La poesía —esto lo aprendí de Antonio Cisneros en sus clases sanmarquinas a fines de los 70— debe prescindir del lugar común en la expresión. Lo he recordado ahora que abro el libro Leonora, del poeta Reinhard Huamán Mori, publicado recientemente en España por EOLAS Ediciones, y en el poema que se titula /prólogo/ (interesante, por lo demás, esto: que el prólogo sea un poema que integra el libro) el poeta dice: “Habría que prescindir / de aquellos lugares comunes”. Parecería que este es el apotegema que gobierna todo el poemario. Es decir, vemos a lo largo de nuestra lectura un modo —estilo y lenguaje— altamente original y creativo en el que brilla por su ausencia el lugar común.
Entremos ahora a estudiar el lenguaje en sí del libro. El poeta se dirige a Leonora, anunciando una vía por recorrer, nada fácil: “y apresurar el paso sin detenernos / por estos famélicos caminos / de tierra calcinada, / entre estas arenas gruesas, / colosales… / removidas por el viento y sus berridos”. Aquí —en este último verso— queda clara la originalidad de Huamán Mori: no es el sonido del viento ni la poética brisa, sino sus berridos, es decir, sus destemplados gritos. Este interesante y llamativo modo de poetizar prosigue con imágenes muy particulares: “Llegaré a ti en cualquier momento. / No importa el viaje. / No importará el tiempo, / ni tampoco los estragos de luz”. Nótese el oxímoron: estragos de luz. Y luego viene una reflexión que bordea lo metafísico: “el día sucede a la noche, / el amor abarca la culpa, / y el tamaño que de a pocos / me abandona”. Porque —en realidad— nos va quedando claro que “Todo ese inusual apego a lo sedentario, / a la familia, hacia los gatos… / no son más que espejos rotos. / Caleidoscópicos”. Es decir, hecho añicos. Vivir es una suerte de condena: “Aquí siempre ha sido así: / un largo invierno sobre el campo arado / y los árboles que aguardan su momento. / Los residuos de una historia que nos traiciona / en secreto”. No hay salidas, entonces. Sin embargo, en ella —es decir, en Leonora— habría una esperanza para seguir: “Solo a tus caminos obedece nuestro rumbo”.
Todo esto ha sido el prólogo. Ahora empieza el viaje concreto. La situación de precariedad se nos informa desde los primeros versos del poema “Cincuenta”, que rezan: “después de todo, / nada sobrevive eternamente”. Algo ha pasado en la relación con Leonora: “todo eso que fue nuestro / y que apenas retuvimos”. La cosa queda reducida a “El viejo truco de la repetición y la memoria”, y a que “Habremos de asumirlo, / apenas si somos un largo cúmulo / de promesas rotas y vilipendio;”. Mas, en este combate del amor, el poeta llega a decirle: “Leonora, / no existe verdad más absoluta / que la que hoy te cuento”, fraseo que recuerda al Antonio Cisneros de “Escribir el poema me da derecho a la versión”. Y así es como vamos a seguir. El malestar prosigue en “Enero”: “el día también empieza / con el minuto más oscuro de la noche”. La cosa se torna terrible: “nos será más fácil acumular / fatiga y escarnio”, pero contradictoriamente “esa será nuestra mayor belleza”. Al final, la solución será la poesía: “Escribir es ocultarse todo el tiempo”. Es decir, permanecer en una cierta clandestinidad. Y en el amor, el poeta nos dice: “estamos aquí porque / no tenemos otra cosa, / salvo el uno al otro”. Las reflexiones contradictorias que sostienen este libro se definen en un relativismo, diríamos, poético: “Todas las respuestas son siempre válidas, Leonora”. Notamos el buen uso del coloquialismo en la forma de Huamán Mori: “nosotros, los que nos encogemos de hombros / y nos contentamos con morir / debajo de un árbol”, aunque nos lleve al precipicio de la existencia y al inexorable final que nos espera. Otro elemento notable es la yuxtaposición de voces, conformando una especie de collage, en el tratamiento de las relaciones familiares, como relatos que se entrecruzan, cuestionando a la familia en tanto unidad celular básica del sistema, en una posición radical: “Ama al Padre /NO/ Ama al Hijo, /NO/ y así verás tus jardines florecer por el resto de tus días”.
Ya en el poema “Cero” la propuesta nihilista se afina: “No me queda mucho por decir, / ni por hacer”. Y con más fuerza y belleza en este terceto: “Nada en esta torpe esfera es necesario; / ni siquiera la escasa luz / que se acumula en las pupilas”. En esta onda van igualmente los siguientes versos: “Antes de que caiga la noche, / antes de que se desplome entera / con cada una de sus estrellas, / antes que la luz descienda / para desvanecerse entre nosotros, / habremos de apropiarnos / de una respuesta u otro argumento / que nos justifique”. Es neta la consecución de hermosura poética, y ella misma —la poesía— parece ser la única posibilidad de salvación, o por lo menos de justificación, que —ultimadamente— se define como un asunto entre los amantes solitarios: “Todo lo demás, Leonora, es algo entre tú y yo”. La intromisión o el uso de la poesía (de conceptos poéticos) es clara, por ejemplo, en el poema “En el nombre del padre”, donde podemos leer: “Como si la distancia entre nosotros / pudiera medirse / entre pulsiones, / fracciones y hemistiquios”. Las formas poéticas son también la medida de las cosas. Y la crítica a la institución familiar no tiene reparos: “Cada familia es un baile de máscaras”. Pero al parecer no solo se trata del entorno familiar, sino de la vida o del mundo en su totalidad: “Para entender de una vez / por todas / que no pertenecemos aquí”. La honestidad y sinceridad de esta poesía es radical: “Los límites son solo otra excusa / que tenemos para tocarnos. / Para agredirnos. / Para sentirnos predilectos, / prematuros o presagio”.
La irresolución de la existencia prosigue en el poema “A”, en el que se nos apostrofa: “Un eterno nudo que tensamos / hasta sofocarnos. / No sabemos hacer otra cosa. / Nunca lo hemos sabido”. Pero el asunto es que Huamán Mori es capaz de lograr alta poesía aun en este océano de negrura: “Nadie, excepto tú, / ha visto realmente brillar una estrella / mientras agoniza”. Y como dijo el poeta español Garcilaso de la Vega, un rato se levanta la esperanza; si no, veamos el cierre del poema: “Desprovista de sentido, la felicidad es / I N M I N E N T E”.
Entramos a la sección final del libro, compuesta por dos poemas en prosa: uno denominado /epílogo/ y el otro “claroscuro”. Aquí se nos habla de una partida: “estoy a punto de abandonar esta isla”, pero hay problemas: “A cada paso descartamos una senda, un metro más es otro naufragio que evitamos”. Y peor aún: “A nuestro alrededor nace una distancia que jamás entenderemos”. El remate es feroz —estamos en /epílogo/—: hay una herrumbre que nos corrompe por dentro, “pieza por pieza, como una prótesis que nos perfila el cuerpo hasta deformarlo totalmente”. Esta deformación es advertida, en el poema siguiente, con ribetes proféticos: “Tú eres la Piedra. Tú eres el Templo. Cetro Celeste, ilumina desde hoy nuestra tormentosa partida”. Penetramos ámbitos de irrealidad: “La luna no es necesariamente una esfera nocturna”, y otra vez la poesía pura —diríamos— es la que salva o guía al sujeto: “Estrella de cinco puntas canta solo para nosotros. Atrás quedarán los puentes y cada uno de sus nombres. Ahora cuento con el brillo de tus ojos”. El contradictorio final nos deja suspendidos en el aire (como los puntos suspensivos horizontales y verticales que aparecen tras el último verso): “Ante nosotros las puertas comienzan a cerrarse. Nos están esperando. Tu reposo es mi destino”.
Pero tenemos una addenda todavía, es decir, un agregado conformado por un poema largo y un par de prosas poéticas. El poema se llama “Familiae Domi” y comienza con una lluvia que lleva al poeta a meditar aún más sobre lo que ya sabemos: la protesta radical contra la vida y sus concomitancias, llegando al cuestionamiento de lo estético incluso en el plano conceptual: “Toda la Belleza desplomándose / sobre la idea de belleza”. Y en este transcurrir encontramos unos versos que nos recuerdan a Washington Delgado: “los caminos del Señor nunca existieron / solo el destierro”. Todo está tan mal que ni siquiera podemos ver bien: “El aire enrarecido enturbia la mañana / fuerza la vista / empobrece el ojo / difumina”. El hogar se nos describe de la siguiente forma: “La casa grande y vacía / como un cuerpo cóncavo sin eco / que jamás olvida ni consuela”. Y luego: “El desvarío del viento sacude / viejos recuerdos / heridas abiertas / alimenta anhelos”, pudiendo extremarse —digno heredero de Rimbaud— en estos términos: “La belleza es una carga. / Mera cuestión de perspectiva”. Es un viaje interior que nos compete a todos: “un sentimiento de culpa compartida”; sin embargo, hay una resolución final que entraña la esperanza: “No descansaré hasta tomar el cielo por asalto”, frase de Karl Marx que simbolizaría —simultáneamente— una salvación personal y colectiva.
Las dos prosas constituyen sendos cuentos fantásticos, proclives a la literatura infantil, atribuidos a Leonora, por lo demás, que se nos figuran agradables divertimentos del poeta cuya finalidad pareciera ser poner punto final a su libro con un aspecto lúdico y de íntima belleza. Un osito que deseaba nieve pero solo consigue unas flores blancas que terminarán siendo la nieve requerida; y un conejo con sus hermanos que se pierden en el bosque, embarrándose durante la noche de su perdición, y que volverán a hacerlo aunque la madre se los prohíba. Sería un homenaje a la obstinación por hacer algo que nos guste, más allá de la obediencia a la autoridad. Símil de la vocación poética, que —cuando es verdadera— sigue, prosigue y proseguirá, por más que el sistema —salvaje y violento— que gobierna nuestro mundo actualmente quisiera impedirlo. Esa es la lectura con la que cierro este hermoso libro de Reinhard Huamán Mori, quien, con él, se coloca en un lugar de expectativa dentro de la nueva poesía en nuestra lengua, a ambos lados del Atlántico.





Canto ceremonial contra un oso hormiguero… De cómo el coloquialismo perfectamente incluye la metáfora crujiente, inédita, así nos mostró Antonio Cisneros en La Habana.