En la prensa cultural española, a veces parece que los columnistas se turnan para ver quién lanza la mayor extravagancia de la semana. Y en días recientes, dos textos han coincidido en componer un pequeño cuadro de humor involuntario sobre el oficio literario. Uno nos informa que casi nadie es escritor, y el otro pretende convencernos de que cualquiera puede publicar una novela. Juntos forman un perfecto sketch del absurdo contemporáneo.
El primer episodio lo firma Alberto Olmos, quien ha decidido que solo merecen llamarse escritores aquellos individuos que viven exclusivamente de los libros que publican. Si te ganas la vida de otra manera —trabajo fijo, facturación autónoma, venta ambulante de limonada— y además escribes, entonces no eres escritor sino, a lo sumo, un amateur con teclado. Según esta vara de medir, la literatura quedaría reducida a un club tan exclusivo que haría llorar de envidia a los dueños de yates en Mónaco.
Claro, la teoría tiene su encanto: nos obliga a imaginar un Parnaso compuesto por un puñado de supervivientes editoriales. Ahí estarían igualados J.K. Rowling, James Patterson, Danielle Steele y Corín Tellado, vendiendo más que el pan caliente y por tanto con credenciales sólidas; con Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte y Stephen King, si aceptamos que el dólar también cuenta; y poco más. Quizás algún autor nórdico de thrillers. Quizás una novelista superventas. Pero desde luego no los poetas, esos seres que publican ediciones de doscientos ejemplares y que por lo general se arriman a la literatura igual que otros se arriman a una chimenea: para no morirse de frío, no para pagar el alquiler.
Si aplicáramos el criterio de Olmos retrospectivamente, la historia de la literatura sería una cinta de celuloide recortada a tijera. Bukowski, por ejemplo, jamás sería escritor: fue cartero, empleado postal, sobreviviente de horarios hostiles. A lo sumo, “cartero con tendencias narrativas”. Hemingway, con su vida de corresponsal, aventurero, pescador y boxeador amateur, sería un “profesional del riesgo con bloc de notas”. Faulkner, que fue piloto y trabajó en la planta eléctrica de una universidad, quedaría registrado como “operador de calderas” con un pasatiempo regionalista.
La lista crece: Kafka, funcionario de seguros; T.S. Eliot, banquero con aspiraciones métricas; Pessoa, oficinista con heterónimos mal remunerados; Italo Svevo, empresarios anticorrosivos; Wallace Stevens, ejecutivo y abogado especializado en seguros; García Márquez, periodista a tiempo completo; Rulfo, vendedor de llantas; Cortázar, traductor y funcionario de la UNESCO; Bolaño, vigilante nocturno; Chejov, médico profesional (es decir, claramente sospechoso de no ser escritor). Y podríamos sumar a Virginia Woolf como editora artesanal, a Gogol como contable moral y a Beckett como místico del silencio, si aceptamos que las metáforas también pagan nómina.
Todos ellos, según el argumento reciente, no serían escritores sino gente con hobbies ambiciosos: ciudadanos que —como advertencia pública— deberían dejar de engañarse y volver a sus puestos de trabajo.
Mientras tanto, llega el segundo artículo del día, publicado en La Vanguardia, que pretende explicar cómo publicar una novela con el entusiasmo de un manual de autoayuda. Allí se nos dice que basta con planificar, disciplinarse, respirar, agradecer, visualizar y creer en uno mismo. Falta poco para que recomiende escuchar frecuencias binaurales mientras el manuscrito se corrige solo por decreto del universo. Si la pieza se lee desde la ironía, funciona. Si se lee en serio, funciona todavía mejor —como comedia involuntaria.
El autor es David Uclés, que en su columna se comporta como un personaje digno de novela, aunque en realidad parece ser un maestro en el arte de detectar becas literarias. No cualquier beca, sino esas que parecen destinadas a un puñado de elegidos: escritores bien conectados, editorialmente bendecidos o con linaje cultural certificado. Uclés funciona como un zahorí del Boletín Oficial: donde otros ven páginas burocráticas, él detecta oportunidades que brillan con luz ultravioleta. El problema es que, para activar algunas de ellas, uno debe ser —según Olmos— exactamente aquello que casi nadie es: un escritor profesional.
Combinados, los dos textos dibujan un ecosistema paradójico: cualquiera puede publicar, pero casi nadie puede llamarse escritor. Publicar es una aventura accesible; ser escritor, en cambio, es una rareza económica. El resultado es un mapa imposible: un mundo lleno de libros escritos por autores que, técnicamente, no existen.
En definitiva:
— Si tienes trabajo fijo, no eres escritor.
— Si escribes por placer, tampoco.
— Si publicas pero no vives de ello, menos.
— Si publicas y vives de ello, cuidado: podrías terminar pareciéndote demasiado a Corín Tellado.
— Y si aspiras a una beca, más vale que Uclés te asesore, porque el mapa es esotérico.
Así que sí: la literatura, que siempre fue difícil, ahora es directamente imposible. Y quizá ahí reside su extraño encanto: en ese absurdo elegante que nos permite seguir escribiendo —y publicando— sin permiso, incluso si la columna del día insiste en recordarnos que, oficialmente, no somos escritores.





Curioso que no haya ni mención a la horda de escritores, escribanos y bluferos que se gana los frijoles de profesores de enseñanza media y superior. ¡Ah, la Academia! Me consta…