Brickell Key

Se llama Severino, y había empuñado el machete en los montes de Camagüey durante la primera guerra. Tenía unos veinte años entonces; ahora tiene las manos duras y la piel áspera. Camina lento, pero es aún fuerte. Lo han traído hasta aquí, hasta esta orilla donde el río Miami se abre al mar, para mover lodo, no historia. Corre el año 1898 y la ciudad tiene un poco más de dos años de fundada. Henry Flagler ha pagado para dragar el río y abrirles el pecho a barcos más grandes.

El campamento es una hilera de lonas húmedas; el amanecer, un cuchillo de luz que apenas logra atravesar la bruma. Los mosquitos son como el humo de un fuego lejano en los Everglades: siempre en el aire, siempre en los ojos. Los otros hombres (blancos sin tierra y negros bahamenses) no saben quién es Severino ni les importa. Entre ellos, una sola forma de comunicarse: el lenguaje universal del trabajo duro.

La draga a vapor resopla como una vaca herida. El hierro y el vapor tienen un olor nuevo para Severino, pero el barro es viejo: el mismo barro que se pega a las botas en cualquier guerra. El barro que aún se mezcla con la sangre en los campos de batalla de la isla. Llegan rumores sobre un fin cercano, pero Severino no lo cree.

Con cada palada, el río sangra su fondo, y la sangre es lenta, amarilla, mezclada con conchas. Se amontona más allá, en la desembocadura del río, formando una isla aún sin nombre.

Al final de la jornada, Severino se queda mirando esa lengua de tierra, una isla artificial que va tomando forma de triángulo. Se dice: “hemos hecho una isla con el fondo de un río”.

1 comentario en “Brickell Key”

  1. Poder de síntesis excelente. La reacción de Severino en cuanto a su incredulidad de cambios en la Isla, resume la “ cubania” en si misma.

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