ambos, la literatura no significó una carrera, sino un destino. Valéry confiesa en sus últimos años: “He trabajado para nadie, para el hombre solo”. Y Lezama, en una de sus notas finales, sentencia con una fe católica que Valéry quizás hubiera envidiado, aunque no compartido: “La muerte es el comienzo de la causalidad metafórica”.
Leer hoy los Cahiers junto a los Diarios de Lezama es asistir a la posibilidad de un diálogo imposible. Asimismo, es ver cómo el poeta de La Jeune Parque pule un diamante hasta que este desaparece por exceso de transparencia, mientras el de Dador acumula estratos de palabras hasta formar una isla “indistinta” por exceso de materia.
En última instancia, la confluencia se revela en su totalidad: ambos rechazaron ser meros “literatos” para convertirse en arquitectos de una realidad paralela. Valéry formuló el álgebra de la mente; Lezama sembró la selva del espíritu. Ambos enseñan que el diario íntimo no solo sirve para guardar los días, sino para crear una eternidad privada, ya sea por la vía del vacío o por la vía de la plenitud barroca.





Valéry, poemas y ensayos, eran de El Curso Délfico. Recuerdo los libros de la Colección «La Pajarita de Papel», que nos prestaba, tras anotarlo en la agenda verde para que no hubiese olvido. Poéticas tan distantes albergan, como prueba este sagaz paralelo entre sus Diarios, que las paradojas suelen bracear en mares cercanos. Y ante tanto fanatismo antagónico, generalmente producto de la ignorancia, muestra la ecumenicidad de Lezama, que a veces le decía a Valéry…
¡Lean los escritos de Lezama sobre Valéry!
Pablo De Cuba, gracias por este texto. He hecho algunos apuntes a partir de su lectura, aunque prefiero no exponerlos aún.
Sin embargo, comentaré algo sobre un ensayo tuyo que encontré en la red. El tópico se promueve, a partir de mi obsesivo (y remotísimo) interés en el objetivismo, y, por rebote en Olson, Creeley y los proyectivistas. Todo esto me fue conectando con otras escrituras y “misteriosa-mente” (un día jueves o martes) me vi frente a aquel artículo.
En “La escritura de Rolando Sánchez Mejias”, Pablo de Cuba, intuyes (con agudeza) partes de un procedimiento, presente en muchos de los materiales que disfruto. Me refiero a aquel “hábito” (postmoderno) de la introspección que medita sobre el proceso mientras se produce, tan frecuente en la obra de RSM. Tu ensayo a-lude a esas zonas atípicas, un tanto “invisibles” al ojo crítico cubensis. Ya que, según se nota, el 90% de la crítica sobre este autor, parece enfocarse, o vincular todos los gestos de su poesía a lo político. Cuando menos, a cierta fatalidad de lo ideológico, de lo histórico como adversidad inapelable. Olvidando que RSM es (tal vez) el primer autor de nuestras letras (no el único)(1) que escribe e indica de manera consciente, dentro del texto, sus mecanismos. Las cajas del proceso, o zonas procesuales del territorio que transita [con] la escritura.
Para fundamentarlo, traes a colación algún pensamiento de Paul Valery. El que refiere la duplicidad del texto y el estado de vigilancia y multiplicidad en que el poeta se ve inmerso durante su “producción” (palabra que destaco por ser opuesta al término “inspiración”, legado del patrimonio romántico). Tras afirmar que en la escritura de RSM se advierte ––––además de su técnica de composición atemperada “durante” el desarrollo del escrito–––– “una voluntad” (…) de concientización de la forma”, nos remites (pertinentemente) a aquel concepto donde Valery, “máximo seguidor del ideario mallarmeano”, nos “habló del poema que es dos al mismo instante de su ejecución : el poema que es en tanto tal, ya terminado y abortado en la página, y el poema que es mientras se va armando, construyendo, pensándose a sí-mismo en el proceso de gestación y engranaje.” (2)
Siguiendo esta lógica, habría un poema en la página (aéreo visible) y un doble o variación de aquel, subterráneo, tácito. Aunque de algún modo sería posible un tercer poema: El poema final que resta en la memoria del lector, no siempre idéntico al poema escrito, o al poema subconsciente que fluye en los fosos negros de la página (el invertebrado: vigilado vigilante). Sin olvidar que esta técnica del enfriado (cooled) que Mejias sintetiza en las mismas-márgenes del texto, es parte de una consciencia (tal refieres en tu ensayo) conectada, entre otro(a)s, al imaginario, a la cartografía posestructuralista que Derrida, Barthes, Kristeva y Guattari, sedimentaron (fundamentalmente) a partir de Mallarme.
En fin, tras esta “muela” 6: 00 am, quizá resta:
Nuevamente, gratitud (a los Bookish) por este espacio de pensamiento y “descarga”. En la ciudad donde radico no hay un alma con quien hablar de estas cosas. Sólo parques vacíos, fábricas y ciertas montañas “de cresta azul” (leitmotiv romántico).
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(1) Ver Carlos A. Aguilera, Das Kapital.
(2) “La escritura de Rolando Sánchez Mejias”, Pablo de Cuba, febrero 26, 2014 en Solo Cantable // La escritura de Rolando Sánchez Mejías – SOLO CANTABLE