Citario. Deriva del latín citāre (citar) más el sufijo -ārium (repositorio), similar a bestiario. Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como los de Erasmo de Rotterdam) y proto-ejemplos del siglo XIX, como Familiar Quotations. Este «Citario Mañach» celebra el 128.º aniversario de su natalicio y propone un mapa intelectual de su conciencia crítica: la tensión entre estilo y civismo, entre cultura y crisis, entre nación y forma.
En el plano más personal, podemos señalar que Mañach, proveniente de una familia de la pequeña burguesía villaclareña, por matrimonio pudo ubicarse quizás en un escalón más alto, al ser su suegro rico comerciante, lo que le garantizó desenvolverse en medios habaneros de gran solvencia económica y no difícil reconocimiento politiquero. Traer esto a colación pudiera parecer cosa de un elemental mecanicismo para explicar a Mañach, pero en su caso resulta un factor nada desdeñable para intentar un primer acercamiento a su quehacer integral, no exento de contradicciones y desgarres. Larga fue su vinculación al periódico cubano de mayor conservadurismo, el Diario de la Marina, rayano en la más franca reacción muchas veces. Fue fundador y alma intelectual del partido político conocido como ABC, perfectamente encasillado dentro de un ámbito pequeñoburgués que, si bien ostentaba una definida postura nacionalista, no dejaba de ser bastante conservador en los aspectos social y económico.
Consecuente con estas vinculaciones suyas, Mañach era un convencido anticomunista, como lo probó en algunos de los numerosos debates en que se vio envuelto, pues parece ser que la polémica intelectual era un campo de cultivo ideal para su quehacer ideológico, en general tratado de mantener en planos de dignidad y respeto. Faltos aún de estudios internos suficientemente amplios y rigurosos que analicen sus posturas y el medio en que se desenvolvió, no intento, por razones muy obvias, abordar este aspecto aquí, sino solo anotar su existencia. Para algunos, el gran drama de Jorge Mañach fue el tratar de ser el ideólogo culto y consciente de una burguesía que nunca lo reconoció como tal, porque no estaba a su altura.
(…)
El margen que Mañach le dio a la Revolución para su desarrollo duró demasiado poco. Aquí, como cuando aceptó ser ministro del gobierno de Batista, la egolatría desempeñó su papel, aunque en sentido inverso. Al no verse reconocido como él estimaba debía serlo (y que en gran medida merecía), entró en temprana contradicción con el gobierno revolucionario. En realidad hay bastantes indicios para pensar que hubo un ajuste de cuentas para saldar antiguas polémicas y enemistades, y que se fue injusto con Mañach, ignorando sus innegables y mantenidos aportes a la cultura nacional, así como su posición en principio favorable a la Revolución. Una carta suya a un amigo, el 8 de septiembre de 1960, nos acerca dramáticamente a sus disyuntivas entonces:
Bastará que por el momento le diga que me están poniendo en el trance de tener que reorientar una vida que ya tenía hecha. Hoy, precisamente, he recibido la noticia de que me han jubilado» a la trágala, es decir, sin solicitarlo ni tener por qué, como profesor de la Universidad, junto con otros muchos de no poco prestigio. Y como no soy sino profesor y escritor, y ninguna de estas actividades las puedo desenvolver hoy aquí, me veo en el caso de buscarme nuevos horizontes. Pero horizontes que supongan un modus vivendi, porque tampoco soy hombre de fortuna, ni puedo sacar de aquí la poca que tengo.
No hay que olvidar que Mañach sufre en aquellos momentos la etapa final de una cruel enfermedad cancerosa, y el hombre que abandona Cuba para radicarse en Puerto Rico está ya condenado a muerte y vencido por desengaños y contratiempos. Trabaja como profesor en la Universidad de Río Piedras pero muere muy poco tiempo después, el 25 de junio de 1961.
Salvador Arias, prólogo a Martí en Jorge Mañach (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2014)
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[Mañach] supo que no es la masa la autora de las revoluciones, sino una minoría selecta que, atareada en impulsar, mantiene una dosis necesaria de raciocinio: “Quienes realmente actúan dentro de las clases son determinados grupos más homogéneos y resueltos”. Pero tiene que haber una suerte de simpatía o siquiera comprensión, en que unos confíen en otros que, en rigor, no sean héroes que busquen serlo premeditadamente para luego imponer e imponerse, al menos de manera tiránica. La llegada de una nueva época reclama receptores capaces de valorar en su justa dimensión —y más allá de sus preferencias— el sacrificio o los sacrificios. En un menor o mayor conflicto entre determinadas posturas hostiles no interesa, en un inicio, quien haya realizado la acción, sino la importancia que tiene esta para el proyecto de nación. No obstante, tarde o temprano, sucederá que hay un derecho “primigenio” o un protagonismo que será reclamado.
La masa, por ella misma, tiene un principio básico que ni siquiera a veces (o casi siempre) se detiene a meditar. Se trata de la destrucción. Pues es un principio que se vuelve método inconsciente, repetición primaria. La masa es caótica por esencia. Lo que una minoría hace con la masa con respecto a la negación de un pasado tiende a repetirse en la historia de la humanidad.
Daniel Céspedes Góngora, “Rumbo de nación (Notas sobre Historia y estilo)” (¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas, Editorial Casa Vacía, Richmond, 2025)
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Si en la ensayística anglosajona Hugh Kenner recuperó a Pound como “constructor de ruinas”, Mañach podría pensarse en la tradición cubana como un arquitecto de columnas, sobre todo en aquella República. Artífice de una empresa de vocación arqueológica, quiso rescatar el nervio moral de la nación a través de la crítica de sus vicios estilísticos. A categorías como choteo —esa tendencia cubana a la burla irreverente que esquiva la seriedad—, informalidad, picardía nacional, él las trató como si fueran patologías de la expresión. Aunque el sentido del humor no le era del todo ajeno, creía —y este quizás sea el núcleo de su pensamiento— que el estilo era un modo de vivir la historia.
[…]
Mañach nunca quiso redimir a Cuba mediante un dogma; pensó la isla desde la forma, al interrogar implícitamente las categorías de “nación” y “cultura” a través de la exigencia estilística. Como Valéry, creía que el espíritu se mide por su resistencia a la inercia. Y en su exilio final, enseñando en Río Piedras y escribiendo en la melancolía de los sabios sin patria, entendió que su tarea no estaba precisamente en la salvación de Cuba, sino en dar testimonio de su posibilidad.
Pablo de Cuba Soria, prólogo a ¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas (Editorial Casa Vacía, Richmond, 2025)
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Esta interpretación distanciada del negrismo coincide con la rectificación del extremismo vanguardista —nunca, en realidad, de la autoría de Mañach, ni tampoco demasiado característico de la Revista de Avance, que no fue para nada una revista estridente— en «El estilo de la Revolución», algunos de cuyos párrafos Mañach incorpora en su comentario «Vanguardismo: razón y saldo», que sigue al dedicado al negrismo. Pero si Mañach le reconoce al vanguardismo el mérito de haber disuelto la «petrificación oficialista de la cultura» y abierto cauce a «una expresión más fresca y creadora», al negrismo lo reduce a una consecuencia de la angustia cubana. ¿Acaso no implica Mañach que «ese recurso desesperado» había sido, como suelen serlo tales soluciones, estéril? «Cuando esté cabalmente lograda, la nación tendrá en lo negro un acento, pero no una pauta», afirma, de donde se infiere que el saldo del negrismo se reduce para Mañach a una contribución de acento. El error, derivado del hecho de que la formación aún no estaba lograda, había sido tomar lo negro por lo cubano. En este punto se evidencia de nuevo la tendencia a la homogeneización que supone la primacía de lo nacional sobre cualquier otro «particularismo». ¿No implica la deslegitimación de la plena expresión del elemento negro su marginación social? El sentido de la palabra «resentimiento» revela la confluencia en este punto de la sintética historia de los estilos en Cuba que ofrece Mañach y su visión del «problema negro», contenida en lo teórico en el discurso de 1943 y expuesta en los dos artículos de Bohemia en 1949. Pues la noción de resentimiento ha sido tradicionalmente usada para contrarrestar las reivindicaciones procedentes de las desigualdades sociales. (…) Al hablar de resentimiento Mañach no deja de reproducir, si bien de manera sutil, el viejo argumento de que los negros debían estarle agradecidos a los blancos por haberles otorgado la libertad y enseñado la civilización.
Por otro lado, como parte del saldo del vanguardismo, Mañach incluye a «algunas zonas juveniles dadas a lo puramente estético, rescatando y llevando al extremo ciertas licencias imaginativas y formales, cierto regodeo en el prestigio de la pura palabra, que el vanguardismo trajo como semilla». No hacía falta ser muy perspicaz para notar que se refería a las revistas que antecedieron a Orígenes y a la poesía que habían venido publicando poetas como Vitier, Piñera y Lezama. Ya aparecen en este ensayo de 1944 los dos puntos centrales que sostendrá Mañach en su polémica con Lezama en 1949. Uno, la crítica al hermetismo: «Al amparo de un verbalismo meramente alusivo […] los nuevos grupos juveniles especulan ahora con formas plásticas o poéticas cada vez más desentendidas de todo propósito de general comunicación» Dos, la tesis de que esta «poesía nueva», a pesar de que reaccionara contra el vanguardismo, derivaba de «aquella valiente estridencia». Finalmente, acierta Mañach al señalar que traducen una nueva forma de desilusión posrevolucionaria.
Duanel Díaz, Mañach o la República (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2003)
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Orígenes era la culminación de unos esfuerzos anteriores, en cuadernos y pequeñas revistas, que al fin logran alcanzar cierto ecumenismo huyendo siempre del énfasis —producto de que había constituido—, huyendo también de la excesiva omnicomprensión, una pequeña república de las letras. Saint John Perse, Santayana, Eliot, autorizaban en sus páginas la inserción de sus manuscritos al igual que lo autorizaban para muy pocas revistas del resto del mundo culto. ¿Filiación y secuencia de la Revista de Avance? Había radicales discrepancias. A Orígenes sólo parecía interesarle las raíces protozoarias de la creación, la propia norma que lleva implícita la riqueza del hacer y participar. Sus pronunciamientos no se reducían a la simpleza del manifiesto o índice marmóreo que en su humoresca señala tan solo un camino y un camino. Decir lo dicho solamente por sus propias huellas, que fuese su progresión lo que quedase de su flecha. Dispénseme, pero su fervor por la Revista de Avance es de añoranza y retrospección, mientras que el mío por Orígenes es el que nos devora en una obra que aún respira y se adelanta, que aún demanda como la exigencia voraz de una entrega esencial, que volquemos nuestras más rasgadas intuiciones en la polémica del arte contemporáneo.
Esa falta de filiación es la que según usted le levanta cierto resentimiento. No podíamos mostrar filiación, mi querido Mañach, con hombres y paisajes que ya no tenían para las siguientes generaciones la fascinación de la entrega decisiva a una obra y que sobrenadaban en las vastas demostraciones del periodismo o en la ganga mundana de la política positiva.
José Lezama Lima, «Respuestas y nuevas interrogaciones. Carta abierta a Jorge Mañach» (Imagen y posibilidad, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981)
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Uno de los artículos del libro Pasado vigente donde Jorge Mañach recogió parte de su obra periodística, lleva el título “La crisis de la ilusión”. La crisis se repitió en su vida en el camino de la política: salía de ella, según confiesa en una de sus cartas, viviendo alegóricamente la parábola de José Enrique Rodó, La flor en la copa.
Todos recordamos al niño que jugaba en el jardín golpeando acompasadamente con un junco una copa de cristal. Recordamos cómo el niño cambió su juego, llenando la copa de arena. Y cómo, al querer arrancar de nuevo al cristal la resonancia, descubrió que había enmudecido. Dejando en suspenso una lágrima miró a su alrededor. Vio una flor blanca, la hizo suya «con la complicidad del viento», aseguró el tallo en la misma arena que había hecho enmudecer el alma de la copa. «Levantó en alto la flor y la paseó en triunfo por el jardín.»
Después de una de sus crisis de ilusión en Cuba —el fracaso de sus proyectos en el Ministerio de Educación—, me escribió desde la Universidad de Columbia: «Puse mi entusiasmo en la enseñanza de la Literatura de nuestra América como director de los Estudios Hispanoamericanos en el Instituto de las Españas. Estoy realizando en mí aquella parábola de Rodó: la de la flor en la copa».
También fue crisis de la ilusión, la más dolorosa de todas, la última de su vida, que le obligó a cruzar la frontera del exilio.
Concha Meléndez, prólogo a Teoría de la frontera (Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1970)
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Lo que sucedió fue lo siguiente: una vez en la cárcel de Isla de Pinos, a donde fue condenado a quince años por rebelión militar, con toda la paciencia del mundo, Castro escribió una primera versión de su discurso y por medio de Melba Hernández, una compañera de lucha, se la hizo llegar al brillante ensayista Jorge Mañach —también opositor de Batista—, quien le ordenó las ideas y le perfeccionó la sintaxis, dotando al texto de citas eruditas, de latinismos, y hasta de pronombres totalmente extraños a la mayor parte de los cubanos, como sucede con el «os» a que don Jorge, cuya niñez transcurrió en España, era tan aficionado. Esos Balzac, Dante, Ingenieros, Milton, Locke o santo Tomás que desfilan por la obra no pertenecen a Castro sino a Mañach, así como las largas citas de Miró Argenter o los poemas de Martí intercalados en medio del alegato.
Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano (Plaza & Janés, Barcelona, 1996)
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Jorge Mañach pertenece a la mejor orden de caballería literaria y yo suelo llamarlo uno de los tres «Caballeros del Greco» nacidos en la región Caribe del finado Imperio Español. Y lo hago pensándole el bulto físico y el espiritual —que el alma también tendrá el suyo…
Hay en él la continencia de la expresión que imaginamos en el caballero número uno del griego-italio-ibero; nada del drama echando afuera; un gran reposo tendido sobre el pecho y una sensibilidad de la mano que no llega a lo nervioso. Y sólo al centro de los ojos —en donde nadie se puede callar— está el fervor de todo tataranieto de España.
Gran gusto nos damos todos los amigos de Jorge Mañach al gozar las dos pulcritudes que le recorren su figura y su frase. «El instrumento expresivo de Mañach —dice la ensayista Concha Meléndez—, es viril, elegante y con cierta castellana austeridad.» Hay que advertir que en este caso lo castellano está mediatizado por un abolengo catalán. Y este soslayo de la sangre se marca bastante en la conducta y la escritura, ambas exentas de fiebre. Hay otro sesgo más en la personalidad de Mañach: hizo estudios universitarios en Harvard; por aquí se habrá colado en él una pequeña lonja fría que lo asiste en los malos trances tropicales y en la tentación de caldear los textos…
Mañach, como todo cubano, tenía que ser un escudero de Martí. Una gran honra y a la vez un duro menester manan de esta circunstancia, porque ya van escritas una diez o más biografías del «Libertador» antillano. Es prueba fuerte, pues, coger un asunto o un lugar amado y dicho por muchos otros. Pero uno de los triunfos de Mañach es precisamente el haber ganado la partida: esta biografía de Martí la han celebrado los mejores y además el pueblo…
Gabriela Mistral, «Algo sobre Jorge Mañach» (prefacio a la edición en inglés de Martí, el Apóstol, The Devin-Adair Co., New York, 1950; recogido en la edición de Letras Cubanas, 2001)
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Para entender la valoración de Mañach de la cultura cubana como carente de estilo, necesitamos situarla en el contexto de sus conocidas opiniones sobre el choteo, anticipadas en La crisis de la alta cultura en Cuba y desarrolladas tres años después en Indagación del choteo. A pesar de las dos décadas de separación, Indagación del choteo y Historia y estilo deben leerse como piezas complementarias, pues el choteo y el estilo encarnan cualidades contrarias y la ubicuidad de aquél durante las primeras décadas de la República ayuda a explicar la ausencia de un estilo nacional. El choteo es la antítesis misma del estilo, una surte de antiestilo que destroza la forma y la formalidad. Cuando Mañach afirma que el choteador defiende “su libertad absoluta de antojo y de improvisación” (Indagación), el vocabulario anticipa los criterios con que definiría el estilo quince años después. Si el estilista elige, el choteador improvisa; si el estilista delibera, el choteador actúa por antojo; si el estilista se conforma con el uso inventivo de formas convencionales —lo que Mañach denomina “imitación innovadora”— el choteador no admite restricciones. A diferencia de este, el estilista no rompe las formas, las inflexiona.
Gustavo Pérez Firmat, “Jorge Mañach: Elementos de estilo” (¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas, Editorial Casa Vacía, Richmond, 2025)
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La Habana, diciembre 27 de 1942
Sr. Jorge Mañach
Ciudad.
Amigo Mañach, lo peor de las cosas es que nos gusten a pesar de ellas mismas. Un espíritu astuto diría que no, que lo mejor de las cosas es que nos gusten a pesar de ellas mismas. Pero no nos importan los espíritus astutos sino solamente los espíritus. Para usted es Poeta, nada más y no otra cosa, que «reticencia polémica un poco menuda» y «cuarzo y niebla». Lo demás que usted añada es sólo pura cortesía; que no cuenta.
Y un pequeño error de cálculo que ha sido la causa de todo esto. Quiero decir que yo envié Poeta al Mañach de la Revista de Avance, pero el envío me fue respondido por el Mañach de próximo ingreso en la Academia de Artes y Letras. Y como la existencia de este personaje último exige necesariamente la muerte del primero, me pregunto melancólicamente, si el destino del homme de lettres en Cuba sea el de sucesivas metamorfosis hacia un espécimen de simetría cada vez más opuesta a la de este puro hombre de letras. Porque es indudable que existe una profunda disociación entre aquella declaración contenida en el número inicial de la Revista de Avance y el juicio que usted ahora comporta sobre la declaración hecha en Poeta. Poseo la seguridad de que ese fallecido personaje no se habría escandalizado con la lectura de «Al levar el ancla» o con la «Terribilia Meditans», y entre otras razones fundamentales porque no «llevaría en su bagaje la bandera blanca de las capitulaciones».
¡Capitulaciones!… He aquí uno de los agudísimos problemas que cooperan a esa frustración antedicha. Yo no sé por qué causa (dejo esto al minucioso sociólogo) el hombre cubano (el americano en general) en llegando a un punto capitula; y comienzan entonces esos hombres sucesivos que no son ningún hombre y que implantan la confusión; que instauran la escuela del confusionismo.
Si, usted «se asusta a veces un poco de su propia herencia…» Pero, Mañach, es que en materia de sustos, de terrores la de nosotros tiene sobrados fundamentos para asustarse ante la franca capitulación de la generación anterior. Y sabe usted que no hay cosa más difícil para una generación que toparse con que la precedente ha capitulado. Y a nosotros —de quienes se dice que somos erizados puercoespines, supercríticos de todo—, ha tocado representar ese difícil papel de la rebeldía; del espíritu metódico y de intransigencia en un medio, que después de la seudo revolución machadista, sólo quería el pesebre y el conformismo en todos los órdenes y en todas las esferas.
Esto nos ha traído graves reproches de los que nos sentimos satisfechos. Por ejemplo, los hechos a Poeta, recorren la gama más variada; ellos son la contrapartida al sentido de método, ordenación y jerarquía que caracterizan al cuaderno. ¡Y a esto llama usted así simplemente «cuarzo y niebla»! Pero no hay tal cuarzo ni tal niebla si yo sinceramente aviso de ciertos peligros en los cuales estamos a punto de caer o ya estamos cayendo; porque la peor de las morosas delectaciones es la originada precisamente en los grupos afines. Y esto, si no me equivoco se denominaría cristalización, y cristalización es muerte.
Para salvarnos —en la medida que un hombre en Cuba pueda salvarse—, hemos tenido que suprimir toda amabilidad, pues, ¿no es cierto, por ejemplo, que el completo abandono del principio polémico y de jerarquía ha sido causa de la confusión y desorden literarios en que nos movemos? Y nosotros, ¿podíamos admitir que la jerarquía poética fuese mancillada? ¿Que esa relajada democratización en marcha inundase el predio de la recta poesía cubana? Sabe usted muy bien que hoy se escribe a cualquiera, titulado poeta porque sí, un ensayo de crítica aunque ello signifique la confusión. Denunciar estos hechos; ordenar el desorden; no pactar, no capitular; meterse de lleno en la obra es nuestra misión. La posteridad se encargará de confirmar o desmentir.
Pero antes que la posteridad y para que ella posea material suficiente, deberá usted, Mañach, escribir de lleno ese «escandaloso» ensayo sobre «Lo poético irresponsable» al que —nunca lo dude— le haremos, naturalmente, todo el caso. Mientras, yo releeré su carta, que es un breve tratado de ironía beocia. Yo ruego a los dioses que el suyo próximo sea una muestra acabada de ironía ática. Usted decidirá.
Finalmente, Mañach, yo no debo aceptar su cheque; yo quiero que usted comprenda profundamente mi decisión. ¿Acaso sería honesto de mi parte aceptar esta suma si su dador no comparte en absoluto el espíritu de mi revista?
Yo le doy las gracias, yo le saludo lealmente.
Virgilio Piñera
Carta de Virgilio Piñera a Jorge Mañach (Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, Ediciones Unión, La Habana, 2011)
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Recuerdo que el voluntarismo iluso de Jorge Mañach, tras desengañarse de Fidel Castro y la revolución de 1959, lo llevó a su tercero y último exilio, a la universidad de Río Piedras en Puerto Rico, donde muy pronto moriría, el 25 de junio de 1961, a los 63 años. El soñador —entre los escasos pensadores cubanos atendibles en el siglo XX— tuvo siempre similares esperanzas en que su país natal lograría extirpar las rémoras sociales y económicas heredadas de la Colonia, de la precariedad y dependencia extranjera, de corrupciones y hondas desigualdades unidas a discriminaciones de variado tipo. La conferencia sobre la “Crisis” —escrita en plena juventud— prueba la longevidad de su confianza meliorativa, aunque Mañach no deja de enunciar y comentar las podredumbres esenciales de Cuba en 1925; lo que hermana su visión de entonces a la que tuvo uno de sus maestros esenciales, el talentoso José Ortega y Gasset; por lo menos hasta España invertebrada, publicado en 1921, cuatro años antes del texto de Mañach, por lo que perfectamente el natural de Sagua la Grande debió haber leído el ensayo del madrileño antes de escribir el que seguidamente resumo; lo mismo que es obvia la influencia de la fenomenología en sus modos de estudiar cualquier tema.
José Prats Sariol, “La última crisis de la alta cultura en Cuba (1925-2025)” (¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas, Editorial Casa Vacía, Richmond, 2025)
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Sin embargo, luego del triunfo revolucionario e instrumentados, ya, como letrados orgánicos del poder, los marxistas cubanos chocaron con los nacionalistas republicanos (Mañach, Lizaso, Ichaso…) y con los nuevos nacionalistas revolucionarios (Franqui, Cabrera Infante, Padilla…). Roa, por ejemplo, que había formado parte del gobierno de Carlos Prío Socarrás (1948-1952), como director de cultura en el Ministerio de Educación encabezado por Aureliano Sánchez Arango, y que había criticado la invasión soviética a Hungría, en 1956, arremetía en 1969 contra la «óptica astigmática y sensibilidad de cuello duro» de Indagación del choteo, a pesar de que él mismo, en 1928, había publicado, en Revista de Avance, un elogio de aquel ensayo clásico y de que a mediados de los 30 había polemizado con el autor de Martí, el Apóstol con firmeza y hasta con enojo, pero nunca sin dejar de reconocer la honestidad y el talento de Mañach. Como ha recordado Duanel Díaz, en los momentos más álgidos de sus polémicas con el Mañach del ABC y la biografía martiana, los marxistas cubanos —algunos de ellos, como Marinello o Roca, habían compartido posiciones prominentes con Ichaso y el propio Mañach en la Asamblea Consituyente de 1940 y hasta en el primer gobierno de Batista— siempre admiraron y respetaron al autor de Historia y estilo. Aunque José Antonio Portuondo, Mirta Aguirre y otros, en los años 70, hablaran del «diversionismo ideológico» mañachiano, en los años 30, 40 y 50, Marinello celebraba, «sin cobas de hermano», cada libro de Mañach y Roa se refería al «libérrimo enjuiciamiento de las teorías, de los hombres y las cosas», a la «prosa exquisita» y a «los generosos desvelos y afanes por una Cuba con un mínimum de decencia dentro del estatus colonial en que vive» de aquel importante intelectual republicano.
El choque entre liberales republicanos, comunistas prefidelistas y nacionalistas revolucionarios, después de 1959, adquirió desde un principio los tintes de una fractura generacional. En los tres primeros años de la Revolución, publicaciones como Lunes de Revolución, La Gaceta de Cuba o El Mundo en Domingo, reflejaron esa disputa entre los letrados tradicionales de la República y los intelectuales orgánicos del nuevo régimen revolucionario. En Lunes, por ejemplo, los jóvenes poetas Heberto Padilla y Antón Arrufat cuestionaron el moderantismo de Mañach, esa apelación recurrente a la decencia cívica como una indefinición frente al régimen revolucionario, como un «estar en la cerca» y, sobre todo, como un prejuicio reaccionario contra lo nuevo. Mañach, que había surgido como intelectual treinta años atrás, al frente de una generación vanguardista y revolucionaria, era visto, ahora, por los jóvenes intelectuales del 59 como un conservador e, incluso, como un misoneísta.
Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego (Editorial Anagrama, Barcelona, 2006)
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¿Por qué Mañach no evolucionó hacia el marxismo, como lo hicieron otros allegadísimos a él como Juan Marinello? Cualquiera sabe que esta es una pregunta sin respuesta definitiva. Aventuramos la idea de cuánto pudo haber influido la academia norteamericana donde se formó; su sólida cultura en la tradición filosófica occidental, que transcurría por los meandros del idealismo antropológico. No puede quedarse fuera su filiación clasista; crecido en el seno de una familia de la clase media, nunca pensó desde los intereses del proletariado. Se hizo ideólogo de la burguesía nacional y eso marcó su destino teórico y político. La proximidad de la revolución de 1933 lo define y se incorpora al ABC. Los dogmatismos sectarios en que incurrían los comunistas del patio y el totalitarismo stalinista acabarían por apartarlo definitivamente del marxismo, aunque no de las tentaciones socializantes que modelaron su liberalismo político.
El anticomunismo de Mañach se fundamenta, como él mismo dice, en una posición filosófica y de carácter político-social, no en los mezquinos intereses económicos de los que han sido afectados por la Revolución. Su idealismo filosófico, que situaba las fuerzas motrices de la historia en la conciencia, entraba en contradicción con el determinismo marxista, condicionando su ideal social y su postura política.
Rigoberto Segreo y Margarita Segura, Más allá del mito. Jorge Mañach y la Revolución cubana (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2012)
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Fenomenología es también el individuo mismo aumentando y distorsionando el perfil biográfico. Mañach no es una figura en el sentido del mítico Demócrito, aflorando desde menciones fragmentarias o dicharachos de famosos, como Diógenes Laercio y Simplicio. Mañach no es un académico, ni siquiera filósofo en el sentido estricto del término. O lo es, ¡además tantas otras cosas!
Apunto a dos trabas en definir el sujeto: el Mañach hacelotodo y la leyenda Mañach. El tópico en cuestión resulta ser una centésima de otros solapados entre miles de miles de cuartillas, cuentos y patrañas de contemporáneos y estudiosos posteriores de una figura seminal de la cultura cubana de la primera mitad del siglo XX. ¡Y qué mitad!
Mañach hay muchos. El revolucionario firmante de la Protesta de los Trece, cabeza del Grupo Minorista —él le dio el nombre. El orientador vanguardista, alma de la revista Generación Avance, el periodista de publicaciones de prestigio en Bohemia y Diario de la Marina (además de director del periódico Acción). El político, fundador del partido ABC y autor de su manifiesto. El respetado conferencista y fundador de La Universidad del Aire. El distinguido profesor de Filosofía de la Universidad de La Habana (plaza que ganó por oposición), así como de Columbia University y Barnard College. El ministro de educación bajo la transición del general Mendieta.
Alfredo Triff, “La fenomenología en Mañach: concomitancias en Historia y estilo” (¿Una verdadera patria? Ensayos para un centenario en ruinas, Editorial Casa Vacía, Richmond, 2025)
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SAN JUAN, P. R., 26 de junio — El Dr. Jorge Mañach, de Cuba, abogado, educador, escritor y ex dirigente político, falleció anoche de cáncer a los 63 años de edad. El Dr. Mañach era profesor visitante de español en la Universidad de Puerto Rico. Había abandonado Cuba después de que el primer ministro Fidel Castro tomara control de todos los medios de comunicación en la isla.
Le sobreviven su viuda, Margot; un hijo, Jorge, y una hermana, Nena.
Notable como líder liberal
El Dr. Mañach fue un dirigente liberal del sentimiento revolucionario contra la dictadura en Cuba. Recibió el grado de Bachelor of Science en la Universidad de Harvard en 1920, y en la Universidad de La Habana obtuvo el título de Doctor en Derecho (LL.D.) en 1924 y el de Doctor en Filosofía (Ph.D.) en 1928. Fue editor del Diario de la Marina en La Habana a fines de los años veinte y comienzos de los treinta, después de desempeñarse como fiscal auxiliar del Tribunal Supremo de La Habana en 1925-26.
En 1934, el Dr. Mañach fue nombrado Ministro de Educación en el gabinete del presidente Carlos Mendieta. La organización revolucionaria ABC, de la cual el Dr. Mañach era dirigente, retiró su apoyo al gobierno más tarde ese mismo año y el Dr. Mañach abandonó el gabinete. También fue director del periódico del ABC, Acción.
Al año siguiente se trasladó a este país, cuando Acción dejó de publicarse durante una huelga general revolucionaria. Luego se desempeñó como profesor visitante de español en la Universidad de Columbia y en el Barnard College hasta 1939.
En 1935 obtuvo el Premio Justo de Lara, dotado con 1.000 dólares, al mejor artículo periodístico escrito y publicado por un cubano en 1934. El artículo había aparecido en Acción.
El juicio de 1935 terminó en absolución
Durante una visita a Cuba en 1935, el Dr. Mañach fue juzgado y absuelto por un tribunal especial de una acusación formulada por las autoridades militares que lo señalaban como dirigente de la huelga revolucionaria.
Fue delegado a la Convención Constituyente cubana de 1940 y miembro del Senado de Cuba entre 1940 y 1944. En 1941, como senador, presentó una moción —aprobada por unanimidad— en protesta contra una resolución del Senado de los Estados Unidos, presentada por el senador William H. Smathers, de Nueva Jersey, que proponía que Cuba fuese convertida en un estado de la Unión.
En 1944, el Dr. Mañach fue nombrado Ministro de Estado por el presidente Fulgencio Batista. Dejó el cargo ese mismo año y pasó a ser director gerente del Diario de la Marina. En los años cincuenta fue director cultural de CMQ, cadena de televisión de La Habana.
Una reseña publicada en The New York Times en 1950 sobre la biografía que el Dr. Mañach escribió de José Martí, líder revolucionario cubano, calificó el libro como “una obra minuciosa y concienzuda” y un “retrato inspirador”.
Fue autor de varios otros libros y realizó además diversos trabajos periodísticos, entre ellos reseñas para The Times. Recibió condecoraciones de Cuba, Chile, Perú, Haití y Panamá.
Obituario aparecido en The New York Times, junio 27, 1961.




