Una ciudad que no sabe lo que es y está forzada a existir. Le dicen: eres pantano, pero además eres océano, y cuando la luz da sus últimos estertores puedes ser esperanza.
A una ciudad no se le pueden dar órdenes, grita el poeta desde la arena caliente de South Beach mientras bebe un Spritz, protegido por la superficialidad de sus metáforas. No hay manera de decir water world sin quedarse dormido en la arena; no hay manera de acumular silencios entre tanto ruido.
Un niño levanta la mano para responder una pregunta, y en el tiempo que transcurre entre el movimiento físico y el movimiento mental se han levantado infinidad de high rises con vista a ambos extremos de la ciudad, como tratando de fundirlos en una sola masa de modernidad.
Un alligator abre la boca para tragar una presa, y en el instante que transcurre entre apertura y digestión millones de personas, de todos lados, con equipajes de todo tipo, descienden sobre la ciudad. Al bajarse de los trenes imaginarios, abren los brazos y los recibe un ejército de mosquitos hambrientos.
—¿Cómo se reproducen los mosquitos? —pregunta el maestro, pedagógicamente, mientras el zumbido salado le nubla la vista y cae tendido sobre su silla.
Los alumnos hablan entonces de carros convertidos en botes voladores que surcan los cielos calientes del pantano.
Los que vienen a conquistar son conquistados por una magia elemental: una alquimia de rocas calizas y aguas que se mueven tan lentamente que parecieran no moverse nunca, como si todo siguiera igual mientras cambia radicalmente.
Llegan, entonces, como invitados de última hora, los vientos del huracán y traen un telegrama de urgencia: nada aquí debe permanecer.
La ciudad asiente y escribe un discurso sobre la permanencia. Un discurso plagado de adverbios altisonantes y adjetivos inútiles (todos lo son, dice una voz oscura que acaba de atragantarse con un tamal cubano).
Una ciudad no sabe lo que es hasta que no se lo dicen.




