En 1908, el británico William H. Hodgson (1875-1918), sin tener demasiadas expectativas, entregó al sello londinense Chapman and Hall un libro suyo llamado: La casa en los confines de la Tierra (The House of the Borderland). Para ciertos avezados en la materia, esta inquietante novela de trescientas páginas (relato enmarcado de una historia dentro de otra) fue una de las más perfectas e influyentes jamás escritas. Hay quienes creen y consideran al libro como una pieza de horror. Los más incrédulos arguyen que es un claro ejemplo de fantasía. Quien escribe estas líneas ve en ella una feliz combinación de todas. Por momentos es un policial, por otros se interpolan pasajes de un horror inusitado, y pronto se abre hacia un viaje cósmico-metafísico que sorprende por su veracidad descriptiva.
Dos jóvenes excursionistas, Tonnison y Berreggnog, viajan a Irlanda para pasar un fin de semana de pesca. Se instalan en una remota y desolada aldea llamada Kraighten. Allí, sobre las ruinas de lo que alguna vez aparentó ser un caserón solitario y temido, al pie de una colina, descubren el manuscrito de un diario antiguo, redactado por el propietario del lugar. Esa misma noche empiezan a leer el relato. Lo que éste revela, sus tenebrosas vivencias, son el núcleo del libro. El diario narra la vida de quien lo escribe, un ermitaño, junto a su hermana Mary, y su perro Pepper. Con el correr de los capítulos, el narrador —nunca da a conocer su nombre— comprende que su casa está construida sobre un portal interdimensional a través del cual entra en contacto con criaturas arcanas y antinaturales de otras dimensiones. No se trata de un relato de fantasmas y menos aún de una historia de casas embrujadas, sino de una narración alucinante sobre seres interdimensionales, universos paralelos (superpuestos) y una especie de multiverso atravesado por infinitos canales que comunican entre sí las distintas dimensiones o planos de la existencia (¿habría ya Hodgson leído sobre la teoría de la relatividad de Einstein?).
En un ambiente casi onírico, fuera de los límites de la razón, comienzan a manifestarse una serie de inexplicables anormalidades donde se involucran fuerzas del trasmundo (resultan increíbles los recursos utilizados en el último tramo de la narración, para llevarnos a una aceleración temporal que culmina con potentísimos paisajes espaciales que desafían al lector especializado). La realidad se disloca, el tiempo se altera hasta no discernir los días de las noches, mutándose todo en un crepúsculo sin fin. Los vagabundeos del espíritu del narrador durante ilimitados años luz del espacio cósmico y kalpas de eternidad y su asistencia a la destrucción del sistema solar, son algo único en la literatura de la era eduardiana.
Hodgson supera la literatura gótica introduciendo visiones mucho más científicas, cósmicas y surreales que consolidarían al género para siempre. Los siglos se diluyen en segundos y el lector se inicia en un fantasmagórico viaje sobrenatural que lo transforma en testigo de la muerte del sol y el posterior hundimiento definitivo del universo. Estamos ante una descripción lisa y llanamente alucinógena. El protagonista flota a través del vacío insondable, observando el paso de formas angélicas, humanas y demoníacas navegando a la deriva. La narración se interrumpe cuando él despierta de este viaje psicotrópico para descubrir que es víctima de una infección macabra. Uno de aquellos seres no humanos lo ha seguido hasta nuestro mundo. Es entonces cuando Tonnison y Berreggnog cierran el libro, y “ese mismo día abandonamos el solitario pueblo de Kraighten”. Fin de la historia. La casa en los confines de la Tierra se despide fría e inolvidablemente. El increíble viaje astrosideral que propone Hodgson en los tramos concluyentes de la novela, ese derroche de imaginación visual que desprende, constituye, necesariamente, una de las cumbres de la ficción especulativa.
H.P. Lovecraft ha considerado en su ensayo El horror en la literatura que el libro era “quizá la mejor de todas las obras de Hodgson” y que bien “podría ser un clásico de primer orden”. La afirmación no es extravagante. No hay rastros de Arthur Machen, M. P. Shiel o H. G. Wells en su extraña y no del todo “resuelta” composición. El autor evita la estructura habitual del relato fantástico. Hasta entonces, nada similar se había intentado escribir. Uno de los grandes hallazgos de La casa en los confines de la Tierra consiste en prescindir de los componentes corrientes del género, tales como robots, alienígenas, naves espaciales o detalladas páginas sobre el funcionamiento de maquinarias futuristas. El libro no exige al lector de una pesada formación científica. Tampoco recurre a la erudición excéntrica o a la teosofía y al ocultismo, entonces muy de moda.
En cuanto a su estilo, el libro está escrito en una prosa densa, asfixiante incluso. Hodgson desechó con firmeza el efectismo. Por lo general en este tipo de relatos fantásticos, el estilo pasa a un segundo plano. Su escritura se despliega en función de las imágenes, no de las ideas; ofreciendo una lectura hipnótica. Hay una ausencia casi total de diálogos. En adición a esto, descree de las explicaciones lógicas de los fenómenos sobrenaturales que narra. Así es como llega a plasmar la idea básica de su estética: el terror cósmico, el miedo entendido como una experiencia emocional ante fuerzas elementales sobrecogedoras, incomprensibles, que el hombre intenta explicarse desde una conciencia oscura y ancestral, o desde una razón insuficiente. Los fuertes elementos visuales y líricos que abundan en sus mejores páginas — aquellas relacionadas con su itinerario a través de los espacios infinitos—, no abusan de los recursos del folletín. De este modo, Hodgson no se detiene en justificar los motivos de ese desplazamiento cósmico, ni mucho menos los espectaculariza; simplemente toma nota de ellos como en un diario de viaje. Un relato oscuro, excesivamente recargado (con sus leves errores de continuidad, vale también indicar).
Su capacidad para registrar con detenimiento cada efecto luminoso y los estados psíquicos que éstos a su vez causan en el narrador; agudizan la profundidad del protagonista. Así, tras ver y sentir todas las tonalidades y graduaciones cromáticas provenientes de cuerpos celestes cambiantes y lejanos, la experiencia recuerda los efectos narcóticos del ácido lisérgico o la mezcalina aludidas décadas más tarde, en pleno auge hippie, por el gurú de la contracultura norteamericana, Timothy Leary. También a ciertas experiencias registradas de desdoblamiento astral (proyección de la conciencia, es decir, experiencias fuera del cuerpo físico). Así lo natural e irreal se diluyen en una misma sensación de extraña verosimilitud, un poco como suceden con los viajes astrales, que asombran y aterran. Un delirante e imposible viaje a través del tiempo y del espacio. El fin del universo como un posible comienzo combinando ciencia ficción, fantasía extravagante y terror cósmico. Lo que aquí se propuso el autor de El reino de la noche y Los piratas fantasmas, no fue tanto contar una historia, sino hacernos vivir una experiencia irrepetible. Y bien que lo logró.
La vida de Hodgson se resume con un puñado de datos. Nació en Blackmore End, Essex, Inglaterra. Siendo marinero mercante dio tres veces la vuelta al mundo. Como fotógrafo aficionado capturó imágenes de huracanes, relámpagos, tiburones y auroras polares (aurora polaris). Años después, en Londres, probó suerte como fisicoculturista, pero fracasó. En 1904 publicó su primer relato: The Goddness of death, para el Royal Magazine. Desde entonces, durante su última década de vida, escribió casi un centenar de relatos y cinco novelas. Fue soldado voluntario en la Primera Guerra Mundial, donde murió el 17 de abril de 1918, en Ypres, Bélgica. Betty Farnworth, su viuda, no volvió a casarse. Permaneció hasta su muerte en 1943 fiel a su memoria y haciendo todo lo posible para que las obras de su esposo se reeditaran y no cayeran en el olvido. Recién en 2003, la editorial norteamericana Night Shade Books inició la publicación de sus Obras Completas que conforman cinco lujosos tomos. La presente traducción es de José Luis Piquedo. Las ilustraciones corresponden a Sebastián Cabrol.
La casa en los confines de la Tierra
William H. Hodgson
Hermida Editores
España, 2015 (192 pp.)




