Los libros que el editor Javier Castro Flórez (Plasencia, España, 1966) publica en su sello Newcastle no se parecen a los de ninguna otra editorial. Esa exclusividad le honra, como a nosotros nos complace que haya atendido a nuestras preguntas sobre su trabajo y sus búsquedas de lector incansable. Puede vérsele en las redes mostrando sus capturas librescas, conviviendo con su gata Misha, escalando los cerros vecinos de su pueblo, Corbera, Murcia, dejándonos una lista de las que para él son las mejores sesiones de música tecno del año pasado, mostrando su colección de acuarelas y dándole forma también a una Revista Murciana de Letras, que ya alcanza tres números.
1- ¿Cómo y cuándo surgió la editorial Newcastle y qué te animó a lanzarte a una empresa así?
La editorial surge como la respuesta a unos anónimos destructores de libros. Hace diez años, aprovechando un pequeño hueco en la fachada de un antiguo cuartel militar, instalé una pequeña biblioteca callejera. Era una ventana diminuta en la que apenas cabían quince libros, pero me parecía bonita la idea de que donde se había instruido en el manejo de armas ahora estuvieran al servicio de todos obras de Kafka, de Maupassant, de Chesterton o libros sobre fantasmas y ovnis –ya que pensé también en esos lectores que creen que este mundo no es lo suficientemente raro y se inventan otro–. A la media hora de inaugurar la mini biblioteca y anunciarlo en mis redes sociales, alguien destruyó todos los libros. Se había esforzado: las páginas estaban arrancadas y esparcidas por el suelo… Incluso el cartón de los libros de tapa dura había sido retorcido y hecho pedazos.
Este detalle –imaginar la fuerza y rabia que se había aplicado a la destrucción de aquellos quince libros– me hizo de un modo instantáneo decidir que no me iba a rendir y opté no reponer los libros vandalizados, para no darle el gusto a quien lo hizo de volverlo a hacer. Pensé que la respuesta adecuada era editar libros para ponerlos en las librerías y casas de los lectores, en mil sitios distintos, para así, al igual que hacen muchas especies al poner cientos de huevos, que alguno de ellos sobreviviera a los enemigos y las tormentas.

2- Después de transcurrido este tiempo, ¿crees que ha valido el esfuerzo?
Sí, totalmente. Primero por la extraordinaria felicidad que me ha dado hacer los libros que he editado, pero también por la sensación de que algunos de estos libros, como decía Borges, no sabrán que me he ido cuando muera y seguirán por ahí por el mundo contando lo que cada uno tiene que contar. Como si su voz silenciosa no se apagase nunca y con cada lector resucitara.

3- Vemos que eres muy activo en las redes mostrando tus «capturas” de lector. No todos los editores suelen gestionar así la promoción de sus libros, ni los adquiridos ni los editados. ¿Hasta qué punto la constancia del lector ha dictado la necesidad o el placer de editar?
Muestro los libros que voy comprando o leyendo por apostolado misionero. Pero no para decir que sé mucho, sino para que se vea que los libros traen mucha felicidad, para mostrar lo bien que me lo paso con ellos. La imagen de la lectura para muchas personas está asociada a la época de sufrimiento estudiantil y los libros son una especie de obstáculos terribles que hay que saltar para llegar a la meta del aprobado en algún examen. Por eso ni en mi libro “Lo que lee un editor” ni en mis post de redes sociales o vídeos hay nunca un tono profesoral porque son testimonios de un gozador no de un estudioso. Yo los libros me los llevo de paseo y luego a la cama como si fuera un adolescente con su amiga, novia o rollo de Tinder.
Respecto a la constancia como lector me imagino que claramente ha condicionado mi necesidad y placer como editor. Durante los últimos casi 50 años he leído todos los días de mi vida: en hospitales, antes de casarme y el día del juicio de divorcio, paseando por las montañas, en los viajes, esperando en colas de supermercados… Igual que hay que beber agua todos los días para no morir deshidratado yo necesito leer para que mantener viva mi curiosidad por todo y para hacer que mi mundo sea extenso no solo en el espacio sino en el tiempo ya que el pasado me sigue hablando en muchas páginas. Leer se parece a hacer el amor en el sentido de que cuanto más lo haces más ganas tienes de hacerlo. Descubrir un manuscrito que a uno le apasiona es una maravilla porque al ayudarlo a nacer y hacerse libro uno tiene la sensación de haber ayudado a que el mundo sea aún más grande, más profundo, más bonito…
4- ¿Cómo puede un lector americano, de todas las Américas posibles, obtener los libros de Newcastle?
Creo que la aventura de comprar un libro de Newcastle se parece a las de la saga de Indiana Jones. Es raro, porque siento una cercanía extraordinaria a América de donde llegan tantísimas escritoras y escritores extraordinarios, pero no he sido capaz de que mis pequeños libros atraviesen el mar. Por eso cada libro de Newcastle que lo consigue tiene algo de milagro.

5- Llegamos a la biblioteca, que, según has mostrado en tus publicaciones, está muy bien surtida. ¿Cómo nace en el lector que es Javier Castro la bibliomanía? ¿Cuántos «accidentes» han terminado definiendo el viaje hacia la actual biblioteca, como los corderos digeridos por un lobo insaciable?
La bibliomanía paradójicamente llegó por la pobreza. Vengo de una familia de clase media-baja en la que había poquísimo dinero pero mucho respeto hacia la cultura. En casa solo teníamos la Biblia, el Quijote y un libro sobre la historia del ciclismo, pero mis padres siempre nos animaron a leer y en los cumpleaños y Navidades nos regalaban libros. Nunca fuimos de vacaciones, pero sí había dinero para nuestros libros…
Cuando estudié la carrera en Madrid descubrí las librerías de segunda mano y la Cuesta de Moyano donde, a pesar de mi modestísima economía, podía comprar libros porque eran mucho más baratos y lo curioso es que a veces –aquello era antes de que internet homogeneizara al alza los precios- uno podía comprar por casi nada primeras ediciones y libros inencontrables. Aún hoy sigo acudiendo a este tipo de rastros, mercadillos y librerías de lance. Cuando compro una novedad en una librería tengo la sensación de nadar, pero en esos espacios caóticos y misteriosos donde las pilas de libros están siempre al borde del derrumbe tengo la sensación de bucear por las profundidades del tiempo.
Respecto a los “accidentes” toda biblioteca creo que es fruto de centenares de ellos, de casualidades, de libros que de repente, como si abrieran una puerta dieron paso a otros libros… Por poner un ejemplo hace muchos años leí un libro extraordinario –no recuerdo qué me llevo a leerlo–, La historia empieza en Sumer, de Samuel Noah Kramer, y ello despertó mi curiosidad por el mundo asirio y babilónico y acabé comprando y leyendo decenas de libros sobre ese periodo. Es como una fiesta en la que un invitado a su vez invitase a otros hasta que todo se saliese de madre y lo que era una modesta celebración familiar se convirtiera en un fiestorro de fin de año. Más que la imagen del lobo comiéndose corderos –y como cuido a una colonia de gatos callejeros cercana a mi casa–, me gusta la imagen de los libros como gatos callejeros: un día uno está dando de comer a uno o dos y, cuando te quieres dar cuenta, tienes ocho o diez maullando pidiendo su pienso. Es como si unos llamaran a otros… Como los libros.
6- Creo que era Sciascia el que hablaba del «demonio de la posesión» libresca. ¿Poseer libros conduce a mostrarlos? O al revés: ¿mostrarlos es una consecuencia de poseerlos?
El mundo de los que nos gustan los libros es tan variado como la fauna amazónica y hay grandes lectores que guardan los libros bajo siete capas de secreto y antes mostrarían sus partes pudendas que su biblioteca. Si yo enseño los míos no es por exhibicionismo ni por decir que la tengo más grande que la tuya (la biblioteca), sino –como ya he dicho– por predicar la palabra, la buena nueva: que los libros son una maravilla que dan vida a la vida. Ahora mismo el teléfono móvil ha hecho desaparecer a los libros de las calles. Esos lectores que aprovechaban el viaje en Metro para leer un rato o que disfrutaban de un libro tomando un café en una terraza prácticamente han desaparecido sustituidos por un escrolear infinito. Por eso me parece que mi deber como editor es enseñar libros, que se me vea risueño y rodeado de libros con la misma cara de felicidad –o más– que la tienen algunos tomando un gin tonic a bordo de un yate de lujo.
Pero es que además de un instrumento de placer –una especie de satisfyer para el cerebro– el libro es también una escuela de vida. Me refiero a que lejos de educarnos en el demonio de la posesión como me preguntáis, te enseña lo contrario: la fragilidad y brevedad de la vida porque, como sabemos todos los que compramos libros que antes fueron de otros cuyas firmas a veces encabezan sus páginas, nuestros libros no son nuestros: tan solo somos sus depositarios temporales. Pronto pasarán a otras manos, descansarán en otras estanterías, iluminarán otras vidas. De hecho en mi ex libris se ve el dibujo de dos corredores pasándose el testigo de una antorcha bajo el que está escrito este texto: “Entre las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI este libro perteneció a la biblioteca de Javier Castro Flórez. Ahora es de”, y ahí dejé un espacio para el nombre de ese desconocido que algún día disfrutará de ese libro. Me alegra mucho pensar en ese futuro lector que va a disfrutar tantos libros buenos como tengo. Es –me imagino– la alegría que tiene el que firma la donación futura de sus órganos pensando en que con su corazón o sus riñones va a poder vivir alguien.

Foto de portada: Martha Ma. Montejo
El resto de las imágenes fueron enviadas por el entrevistado.




