En un panorama literario cubano marcado por la diáspora, la censura y la persistente necesidad de inventar sus propios espacios de circulación, Carlos A. Aguilera se ha convertido en una figura clave para pensar no solo la escritura, sino también los modos en que esta sobrevive, muta y se archiva fuera de la isla. Poeta, narrador, ensayista, editor y atento cartógrafo de una cultura desplazada, Aguilera ha hecho del desmontaje —de lenguajes, instituciones, relatos nacionales— una poética y una forma de resistencia. En esta conversación, que atraviesa el Premio Kafka de Novelas de Gaveta, las derivas de InCubadora, la serie “erótica” de Umberto Peña, el exilio como forma de autismo y la herencia movediza de Diáspora(s), exploramos con él ese territorio disperso y turbulento donde aún intenta respirarse una literatura cubana sin país pero con obra.
El Premio Kafka de Novelas de Gaveta —que ahora también acoge ensayo y testimonio— se ha convertido en un dispositivo de rescate para obras que, de otro modo, quedarían atrapadas en la sombra. ¿Qué lugar ocupa hoy, en tu opinión, este premio dentro del ecosistema literario cubano y del exilio? ¿Cómo ha mutado la noción misma de “gaveta” desde que comenzaste el proyecto?
Creo que ocupa un lugar particular. Y no solo porque el Kafka de Novela es casi el único premio que existe afuera que se otorga a la narrativa que se construye adentro, sino porque a través de los años se han premiado libros que a posteriorihan tenido un peso en ese falso canon que construyen todas las naciones para sacarle brillo a su museíto patriótico, como llamaba Osvaldo Lamborghini al sistema cultural argentino… (Adentro también existen dos o tres concursos que premian a los novelistas de adentro. Pero son los mismos concursos de siempre, con los mismos jurados de siempre y la misma censura de siempre. Anticoncursos, de alguna manera).
Por otra parte, no deja de ser curioso, que muchos autores después de haber ganado el Kafka hayan salido al exilio, lo que significa que la novela premiada no solo ha funcionado como el último balón de oxígeno que tenían antes de abandonar el desastre, sino que de alguna manera (libro y premio) representaban ya, de antemano, una especie de fin-de-ciclo antropológico y escritural, un paso límite. Y siempre es interesante que existan premios que sepan “intuir” y mostrar eso.
InCubadora funciona como archivo, laboratorio y radar a la vez. Desde allí has cartografiado zonas del arte contemporáneo cubano que suelen permanecer fuera de los discursos oficiales. ¿Qué te interesa hoy de esas prácticas? ¿Hay gestos o artistas que te estén obligando a replantear categorías críticas o históricas?
Me interesa más o menos lo mismo que me interesa en mi propia obra: la narratividad, la búsqueda de una salida a los géneros o a los conceptos tal y como han sido históricamente planteados, y la intersección o difuminación del espacio-realidad y el espacio-ficción. Además, en el caso del Archivo, lo “novedosa” o “imprescindible” que pueda llegar a ser una información determinada (tenga el color ideológico que tenga). Pero, para ser sincero, no hay mucho misterio en el input burocrático de los magazines y las plataformas que se construyen en el mundo hoy. Ambos se hacen intentando activar las zonas afectivas o culturales o biográficas del consumidor general. Ambos se hacen levantando zonas donde el lector, a la vez, pueda desarrollar su propio mapa de calor, su perímetro de diálogo. Diálogo —todo hay que decirlo— muy difícil con el cubano que vive en la isla, ya que vive acorralado entre la censura política y el ahorro de datos.
Tu obra literaria —poesía, ensayo, narrativa— siempre ha tenido un costado de desmontaje: de la lengua, de los relatos del Estado, de la subjetividad. ¿En qué libro o proyecto estás trabajando ahora? ¿Qué nuevas obsesiones o mecanismos formales están tomando la palabra en esta etapa?
Acabo de terminar un poema largo sobre Mongolia. Una Mongolia acultural y bélica donde Otto Muehl, el gran artista del accionismo vienés, construye también una especie de viaje acultural y bélico. Y estoy trabajando en un ensayo sobre la fabulosa serie “erótica” de Umberto Peña. Una serie que realizó a principios de los 70 y le prometí publicar alguna vez en libro, completa, y que intentaré llevar a cabo el próximo año en FluXus, la colección que dirijo en Rialta.
El exilio ha sido una fractura y, a la vez, un campo de expansión para muchos escritores cubanos de tu generación. Después de tantos años fuera de la isla, ¿cómo describirías la relación entre escritura y desplazamiento? ¿Qué te ha dado —y qué te ha quitado— la experiencia de vivir y pensar desde Praga?
Autismo. El exilio, y esto lo vio mejor que nadie el gran García Vega en algunos de sus diarios, es una de las formas más estrambóticas y menos estudiadas del autismo, ya que uno está obligado a estar en una lengua que en el fondo es irreconocible, con personas que en el fondo nos cuesta comprender, con paisajes que en el fondo no nos gustan y con costumbres que a priori no nos dicen nada… Y uno termina viviendo mucho tiempo hacia dentro, como si el acto de rumiar las propias obsesiones y las propias palabras fueran lo único válido en esta vida, esa Beschädigung o rotura que mencionaba Adorno en Mínima moralia. Y el exilio cubano en particular habita dentro de esa rotura. Un espacio lleno de autistas, pirómanos y loquitos, donde el punto intermedio no existe.
Fuiste parte del Grupo Diáspora(s), cuya irrupción en los años noventa alteró de manera radical la escena literaria cubana. Vistos desde ahora —con todos sus miembros dispersos—, ¿qué vigencia o resonancias encuentras en aquella aventura? ¿Ha cambiado tu propia lectura de Diáspora(s) con el tiempo?
Creo que más allá del valor de las escrituras que se nuclearon alrededor de Diáspora(s), lo más interesante, por lo menos a nivel sociológico, es lo que vino después. Y no solo porque se gestaron revistas como Cacharro(s), 33 y 1/3, The Revolution Evening Post o Revista de la vagancia, entre otras; todas diferentes a Diáspora(s) pero todas de alguna manera cerca de su sombra, haciendo sonar de nuevo ese gong que Diáspora(s) en algún momento disparó. Y lo mismo podría decirse de algunos autores y algunas poéticas (aunque ellos mismos no lo sepan). Hoy serían imposibles algunos libros sin aquellos “textos” que 7 u 8 escritores en los famélicos 90, obsesos con Bernhard, Deleuze, Derrida o Piñera, pusieron a circular.
En el exilio han surgido varias editoriales, algunas con un catálogo más sólido y un trabajo más sostenido, otras son pequeñas, muchas veces artesanales, que intentan aportar a una literatura cubana sin territorio ni sistema. Tú mismo diriges una. ¿Cómo ves hoy ese mapa editorial fragmentado? ¿Qué tipo de comunidad —o de falta de comunidad— produce esta dispersión? ¿Es posible imaginar una circulación coherente de la literatura cubana fuera de la isla, o estamos condenados a un archipiélago de esfuerzos aislados?
Es muy probable que estemos condenados a ese archipiélago del que hablas, al descentramiento, como profetizó Reinaldo Arenas en El color del verano, donde Cuba explota y los pocos habitantes que aún poblaban la isla se van remando hacia cualquier lugar, mordiendo a quien intente subirse al carro de nuevo. Y es muy probable que esa situación más que dramática, sea cómica… o bufa. Los esfuerzos por construir cualquier tipo de unión entre cubanos casi siempre ha terminado mal (Martí es nuestra madre superiora en este asunto), controlado por micromafias y con comunidades que sospechan constantemente de otras. Solo hay que ver las redes para observar la mentalidad de CDR de los cubanos, su rencor histórico y ratonil, su poca comprensión de casi cualquier fenómeno, además de su gusto por el mitin, el chanchullo y la queja. En fin, un día Cuba en apariencias cambiará y todo, en apariencias, irá bien. Pero todo estará podrido, tal y como se viene repitiendo como mínimo desde Gay Calvó. Podrido y con gangrena. Perdido.





Bueno.
Muy buenas reflexiones. Supongo que la mención de Enrique Gay Calbó alude a su libro El cubano: avestruz del trópico.