Apuntes cáusticos a la literatura cubana en 2026

Adjetivo en crisis: ¿Tiene sentido en 2026 mantener lo de “cubana” o “mexicana” o cualquier otra nominación que distinga por países y no por lenguas? Lo sensato es deslindar por literatura en español, que sólo comprendería la escrita en la lengua de Cervantes. Nada más, sin otras denominaciones que sólo sirven para telarañas chovinistas. O peor, para mediocridades.

Cualquier otra calificación reduce. Se abre a partir de la esencial, la que determina un léxico y una sintaxis peculiares, en este caso de una lengua proveniente del latín, expandida desde Castilla, que sencillamente llamamos español.

Lo que no se escribe en español por nacidos o descendientes de cubanos, sencillamente no pertenece a la zona que por comodidad geopolítica aún llamamos literatura cubana. Y no dejarse engañar. Si no acepta o duda de la eficacia de esta demarcación, caerá en las garras demagógicas de los multiculturales, especie que —casi siempre “afrancesada”— aún perpetra daños a la estética, a la teoría y a la crítica literaria; sobre todo entre sociólogos e historiadores que realizan exégesis en atención a la ideología, el género, la raza, la generación… Corrientes de lo que Harold Bloom llamó la “Escuela del resentimiento” (marxistas, feministas, deconstructivistas, lacanianos).

La plaga multiculturalista evade la valoración artística, es decir, la que parte de las singularidades estilísticas y argumentales en lengua española. Caigo en el énfasis para evitar equívocos: Si se trata de un escritor nacido en Cuba que escribe en inglés o francés o cualquier otra lengua, no pertenece a la literatura cubana; si sus textos se han labrado fama por defender el lesbianismo, la negritud, el castro-comunismo, la juventud, el mayamerismo, la disidencia, el anarquismo, etcétera, pero carecen de fragor verbal, no pertenecen a la literatura cubana; si se ha publicado o le han publicado cuadernos de poemas, novelas, cuentos, entrevistas, crónicas, ensayos…, pero cada uno ostenta una profunda marca de mediocridad, no pertenecen a la literatura cubana; si es muy buena persona, generoso promotor cultural, profesor universitario, director de alguna publicación o algo por el estilo, y sin embargo sus escritos –sobre todo cuando se trata de poemas– chapotean entre lugares comunes y chatarras francamente cursis, triviales o pretensiosas, no pertenecen a la literatura cubana.

Aclaro para pasar al segundo apunte: Cuando exagero al afirmar que no pertenecen a la literatura cubana estoy diciendo eso mismo: No pertenecen a la literatura cubana porque sólo se debe creer en escritores que hayan ganado la prueba del tiempo —también suele llamarse canon—, siempre polémica y controvertida; pero nunca se equivoca con los grandes, con José Martí, por ejemplo. A tal prueba añado  la relectura… Si no me despierta el deseo de volver a leerlo, me parece enseguida que algo anda mal, que se ha exagerado, inflado, mediatizado.

Los demás escritores —sean confesados ante el espejo— estamos en las carreras y apuestas y suertes y desgracias y egos y burlas. Muchas burlas, sarcasmos. El miedo al ridículo —amuleto imperdible— debiera espantar a tanto candoroso farsante.

Aunque apunto de inmediato que acabo de cometer un típico error, que sirve para una nota clave: La literatura cubana –remacho que nada especial, tan común como cualquiera— confunde autor con obra; lo mismo que suele englobar sin fechas u olvidar el soberano derecho del escritor a cambiar de parecer, alterar datos, repudiar viejas publicaciones, corregir ediciones posteriores, suprimir hasta personajes o versos o capítulos, añadir una oración decisiva porque son escritos de su propiedad, tratar de ser –siguiendo la sabiduría de Elías Canetti— inconsecuente.

Lo mismo ocurre con la vida del autor, de ahí que se sugiera mejorar las valoraciones con las clásicas interrogaciones del periodismo (lead), que responden cinco preguntas: Quién, Qué, Cuándo, Dónde, Por qué (y Cómo). Sus variaciones los singularizan como autores, pero no necesariamente se corresponden con las fechas ni con sus vidas al escribir y publicar.

El tercer apunte es peliagudo. Lo enrevesado acompaña por lo general las valoraciones de obras de arte literario, más allá de la latitud y del reloj. Jerarquiza al receptor, porque si no quién… El problema es que tras la obvia premisa viene enseguida una flexibilización relativista, tramposa y más común que el virus político inoculado durante más de medio siglo por el totalitarismo de base marxista. Aquí no sólo van virus políticos sino gérmenes que al unirse con las censuras todavía embarran un poco la literatura cubana; como ocurrió mucho —¡muchísimo!— con la primera edición del Diccionario de la Literatura Cubana incurrida por el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias, por un equipo —cada investigador carga su culpa, ya sea por cobardía u oportunismo—, sucesivamente dirigido por dos intelectuales de bilis estalinista.

Pero el relativismo es un dragón con varias cabezas, no sólo la que aún sostiene las ruinas morales y económicas de la nación, que apenas tiene algunos escritores que todavía sobreviven dentro del caldero, entre los apagones del insilio; porque los escasos que nunca jugaron con el mono y ya ni juegan con la cadena, entran y salen, salen otra vez y salen. O dos o tres oficialistas —cada vez son menos— hacen malabares para evitar, inútilmente, el ridículo, cuando no inspirar repugnancia. Mientras otro pequeño grupo baila pesadillas, trata de escapar, lamenta haber pestañado, sufre un día a día de vacíos y delincuencias.

De ese relativismo cuelgan, desde luego, aquellos autores que se refugian en las volátiles apreciaciones subjetivas o dependientes de la publicidad, la academia o premios tan depreciados como el Nacional de Literatura. Las asociaciones de bombos mutuos parecen endémicas de los circuitos literarios. Y Cuba no es una excepción, si acaso un rizoma que comparte tantas preguntas como hipótesis de respuesta a los fenómenos de hoy, tras el surgimiento, abaratamiento y popularización de soportes electrónicos, no sólo por su costo, sino también por su comodidad manual para bibliotecas y archivos, junto al paulatino hundimiento del papel como base.

Un cuarto apunte señala, para los autores de la literatura cubana actual, un circuito que no vuela de nube en nube, de ilusiones a sofismas… Exigir realismo —mucho más si es escéptico— recuerda entre cubanos que Babieca le preguntó a Rocinante por qué estaba metafísico; y el caballo de don Quijote le respondió que era por no comer. Resumo así las carencias, centradas en la ruina del país, pero que no excluyen situaciones de pobreza entre algunos escritores del exilio. Aquí —perceptiblemente— el análisis debe ser individual. No hay, sin embargo, ningún gran bestseller. Apenas un pequeño grupo de afortunados que, por derechos de autor, colaboraciones en medios (se entiende de manera natural y amplia: televisión, radio, periódicos, revistas y también, según el contexto actual, medios digitales, podcasts, plataformas culturales online y portales informativos), traducciones o salarios académicos, pueden escribir sin demasiado dolor en la nuca, la cabeza o el hígado.

Concluyo el cuarto apunte con una afirmación un tanto ríspida, pero contundente, antirromántica: La vida del autor no determina —necesariamente— las características de lo que escriba; mucho menos la calidad de sus poemas o novelas, cuentos o ensayos, biografías o dramas… Por supuesto que el autor no ha muerto, ni es excluyente, ni renunciamos a la lectura de las escasas biografías profesionales y entretenidas de escritores que admiramos. Lo que no aceptamos son derivaciones mecanicistas de sucesos personales o condiciones económicas y sociales, en las características y potenciales eficacias artísticas de la obra; desviaciones que presiden las abundantes —y socorridas— confusiones entre vocación e idoneidad.

Los “debiera” y “pudiera” son venenos de la crítica literaria, administrados por farmacias universitarias —también autodidactas— que no han exigido recetas, burlas, levantamientos de hombros para sonreír. ¿Cuántos escritores cubanos en La Habana, Madrid, Miami, Santiago de Cuba, Barcelona o Pinar del Río, urden sus frustraciones con razones lejanas al talento y al oficio?

Quinto apunte: Los desafíos que lanza la Inteligencia Artificial, por ahora, no modifican la literatura como creación de obras artísticas, aunque agilizan labores complementarias, desde buscar un dato hasta hallar erratas. Claro que la IA representa una revolución en el saber, que desde luego condena a muerte a aquellos memoriones que se daban lija porque recitaban sin saltarle un verso la “Oda a Julián del Casal” y te contaban los milagros y la vida completa de José Martí. La nueva enciclopedia —y manuales— tan a dedo es un regalo para el escritor —hasta entre apagones—, aunque los poetas sean los que por ahora menos la necesiten.

Un amigo me comentó que la IA le había ayudado a armar los párrafos de su libro… Le dije que entonces él había dejado de ser escritor. Placer y trabajo con las palabras —bien se sabe— son el alma del escritor. Si cede a un algoritmo, sencillamente sale del gremio. Dicen que ya hay detectores de qué por ciento del supuesto texto inédito ha sido tecleado de una IA. Forma moderna del plagio, acto vandálico, pereza… Usarla, sin embargo, hoy es tan natural como la computadora. Ni siquiera quedan pocas dudas de que esta señora debe estar a nuestro lado, allí donde la literatura cubana es global; pese a quien le pese, hasta bajo formas que alguno que otro —la mayoría poetas— pueda usar por exotismo o ceremonia, a lápiz de grafito blando sobre papel  Arches Vélin, donde el algodón francés posibilita una textura aterciopelada.

Acaso ahora convoque a escribidores petulantes, pícaros y farsantes, que tratarán de impedir  la escritura de un sexto apunte: La literatura cubana antes —como la literatura de cordel de la que hablase Quevedo—, hoy —como las zancadillas entre ferias del libro— y mañana —como Ray Bradbury predijo—, es víctima del bluf, aunque no consuela que todas las literaturas reciban ataques similares. No pocas obras literarias cubanas a la venta son consideradas de calidad porque provienen de un montaje publicitario falso; se les ha elevado un prestigio sin fundamento, ya sea por ardides editoriales o académicos, a veces hasta por amistad, sexo, filosofía… Algunos escritores son globos de un plástico dúctil e irrompible, reseñables, premiables… En la viña del Señor —vale el refrán y el recuerdo bíblico (Mateo 20:1–16)— hay de todo; ¿por qué no iba a ocurrir lo mismo en la literatura?

Los apuntes precedentes no parecen, ¡son! lugares comunes. La mayor causticidad de estos párrafos estuvo en recordar la frase atribuida falsamente a Cicerón: “El silencio es la mayor elocuencia”. Preferí suprimir cada uno de los títulos de obras recientes y autores cubanos vivos. Lo pensé varias veces hasta que opté sana, higiénicamente, por no buscarme enemigos. Mis amigos saben.

Pero entonces ¿para qué sirven? La respuesta esperanzadora es haber contribuido a colocar la apreciación artística como axis. Porque al menos en los extremos no debe haber confusiones. Casi nada turbio debe resultar cuando el lector identifica las virtudes estilísticas y argumentales que le permiten apreciar meliorativamente lo que ha leído. Sin miedo al error.  Peor es la hipocresía, la benevolencia, la sonrisa altruista. ¿Causticidad? ¿Por qué no?

 


Imagen: La nave de los locos  (1475-1500), de El Bosco. Musée du Louvre.

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