Idas y vueltas sobre el capitalismo y sus imaginarios

Cuando Ignacio T. Granados habla de «capitalismo moderno» recurre, sin aceptarlo explícitamente, a una noción dialéctica que tendría que tomar forma en la oposición a un «capitalismo antiguo», y tal cosa no existe. Como no existe ese «espíritu capitalista» que Max Weber ubicó, arbitrariamente, en el calvinismo protestante como fuerza histórica por su relación con el trabajo como una ontología de resonancia religiosa-económica, y que no es más que una actualización económica del Geist hegeliano; nudo articulador de la metafísica occidental (alemana) moderna, que tiene en la activación del Atlántico norte como nuevo centro de intercambio que desplaza al Mediterráneo, la fuerza centrípeta previa de Europa sobre la que se impone esta teleología histórica. Precisamente, el reconocimiento del capitalismo como tecnología artificial, por contraintuitiva (ahorro/reinversión), que fundamenta un efecto objetivo sobre la realidad —expansión extensiva de la riqueza— es de donde se debe partir para evitar derivaciones ideológicas, como las ejecutadas por el liberalismo decimonónico a favor, y las izquierdas radicales/socialdemócratas en contra (izquierdas que terminarán ubicadas en los aparatos partidistas liberales, progresivamente). Derivaciones que son sistematizadas, finalmente, desde el Estado corporativo; por tal razón, terminan siendo instituciones arbitrarias normativamente.

Por lo tanto, sea el comercio fenicio o los modelos antes mencionados y enfrentados de Grecia y Esparta —este último utilizado por Antonio Escohotado para dar forma a una teoría binaria y presentista sobre el capitalismo— no explican las derivaciones económicas, aun en su incipiente mercantilismo a escala, que originan el capitalismo, y no lo hacen por su integración estrecha con estructuras teologales y políticas, de base agraria fundamentalmente, que limitan la emergencia y transacción que, más que económica, sucede de forma financiera por las posibilidades de la inversión y la participación descentrada, que va a emerger en la Holanda del siglo XVII, donde la participación más que mercantil agrega un elemento nuevo: la inversión a futuros y una credibilidad bancaria que lo soporta. La tensión sería la emergencia ideológica que surge de la teorización política de la creación de riqueza, proyecto de la conjunción ilustrada de funcionarios públicos e inversores privados que dan forma a un andrógino fundacional de los monopolios: las compañías comerciales. Es cierto que Adam Smith, asalariado de la Compañía de las Indias Orientales, por su condición de filósofo moral e ilustrado echa mano de las grandes falacias ilustradas o las traduce al lenguaje económico: si Rousseau habla de «voluntad general», Smith habla de «interés nacional», y la «mano invisible» es la mano del legislador que regula lo que previamente se ha creado: riqueza capitalista de mediana empresa que no empieza con La riqueza de las naciones, sino con el desarrollo previo de la industria manufacturera que va a posibilitar la Revolución Industrial.

Finalmente, el gran equívoco —ideológico— nace de la contradicción de un capitalismo real, en tanto su no sistematicidad desde la regulación ideológica, y un capitalismo adjetivado, en tanto su utilización metanarrativa. Uno ha creado riqueza real por su base popular —no socialista— en la participación de las sinergias económicas que la macroeconomía no contempla en sus sofisticadas y falsas tablas de «equilibrio general», y otro, un capitalismo que se adjetiva desde el mercado, el Estado o el corporativismo tecnocrático como una «ontología de relleno» para justificar las distintas imposiciones fiscales y políticas.

Los marcos operativos de los Estados nacionales derivaron en instituciones de vocación global (FED, FMI, OMC, etcétera), de la descentralización política, que también está en la emergencia del capitalismo, a un fenómeno que hemos dado en llamar «planificación central carismática», que traduce aquella tensión entre universalistas y nominalistas, aplicado ahora a un mercado financiero que ha despojado su estructura industrial para ubicar en ella una deuda creciente y cada vez más difícil de sostener. Si desde la pétrea Reserva Federal se entretiene al público en una tensión teatral con el ejecutivo respecto a los tipos de interés, o desde alguna fría oficina del Banco de Pagos Internacionales (BIS), de Basilea, se aprieta una tecla y se crea dinero ex nihilo para endeudar a algún Estado, asistimos a un acto financiero simulacral, no en clave posmoderna, sino en la propia negación del capitalismo real.

 


Imagen: Portraits à la Bourse  (1879), de Edgar Degas. Musée d’Orsay. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio