I
En el año 2021, en plena pandemia de Covid 19, se inauguró en Fayetteville (Arkansas), donde vivíamos entonces, la monumental expansión de la biblioteca pública. Quedó el viejo edificio reconvertido en una funcional y laberíntica mole de cristales, acero y concreto que costó unos 50 millones de dólares. La mitad de ese dinero se la sacaron a los contribuyentes a base de subir los impuestos sobre la propiedad. La otra mitad salió de una campaña de recaudación privada.
Fui muchas veces a esa biblioteca antes y después de su remodelación. Abrieron un espacio bastante amplio de venta de libros —Friends of the Library Bookstore, se llamaba— a precios muy bajos, una práctica que veo también en las bibliotecas de Houston, aunque paradójicamente, siendo esta una ciudad tan gigantesca, con una capacidad muy reducida, a veces apenas un estante.
A pesar de la gran inversión realizada, nunca había muchas personas visitando la nueva biblioteca aquella de Fayetteville. Con estos recintos se da el contrasentido de que uno agradece la escasa llegada de público porque cualquier cosa que vayas a hacer la harás en un entorno perfecto de silencio y soledad, dos condiciones que un lector siempre agradece. Pero sí recuerdo haber leído en las redes que algunas personas muy contentas no estaban con la decisión de subir impuestos para construir algo que, no sólo era frecuentado por muy poca gente, sino que el espacio estaba sobredimensionado para el tamaño del pueblo.
Nunca he sido yo mismo un gran asiduo de las bibliotecas públicas, sí más de las universitarias durante mis años en College Station y luego en la Universidad de Arkansas, antes de que comenzaran a ser vaciadas para refundarlas en algo más parecido a un club social con muchos muebles ergonómicos, pero pocos libros. Lo cierto es que, de un tiempo a hoy, las bibliotecas las pienso mucho más en el entorno de lo privado, por eso se ha lanzado uno a la abrumadora faena de sostener una que ya supera los cinco mil volúmenes.
Recién llegados nuevamente a Houston nos fuimos Martha y yo a la biblioteca central del downtown, un viejo edificio que luce como un cajón brutalista de concreto al que el arquitecto olvidó sumarle una sola ventana. Ya nos habían llegado rumores de que el lugar era tomado a diario por grupos de homeless que viven por allí. En efecto, salones de lectura y pasillos estaban llenos de ellos, recargando sus teléfonos y usando las computadoras, el hedor era bastante insoportable, así que nos registramos, sacamos nuestros carnés, le eché una ojeada rápida a los estantes en español (me llevé un ejemplar de La Revolución cubana explicada a los taxistas, de José Manuel Prieto) y nos largamos. Nunca más he vuelto.
Últimamente, cuando he visitado alguna otra un poco más cercana, he comprobado que ya no tienen servicio de internet, imagino que como una forma (o eso sospecho) de expulsar a los homeless de ellas. Tiene algo de deprimente visitar una biblioteca porque algunas pueden parecer espacios sin ninguna vida, desolados y en perenne sobresalto por si les llega la noticia de que la cerrarán o habrá nuevo recorte de fondos.
II
He contado todo esto porque uno de los libros que leí poco antes de regresar a Houston fue La biblioteca en llamas, de Susan Orlean (Planeta/Temas de Hoy, 2019). Si en todo libro que se precie tiene que haber un crimen, en este caso se trata del incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, uno de los edificios emblemáticos de la ciudad, el 29 de abril de 1986. Ni las causas ni la mano ejecutora del incendio fueron aclaradas nunca. Me sirvió también para poner en duda las versiones policiales sobre los incendios supuestamente provocados y cómo, gracias a dictámenes erróneos, se han enviado personas no culpables a la pena de muerte, como fue el caso del tejano Todd Willingham.
Pero el libro es mucho más que eso. La historia de una biblioteca es la indagación en torno a la formación de una comunidad de lectores. Decía Borges que el «far west» había sido una invención de los escritores de New England. Este libro corrobora el nacimiento de una locación para el entretenimiento en la que una vida libresca no podía quedar al margen.
¿Cuál es el futuro de las bibliotecas? Es la pregunta que asoma en cada página. Es este un buen examen de la idea contemporánea que se está conformando en torno a la función de las bibliotecas y cómo la transformación en algo que vaya más allá del depósito de volúmenes impresos para consulta y lectura no es nueva, sino que estaba ya en la cabeza de algunos desde finales del siglo XIX.
La autora parece bastante convencida de que el carácter comunitario de las bibliotecas queda desvirtuado si sólo acuden a ella las personas que viven en la calle y que el desafío de mantenerlas abierta a pesar de todos los inconvenientes es real. Copio in extenso el párrafo que dedica al tema de los homeless y las personas violentas que acuden a ellas:
El compromiso de la biblioteca de abrir sus puertas a todo el mundo supone un reto mayúsculo. Para mucha gente, es posible que la biblioteca sea el único lugar en el que se encuentren cerca de personas con problemas mentales o muy sucias, y eso puede resultar incómodo. Pero una biblioteca no puede llegar a ser la institución que esperamos que sea a menos que todo el mundo tenga acceso a ella. Hace unos años acudí a una conferencia internacional sobre el futuro de las bibliotecas y todo el mundo —tanto los bibliotecarios alemanes como los de Zimbabue o Tailandia o Colombia o cualquier otro lugar del mundo— daba por hecho que el reto que las bibliotecas tenían que afrontar con relación a los indigentes era exasperante, intratable e irresoluble. El público puede entrar y salir de las bibliotecas, pero los bibliotecarios pasan allí todo el día, y entre sus ocupaciones está lidiar con personas difíciles, a veces incluso violentas, prácticamente cada jornada. La cuestión supera el ámbito de las bibliotecas; es un tema que le corresponde solucionar a la sociedad. Todo lo que las bibliotecas pueden hacer es intentar sobrellevarlo lo mejor posible. En la investigación llevada a cabo por la NBC no se culpaba en ningún momento a las bibliotecas por ser una suerte de imán de la gente más conflictiva de la ciudad. La mayoría de los comentaristas culpaban a la policía por no mostrarse más atenta y severa. En relación con el reportaje de la NBC, alguien escribió: «Este reportaje de «investigación» lo único que demuestra es que los indigentes son un problema. No queda claro qué tienen que hacer las bibliotecas al respecto».
La autora defiende la idea de que las bibliotecas no pierdan su esencia fundacional, la de movernos entre libros y promover la lectura. Sabe que la idea que continúa prevaleciendo es la de convertir estos espacios en centros polifuncionales de acceso a la información, a internet, a la cultura, cierto activismo social, etc.
No me imagino cuál será el fin de las bibliotecas ni qué lógica económica decretará un día su cierre definitivo. Creo que por cada biblioteca que abre se suman al mundo muchos lectores nuevos. Quizás esté agregando demasiada ilusión a una realidad más pragmática y por tanto más pobre, más suicida. Plinio el Joven contó que, en medio de la erupción del Vesubio, se puso a leer a Tito Livio en el patio de su villa en Miseno mientras los escombros caían alrededor, hasta que vino alguien a sacarlo del peligro de morir aplastado. Es probable que murieran muchos lectores bajo las ruinas de Pompeya y Herculano, pero he pensado que un solo lector sumergido en su propia biblioteca en algún punto de la furiosa ciudad los reivindica a todos.
III
NOTAS DE UN LECTOR NOCTURNO
La primera biblioteca angelina abrió en 1844, cuando un club social llamado Amigos del País creó un salón de lectura en su salón de baile. Se cerró cuando el club se endeudó. Las principales colecciones de libros del sur de California en ese entonces se encontraban en las misiones españolas que todavía permanecían activas.
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En 1872 se creó una Asociación con el objetivo de fundar una biblioteca para la ciudad. La Asociación elaboró un plan para realizar actividades de recaudación de fondos. Uno de los miembros donó un espacio dentro de un edificio de su propiedad.
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La Biblioteca Pública de L.A. abrió al público en enero de 1873. Ser socio costaba 5 dólares al año, que era bastante dinero para la época. Las normas eran severas: no usar sombreros y se sugería no leer demasiadas novelas, «a menos que no temiesen convertirse en lo que la Asociación catalogaba como ‘demonios de la ficción'». Los libros considerados «de dudosa moralidad» y los mal escritos o de baja calidad, quedaban excluidos. A las mujeres no se les permitía acceder a las instalaciones principales, pero poco después se añadió una Sala para damas con una selección de revistas. Los niños no podían entrar. En el salón de lectura se organizaban partidos de ajedrez y damas.
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Tessa Kelso tomó el puesto de directora de la Biblioteca en 1889. Era periodista y de Ohio. La definían como una mujer «poco convencional». Creía que la biblioteca era aburrida y necesitaba modernizarse. Abolió la tarifa de afiliación y el número de socios creció exponencialmente. Abrió el acceso a la mayoría de las estanterías y permitió la entrada de los niños mayores de doce años siempre y cuando tuvieran un promedio escolar alto. Creó una especie de almacén para raquetas de tenis. Creía que la biblioteca podía ir un poco más allá de su misión especifica, por lo que propuso ofrecer servicios extras como juegos de mesa y préstamos de raquetas de tenis. Fundó también una escuela de bibliotecarios de gran rigor académico.
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En esos primeros años circulaban varias enfermedades (viruela, tifus, gripe) y existía la preocupación en algunos de que los libros y las salas de la biblioteca se convirtieran en agentes contagiosos. Si alguien compartía un libro a sabiendas de que algún miembro de la familia estaba contagiado, incurría en un crimen, según las autoridades.
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A Kelso la sustituyó Mary Jones, la primera que llegó al puesto siendo graduada de bibliotecaria. Había dirigido bibliotecas en Illinois y Nebraska. Bajó a 10 años la edad de ingreso de los niños.
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En algún momento de la historia de las bibliotecas norteamericanas, se creó un programa de consultas telefónicas mediante el cual las personas llamaban para preguntar lo que se les ocurriera, desde asuntos científicos y religiosos hasta el pronóstico del tiempo, una especie de google con cuarenta años de adelanto. En este libro aparecen recogidas algunas de las preguntas más bizarras que les hicieron.
Algunos nombres que aparecen en la historia de la Biblioteca Pública de Los Ángeles y más allá:
Charles Lummis sustituyó a Mary Jones en 1905 como bibliotecario después de varias décadas de regencia femenina. Personaje interesante y heterodoxo. Cuando fue nombrado, hizo el trayecto entre Cincinatti y L.A. a pie.
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A C.J.K. Jones le pusieron el apodo de “La Enciclopedia Humana”. Encarnaba el tipo ideal de bibliotecario que posee conocimiento de casi todo, al contrario de otros que se inclinaban más por las innovaciones o la buena administración. Trabajó a la sombra de Lummis hasta que este fue cesado.
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El primer bibliotecario de la ciudad fue John Littlefield, nombrado en 1872. Estuvo seis años en el puesto y le sucedió un pintor alcohólico llamado Patrick Connolly, que duró en el cargo apenas un año. Lo reemplazó Mary Foy, la primera mujer en dirigir una biblioteca en todo el país. En ese momento las mujeres no tenían derecho a sacar una credencial y sólo tenían acceso al salón de las damas. Foy fue una administradora austera y eficiente.
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Llegado un momento de su biografía, el multimillonario Andrew Carnegie donó mucho dinero para extender la red de bibliotecas públicas por toda la unión americana. Llegó a edificar 1700 bibliotecas –se dice que en total fueron unas 2500 por todo el mundo– en más de mil comunidades entre 1886 y 1909. Sólo dos estados no tuvieron una: Alaska y Delaware. Debido a su visión filantrópica, las bibliotecas dejaron de exigir el pago de una cuota de asociación. En mis años en Arkansas, visité un par de veces la que fue erigida en Eureka Springs, un sobrio edificio de piedra a los pies de las montañas entre casonas de variados estilos arquitectónicos.

Imagen de portada: Biblioteca Carnegie en Eureka Springs. Imagen interior: Biblioteca de LA.





Michael,
La foto de la biblioteca Carnegie en Eureka Springs me recuerda de mi padre. Siempre decía que esa biblioteca estaba conectada por túneles a la iglesia católica que queda justo encima, y con el Crescent Hotel, que queda cuesta arriba de la iglesia. No lo he confirmado nunca, pero he gateado por unos túneles cerca de ahí, y claro que el hotel tiene un sótano, que dicen que era la morgue, o depósito de cadáveres, cuando el hotel era un hospital. Mi padre también decía que había conversado con fantasmas en la cocina del restaurante del hotel, y yo también he tenido una y otra experiencia inexplicable cuando trabajaba ahí.
En diciembre del año pasado (2025), fui a Oregon para hacer unas investigaciones genealógicas, y para degustar el vino. Un día, después de descubrir el paradero de una cuarta tatarabuela, fui a la biblioteca pública de la capital, Salem, para ver si no había ningún récord de su esposo, mi cuarto tatarabuelo. El edificio pareció algo a la biblioteca de Fayetteville, parking garage, arquitectura moderna, etc. Entré y pedí la sección de genealogía, y resulta que el camino estaba decorado con huellas, o pisadas de color amarillo, que me llevaron directamente a lo que buscaba. El tercer libro que manoseé confirmó lo que había sospechado. Mi cuarto tatarabuelo no murió en Oregon, o por lo menos no había ningún récord oficial. Este hombre había nacido en Nueva York, vivió un tiempo en Minnesota y Wisconsin, se mudó a Texas y Oklahoma después de la guerra civil, fue a Oregon, y la última carta que yo he visto que escribió venía de Hawaii, donde estaba de visita en 1910. Murió en 1913, creo.
Esta es la primera vez, creo, que escribo intencionadamente en español.
Hola, estimado Greg, ya puedes ver de dónde ha venido tu espíritu de caminante y explorador, tu curiosidad sin límites. Es muy interesante todo eso que cuentas. Te agradezco mucho que llegues, nos leas y comentes. Un gran abrazo!