La literatura y sus regalos. Reflexiones a partir de dos fragmentos de la Odisea

A André Jolles y Javier Gomá, maestros de las Einfache Formen, de las formas simples.

 

I- Doblemente mortales

Luego del regreso del Hades, Circe recibe a Odiseo y a los suyos con las siguientes palabras:

¡Desdichados, que vivos descendisteis a la casa de Hades, doblemente mortales — δισθανέες—, mientras que los demás hombres mueren solo una vez!

La lista de hombres inmortales en la mitología griega es escasa pero notoria; Heracles, Ganimedes y unos pocos más de cuyo nombre no quiero acordarme. La cristiana ofrece también el suyo, con la variante de que el destino mortal, en este caso, es apenas un paréntesis en una historia que antes y después se cubre de eternidad. Aunque no se puede negar lo insólito del gesto de un Dios que ha decidido, así sea por tres días, ser carne de gusanos.

Odiseo y los suyos encarnan esa rara avis de la doble mortalidad: han bajado al infierno y han regresado. Si la inmortalidad es un don divino, la doble mortalidad es un don literario. A este privilegio solo han accedido Odiseo y sus compañeros, Eneas y Dante.

Frankenstein no cuenta: es un ensamblaje de cadáveres al que se concede una sobrevida que termina, como todas, en una muerte individual.

Los dioses pueden regalar el don de la vida eterna; solo la pluma concede ese otro don ambiguo: el de una doble muerte.

«Filosofar es aprender a morir», decía Sócrates. Podría objetarse que no tiene demasiado mérito aprender aquello que es inevitable, que nos sucederá lo sepamos o no. La doble mortalidad puede percibirse como bendición o como condena, pero nadie puede negarle su carácter excepcional.

Solo se muere y se vive dos veces en la palabra.

 

II- El canto de las sirenas

“La palabra griega harmonia describe la manera de atar las cuerdas para tensarlas. El primer nombre de la música en la Grecia antigua (sophia) designaba la habilidad para construir navíos.[…] Ulises jamás dijo que el canto de las sirenas fuera bello. Ulises —único humano que haya oído el canto de muerte sin morir— dice, para caracterizar el canto de las sirenas, que su canto: “llena el corazón del deseo de escuchar”.
(Pascal Quignard. El odio de la música)

 

Con las sirenas viene otra modalidad del canto, aquella que seduce y mata. La melodía que sale de sus bocas es fascinante y letal, pero lo que aniquila no es el canto. Se le puede escuchar si se está debidamente protegido, atado a un mástil. El canto es la trampa, pero no la guillotina. Mueren los que, seducidos por él, terminan en esa pradera de la que solo escapan las almas; los cuerpos terminan reducidos a huesos y carne putrefacta. A través de las sirenas se genera una modalidad de la belleza de la que solo se puede gozar si se anulan sus efectos. Su belleza nos puede conmover, pero no movernos, transportarnos, raptarnos como hacen las musas.

Cuando se escucha la voz de las sirenas, es esto lo que prometen:

“¡Ven, acércate, muy famoso Odiseo, gran gloria de los aqueos! ¡Detén tu navío para escuchar nuestra voz! Pues jamás pasó de largo por aquí nadie en su negra nave sin escuchar la voz de dulce encanto de nuestras bocas. Sino que ése, deleitándose, navega luego más sabio. Sabemos ciertamente todo cuanto en la amplia Troya penaron argivos y troyanos por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto ocurre en la tierra prolífica”.

El canto de las sirenas regala el don de la sabiduría; saben todo del acontecimiento más importante que han vivido los hombres, la guerra de Troya, y lo que ocurre en cada recoveco de la tierra. Este todo tiene una estructura poética: la calidad tiene prioridad sobre la cantidad; saben, en primer lugar, lo más importante; luego, todo lo demás. Esto tiene claras consecuencias sobre lo que escuchamos en los cantos homéricos, nosotros y sus oyentes originales. Tanto a estos como a nosotros se nos presenta lo que constituye la proa, el arjé de ese saber total, el saber de lo más importante. También, por boca de Odiseo nos enteramos de lo que ocurre en los confines de la tierra e incluso en el submundo, en la tierra de los muertos. Pero este conocimiento llega fragmentado, organizado a partir de una voluntad artística que promete el todo, pero nunca lo entrega.

Esto, más que motivo de tristeza, debe provocar alivio; el saber del todo mata. Odiseo escucha la promesa de ese saber total y su melodía seductora, pero pasa, al igual que lo hacemos nosotros, a su lado, sin poder detenerse a escucharlo. Sabiendo que el precio de una escucha detenida del saber absoluto es la muerte.

Del saber total solo nos llega su melodía seductora y la prevención que nos prohíbe su cercanía.

Nosotros estamos tan a resguardo como Odiseo y sus compañeros. Homero nos protege de ambas formas: a veces nos amarra a un mástil y nos deja vislumbrar y escuchar de pasada, ese canto que porta el todo. Otras es incluso más drástico, llena nuestras orejas con cera, pues hay mucho que, por nuestro propio bien, no nos cuenta.

La épica esconde dentro de sí el todo, pero el todo, para que no destruya, tiene que ser ocultado, prometido, pero nunca entregado.

Puede también que solo se trate de un embeleso. Legendaria es la fama de engañadoras que tienen las sirenas. Puede incluso que la fuerza de lo pseûdos radique en el propio canto. No se debe olvidar la advertencia que le lanzaron las musas a Hesíodo al principio de la Teogonía:

“sabemos decir muchas mentiras con apariencias de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad”.

Algo de razón llevaba Platón: los seres inspirados, como los poetas, mienten.

Y eso no es lo peor. La fascinación por el todo no se detiene en el canto: alcanza también a quienes lo comentan. El discurso que pretende explicar la seducción del afuera corre el riesgo de reproducirla. Basta leer el pasaje que Maurice Blanchot dedica a las sirenas en Le Livre à venir: allí el comentario se aproxima peligrosamente a aquello que describe, puro sound and fury.

No olviden la advertencia de Circe, hay que tener mucho cuidado con el canto de las sirenas. Y con sus comentaristas, sin excluir, por supuesto, al que aquí escribe.

 


Nota al lector

Este díptico es un adelanto de un libro que preparo sobre la épica como forma literaria. El volumen, en cuestión, incluirá tres ensayos largos sobre La Ilíada, La Odisea y la Eneida y pequeñas viñetas reflexivas como estas que presento aquí que tocarán matices que no puedo incluir en los textos largos.


Imagen: Teiresias Foretells the Future to Odysseus  (1770 y 1785), de Henry Fuseli.

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