Sombra ante ‘Sombras de obras’

Tantos años después de que Sombras de obras ratificase a Octavio Paz no ya como poeta y ensayista, sino como un crítico literario esencial en el siglo XX de habla hispana, la relectura exhibe una entrometida actualidad.

La compilación incluye en sus tres partes («Poesía e Historia», «Sombras de obras» y «La vuelta de los días») suficientes textos para ratificar la generosidad exegética hacia obras y autores disímiles; contra tanta roña sectaria de «izquierdistas», además de la pantanosa envidia de algunos coterráneos y coetáneos.

Comentaré aquí unas lecciones porque son para ahora mismo, cuando se inicia el 2026. Los mismos afilados sesgos de inteligencia que exhibiera al caracterizar las identidades de su México en El laberinto de la soledad (1950), aparecen en los mejores textos de crítica literaria que agrupase siete años antes de recibir el Nobel en 1990. Apenas argumentaré apoyado en dos textos: «Lectura y contemplación» y «Poesía e historia (Laurel y nosotros)».

El brillante autor de El arco y la lira —una de las más motivantes reflexiones de un autor hispano sobre la escritura de un poema— advierte que «nombrar y clasificar no equivalen a explicar y menos aún a comprender». Bajo esta premisa que muchos desconocen, nos provoca con sus perspectivas sobre la lectura de poemas, que «no es comunicación sino comunión».

Afirma que «el poema es la metáfora de lo que sintió y pensó el poeta. Esa metáfora es la resurrección de la experiencia y su trasmutación. La lectura del poema reproduce este doble movimiento de cambio y resurrección». Lo que obliga a distinguir la lectura de poemas de leer a influencers o boletines de noticias, inclusive a otros géneros literarios como la novela o la biografía. Insiste en lo que podría parecer obvio, si no fuera porque lamentablemente hay lectores que no deslindan. Cometen lo mismo que sucede en muchas visitas a pinacotecas: no se puede estar en el Museo de Arte Moderno (MoMA) frente a Les Demoiselles d’Avignon —lienzo con el que Picasso inicia el cubismo en 1907— el mismo tiempo y con la misma mirada que ante tantos bluffs  con pretensiones, bajo etiquetas de arte visual conceptualista, inmersivo o digital.

Seguidamente, el poeta de Libertad bajo palabra  exalta la delicada y compleja labor del traductor. Aunque hoy los programas de Inteligencia Artificial faciliten el arduo trabajo —solo el borrador— de elegir cuál palabra respeta más la original o cuál sintaxis se acerca a la del autor, lo cierto es que no se excluye al traductor de textos literarios, sobre todo cuando él mismo es un talentoso escritor que le imprime a su versión un desvío de singular relieve. Cuando leo la traducción de poemas de Fernando Pessoa realizada por Octavio Paz para la UNAM, sé que a la vez estoy leyendo a Paz, lo que me provoca una formidable alegría.

Aún esperamos —por ejemplo— que otros nuevos Eliseo Diego nos traduzcan a William Blake, Fina García Marruz (privadamente) a Paul Claudel, Virgilio Piñera a Proust, Cintio Vitier a Rimbaud, Lezama Lima a Saint‑John Perse, Gastón Baquero a Valéry; para solo citar a los poetas cubanos de Orígenes. Lo que por cierto —valga la digresión— nos recuerda que el arte de traducir siempre los acompañó, cualificó sus vidas y su amor a la palabra.

En estas páginas sobre la traducción es deliciosa su referencia a Herder —que André Breton recrea— cuando consideró que cada lengua era, más que un sistema de signos, una fisonomía histórica, con lo cual quería decir —nos aclara Paz— «que la lengua es un destino, una manera no sólo de hablar sino de ser».

El pensamiento de Benjamin Lee Whorf —su filosofía lingüística— es resumido y comentado con una sagaz analogía con la física moderna, tras lo cual elogia su extraordinaria perspicacia al enunciar que cada lengua era «un punto de vista», entrando en una polémica que llega hasta ahora mismo. La recitación de un poema a Tara, recreado en un cuento en el Tíbet del siglo XVIII que concluye el ensayo, reafirma la fuerte hipótesis de que las lenguas siempre son ángulos apreciativos de las realidades.

«Poesía e historia» es una valoración crítica de una legendaria antología mexicana de la poesía moderna en lengua española. Laurel (1941) le permite a Paz —como siempre— lanzar sus salvavidas literarios, también sus dardos. El poeta de Piedra de sol y Blanco vuelve a involucrarse en juicios meliorativos y peyorativos sobre poetas y poemas, labor que culmina en Los hijos del limo. Reafirma con hechos cómo supo tener la generosidad de ocuparse de la obra de sus colegas, de atender con celo a movimientos, desvíos y cauces estilísticos clave.

Da gusto releer cuando habla sobre Pablo Neruda: «El estalinismo no ha sido la causa sino una de las formas que ha adoptado la enfermedad de nuestro siglo: la paranoia, el delirio de persecución»; enfermedad que vale extender, bajo otros fanatismos represivos, a este primer cuarto del siglo XXI. También da gusto cuando se burla de la teoría de las generaciones —tan popular entonces— y duda con razón de que sean protagonistas de los cambios históricos. Su lucidez le insta a no titubear ante la certeza de que «la continuidad triunfa a expensas de la ruptura. A expensas también de la verdadera historia de nuestra poesía».

¿Será cierto —según sostiene e invita al diálogo— que Eliot y Pound dejan entrar a la historia, mientras fue expulsada por Valéry y Juan Ramón Jiménez? ¿Hay un tajo entre Rubén Darío y César Vallejo que los vuelve únicos a la vez que protagonistas de un rompimiento en la poesía de nuestra lengua? ¿Le debemos a la poesía pura —de Jiménez a Jorge Guillén— algunos de los poemas más bellos del siglo XX a la vez que una nube sobre la realidad poética? ¿Puede aceptarse —como hace Luis Cernuda en su poema «El farero»— que «el poeta contemporáneo es un hombre entre los hombres y su soledad es la soledad promiscua del que camina perdido en la multitud»? ¿Vale creer que la prosa de la ciudad es nuestra poesía de hoy, porque la vida moderna vuelve público lo privado, fenómeno que se extiende, amplía e inunda?

Estas y otras tantas preguntas son las que lanza Octavio Paz en su re-vuelta a Laurel. Concluye anunciando el fin de la Modernidad, realidad que hoy es más palpable que nunca. Aquella visión del progreso infinito ha muerto. Mucho más en las artes y, desde luego, en la poesía. Se ha extinguido esa visión del tiempo como progreso que alimentó el pensamiento durante los últimos siglos, por lo menos desde la Ilustración y el Romanticismo. Tras lo que admite que no hay una nueva idea, dice que «aún no». De ahí la pregunta como el signo decisivo. Lo que sigue siendo nuestra misma pregunta ante un panorama poético tan turbio por masivo, por plagado de zombis.

La lección sobre Laurel —su vigencia— también concierne a un sinnúmero de críticos literarios que ni fu ni fa, que como cuenta el dicho: «No les sube el ascensor al último piso». Tales «colegas» se disfrazan con citas de críticos y teóricos emigrantes de la lingüística y la sociología. Exhiben una vergonzosa ignorancia de Octavio Paz —entre otros— porque «ya pasó». La «novolatría» les impide ver de cerca y ver de lejos. Ni siquiera muestran curiosidad por tener una idea de sus antecesores, por saber qué hicieron. Pocos le han dado un golpe de vista a los seis volúmenes de la Historia de la crítica moderna (1750-1950) de René Wellek… Pero están up-to-date de la chatarra. Son chatarra.

Sombras de obras evita cualquier chatarreo, también a partir de otra de sus lecciones, implícita en la mayoría de sus párrafos aunque parece una verdad de Perogrullo: la crítica literaria es una forma del arte de la escritura. Siempre exige —claro que desde otros ángulos— una redacción que rinda honores al desafío latino de dulce et utile. De un modo más restringido, el conocimiento de la obra de Octavio Paz —como la de Jorge Luis Borges, por ejemplo— también nos enseña este desafío estilístico. Un reto que ahora la Inteligencia Artificial dinamiza y multiplica para los que nos resistimos al copy-paste. Las sombras de Octavio Paz —tengo la certeza— nos favorecen.

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